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Eric Hobsbawm (1917-2012): Modelos de izquierda y Lucha armada:
URSS: Financiación de movimientos independentistas: La postura de Eric Hobsbawm sobre este tema es fascinante porque combina su rigor como historiador con su perspectiva de "marxista impenitente". Hobsbawm no veía la financiación y el apoyo de la URSS a los movimientos del Tercer Mundo como un simple acto de generosidad ideológica, sino como una pieza de un ajedrez geopolítico mucho más complejo. Puntos clave de su análisis, principalmente extraídos de su obra cumbre, Historia del siglo XX (The Age of Extremes): El Pragmatismo sobre la Ideología Hobsbawm argumentaba que la URSS, especialmente después de Stalin, era un actor profundamente conservador en la arena internacional. Según él, el Kremlin no buscaba necesariamente expandir la revolución mundial de forma caótica, sino mantener la estabilidad de su esfera de influencia. Realpolitik: El apoyo financiero y militar a movimientos independentistas era, a menudo, una respuesta pragmática para contrarrestar la influencia de EE. UU. (la doctrina de la contención) más que un deseo genuino de ver regímenes comunistas puros en todas partes.

La "Ilusión" del Tercer Mundo Hobsbawm era bastante crítico con la idea de que estos movimientos fueran "socialistas" en el sentido tradicional. Observó que muchos líderes del Tercer Mundo adoptaban la retórica marxista-leninista simplemente porque era el lenguaje de la liberación nacional y, sobre todo, porque era el requisito para acceder a los fondos y armas de Moscú. Para Hobsbawm, la URSS se encontraba a menudo financiando regímenes que eran nacionalistas primero y socialistas después (o nunca). La Carga Económica: Un Factor de Colapso Una de las tesis más potentes de Hobsbawm es que este apoyo financiero fue una de las causas del agotamiento soviético. Sobreextensión imperial: Hobsbawm señala que la URSS se vio obligada a sostener economías inviables o movimientos guerrilleros en lugares donde no tenía intereses estratégicos vitales, solo por el prestigio de no "perder" frente al capitalismo. Esto creó un drenaje de recursos que la economía planificada, ya estancada, no pudo soportar a largo plazo. Relación de Simbiosis y Desconfianza Hobsbawm destacaba la paradoja de que la URSS a veces frenaba a los movimientos revolucionarios locales si estos ponían en peligro la coexistencia pacífica con Occidente. "La Unión Soviética prefería estados clientes estables que movimientos revolucionarios impredecibles". Motivación,"Geopolítica y estratégica, no puramente misionera." Naturaleza del apoyo,"Fundamental para la descolonización, pero a menudo mal enfocado." Consecuencia,Contribuyó al agotamiento económico y posterior colapso de la URSS. Relación con líderes,Cínica por ambas partes: los líderes buscaban armas; Moscú buscaba aliados. Concluye que, aunque la URSS fue el "hermano mayor" necesario para que el Tercer Mundo desafiara al colonialismo europeo, esa relación fue a menudo una carga mal gestionada que no logró crear un sistema económico alternativo sólido en el Sur Global.

Financiación de atentados: Los grupos independentistas (de inspiración marxista más o menos real) recurrían a métodos terroristas. La expresión práctica del marxismo quedó vinculada a la financiación de atentados. Para un historiador de su formación, el análisis solía centrarse en las grandes estructuras (el Estado, la clase social, la economía), lo que a veces dejaba en un segundo plano la naturaleza táctica de la violencia armada. Sin embargo, Hobsbawm no ignoraba este vínculo, aunque lo analizaba bajo un prisma muy específico: La distinción entre "Revolución" y "Terrorismo" Hobsbawm, siguiendo la tradición marxista clásica, solía ser escéptico respecto al terrorismo individual o de pequeños grupos (como el de la Fracción del Ejército Rojo en Alemania o las Brigadas Rojas). Para él, la financiación soviética a grupos del Tercer Mundo no estaba destinada a "atentados" aislados, sino a la creación de ejércitos de liberación o guerrillas capaces de tomar el poder estatal. No obstante, reconocía que, en la práctica, la línea entre la "guerra de liberación" y el terrorismo era inexistente para quienes sufrían la violencia. El "Cortocircuito" de la Violencia Hobsbawm admitía que la Guerra Fría legitimó el uso de la violencia como herramienta política. La URSS financiaba lo que llamaba "Luchas de Liberación Nacional", proporcionando: Entrenamiento en la Universidad Patrice Lumumba (Moscú) y en campos de entrenamiento en Europa del Este. Logística y armamento (el ubicuo AK-47) que terminaba en manos de grupos que utilizaban tácticas de terror para desestabilizar gobiernos coloniales o pro-occidentales. La crítica de Hobsbawm a la "Nueva Izquierda" A diferencia de otros intelectuales, Hobsbawm fue muy crítico con la deriva "terrorista" de ciertos movimientos marxistas a partir de los años 60. Argumentaba que el recurso al atentado y al secuestro era a menudo un signo de debilidad política: cuando un movimiento no tenía el apoyo de las masas, recurría a la "propaganda por el hecho" (violencia) para forzar una respuesta del Estado. Para él, esto era una desviación del marxismo organizado y una caída en el anarquismo o el voluntarismo ciego. La responsabilidad de la URSS Hobsbawm es directo al señalar que la URSS se convirtió en el arsenal del mundo no por convicción ética, sino por oportunismo. Moscú financiaba grupos que practicaban el terrorismo porque era una forma barata de mantener a Occidente a la defensiva. En Historia del Siglo XX, Hobsbawm reflexiona sobre cómo el siglo se convirtió en el más violento de la historia, en parte porque la política se "militarizó" y la distinción entre combatiente y civil se borró por completo. La paradoja del historiador Es cierto que en los textos de Hobsbawm se percibe cierta "distancia clínica" hacia la violencia. A menudo se le ha criticado por ser capaz de justificar los costes humanos en pos de un supuesto progreso histórico. Para él, los atentados financiados por el bloque soviético eran un síntoma de una época de catástrofe, más que el eje central de su análisis.

