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Martin Heidegger (1889-1976):
Fundador de la denominada fenomenología existencial, está considerado uno de los pensadores más originales del siglo XX. Nació en Messkirch (Baden, actual estado de Baden-Württemberg). Cursó estudios superiores de teología y de filosofía en la Universidad de Friburgo, donde fue alumno de Heinrich Rickert y de Edmund Husserl, el fundador de la fenomenología. En 1913 obtiene el grado académico de doctor con una tesis sobre La doctrina del juicio en el psicologismo realizada bajo la dirección de Schneider. En 1915 imparte la lección El concepto de tiempo en la ciencia histórica como conclusión de su proceso de habilitación en la universidad. En 1916 comenzó su carrera docente en la propia Universidad de Friburgo. Posteriormente pasó, en calidad de profesor titular, a la Universidad de Marburgo, en la que permaneció hasta 1928. Ese año se convirtió, igualmente, en profesor titular de filosofía en la Universidad de Friburgo. Tras el ascenso al poder en Alemania de Adolf Hitler en 1933, Heidegger (que, posiblemente bajo presiones, había mostrado su adhesión al partido nacionalsocialista) fue nombrado ese mismo año rector de la universidad. No obstante, el progresivo deterioro de sus relaciones con las autoridades alemanas (se negó a que en el recinto universitario se realizara propaganda antisemita) culminó con su dimisión al frente del rectorado en 1934. Pudo continuar sus enseñanzas, aunque éstas fueron en parte censuradas, hasta 1944. En 1945, tras finalizar la II Guerra Mundial, Heidegger tuvo que hacer frente a la actitud de relativa afinidad con el nacionalsocialismo que manifestara en 1933. Por ello, hasta 1951 no fue restablecido en su puesto docente, en el que permaneció hasta 1958. Falleció el 26 de mayo de 1976 en Messkirch.

PENSAMIENTO Y OBRA:
Al igual que en el caso de Husserl, el pensamiento de Heidegger recibió las influencias de la filosofía griega presocrática, del filósofo danés Søren Kierkegaard y del filósofo alemán Friedrich Nietzsche.

El ser y el tiempo:
En su obra más importante e influyente, El ser y el tiempo (1927), considerada uno de los escritos más significativos del existencialismo, Heidegger se preocupó por la que definía como cuestión filosófica (y humana) esencial: qué es ser. Esto le llevaba a formularse la pregunta de qué clase de ser (Sein) tienen los seres humanos. Éstos, decía, son arrojados a un mundo que no han creado pero que consiste en asuntos útiles en potencia, incluyendo tanto la cultura como los objetos naturales. Puesto que esos objetos y artefactos resultantes llegan a la humanidad desde el pasado o se utilizan en el presente para alcanzar metas futuras, en su interpretación propuso una relación fundamental entre el modo de ser de los objetos y de la humanidad, y de la estructura del tiempo. El individuo está, sin embargo, siempre en peligro de ser sumergido en el mundo de los objetos, en la rutina diaria, y en el convencional y superficial comportamiento de la multitud. El sentimiento de temor (Angst) lleva al individuo a una confrontación con la muerte y el último sin sentido de la vida, pero sólo por este enfrentamiento puede adquirirse un auténtico sentido del ser y de la libertad.

Obra posterior:
Desde 1930, Heidegger volvió, en trabajos como Introducción a la metafísica (1953), a la particular interpretación de las concepciones occidentales del ser. Sentía que, en contraste con la reverente concepción del ser dominante en la Grecia clásica, la sociedad tecnológica contemporánea había favorecido una actitud elemental y manipuladora que había privado de sentido al ser y a la vida humana, un estado que llamaba nihilismo. La humanidad ha olvidado su verdadera vocación, que es recuperar la más profunda comprensión de la existencia lograda por los primeros griegos y perdida por filósofos posteriores.

