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Albert Camus:
No para encontrar fórmulas tajantes que parezcan resolverlo todo, por las malas o por las buenas. A fin de cuentas, fue él quien escribió: «¿Se podría formar el partido de los que no están seguros de tener razón? Sería el mío». Pero sí para recuperar el vigor de un cierto ánimo, de un temple inteligente. Empezando por su diagnóstico mismo sobre este siglo que ya acaba: «El siglo XVII fue el siglo de las matemáticas, el XVIII el de las ciencias físicas y el XIX el de la biología. Nuestro siglo XX es el siglo del miedo. Se me dirá que el miedo no es una ciencia. Pero […] si bien en sí mismo no puede considerarse una ciencia, no hay duda de que sin embargo es una técnica». El rechazo sin rodeos del miedo como técnica política le llevó desde el primer día a luchar contra el nazismo y a explicar los presupuestos de ese combate sin odio y sin autocomplacencia en sus Cartas a un amigo alemán. En ellas utiliza una fórmula que no puede resultar más actual: «Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista». Y por la misma razón no tuvo dificultad en expresar desde finales de los años cuarenta ese rechazo del sistema soviético (tanto de su teoría como de sus resultados) que con tantas salvedades asumieron otros hace poco; con no menos denuedo se opuso a la progresiva «resignación» de las democracias occidentales al régimen de Franco, a la que llamó siempre por su nombre: complicidad. Tampoco se equivocó en su denuncia de la pena de muerte y del terrorismo, extremos simétricos de la inmolación del individuo a la razón de Estado (del Estado a defender, del Estado a destruir o del Estado a construir, que todos requieren por igual verdugos). El destino humano pudo parecerle absurdo, pero nunca justificadamente miserable. El daño que nos infligimos unos a otros es un escándalo remediable, aunque el escándalo metafísico del dolor y de la muerte en sí mismo no lo sea. Frente a los desbordamientos a menudo despiadados de la libertad que proyecta y disuelve, sostuvo los valores cálidos de la vida que conserva y consuela [véase la contraposición —y complementariedad— de valores entre libertad y vida en la voz ÉTICA].
Ahora nos resulta además profético y en el buen sentido del término, no como Sartre, cuyas argumentaciones políticas hasta cuando más razón tenía preludiaban también sinrazones venideras. Camus sostuvo desde comienzos de la posguerra que el destino de los ciudadanos de todas las naciones nunca se resolverá antes de que se consiga una organización mundial capaz de asegurar la paz y de afrontar en común los problemas globales. «No habrá revolución eficaz en ninguna parte del mundo hasta que no se produzca esa revolución». En cambio, fue lúcido en su urgencia respecto a los derechos humanos: no son ni mucho menos un aplazable prejuicio mientras la sociedad en su conjunto sea injusta, sino que son inaplazables porque la sociedad es injusta. En política, lección fundamental, sólo los medios pueden justificar el fin y nunca al revés. Esta convicción presidió también su actitud durante el conflicto argelino, tan calumniada por la simpleza de los opuestos extremismos, pero que hoy —a la luz histórica de lo que puede imponerse bajo la capa de la «autodeterminación» y ante los acontecimientos más recientes de la propia Argelia— debemos leer con nuevos matices. Sobre todo, su relato La peste (él no quiso llamarlo «novela») se ha convertido en la metáfora más viva del final de siglo, un mensaje emprendedor pero sin masturbaciones utópicas para la época del sida, de la irracionalidad intransigente y de la abulia desesperada. Es la parábola de la solidaridad como decisión individual, humilde hasta el pesimismo aunque firme. El hombre ha de luchar en la historia, pero tiene derecho a preservar dentro de su vida esa parte de alegría que no pertenece a la historia. Y, pese a todo, hay en lo humano más cosas dignas de admiración que merecedoras de desprecio. Este gran libro deja por igual insatisfechos a los puros estetas y a los intransigentes del moralismo, a los sublimes de la perfección sin compromisos y a los más afanosos de ajusticiar que de lograr justicia; decepciona sintomáticamente a cuantos exigen la utopía de cualquier absoluto, pero es el más limpio manifiesto de «aquellos a quienes les basta el hombre, y su pobre y terrible amor».
Una última lección, de especial pertinencia para la España actual. Los rigoristas de la nota a pie de página y los abades de la jerga académica descartan a Camus del reino severo de la filosofía por no ser más que un «periodista». No sé si el espíritu filosófico estará reñido con la condición periodística, pero seguro que tampoco es atributo frecuente de los catedráticos… En efecto, Camus fue un gran periodista, una de las figuras que han dignificado en lo literario y en lo ético esta profesión tan polucionada. Ahora que los «maestros» de la prosa diaria —pseudoquevedos que no llegan a ser ni Torres Villarroel para verduleras— apuestan mayoritariamente por la horterada vocinglera y faltona, la sobria nobleza de su estilo obliga realmente: a releerle, a reflexionar con él. A mejorar el gusto. Poseyó el don de la nitidez expresiva y la capacidad de acuñar dictámenes inolvidables sin concesiones a la gesticulación verbal. Quizá el único reproche que puede hacerse a su estilo deriva precisamente de este mérito, según apunta con tino Octavio Paz: «Encandilado por la misma brillantez de sus fórmulas, a veces fue, más que hondo, rotundo». Concedido; pero le rescata el que no sólo trató de hacer pensar sino también de conmover sin truculencia, con hermosa sencillez. Su énfasis no insulta ni intimida sino que nos reclama: nos convoca. Cuando cierta vez le preguntaron en una encuesta trivial cuáles eran sus diez palabras favoritas, repuso: «El mundo, el dolor, la tierra, la madre, los hombres, el desierto, el honor, la miseria, el verano, el mar». No requirió muchas voces más ni desde luego más barriobajeras para decirnos lo que aún hoy seguimos necesitando oír. (Fernando Savater)
✦ Se resistía a considerar La Peste (1947) como una novela convencional porque, estructural, filosófica y estéticamente, la concibió y la subtituló explícitamente como una crónica. Para Camus, la etiqueta tradicional de "novela" resultaba insuficiente y engañosa para los propósitos morales y colectivos de su obra debido a las siguientes razones clave: La sustitución del héroe novelesco por el testimonio colectivo. Ausencia de un héroe individual: La novela tradicional del siglo XIX y principios del XX solía centrarse en la psicología, el desarrollo o la crisis de un gran personaje individual (como ocurre en su obra previa, El extranjero). La voz del cronista: En La Peste, el doctor Bernard Rieux actúa deliberadamente como un registrador objetivo de hechos. Camus buscaba que el narrador fuera un mero testigo que habla en nombre de una comunidad confinada. El verdadero protagonista de la obra no es un hombre, sino la ciudad de Orán entera sufriendo el mismo destino. El paso del "Absurdo" individual a la "Revuelta" colectiva. Una estructura de solidaridad: Camus organizaba su producción intelectual en ciclos filosóficos. El extranjero pertenecía al "ciclo del absurdo" (individual e introspectivo). La Peste, en cambio, inaugura el "ciclo de la revuelta". La objetividad de la crónica: Para retratar la resistencia colectiva y la "decencia" compartida frente a la catástrofe, Camus necesitaba el tono desapasionado, histórico y casi documental de una crónica médica y social. El lirismo de la novela de ficción clásica habría diluido la crudeza moral del ensayo filosófico encubierto que pretendía construir. La dimensión alegórica y polifónica. El contenido histórico camuflado: Camus diseñó el libro para que funcionara en múltiples niveles de lectura. En una famosa carta enviada a Roland Barthes en 1955, Camus le aclaró explícitamente que La Peste tenía como contenido evidente "la lucha de la resistencia europea contra el nazismo". Una parábola universal: Al desnudar la trama de los adornos psicológicos típicos de las novelas de la época, la epidemia se convertía en una parábola abstracta aplicable a cualquier forma de totalitarismo, opresión o malestar metafísico. Al llamarla crónica, Camus reclamaba para su texto el estatuto de un documento moral de una época; un testimonio ético urgente más que un producto de entretenimiento o ficción burguesa.
✦ Camus acogió las posturas que justificaban la violencia (Fanon y Sartre) con una mezcla de profundo dolor, indignación ética y un distanciamiento definitivo de la izquierda existencialista parisina. Aunque Camus murió en enero de 1960 —un año antes de que se publicara Los condenados de la tierra (1961) de Frantz Fanon con el polémico prólogo de Jean-Paul Sartre—, la validación que Sartre hizo de la violencia armada contra civiles fue la culminación exacta de la deriva ideológica que Camus había combatido desesperadamente hasta el final de su vida. La colisión entre estas posturas se entiende a través de las siguientes claves éticas y políticas: La ruptura por El hombre rebelde (1951). El fin de una amistad: La ruptura pública entre Camus y Sartre se fraguó una década antes. En El hombre rebelde, Camus argumentó que cuando la rebelión política justifica el asesinato masivo o el terrorismo de Estado en nombre de una "utopía futura", deja de ser liberación y se convierte en tiranía. La crítica sartreana: Sartre y su círculo (especialmente Francis Jeanson) acusaron a Camus de ser un "moralista burgués", un idealista ineficaz y un cobarde político que se negaba a "mancharse las manos" en los procesos revolucionarios reales. El dilema de la Guerra de Argelia y los civiles". Salvar a los inocentes": Para Camus, un pied-noir (francés nacido en Argelia) que amaba profundamente su tierra natal, la guerra de independencia fue un desgarro personal. Mientras Sartre apoyaba incondicionalmente al Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino, Camus denunciaba tanto las torturas del ejército francés como los brutales atentados del FLN con bombas en cafeterías que despedazaban a civiles inocentes. La célebre frase de Estocolmo (1957): Al recibir el Premio Nobel, un estudiante argelino le increpó por su tibieza. Camus pronunció una frase que definió su postura: "En este momento se están poniendo bombas en los tranvías de Argel. Mi madre puede estar en uno de esos tranvías. Si la justicia es eso, prefiero a mi madre". Para Camus, la vida humana concreta y presente siempre estaba por encima de cualquier abstracción ideológica. El prólogo de Sartre a Fanon: Lo que Camus anticipóLa violencia como terapia: En el prólogo a la obra de Fanon, Sartre llegó a escribir que "matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre". La confirmación de los temores de Camus: Aunque Camus ya no estaba para leer esas líneas exactas, toda su obra tardía fue una advertencia directa contra ese tipo de pensamiento. Camus sostenía que legitimar el asesinato de civiles bajo el pretexto de la descolonización o la revolución no creaba "hombres libres", sino una cadena infinita de odio y nuevos opresores. El fin nunca podía justificar los medios si los medios destruían la humanidad del propio rebelde. Mientras Sartre abrazó un realismo político radical que validaba el terrorismo como una necesidad histórica, Camus se mantuvo firme en su "filosofía del límite" o mesura: una línea roja innegociable que prohibía taxativamente el asesinato de inocentes.
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