Es legítimo que movimientos de Liberación Nacional alcanzaran el poder mediante el uso de la lucha armada? Para Hobsbawm, la legitimidad de la lucha armada no era una cuestión de "moralidad universal", sino de contexto histórico y eficacia política. Como historiador marxista, no veía la violencia como algo deseable en sí mismo, sino como una herramienta que el siglo XX había normalizado debido a la cerrazón de las estructuras coloniales y oligárquicas. La "Violencia Defensiva" o Inevitable Hobsbawm argumentaba que en gran parte del Tercer Mundo (África, Asia, América Latina), los movimientos de liberación no elegían la lucha armada por gusto, sino porque no existían canales democráticos. Para él, la legitimidad residía en que el sistema colonial era, en esencia, una forma de violencia institucionalizada. Por lo tanto, el uso de las armas para romper esas cadenas era visto como una respuesta lógica y, en términos históricos, legítima. El éxito como fuente de Legitimidad Hobsbawm tenía una visión muy pragmática: un movimiento armado ganaba legitimidad si lograba convertirse en un movimiento de masas. Ejemplo de Vietnam: Admiraba la capacidad del Viet Minh/Viet Cong para fusionar el sentimiento nacionalista con la estructura comunista. En este caso, la lucha armada era legítima porque contaba con el respaldo (o al menos la movilización) de la población campesina contra una potencia extranjera. Contraste: Despreciaba los focos guerrilleros que intentaban imponer una revolución "desde arriba" sin apoyo popular, considerándolos aventuras condenadas al fracaso y carentes de base histórica. El costo de la "Era de las Catástrofes" Hobsbawm acuñó el término "guerra civil total" para describir el periodo entre 1914 y 1945, y argumentaba que esa brutalización se trasladó al Tercer Mundo. Admitía que la lucha armada era "el precio del progreso" en contextos donde las potencias imperiales se negaban a retirarse (como en Argelia o Angola). Sin embargo, nunca fue un entusiasta del "culto a la violencia" (al estilo de Frantz Fanon o el Che Guevara). Para él, la violencia era un medio penoso y peligroso para alcanzar un fin: la creación de un Estado moderno y soberano. La distinción entre Guerrilla y Terrorismo Es crucial notar que Hobsbawm distinguía entre: Lucha armada legítima: Guerrillas con base social que buscan el control del territorio y el apoyo de la población. Terrorismo sectario: Grupos pequeños que ponen bombas en lugares públicos. Esto último lo consideraba una aberración política que solía fortalecer al Estado que pretendían derribar. En resumen: Su balanza ética Hobsbawm fue muy criticado (especialmente tras la caída de la URSS) por su aparente frialdad ante los crímenes cometidos en nombre de la revolución. Su postura se resume en que la historia es un proceso violento por naturaleza. Si la lucha armada lograba derribar un sistema opresivo y abrir paso a la modernización, él tendía a considerarla un "mal necesario" históricamente justificado. "El siglo XX fue un siglo de guerras de religión, pero las religiones más feroces fueron las ideologías seculares". — Eric Hobsbawm.

Valoración de los logros (desarrollo económico, modernización) de los gobiernos socialistas argelinos: Su valoración sobre la Argelia post-independencia (liderada por el FLN y figuras como Ben Bella o Boumédiène) es un ejercicio de lucidez melancólica. Por un lado, admiraba el proceso de liberación nacional, pero por otro, fue un crítico implacable de los resultados económicos del socialismo de Estado argelino.Para Hobsbawm, Argelia fue el ejemplo perfecto de las contradicciones del Tercer Mundo: 1. El éxito de la Modernización "desde arriba"Hobsbawm reconoció que el gobierno socialista logró avances que el colonialismo francés nunca permitió. En su análisis, destaca:La creación de un Estado real: Valoraba positivamente que Argelia lograra construir una administración nacional sólida y una infraestructura básica de salud y educación para una población que había sido sistemáticamente excluida por Francia.La industrialización: Veía con interés el intento de Argelia de utilizar sus ingresos por hidrocarburos (gas y petróleo) para financiar una base industrial propia (las "industrias industrializantes"), intentando romper la dependencia de las manufacturas europeas. 2. El fracaso de la "Autogestión"Este es un punto crítico en su obra. Hobsbawm observó cómo el sueño de la autogestión obrera (fincas y fábricas gestionadas por los propios trabajadores tras la salida de los colonos) fue rápidamente aplastado por la burocracia estatal.Para Hobsbawm, el socialismo argelino se convirtió en un capitalismo de Estado burocrático. La eficiencia se sacrificó en favor del control político de un partido único (el FLN) que se volvió cada vez más distante de las masas campesinas. 3. La trampa del Rentismo (El petróleo) Hobsbawm fue muy agudo al señalar que el "desarrollo" argelino era ilusorio porque no nacía de una transformación productiva real, sino de la renta petrolera.Argumentaba que el flujo de dinero de los hidrocarburos permitió al gobierno socialista evitar las reformas agrarias y sociales profundas que eran necesarias.En lugar de crear una clase trabajadora dinámica, se creó una nomenclatura estatal que dependía de los precios internacionales del crudo. 4. El "Divorcio" entre el Estado y el PuebloEn Historia del Siglo XX, Hobsbawm advierte que el fracaso del desarrollo económico socialista en Argelia fue el caldo de cultivo para lo que vendría después: el ascenso del fundamentalismo islámico.Al no cumplir las promesas de prosperidad y empleo para la juventud urbana, el modelo de modernización secular y socialista perdió su legitimidad.Hobsbawm veía esto como una tragedia histórica: un movimiento que había ganado una guerra heroica contra un imperio, pero que no supo gestionar la paz ni la economía. Balance final de Hobsbawm Aspecto Valoración de Hobsbawm Independencia Un hito heroico y necesario de la descolonización. Economía Crítica: un modelo de "elefantes blancos" e industria ineficiente. Sociedad Positiva en educación/salud, pero negativa en libertades políticas.LegadoUn fracaso en transformar el entusiasmo revolucionario en un sistema productivo sostenible.Hobsbawm utilizaba el caso argelino para ilustrar una de sus tesis más amargas: que ganar la guerra de liberación era mucho más fácil que ganar la batalla contra el subdesarrollo, especialmente cuando se intentaba copiar el rígido modelo de planificación soviético en sociedades agrarias.

Valoración de la implicación de los gobiernos argelinos en la lucha para la liberación de pueblos colonizados: La implicación de Argelia en las luchas de liberación del Tercer Mundo fue el factor que la convirtió en la "Meca de los Revolucionarios" durante los años 60 y 70. Su valoración mezcla una profunda admiración por el simbolismo de Argelia con un análisis frío sobre las limitaciones geopolíticas de ese entusiasmo. Argelia como "Modelo de Exportación" Hobsbawm consideraba que la victoria argelina contra Francia en 1962 fue el evento más electrizante para el Tercer Mundo después de la Revolución Cubana. El prestigio de la lucha armada: El gobierno del FLN (Frente de Liberación Nacional) no solo apoyaba a otros pueblos con retórica, sino con experiencia táctica. Argel se convirtió en el centro de entrenamiento para movimientos que iban desde el Congreso Nacional Africano (ANC) de Nelson Mandela hasta las guerrillas latinoamericanas y los movimientos de liberación en las colonias portuguesas (Angola, Mozambique). Validación de la tesis de Hobsbawm: Para él, Argelia demostraba que un movimiento campesino y nacionalista podía derrotar a una potencia de la OTAN, lo que legitimaba la "vía revolucionaria" frente a la diplomática. El puente entre Moscú y el Tercer Mundo Hobsbawm destacaba el rol de Argelia como un intermediario estratégico. Aunque Argelia recibía una financiación masiva y armamento de la URSS, el gobierno argelino mantenía una autonomía que los estados del bloque del Este no tenían. Argelia permitía que la influencia soviética llegara a África sin que pareciera una imposición directa del Kremlin, algo que Hobsbawm veía como una jugada maestra de la geopolítica no alineada. La Diplomacia del Petróleo y el Nuevo Orden Económico Uno de los puntos que Hobsbawm resalta con más énfasis es el papel de Argelia en la confrontación económica global. Liderazgo en el Movimiento de Países No Alineados (NOAL): Argelia no solo enviaba armas; lideró la batalla diplomática para crear un "Nuevo Orden Económico Internacional". Hobsbawm valoraba que los gobiernos argelinos (especialmente bajo Houari Boumédiène) intentaran utilizar el petróleo como arma política para forzar a Occidente a redistribuir la riqueza global, no solo para Argelia, sino para todos los pueblos colonizados. La "Contradicción Argelina" (La visión crítica) A pesar de su apoyo a estos movimientos, Hobsbawm señaló una paradoja que terminó por debilitar esta implicación: El contraste interno: Mientras Argelia financiaba revoluciones en el extranjero y predicaba la liberación, su propio régimen se volvía cada vez más autoritario y burocrático en casa. Hobsbawm observó que esta proyección exterior servía a veces para ocultar los fallos del desarrollo interno. Al final, cuando la economía argelina entró en crisis en los años 80, esa capacidad de liderazgo internacional se evaporó, dejando a los movimientos que dependían de ella desamparados. Veía la implicación argelina como el pico máximo de la autoconfianza del Tercer Mundo. Para él, Argelia fue el país que mejor entendió que la descolonización no era solo arriar una bandera extranjera, sino cambiar las reglas del juego mundial. Sin embargo, también lo usó como ejemplo de cómo un excesivo énfasis en la "política exterior revolucionaria" no podía sustituir una base económica interna sólida. "Argelia fue durante un tiempo el corazón de la esperanza revolucionaria global, el lugar donde el socialismo y la liberación nacional parecían haber encontrado una síntesis perfecta". — Reflexión basada en Historia del Siglo XX.

✦ Veía Hobsbawm como objetivo factible la redistribución de la riqueza mundial en manos de potencias coloniales? 2. qué tipo de proceso global podría lograrlo? Para Eric Hobsbawm, la redistribución de la riqueza mundial no era solo una cuestión de justicia moral, sino el nudo gordiano de la política del siglo XX. Su visión como historiador era profundamente escéptica respecto a la "buena voluntad" de las potencias, aunque veía una ventana de oportunidad histórica en la fuerza de los movimientos colectivos. ¿Lo veía como un objetivo factible? A corto plazo, no; a largo plazo, era una necesidad sistémica. Hobsbawm creía que las potencias coloniales y postcoloniales (el Norte Global) nunca cederían su riqueza de manera voluntaria. El sistema capitalista mundial estaba estructurado para drenar recursos de la periferia hacia el centro. El escepticismo de la "Ayuda al Desarrollo": Hobsbawm era muy crítico con la idea de que la "ayuda internacional" fuera a solucionar algo. La veía como una tirita para una hemorragia, o peor, como una herramienta de control neocolonial. La Resistencia del Centro: Observó que, a pesar de la descolonización política, la dependencia económica se mantenía intacta. Las potencias controlaban la tecnología, el capital y los precios de las materias primas, lo que hacía que la redistribución fuera casi imposible dentro de las reglas del juego existentes. Sin embargo, consideraba que la redistribución era factible solo bajo coacción: cuando el Tercer Mundo lograra organizarse para "chantajear" al sistema (como ocurrió brevemente con la crisis del petróleo de 1973). ¿Qué tipo de proceso global podría lograrlo? Hobsbawm no creía en soluciones mágicas, pero identificaba tres procesos que, combinados, podrían forzar ese cambio: A. La Acción Colectiva del "Sur Global" (Sindicato de Naciones) Hobsbawm puso muchas esperanzas en el Movimiento de Países No Alineados. Él planteaba que, así como los trabajadores en el siglo XIX lograron redistribuir la riqueza nacional mediante sindicatos y huelgas, los países pobres debían formar un "sindicato de naciones". El objetivo era el Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI): un cambio en las leyes del comercio mundial que favoreciera a los productores de materias primas. B. La Modernización impulsada por el Estado Para Hobsbawm, la única forma de que un país del Tercer Mundo dejara de ser "saqueado" era dejando de ser una economía agraria primaria. Defendía una industrialización acelerada dirigida por el Estado, similar al modelo soviético o al japonés, para crear una base técnica propia. Sin soberanía tecnológica, la riqueza siempre fluiría hacia afuera. C. El Colapso o Crisis del Sistema Central Como historiador de las crisis, Hobsbawm sugería que la redistribución a menudo ocurre por catástrofe. Argumentaba que solo grandes convulsiones (guerras mundiales, colapsos económicos masivos o la amenaza de una revolución comunista global) obligaban a las potencias occidentales a hacer concesiones económicas para mantener la paz social y la estabilidad del sistema. Al final de su vida (en obras como Entrevistas sobre el siglo XXI), Hobsbawm se volvió más pesimista. Veía que la globalización neoliberal había erosionado la capacidad de los Estados para dirigir sus economías, haciendo que la riqueza se concentrara más que nunca. Su conclusión era que, sin un control político global sobre los mercados financieros, la brecha entre países ricos y pobres seguiría creciendo de forma explosiva.

Evolucionó de forma notable la creencia en que las contradicciones internas del capitalismo causarían su colapso a largo plazo? La evolución del pensamiento de Hobsbawm sobre el colapso del capitalismo es una de las trayectorias intelectuales más honestas y, a la vez, melancólicas del siglo XX. Pasó de un determinismo juvenil (la caída es inevitable) a un escepticismo maduro (el sistema es un desastre, pero no tiene un sustituto a la vista). Podemos dividir esta evolución en tres etapas fundamentales: La ortodoxia juvenil: El colapso como destino (Hasta 1956) En sus primeros años, Hobsbawm compartía la visión marxista clásica: el capitalismo tiene contradicciones internas (sobreproducción, caída de la tasa de ganancia) que lo llevarán inevitablemente a una crisis final. El catalizador: La Gran Depresión de 1929 fue para él la prueba empírica de que el sistema estaba herido de muerte. La creencia: El socialismo no era solo una opción moral, sino el sucesor lógico y científico de un sistema que ya no podía desarrollar las fuerzas productivas. La madurez y la Edad de Oro: La capacidad de adaptación (1960 - 1980) Tras la Segunda Guerra Mundial, Hobsbawm tuvo que enfrentarse a un hecho incómodo: el capitalismo no solo no había colapsado, sino que estaba viviendo su mayor auge histórico (los Treinta Gloriosos). Su giro: Admitió que el capitalismo había demostrado una plasticidad inesperada. Gracias al Estado del Bienestar y a las políticas keynesianas, el sistema había logrado "comprar" estabilidad social.La nueva tesis: El peligro para el capitalismo no era ya un colapso económico repentino, sino una crisis social y cultural. Empezó a observar que el sistema estaba destruyendo los vínculos sociales tradicionales (la familia, la comunidad) que, irónicamente, le daban estabilidad. El análisis final: Un sistema sin frenos (1990 - 2012) En su obra final, especialmente en Historia del Siglo XX y sus entrevistas póstumas, su visión se volvió mucho más sombría y compleja. La caída de la URSS: Hobsbawm reconoció que el colapso del bloque soviético dejó al capitalismo sin un "espejo" o una amenaza que lo obligara a ser reformista. Esto dio paso al neoliberalismo extremo. El colapso ecológico y social: Ya no hablaba de un colapso económico al estilo de 1929, sino de algo más profundo. Su tesis final era que el capitalismo globalizado estaba destruyendo el medio ambiente y la estructura misma de la sociedad humana. La gran paradoja: Aunque creía que las contradicciones eran más graves que nunca (desigualdad extrema, crisis financiera de 2008), llegó a una conclusión amarga: el hecho de que el capitalismo no funcione no significa que el socialismo vaya a sustituirlo automáticamente. Visión del colapso Motor del cambio Juventud (Pre-guerra) Inevitable e inminente. Crisis económica de sobreproducción. Madurez (Guerra Fría) Postpuesto por el Estado del Bienestar. Lucha de clases y competencia con la URSS. Vejez (Post-1991) Posible colapso de la civilización, no solo del sistema. Crisis ecológica, desigualdad y vacío político. Al final de sus días, Hobsbawm mantenía que las "contradicciones" seguían ahí, pero su tono era de advertencia: si el capitalismo colapsaba sin una alternativa organizada, el resultado no sería el socialismo, sino la barbarie.

Vio en el modelo económico de China una vía prometedora para ayudar en la redistribución de la riqueza mundial? La relación de Hobsbawm con el ascenso de China es uno de los puntos más interesantes de su última etapa, ya que le obligó a revaluar su propia ortodoxia marxista. Hobsbawm no veía en China un modelo de "caridad" redistributiva, sino más bien un cambio tectónico en el poder global que podría forzar un nuevo equilibrio. El fin de la hegemonía occidental Para Hobsbawm, la mayor contribución de China a la redistribución de la riqueza no era un plan humanitario, sino el hecho de romper el monopolio de Occidente sobre la riqueza y la tecnología. Veía con satisfacción cómo el eje del mundo se desplazaba del Atlántico al Pacífico. Consideraba que el éxito chino demostraba que el desarrollo económico no dependía necesariamente de seguir las recetas del Consenso de Washington (neoliberalismo). ¿Socialismo o Capitalismo de Estado? Hobsbawm fue muy cauteloso al etiquetar a China. No la veía como un modelo "prometedor" en el sentido moral o utópico, sino como un fenómeno de eficiencia estatal. La paradoja: Admiraba que el Partido Comunista Chino hubiera logrado sacar a cientos de millones de personas de la pobreza (la mayor redistribución de riqueza "hacia abajo" de la historia), pero le inquietaba que esto se hiciera mediante una versión hiper-eficiente de mercado que generaba una desigualdad interna brutal. Su diagnóstico: China era, para él, la prueba de que un Estado fuerte y centralizado es mucho más capaz de generar desarrollo que un mercado libre caótico. El impacto en el Tercer Mundo Hobsbawm observó que China ofrecía a los países de África y América Latina algo que la URSS y EE.UU. no habían dado del todo: Inversión sin sermones: China compraba materias primas y construía infraestructuras sin exigir reformas políticas o medidas de austeridad. Sin embargo, Hobsbawm (siempre el historiador crítico) advertía que esto podía derivar en una nueva forma de dependencia comercial, donde China simplemente ocupaba el lugar de las antiguas potencias coloniales como compradora de recursos básicos. Una vía "prometedora" pero peligrosa Hobsbawm no creía que China fuera a "regalar" riqueza al resto del mundo. Su visión era más bien que: China obligaría a Occidente a competir y, por tanto, a bajar su nivel de arrogancia. El modelo chino demostraba que el Estado seguía siendo la única herramienta capaz de domar al capitalismo para fines nacionales. Hobsbawm murió en 2012, viendo a China como el "único superviviente" exitoso de la tradición de los grandes proyectos estatales nacidos en el siglo XX. Su valoración era más geopolítica que ética: China no iba a salvar al mundo mediante la generosidad, sino mediante la alteración de las jerarquías de poder. Si China lograba que el capital fluyera hacia el Este y el Sur, la redistribución ocurriría por la propia inercia del poder, no por decreto. "Vivimos en un mundo que ha perdido sus brújulas... pero el ascenso de China es el evento más importante de nuestra era". — Eric Hobsbawm.

Mientras veía posibilidades en el modelo de China estaba desilusionado y desesperanzado por la actuación de la clase política de Rusia? La palabra "desilusión" se queda corta para describir lo que Hobsbawm sentía hacia la Rusia post-soviética. Para un hombre que había mantenido su carnet del Partido Comunista Británico hasta el final, ver la transición de la URSS a la Rusia de los años 90 no fue solo un cambio político, fue una catástrofe civilizatoria. Hobsbawm analizaba la actuación de la clase política rusa (desde Yeltsin hasta los inicios de Putin) con una mezcla de horror sociológico y desprecio intelectual: El "Capitalismo de Rapiña" Hobsbawm fue un crítico feroz de la "terapia de choque" económica impuesta en los años 90. Veía a la nueva clase política rusa no como estadistas, sino como una oligarquía parasitaria. Argumentaba que, a diferencia de China, donde el Estado dirigía el mercado para fortalecer la nación, en Rusia la clase política simplemente se dedicó a saquear los activos del Estado acumulados durante 70 años. Para él, esto no fue una transición al capitalismo, sino una caída en la anarquía criminal que destruyó la esperanza de vida, la ciencia y la cultura rusas. La humillación de la Superpotencia Hobsbawm, aunque no era un nacionalista ruso, entendía la importancia del equilibrio de poder. Sentía una profunda desesperanza al ver cómo la clase política rusa había permitido que el país se convirtiera en un "vasallo de Occidente" o en una simple exportadora de materias primas. Consideraba que la desaparición de la URSS como contrapeso a EE.UU. era un desastre para el Tercer Mundo, ya que dejaba al capitalismo global sin ningún freno. El contraste con China Aquí es donde su análisis se vuelve más afilado. Hobsbawm utilizaba a China para avergonzar a la clase política rusa: En China: El Partido Comunista mantuvo el control y usó el mercado como una herramienta. Resultado: Crecimiento explosivo y salida de la pobreza.En Rusia: La élite política (muchos de ellos antiguos burócratas soviéticos convertidos al neoliberalismo) destruyó el Estado. Resultado: Colapso demográfico y social. "En Rusia, la transición al capitalismo fue una catástrofe humana de proporciones épicas que no tuvo parangón en tiempos de paz". — Eric Hobsbawm. La era de Putin: ¿Un mal necesario? Hobsbawm llegó a ver los inicios de la era de Putin con una ambivalencia pragmática. No es que fuera "putinista", pero como historiador que valoraba el orden estatal:Valoraba que Putin hubiera reconstruido el poder del Estado frente a los oligarcas que Hobsbawm tanto detestaba. Sin embargo, le desesperanzaba que esa reconstrucción no fuera hacia un nuevo socialismo, sino hacia un nacionalismo autoritario y un capitalismo de amiguetes. Rusia (Yeltsin/Oligarcas) China (PCCh) Destrucción del Estado. Fortalecimiento del Estado. Saqueo de la riqueza pública. Reinversión de la riqueza en infraestructura. Descenso al caos y la pobreza. Ascenso a superpotencia económica. Veredicto de Hobsbawm: Un fracaso histórico absoluto. Veredicto de Hobsbawm: Un éxito formidable, aunque inquietante. Hobsbawm murió con la tristeza de ver que el país que protagonizó la Revolución de Octubre —el evento que definió su propia vida y obra— había terminado en manos de una clase política que él consideraba mediocre, corrupta y carente de cualquier visión histórica de futuro.

✦ Hobsbawm padeció, de forma muy visible, el síndrome del intelectual que asiste al derrumbe del proyecto al que entregó su biografía y que, en consecuencia, distorsionó su capacidad para juzgar el siglo XXI. El sesgo de hincha deportivo hacia Putin contrasta con el desdén por Deng Xiaoping. El caballo perdedor y la nostalgia: Hobsbawm apostó de por vida por el bloque soviético (nunca renegó del todo de su militancia comunista). La humillante caída de la URSS y la caótica Rusia de Yeltsin fueron para él un trauma intelectual. Cuando Putin llegó al poder en el año 2000 prometiendo restaurar el orden, el orgullo nacional y la autoridad del Estado frente a la anarquía, Hobsbawm experimentó un alivio psicológico. Vio en Putin un freno al triunfalismo unipolar de EE.UU., un sesgo de "hincha" que nubló su juicio ético. La ceguera ante Deng Xiaoping: Sorprendentemente, Hobsbawm miraba el éxito de China con enorme recelo. Al ser un marxista ortodoxo de matriz europea occidental, le costaba asimilar que el brutal capitalismo de Estado y de libre mercado introducido por Deng fuera una "solución socialista legítima". Para él, China se estaba "contaminando" del mercado global, mientras que en la Rusia de Putin veía un intento romántico (aunque autoritario) de reconstruir la soberanía estatal frente al dictado de Washington. La miopía frente a la naturaleza real de Putin y los oligarcas. La ilusión del control estatal: Hobsbawm creía que Putin estaba "metiendo en cintura" a los oligarcas ladrones de los noventa (como el encarcelamiento de Jodorkovski en 2003) para devolverle el poder al pueblo o al Estado soberano. La cruda realidad post-2012: La investigación histórica y política contemporánea ha demostrado que la relación entre Putin y la oligarquía no fue de destrucción, sino de simbiosis mafiosa. Putin no eliminó a los oligarcas; sustituyó a los magnates independientes de Yeltsin por sus propios amigos del KGB (los siloviki), creando un sistema de capitalismo de compadrazgo mucho más estrecho, corrupto y represivo. Hobsbawm murió justo cuando este modelo se consolidaba de forma inequívoca tras las protestas rusas de 2011-2012. La exageración del papel de Occidente en el Sur Global. El marco mental imperialista: Hobsbawm cerró su tetralogía (su gran obra histórica) con Historia del siglo XX (1994) y luego escribió Guerra y paz en el siglo XXI (2007). En este último, su obsesión anticapitalista le llevó a hiperbolizar el grado de explotación unilateral de Occidente sobre el Tercer Mundo. Al empeñarse en ver al Sur Global únicamente como una víctima pasiva del "neoliberalismo destructivo occidental", Hobsbawm no supo predecir el fenómeno más importante del siglo XXI: la globalización no solo empobreció a sectores vulnerables, sino que permitió el ascenso histórico de los mercados emergentes (los BRICS). Cientos de millones de personas salieron de la pobreza extrema en Asia y partes de América Latina gracias, precisamente, a su inserción en los flujos comerciales globales, algo que contradecía el pesimismo catastrofista del historiador. Hobsbawm operó en su vejez con la amargura del derrotado. Prefirió justificar el autoritarismo estabilizador de Putin antes que admitir que las recetas del libre mercado (aplicadas pragmáticamente en China o de forma imperfecta en el Sur Global) estaban moldeando el siglo XXI con mucho más éxito que cualquier vestigio del modelo soviético.

✦ Fe limitada en el parlamentarismo liberal. Para Hobsbawm, la democracia parlamentaria de corte occidental no era un valor universal ni un fin en sí mismo, sino un producto histórico del capitalismo burgués. Tras ver el colapso absoluto de las instituciones y el nivel de vida en la Rusia de los años 90 bajo el experimento democrático de Yeltsin, Hobsbawm concluyó de forma cínica que el parlamentarismo era inviable o secundario para el pueblo ruso. Prefería la estabilidad de un régimen fuerte antes que la "ilusión" de un parlamento pluralista que, a sus ojos, solo servía de fachada para el saqueo económico. Aceptación del cesarismo (El "dictador benevolente"). Existe una vieja propensión en cierta filosofía política a justificar al "cirujano de hierro" o al líder autocrático si este es capaz de frenar el caos o desafiar a un imperio rival. Al tolerar el cesarismo de Putin, Hobsbawm reactivó el mismo mecanismo mental que llevó a su generación a justificar a Stalin: la creencia de que sociedades atrasadas o en crisis profunda necesitan un mando unificado, centralizado y vertical. El orden civil y el orgullo nacional recuperados justificaban, para él, la erosión de los contrapesos democráticos. Insuficiente aprecio por las libertades individuales. Como teórico de las estructuras colectivas y las grandes masas, Hobsbawm a menudo minimizaba las libertades "formales" occidentales (libertad de prensa, de asociación, de expresión) frente a las libertades "reales" (seguridad económica, soberanía nacional). Al no haber sufrido él mismo la persecución de un régimen autoritario —viviendo cómodamente en la academia británica—, subestimó el peligro de permitir que Putin asfixiara los medios de comunicación independientes y persiguiera a la disidencia, considerándolo un "daño colateral" aceptable para reconstruir el Estado. La fe en una utopía que nunca vio triunfar. Este es el componente más trágico de su sesgo. Al haber apostado su biografía intelectual a un proyecto comunista que terminó en el colapso de 1991, Hobsbawm se quedó sin un referente real en el mundo. Su optimismo residual hacia Putin no nacía de los éxitos reales del mandatario ruso, sino de la desesperada necesidad de Hobsbawm de aferrarse a cualquier fuerza que pusiera freno al consenso neoliberal y al imperialismo estadounidense. Proyectó en el régimen de Putin una promesa de resistencia soberana que, en realidad, solo era un capitalismo mafioso y ultranacionalista, diametralmente opuesto a los ideales igualitarios que el propio Hobsbawm defendió en su juventud. El caso de Hobsbawm demuestra cómo el dogmatismo ideológico puede llevar a un historiador brillante a padecer una ceguera voluntaria, prefiriendo validar a un autócrata de derecha con tal de no admitir que su mapa mental del siglo XX había quedado obsoleto para abordar el presente, algo que no ocurrió a Tony Judt o Edward Thompson.

✦ Edward Thompson señaló puntos ciegos de Hobsbawm de forma muy profunda y constante. Aunque compartieron décadas de amistad y militancia inicial en el Grupo de Historiadores del Partido Comunista británico, Edward P. Thompson identificó puntos ciegos cruciales en Hobsbawm. El cisma definitivo ocurrió en 1956, tras la invasión soviética de Hungría y el discurso secreto de Jrushchov sobre los crímenes de Stalin. Thompson rompió con el partido denunciando la inoralidad del estalinismo, mientras que Hobsbawm decidió quedarse. A partir de ahí, Thompson diseccionó los sesgos de Hobsbawm derivados de lo que consideraba una peligrosa inercia dogmática. Los principales puntos ciegos señalados por Thompson incluyen: El "Determinismo Estructural" y la falta de empatía histórica. Hobsbawm tendía a observar la historia "desde arriba", priorizando los datos macroeconómicos, las tendencias globales y las grandes fuerzas impersonales del capital y los Estados. Thompson acusaba a Hobsbawm de padecer una inercia positivista propia del marxismo ortodoxo, reduciendo a los seres humanos a meros "vectores de estructuras económicas". En su obra cumbre, The Making of the English Working Class, Thompson introdujo el concepto de "historia desde abajo". Su objetivo explícito era rescatar a los tejedores artesanales o los destructores de máquinas (luditas) de la "enorme condescendencia de la posteridad", una condescendencia estadística en la que, a ojos de Thompson, Hobsbawm caía con frecuencia al valorar solo los movimientos que "ganaban" o encajaban en la teoría del progreso industrial. Nostalgia de Partido y la "Ortodoxia Burocrática". Al mantener su carné del Partido Comunista, Hobsbawm justificaba su permanencia bajo un supuesto "realismo político", argumentando que fuera del partido un intelectual marxista perdía relevancia organizativa. Para Thompson, esta actitud no era realismo, sino una nostalgia ideológica paralizante y una capitulación ética. Thompson sostenía que permanecer en una estructura corrompida por el estalinismo atrofiaba la capacidad analítica. Señaló que Hobsbawm tenía un punto ciego ante la capacidad de autoorganización de la sociedad civil: al depender mentalmente de la idea de un "Partido-Guía" u orden estatal centralizado, Hobsbawm se volvía incapaz de valorar las revoluciones libertarias o los movimientos de protesta que nacían al margen del aparato de los Estados (la misma inercia que más tarde le haría aplaudir el "orden" de Putin frente al caos parlamentario). La "Sociología del Engaño" frente a la Cultura. En trabajos célebres como La invención de la tradición, Hobsbawm argumentaba que las élites gobernantes diseñaban y manipulaban tradiciones (banderas, himnos, mitos nacionales) para engañar y controlar a la clase obrera. Thompson consideraba que este marco analítico reflejaba un grave déficit teórico. Acusaba a Hobsbawm de tratar a las clases populares como masas pasivas e ingenuas fácilmente manipulables por la propaganda "burguesa". Para Thompson, la cultura, la moral popular (su famoso concepto de "economía moral") y los valores tradicionales no eran meros engaños impuestos desde arriba, sino terrenos de lucha activa y consciente. La inercia ideológica de Hobsbawm le impedía ver que los trabajadores interiorizaban o rechazaban ideas no por debilidad mental, sino basándose en su propia experiencia material viva. La crítica de Thompson a Hobsbawm anticipó con precisión los errores que este último cometería al final de su vida. Thompson detectó que el mapa mental de Hobsbawm priorizaba la coerción estatal, la eficiencia industrial y la disciplina institucional por encima de la libertad individual y la agencia humana. Cuando Hobsbawm justificó el autoritarismo ruso en los años 2000, solo estaba operando bajo la misma inercia que Thompson le había criticado décadas atrás: la propensión a disculpar al autócrata si este prometía control, planificación y resistencia geopolítica contra Occidente.

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