INFLUENCIA:
El original tratamiento de Heidegger de temas como la finitud humana, la muerte, la nada y la autenticidad tuvo una influencia crucial sobre el filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre. Heidegger, sin embargo, repudió con el tiempo la interpretación existencialista de su trabajo, en beneficio de una dimensión más vital y poética, ya apreciada en otro tiempo por los pensadores españoles Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset. Desde la década de 1960 su influencia se ha extendido más allá de la Europa continental y ha tenido un impacto creciente en la filosofía de los países de habla inglesa. (Fuente: Encarta)


Heidgger: Cronología
MARTIN HEIDEGGER. Nace en Meßkirch, Baden, —un pequeño pueblo rural en el sudoeste de Alemanía, entre el lago de Constanza, los Alb suabos y el alto Danubio— el 26 de septiembre, su padre Friedrich Heidegger (1851-1924) es sacristán católico y maestro tonelero, su madre es Johanna Heidegger, de soltera, Kemp (1858-1927), ambos profesan la fe católica. Una hermana, Mariele, murió prematuramente. Su hermano Fritz, será un continuo colaborador (se encargará de dactilografiar sus textos) y confidente. 1903-1906 Becario en el Instituto de Constanza. Vive en un internado católico, la Casa de Conrado (Konradihaus), donde se prepara para la carrera sacerdotal. 1907 Lectura decisiva de la tesis de Franz Brentano: Del significado múltiple del ente según Aristóteles obsequiada por un amigo de su padre, Conrad Grober, futuro arzobispo de Friburgo. 1908 Primera lectura de Hölderlin. 1909 Ingresa en la universidad de Friburgo, donde se convierte en alumno de Heinrich Rickert, jefe de la escuela neokantiana de Friburgo, donde descubre los escritos de Emil Lask. Sigue los cursos de dogmática del teólogo Carl Braig. Artículos antimodernistas en diferentes revistas católicas. 1911-1913 Interrupción de la formación sacerdotal. Estudia a Husserl. 1913 Concluye sus estudios universitarios con la tesis sobre La teoría del juicio en el psicologismo. Contribución critico-positiva a la lógica, que se publica en Leipzig en 1914. 1914 Heidegger es llamado a filas en octubre y licenciado unos días después por una dolencia cardiaca. En noviembre de 1915 llega al puesto de control postal de Friburgo en calidad de soldado. Durante los meses finales de la guerra es destinado a un observatorio meteorológico en el frente. 1915 Privatdozent en la “Universidad Granducal Badense Albert-Ludwig de Friburgo de Brisgovia” con la disertación sobre La teoría de las categorías y del significado en Duns Scoto, dedicada a Rikert. Su lección inaugural: El concepto del tiempo en las ciencias históricas. 1916 En marzo, Husserl es llamado a Friburgo a tomar la cátedra de Rickert, Heidegger empieza a trabajar junto con él, sin ser propiamente su asistente. 1917 Se casa con Elfriede Petri de confesión luterano-evangélica, hija de un alto oficial prusiano y antigua estudiante suya. Movilizado, ingresó en el servicio meterorológico de la Armada. 1917-1923 Siempre en Friburgo, dicta cursos y seminarios, entre ellos: Los fundamentos filosóficos de la mística medieval: Introducción a la fenomenología de la religión; San Agustín y el neoplatonismo; lecciones fenomenológicas sobre las Ideen y las Logische Untersuchungen de Husserl de quien es asistente. En 1919 nace su primer hijo, Jörg. En enero de ese mismo año rompe con el catolicismo. En 1920 nace su segundo hijo, Hermann y comienza su amistad con Karl Jaspers. 1923 La Universidad Philipps de Marburgo era conocida como sede de la escuela neokantiana de Marburgo entre quienes destacaban Hermann Cohen y Paul Natorp, como sucesor de Natorp fue elegido Nicolai Hartmann, pero en junio Heidegger fue llamado a ocupar el puesto que había dejado vacante Hartmann, obteniendo el nombramiento de «profesor extraordinario» (no titular) y director del Seminario de Filosofía, con los derechos de un «profesor titular». Entre 1923-1927, cursos y seminarios sobre Platón (Sofista), Aristóteles, Kant, Hegel, Descartes, Droysen; sobre la historia del concepto de tiempo; sobre la ontología medieval. 1924 Comienza la historia de amor con Hannah Arendt. 1926 El 8 de abril termina Sein und Zeit en Todtnauberg, al sur de la Selva Negra donde en 1922 se ha hecho construir una cabaña que más tarde se convertiría en centro de pergrinaje para los «heideggerianos» de todo el mundo. 1927 Publica en las Jahrbuch für Philosophie und phänomenologische Forschung que dirige Husserl, las primeras dos secciones de la primera parte de Ser y Tiempo; la obra quedará inconclusa y marcará la ruptura filosófica con Husserl. 1928 Es nombrado profesor titular de la Universidad de Friburgo, a propuesta del propio Husserl será nombrado su sucesor en la cátedra. Publica las lecciones de Husser sobre la Fenomenología de la conciencia interna del tiempo. 1929 Contra los neokantianos defiende sus propias tesis sobre Kant, las Jornadas de Davos en marzo le dan ocación de precisar y acentuar su desacuerdo con la Escuela de Marburgo y especialmente con Ernst Cassirer. Desacuerdo doctrinal y politico que hace hicapié, sobre todo, en la concepción racionalista de la cultura según el espíritu del siglo XVII, concepción de la que Heidegger se aparta. El 24 de julio pronuncia su lección inaugural: ¿Qué es metafísica?, que se publica el mismo año; también aparece Kant y el problema de la metafísica. Rechaza una cátedra en Berlín, ofrecida por el ministro socialista del momento, lo hará de nuevo ante un ofrecimiento del nacionalsocialismo en 1933. 1930 Ofrece una conferencia pronunciada en Bremen la primera versión de De la esencia de la verdad. 1933 Es nombrado rector de la universidad de Friburgo y se afilia al partido nacionalsocialista (NSDAP). Pronuncia la prelusión rectoral sobre Autoafirmación de la Universidad alemana. Organización del campamento de la ciencia. Apariciones propagandísticas en Leipzig, Heildelberg y Tubinga. Colaborador en la reforma de la Universidad de Baden (introducción de principio del caudillaje). Renuncia al rectorado al año siguiente por discrepancias con el gobierno y deja de ocuparse de política. Comienza un periodo de casi absoluto silencio: Heidegger no publicará casi nada hasta 1942. En cambio dicta regularmente sus cursos académicos. 1935 Da un curso sobre Introducción a la metafísica que será publicado en 1953 con agregados y retoques. 1936 Conferencia de Roma sobre Hölderlin y la esencia de la poesía. Encuentro con Karl Löwith. Entre 1935 y 1936 pronuncia también, en dos ocasiones, en Friburgo y en Zurich, la conferencia sobre El origen de la obra de arte que constituye el núcleo del ensayo más amplio publicado luego en Caminos de bosque. Termina el intercambio epistolar con Jaspers. 1936-1942 Se dedica casi en exclusividad a dictar cursos y seminarios sobre Nietzsche, estos serán publicados en 1961. En varias de estas lecciones hace una confrontación crítica con la idea de poder en el nacional-socialismo. Es vigilado por la Gestapo. 1938 La esencia de la técnica ocupa un lugar cada vez más importante en su pensamiento. Conferencia La fundación de la imagen moderna del mundo por la metafísica, primera versión de La época de la imagen del mundo. 1939 Conferencia El himno de Hölderlin: «Como cuando en día de fiesta». 1942 Aparece La doctrina platónica de la verdad. 1943 Se publica De la esencia de la verdad (texto de una conferencia de 1930). 1944 Noviembre: llamado a la compañía popular de asalto (Volkssturm) para hacer trincheras a la orilla del Rin. 1945 1) Abril-junio: la Facultad de Filosofía se establece en el castillo de Wildenstein. 2) Julio: Heidegger ante la comisión de depuración. Oficiales de la tropas francesas de ocupación interesados en la filosofía entran en contacto con Heidegger. Fracasa el plan de un encuentro con Sartre. Comienza la amistad con Jean Beaufret. 1946 El informe de Jaspers. Se dicta contra Heidegger la prohibición de enseñar. Comienza la amistad con Medar Boss. Carta sobre el humanismo dirigida a Jean Beaufret. 1949 Cuatro conferencias en el club de Bremen: 1) La cosa. 2) El engranaje. 3) El peligro. 4) La vuelta. 1950 Da la conferencia sobre Die Sprache que marca el comienzo de la meditación especifica sobre el lenguaje, meditación que desarrolla las premisas ya contenidas en los escritos de la década de 1930 y en Sobre el humanismo. En el mismo año, Heidegger repite en Mónaco la conferencia sobre La cosa, que contiene la doctrina del Geviert, la cuadratura. Son éstos los elementos sobre los que se desarrollará la meditación heideggeriana en los años siguientes. En febrero Hannah Arendt visita a Heidegger. Se renuevan el intercambio epistolar y la amistad. Se reanuda también el intercambio epistolar con Karl Jaspers. 1951-1953 Reanuda cursos y seminarios en la universidad, su primer seminario tratará sobre Aristóteles: Física II y III. Sus cursos más celebres de este periodo son: ¿Qué significa pensar? (1951-1952), Der Satz vom Grund (1955-1956). La conferencia en la Academia de Munich: La pregunta por la técnica también es de este año. 1955 Serenidad: conferencia en Meßkirch con motivo de la fiesta en honor de Conradin Kreuster. Viaja por primera vez a Francia donde participa en las reuniones de Cerisy-la-Salle con la conferencia Was ist das- die Philosophie? Visita a Georges Braque en Varengeville. 1956 Carta a Ernst Jünger: escrita en su homenaje en ocasión de sus 60 años, se transformará en el ensayo Hacia la pregunta del ser. 1957 Seminario en Todnauberg: La constitución onto-teo-logíca de la metafísica. Conferencia en Aix-en-Provence: Hegel y los Griegos. Conoce a René Char. 1959 Comienzan los seminarios de Zollikon, con Medard Boss. Publicación de Gelassenheit. 1961 Publicación de los dos volúmenes de Nietzsche. 1962 Primer viaje a Grecia. Conferencia Tiempo y Ser. 1964 Aparece el escrito de Theodor Adorno contra Heidegger: Jerga de la autenticidad. 1966 Primer seminario en Le Thor, continuado en Zähringen en los años 1968, 1969 y 1973. La entrevista de Der Spiegel (publicada después de su muerte). 1967 Hannah Arendt visita a Heidegger. Desde entonces lo hará cada año. Tercer y último viaje a Grecia. El 4 de abril pronuncia una conferencia en Atenas en la Academia de las Ciencias y de las Artes: La proveniencia del arte y la determinación del pensar. 1969 Seminario en Thor (Provenza). Entrevista televisada con Richar Wissser. 1975 Aparece el primer tomo de la edición completa de sus obras. 1976 Muere el 26 de mayo en Meßkirch.


✦ La reedición en 1953 de las conferencias de 1935 de Heidegger, bajo el título Introducción a la metafísica, desató uno de los mayores escándalos intelectuales de la posguerra. El detonante fue la decisión del filósofo de mantener intacta su polémica declaración sobre la "verdad y grandeza interior" del nacionalsocialismo. La participación de Heidegger, sus mecanismos psicológicos y sus expectativas frente al juicio histórico muestran una postura de nula autocrítica y un profundo distanciamiento moral: 1. Tipo de participación de Heidegger en la reedición. Heidegger tuvo una participación activa, deliberada y supervisada personalmente en la publicación del texto de 1953. No se trató de un descuido editorial, sino de una decisión consciente: Decisión de no censurarse: El autor revisó los manuscritos de sus lecciones de 1935 y eligió conscientemente no eliminar ni matizar la polémica frase que justificaba el movimiento nazi. Añadido de una aclaración ambigua: En lugar de retirar la frase o disculparse, introdujo entre paréntesis una supuesta aclaración en el texto, definiendo la "grandeza" del movimiento como "la confrontación entre la técnica determinada planetariamente y el hombre moderno". Historiadores y filósofos concluyeron que dicha definición técnica no estaba en sus apuntes originales de 1935, sino que fue un intento posterior de justificar ontológicamente su adhesión política sin retractarse de ella. Posicionamiento de la obra: El propio Heidegger la consideró una de sus obras fundamentales y remitió de forma explícita a ella en las notas de las nuevas ediciones de Ser y tiempo como pieza clave de su pensamiento. 2. ¿Se autoengañaba respecto a la reacción de los intelectuales? No se autoengañaba por ingenuidad; más bien operaba desde una soberbia intelectual y un calculado desprecio por la opinión pública democrática. Heidegger no buscaba la aprobación del nuevo entorno político de la Alemania Occidental y, por tanto, la indignación de los intelectuales no alteraba su postura: Soberbia filosófica: Consideraba que los intelectuales de la posguerra (como el joven Habermas, quien denunció el texto en el Frankfurter Allgemeine Zeitung) realizaban una lectura meramente "política", "moral" o "periodística" de su obra. Para Heidegger, sus críticos eran incapaces de comprender el nivel "ontológico" (el plano del Ser) desde el cual él hablaba. Desprecio por el debate público: Fiel a su filosofía, veía la indignación generalizada y el debate de los periódicos como expresiones del Das Man (el "se dice", la charlatanería del hombre inauténtico del mundo moderno). Consideraba que la condena de los intelectuales hacia sus contenidos rechazables carecía de valor real porque procedía de una sociedad abrumada por el pensamiento técnico y superficial. 3. Lo que esperaba del juicio de la Historia. Heidegger esperaba que la Historia realizara una absolución filosófica que subordinara sus "errores" biográficos a la grandeza de su destino ontológico. Su postura ante el futuro se resume en tres aspectos: La "Historia del Ser" (Seinsgeschichte): Para él, el nacionalsocialismo no había sido un error moral de su parte, sino un destino histórico en el que el propio Ser se había manifestado y luego encubierto. Esperaba que el futuro juzgara su rectorado nazi en Friburgo como una "anécdota menor" o, en sus propias palabras privadas, como la "mayor estupidez de su vida", pero nunca como un crimen moral. El rechazo al arrepentimiento público: Se negó sistemáticamente a emitir un veredicto de culpa o una disculpa por el Holocausto (pese a las peticiones expresas de antiguos alumnos como Herbert Marcuse o el poeta Paul Celan). Creía que un filósofo de su talla no debía rendir cuentas ante los tribunales de la moral humana secular. Confianza en la posteridad: Estaba convencido de que la posteridad terminaría reconociendo que él había sido el único pensador capaz de diagnosticar la crisis espiritual de Occidente y el olvido del Ser. La publicación póstuma programada de sus diarios íntimos (los Cuadernos Negros), que contienen explícitas reflexiones antisemitas, demuestra que esperaba que la Historia del futuro aceptara su antisemitismo y su nazismo como partes intrínsecas y justificadas de su monumental arquitectura filosófica. Podemos examinar la famosa correspondencia y ruptura entre Heidegger y Karl Jaspers tras la guerra, o bien analizar la carta en la que Herbert Marcuse le exigió en vano una disculpa pública por los campos de concentración.

✦ El contexto institucional y político del rectorado en Friburgo. Heidegger asumió el cargo de rector de la Universidad de Friburgo de Brisgovia el 21 y 22 de abril de 1933. Fue elegido formalmente por el pleno de los profesores de la universidad, tras la dimisión de su predecesor, Wilhelm von Möllendorff. Adhesión formal: Pocos días después de asumir el cargo, el 1 de mayo de 1933, Heidegger se afilió al NSDAP. El Discurso de Rectorado: El 27 de mayo de 1933 pronunció su célebre discurso de investidura, titulado La autoafirmación de la universidad alemana. En este texto, de corte estrictamente filosófico pero con claras implicaciones políticas, abogaba por la subordinación de la ciencia y la academia al destino del pueblo alemán y al Estado. Gestión institucional y dimisión. Aplicación de la directiva estatal: Durante su gestión, Heidegger aplicó la legislación vigente de la Gleichschaltung (sincronización política). Esto incluyó la implementación de las leyes raciales en el ámbito académico, lo que supuso la destitución y suspensión de profesores judíos o políticamente disidentes en Friburgo. Dimitió del cargo el 23 de abril de 1934, apenas un año después de haberlo asumido, debido a crecientes desacuerdos con las autoridades del partido respecto al control ideológico y los nombramientos de decanos. Tras su dimisión, se retiró progresivamente de la primera línea de la actividad política institucional, aunque mantuvo su afiliación al partido nazi hasta el final de la guerra. Podemos analizar los argumentos específicos contenidos en su discurso de autoafirmación universitaria o las actas de la Comisión de Depuración de 1945 que evaluaron su conducta en Friburgo tras la guerra.

✦ Tras su dimisión en 1934, la relación de Heidegger con el régimen cambió drásticamente: su obra, sus seminarios y su correspondencia pasaron a estar bajo la estricta vigilancia y supervisión de la Gestapo. Reducir la complejidad de un pensador extraordinario a que simplemente "mantuvo una afiliación formal" oculta el clima de hostigamiento, la infiltración de espías en sus aulas y el confinamiento de su pensamiento al ámbito privado. El uso de términos como "actividad política institucional" resulta reduccionista e inapropiado para describir el complejo, convulso y trágico choque entre la filosofía y el poder absoluto. La historia de los años 30 y 40 no fue una línea uniforme, sino un escenario fracturado donde los intelectuales de mayor talla de Europa intentaban asimilar, denunciar o sobrevivir a la quiebra absoluta de los valores occidentales. El juicio de la intelectualidad ante el despojo de los derechos. Mientras Heidegger intentaba replegarse hacia una crítica ontológica de la técnica moderna bajo la vigilancia del régimen, la destrucción del entorno cultural alemán generaba reacciones categóricas en el pensamiento europeo: Einstein declaró que no viviría en un país donde "la libertad civil, la tolerancia y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley" no existieran. Max Born, premio Nobel de Física, fue suspendido de su cátedra en Gotinga de la noche a la mañana. La comunidad científica internacional consideró la expulsión de estas mentes como una "automutilación" de la cultura alemana. Freud (La deshumanización de la mente): Cuando el régimen nazi tachó el psicoanálisis de "ciencia judía" y quemó sus obras en 1933, la consideración de Freud como un elemento alienante e "infrahumano" por la propaganda oficial desató la indignación global. Figuras como Ernest Jones y la comunidad intelectual internacional presionaron de inmediato para rescatarlo de Viena tras el Anschluss en 1938. Al ver sus libros arder, Freud pronunció una ironía trágica que reflejaba la estupefacción del siglo: "¡Qué avances estamos logrando! En la Edad Media me habrían quemado a mí; hoy en día se conforman con quemar mis libros". Thomas Mann (La pérdida de derechos y la patria moral): En 1936, el régimen despojó oficialmente a Thomas Mann de su nacionalidad alemana y de su doctorado honorífico por la Universidad de Bonn. La respuesta de Mann al decano de la universidad se convirtió en uno de los documentos morales más importantes de la época. Mann argumentó que el despojo de sus derechos civiles y académicos por parte de un poder arbitrario carecía de validez real, afirmando: "Donde yo esté, está Alemania". La intelectualidad europea vio en Mann el símbolo de la verdadera Alemania cultural en el exilio, enfrentada a la barbarie del Estado. La mirada de la vieja Alemania: Guillermo II y la Kristallnacht. Incluso desde las instituciones de la vieja Alemania conservadora, la deriva violenta del régimen provocó repulsión. El testimonio del ex-káiser Guillermo II, exiliado en los Países Bajos, es profundamente revelador sobre cómo el quiebre moral afectó a todas las sensibilidades del país: Aunque en ciertos periodos del pasado Guillermo II había compartido prejuicios antisemitas comunes en la aristocracia de su época, los pogromos de noviembre de 1938 (la Kristallnacht) rompieron cualquier tolerancia residual que tuviera hacia el gobierno nazi. Al enterarse de la destrucción sistemática de las sinagogas, los comercios y la violencia física generalizada contra ciudadanos indefensos, Guillermo II declaró horrorizado: "Por primera vez en mi vida, me avergüenzo de ser alemán". El ex-monarca definió al gobierno como "una banda de gánsteres con camisas" y advirtió que la destrucción del orden legal y de la moral tradicional arrastraría al pueblo alemán a una ruina carente de toda gloria. Las respuestas previas pecaron de un esquematismo que no hace justicia a la realidad. Las figuras de la época —desde un pensador complejo atrapado en su propia encrucijada filosófica y vigilado por el Estado como Heidegger, hasta los exiliados del mundo de la cultura y la ciencia, o los remanentes del antiguo régimen— se vieron obligados a posicionarse ante un colapso moral sin precedentes históricos. Podemos analizar con mayor neutralidad los diarios de Heidegger de este periodo de supervisión, o contrastar los argumentos epistolares específicos entre los intelectuales del exilio sobre el colapso de las universidades.

✦ Heidegger no reconoció que Alemania y Austria fueran las causantes morales o políticas de su propia ruina. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y durante su proceso de desnazificación, el filósofo rechazó asumir una culpa colectiva o individual en los términos históricos habituales. En lugar de culpar a las decisiones estratégicas o criminales del Estado nazi, interpretó la catástrofe a través de su propio sistema filosófico, distribuyendo la responsabilidad en otros factores y actores globales. Su postura ante la ruina de los países de habla germana se articuló a través de tres ejes explicativos: La "Historia del Ser" y la técnica planetaria. Para Heidegger, la Segunda Guerra Mundial y el colapso de Alemania no eran el resultado de un error político de sus gobernantes, sino una consecuencia inevitable de la "historia del olvido del Ser" y del avance de la técnica planetaria moderna. Consideraba que tanto el nacionalsocialismo como el comunismo soviético y el capitalismo estadounidense eran manifestaciones de una misma enfermedad global: la reducción del mundo y del ser humano a meras "materias primas" para el cálculo y la producción técnica. Desde esta perspectiva ontológica, Alemania no provocó voluntariamente su ruina; más bien fue el escenario trágico donde esta fuerza metafísica global colisionó de forma más violenta. La culpabilización del entorno exterior (Aliados y "judaísmo mundial"). En sus diarios personales de pensamiento, publicados póstumamente bajo el nombre de Cuadernos Negros, