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Agosto de 1914:
Gallípoli (1915):
Territorio francés:
Gran Guerra: Consideraciones y sensaciones ante la inminencia del estallido:
Fueron unos acontecimientos extraordinarios, vistos en su momento y también después como un salto hacia lo desconocido y como el comienzo de una nueva época. ¿Qué hizo que aquel dilatado período de paz se viniera abajo con tanta rapidez? Una respuesta centrada en las características del sistema internacional presenta a las potencias como víctimas; otra que haga hincapié en las decisiones tomadas por los distintos gobiernos las presenta más bien como verdugos. En general, la paz era frágil y esa fragilidad había venido intensificándose cada vez más. Las potencias tenían la capacidad, aunque no necesariamente la intención, de hacer una gran guerra y, dada esa capacidad, siempre cabía la posibilidad de que la hicieran. Ni el Concierto de Europa ni la Segunda Internacional pudieron impedírselo. Una vez puesta en marcha la movilización, los sistemas de reclutamiento y los arsenales de armas acumuladas a partir de 1870 podían causar miles de bajas en cuestión de horas. En la década anterior a 1914 todos los estados mayores reorientaron sus planes de guerra hacia ofensivas inmediatas, y la carrera armamentista hacía que las tropas estuvieran mejor dispuestas. Las crisis recurrentes en el Mediterráneo y en los Balcanes acostumbraron a los gobiernos a contemplar la eventualidad de la guerra, y a debatir si debían iniciarla o no. Estos factores contribuyeron a difundir la idea (visible a menudo en los documentos militares de la época) de que el enfrentamiento entre los bloques era inevitable. Es probable que no solo esta crisis, sino también las sucesivas debilitaran a los socialistas por inspirar a sus líderes una falsa sensación de seguridad y por animar a otros partidos políticos a unirse en torno a los distintos gobiernos. En 1914 la oposición a la guerra fue perdiendo fuerza, dejando en manos de los hombres de Estado no solo los medios técnicos necesarios para lanzarla, sino ofreciéndoles también, siempre que supusieran manejar con habilidad su iniciación, la seguridad del apoyo de la opinión pública.
Esta situación de estrategias cada vez más ofensivas, de carrera armamentista, de crisis repetidas una y otra vez, y de aclimatación cada vez mayor a la guerra se parece a la de otros períodos tales como la década de 1880, la de 1930, o los momentos de máxima tensión de la guerra fría correspondientes a 1948-1953, 1958-1962 y 1979-1983. Pero esa misma lista de factores concomitantes demuestra que dicha situación no tenía por qué acabar en una ruptura de las hostilidades. Para explicar qué hizo diferente a este período tenemos que volver de las características generales del sistema internacional a las distintas potencias en particular. Hasta ahora se ha hecho hincapié en la iniciativa de los gobiernos, afirmándose que el apoyo popular fue esencial, pero complementario. Para que se produjera la guerra, los gobiernos de uno y otro bando tenían que declararla y poner en marcha sus respectivas maquinarias militares. Puede que la paz europea fuera un castillo de naipes, pero hacía falta alguien que lo desbaratara. A menudo se ha afirmado que la de 1914 fue un ejemplo clásico de guerra iniciada por accidente o por error: que ningún hombre de Estado la quería y que todos se vieron desbordados por los acontecimientos. Hoy día esta tesis resulta insostenible. Es indudable que a finales del mes de julio el frenético ir y venir de telegramas se hizo abrumador, pero los gobiernos sabían claramente lo que estaban haciendo. Un conflicto general no era el mejor resultado para ninguno de ellos, pero preferían eso antes que cualquier otra alternativa que consideraran peor. Aunque Berlín y San Petersburgo se equivocaron a todas luces en sus cálculos, todas las partes estaban dispuestas a correr el riesgo de entrar en guerra antes que dar marcha atrás. La guerra se desarrolló a partir de una confrontación en los Balcanes en la que ni Austria-Hungría ni Rusia estaban dispuestas a ceder y en la que ni Alemania ni Francia estaban dispuestas a frenarlas. Una vez generalizado el conflicto de la Europa oriental a la occidental, también Gran Bretaña se mostró dispuesta a intervenir antes que ver a Bélgica invadida y a Francia vencida por los alemanes. En Viena, Conrad llevaba ya algún tiempo insistiendo en hacer la guerra a Serbia, pero Francisco José, Berchtold y Tisza solo pasaron a la acción militar de forma gradual, convencidos de que las opciones alternativas eran la ruina y solo tras considerar detenidamente cómo había que emplear la fuerza. En cambio, cometieron la temeridad de no preocuparse por la guerra con Rusia, admitiendo que era probable, pero dando por supuesto que si contaban con la ayuda de Alemania podrían ganarla. Los alemanes se arriesgaron a enfrentarse en una guerra a Rusia y a Gran Bretaña sin saber muy bien cómo iban a derrotar a ninguna de las dos (y utilizando lo que su Estado Mayor sabía perfectamente que era un plan defectuoso contra Francia). Tampoco tuvieron muy en cuenta cómo la guerra iba a poder resolver sus problemas políticos, aunque parece que el káiser contemplaba la idea de que Rusia perdería Polonia y Bethmann pensaba que Francia perdería sus colonias, por más que ambos estuvieran dispuestos a respetar la integridad de Francia en Europa y la de Bélgica (siempre y cuando Gran Bretaña se mantuviera al margen). Al igual que los austríacos, los alemanes habían buscado soluciones diplomáticas al problema de su sensación de estar cercados y las habían considerado inútiles, y se habían dado cuenta de que se les estaba acabando el plazo solo dos o tres años antes. Pero mientras que para los austríacos el coste de su inactividad parecía evidente —una insurrección interna combinada con una intervención externa en ayuda de los eslavos meridionales—, las amenazas que se cernían sobre los alemanes eran mucho más oscuras. Durante la crisis de julio, Bethmann habló misteriosamente de una futura invasión rusa, pero Alemania estaba más cohesionada y era más resistente que la monarquía de los Habsburgo, y sus fuerzas armadas eran mucho más formidables. El peligro al que se enfrentaba si no hacía nada no era tanto la derrota militar, sino la incapacidad de respaldar sus deseos con una fuerza militar creíble y por consiguiente la pérdida de su estatus de gran potencia: la Selbstentmannung («autocastración»), según la reveladora expresión de Bethmann. Antes que admitir tal cosa prefería el riesgo de un estallido en toda Europa. Pero los alemanes no eran los únicos que veían el mundo de esa forma. Las autoridades rusas habían experimentado recientemente una humillación muy dolorosa en el curso de una gran crisis, y también ellos temían ser relegados al estatus de país de segunda si no respondían a la intimidación. En realidad, tanto rusos como franceses y británicos estaban unidos en la sombría idea que tenían de las ambiciones de Alemania. Nicolás II y Sazónov estaban dispuestos a arriesgarse a una guerra antes que a someterse, y en los últimos momentos de la crisis se convencieron de que la guerra llegaría de todas maneras y que lo más importante era prepararse para ella, aun a riesgo de la paz. Cuando franceses y británicos se enfrentaron a las trascendentales determinaciones que llegaron a tomar, la guerra en la Europa del Este era ya un hecho, y a ellos les tocaba decidir cómo iban a responder. Para Poincaré, y probablemente también para Viviani, era fundamental que Francia no rechazara la alianza con Rusia; de lo contrario, una vez más, se vería abocada al estatus de potencia de segunda, a la pérdida de su independencia y a la vulnerabilidad a los dictados de otros. También a Asquith, Grey y Bonar Law la dominación del continente por parte de los alemanes les parecía amenazadora, a pesar de la distancia mucho mayor que los separaba de ellos, aunque, de no ser por la invasión de Bélgica, consideraciones de Realpolitik de ese estilo no habrían asegurado la intervención inmediata de Gran Bretaña. Los británicos se encontraron ante un dilema muy grave. Probablemente estuviera justificada su siniestra interpretación de las ambiciones de Alemania, pero subestimaron —como todos los demás— el coste que iba a suponer frustrarlas. Una vez que la crisis sobrepasó los límites de los Balcanes a todos los países implicados, no les quedaron más que opciones negativas. El Viejo Mundo que las potencias iban a destruir era para todas ellas un entorno mucho más agradable que cualquiera de los que posteriormente pudiera crear la violencia.
Solo los austríacos formularon sus objetivos con claridad, e incluso ellos lo hicieron solo para el ámbito de los Balcanes. Las demás potencias —incluida Alemania— se enfrentaron a la perspectiva de una guerra general inminente de forma tan repentina que no tuvieron tiempo de establecer objetivos políticos concretos, que definieron solo con posterioridad. Combatieron más bien para evitar una situación negativa (la pérdida del estatus de gran potencia) y no vacilaron en sacrificar las vidas y la felicidad de sus ciudadanos hasta el final. En una palabra, lucharon por miedo. Siguen en pie algunas preguntas: ¿por qué los políticos supusieron que la guerra podía aliviar ese miedo? Y sobre todo, ¿por qué los dos bandos pensaron que podía hacerlo? La respuesta se encuentra en parte en la evolución de la carrera armamentista anterior a la guerra hasta un punto en el que los dos bloques se hallaban más cerca de la igualdad de lo que habían estado tras la derrota de Rusia a manos de Japón. En 1914 franceses y rusos pudieron contemplar la posibilidad de entrar en combate, aunque habrían preferido hacerlo tres años antes. Análogamente, el Estado Mayor alemán creyó que aún era posible la victoria (o así se lo explicó a su gobierno), o al menos que si la lucha era inevitable, más valía no esperar. Los dos bandos estaban a punto de alcanzar el equilibrio (y, de hecho, estaban bastante igualados, como se encargarían de demostrar los tres años que estaban por venir), pero un equilibrio inestable en el que una parte iba hacia arriba, mientras que otra iba hacia abajo, un punto de «transición de poder» más que un equilibrio estable de terror. Esta referencia a la «destrucción mutuamente asegurada» de la guerra fría es un recordatorio de que, por poderosas que fueran las armas de 1914, su empleo no era inconcebible. La posibilidad de la guerra no parecía aún tan destructiva que todos resultaran perdedores y que la «victoria» no significara nada. Los desfiles militares seguían evocando a una visión folclórica de batallas libradas por soldados de uniformes llamativos entre pífanos y tambores. Los puntos de referencia de los distintos gobiernos eran los conflictos europeos de mediados del siglo XIX y algunos choques más recientes como los de 1899-1902, 1904-1905 y 1912-1913. Todos ellos habían acabado definitivamente, aunque sus costes no dejaran de ascender cada vez más. Pero pasar de tales precedentes a las colisiones que se produjeron en Bélgica y en Polonia entre ejércitos de dos millones de soldados requería un esfuerzo de la imaginación difícil de realizar. A la hora de la verdad, una vez que esas dos coaliciones poderosamente armadas y sumamente industrializadas, cuya fuerza era comparable, se enfrentaron entre sí con una tecnología militar moderna, el resultado, al menos de momento, sería un empate enormemente costoso que lanzó a los gobiernos europeos y a sus desventurados pueblos a un nuevo mundo desolado y cruel.
(Stevenson, Historia de la Primera Guerra Mundial)
Desaciertos (julio de 1914):
✦ Von Bernhardi: Dominio ambicioso:
En su influyente y belicoso libro de 1911, Deutschland und der nächste Krieg ("Alemania y la próxima guerra"), el general prusiano Friedrich von Bernhardi expuso una teoría militar radical basada en el darwinismo social, donde la guerra era vista como una "necesidad biológica" indispensable para el progreso. Defectos, peligros y la necesidad de aniquilación de Francia: Bernhardi señalaba a Francia como un peligro histórico latente y justificaba la necesidad de un ataque preventivo para su total aniquilación política y militar. En su obra afirmaba textualmente que Francia era el enemigo más peligroso de Alemania debido a su insaciable deseo de revancha por la pérdida de Alsacia-Lorena. Argumentaba que, dado que la población francesa estaba estancada y su poder declinaba moralmente, el país recurría a alianzas (como con Rusia e Inglaterra) para aplastar a Alemania. Por lo tanto, determinaba que Francia debía ser tan completamente derrotada que nunca más pudiera cruzarse en el camino de Alemania. El ataque no debía ser defensivo, sino una agresión planificada para su destrucción como gran potencia. El estatus de Francia tras ser derrotada: No planteaba una anexión total o dominación del territorio francés para siempre, sino su anulación definitiva como potencia mundial mediante condiciones de paz asfixiantes. El objetivo de Bernhardi no era administrar o gobernar de manera permanente toda la geografía francesa sine die, sino forzar una sumisión geopolítica absoluta. Esto se lograría mediante la destrucción de sus ejércitos, la captura de puntos estratégicos y la imposición de condiciones que la privaran de colonias y peso diplomático, convirtiéndola en un actor irrelevante en el tablero internacional. No se limitaba a Francia; Bernhardi estaba convencido de que Alemania debía y podía alcanzar la hegemonía indiscutible sobre toda la Europa continental. El verdadero rival global a largo plazo era el Imperio Británico. Para poder competir con Gran Bretaña en los mares y el comercio mundial, Alemania primero tenía que asegurar una posición de supremacía total e incontestable en el continente europeo. Derrotar a la alianza franco-rusa era el paso necesario para fundar una Mitteleuropa bajo el liderazgo absoluto de Berlín. Territorios de Polonia y Rusia como objetivos de ocupación propia: Consideraba los territorios del este (Rusia y las zonas polacas bajo su control) como espacios de expansión necesarios y defendía iniciar campañas por iniciativa propia. Debido a su fuerte mentalidad de expansión y la búsqueda de lo que más tarde se popularizaría como Lebensraum (espacio vital), veía al Imperio Ruso como un coloso amenazante con un crecimiento demográfico masivo. Su estrategia militar prescribía de forma explícita la guerra ofensiva y los ataques preventivos, argumentando que Alemania no debía esperar a ser atacada por la coalición enemiga, sino que debía golpear primero por iniciativa propia tanto en el frente occidental como en el oriental para debilitar definitivamente a Rusia y reconfigurar las fronteras de Europa del Este en beneficio del Imperio Alemán.
✦ Oposición a la creación de Checoslovaquia:
✦ Durante la Conferencia de París la delegación francesa estaba convencida de que Alemania intentaría rearmarse en secreto y buscaría la expansión territorial en cuanto tuviera la menor oportunidad. Esta profunda desconfianza y el miedo a una futura revancha germana marcaron toda la estrategia de Francia en la Conferencia de París de 1919. Las razones principales que explican este pensamiento de la delegación francesa, liderada por el primer ministro Georges Clemenceau, se estructuran en los siguientes puntos: 1. El trauma histórico y la obsesión por la seguridadLa experiencia de 1870 y 1914: Francia había sufrido dos invasiones alemanas en menos de cincuenta años. Para Clemenceau, el militarismo y el expansionismo prusiano no eran una fase temporal, sino una característica fija del carácter político alemán. Asimetría demográfica e industrial: Francia sabía que, a pesar de haber ganado la guerra, su población era mucho menor que la de Alemania y su industria del norte había quedado devastada. Temían que una Alemania recuperada económicamente superara rápidamente a Francia en poder militar. 2. La exigencia de garantías físicas e internacionales. El intento de separar la Renania: Sabiendo que los tratados e intenciones de paz alemanes no eran de fiar, Francia exigió inicialmente que la región de Renania se separara de Alemania para actuar como un Estado tapón militar. Al no lograrlo por la oposición anglo-estadounidense, exigieron su desmilitarización absoluta y la ocupación militar aliada temporal. El rearme encubierto: Los negociadores franceses (apoyados por asesores militares como el mariscal Ferdinand Foch) advirtieron que Alemania utilizaría cualquier vacío legal para camuflar su poder militar. Anticiparon que las asociaciones civiles, clubes de tiro y fuerzas policiales locales se usarían para entrenar secretamente a futuros soldados (lo que efectivamente ocurrió con las Freikorps y el posterior rearme secreto en la República de Weimar). La creación del "Cordón Sanitario" en el Este. Alianzas de contención: La delegación francesa no creía que el Tratado de Versalles fuera suficiente por sí solo para frenar el expansionismo alemán. Por ello, impulsaron con fuerza la creación y expansión de países como Polonia y Checoslovaquia. El objetivo era rodear geográficamente a Alemania con Estados aliados de Francia, obligándola a mantener dos frentes militares en caso de que intentara una nueva expansión territorial en el futuro. Para la delegación francesa, la Sociedad de Naciones y las promesas de paz alemanas eran insuficientes. Su postura en Versalles fue tan dura precisamente porque operaban bajo la premisa de que Alemania nunca aceptaría la derrota y buscaría anular el tratado por la fuerza en la primera oportunidad que tuviera.
✦ La práctica totalidad de la cúpula militar alemana en 1919 consideraba que el rearme secreto y la posterior expansión territorial eran la única estrategia correcta. No existía un debate real dentro del estamento militar sobre si se debía o no cumplir el Tratado de Versalles; la única discusión interna giraba en torno a cómo y cuándo romperlo de forma segura sin provocar una nueva invasión aliada. Este consenso casi absoluto entre los oficiales de la Reichswehr (el nuevo ejército nacional) se basaba en los siguientes pilares de su doctrina y cultura militar: El mito de la "puñalada por la espalda" (Dolchstoßlegende). Los mandos militares alemanes se negaban a aceptar que el ejército hubiera sido derrotado en el frente de batalla. Sostenían unánimemente la teoría de que los políticos de izquierda, los socialistas y los judíos habían traicionado al país desde la retaguardia al firmar el armisticio de 1918. Al considerarse "invictos", creían tener el deber moral e histórico de reconstruir su poder militar y vengar la humillación de Versalles. El rechazo absoluto a los límites de Versalles: El Tratado de Versalles redujo el ejército de millones de hombres a solo 100.000 soldados profesionales, sin aviación, tanques ni artillería pesada, y abolió formalmente el Gran Estado Mayor.Para los generales, esto dejaba a Alemania totalmente indefensa frente a potencias vecinas.Por lo tanto, el rearme secreto no era visto por ellos como un acto criminal, sino como una "defensa propia legítima" y una necesidad existencial del Estado. La doctrina de Hans von Seeckt. El general Hans von Seeckt, quien asumió el liderazgo del ejército de la posguerra, diseñó la estrategia perfecta para burlar el tratado de forma unificada: El "ejército de líderes" (Führerheer): Convirtió el límite de 100.000 hombres en una élite de oficiales y suboficiales. Cada soldado raso fue entrenado secretamente para actuar como cabo o sargento, y cada oficial para comandar batallones enteros. El objetivo explícito era tener una estructura lista para expandirse masivamente en cuanto se diera la orden. El Estado Mayor camuflado: Aunque los Aliados prohibieron el Estado Mayor, Von Seeckt lo mantuvo intacto cambiándole el nombre a Truppenamt (Oficina de Tropas). Todos los altos mandos operaban en esta oficina con planes de contingencia militares idénticos a los de antes de la guerra. 4. Cooperación internacional secreta. El consenso a favor del rearme clandestino fue tan monolítico que la dirección del ejército no dudó en aliarse en secreto con su archienemigo ideológico, la Unión Soviética. A partir de 1921 (con planes trazados desde 1919-1920), los militares alemanes abrieron escuelas de aviación (en Lípetsk) y de tanques (en Kazán) en territorio soviético. Allí probaron armas prohibidas y entrenaron a sus oficiales lejos de los inspectores aliados. 5. La obsesión territorial en el Este. En el ámbito estratégico de 1919, la práctica totalidad de los oficiales coincidía en que las nuevas fronteras impuestas eran intolerables. El foco de expansión territorial inicial no era el oeste (Francia), sino el este. El Alto Mando consideraba que la existencia de la recién creada Polonia y el corredor de Danzig eran una aberración geopolítica que dividía el territorio alemán. La recuperación de estas tierras, junto con la anexión de Austria y los Sudetes, formaba parte de los mapas y ejercicios tácticos de la oficialidad desde el primer día de la posguerra. No existía una facción "pacifista" o "legalista" dentro del ejército alemán en 1919. Desde el oficial más joven hasta el general de mayor rango, todos consideraban que la República de Weimar era una fase transitoria y que el rearme encubierto era el único camino racional para devolver a Alemania su estatus de gran potencia.
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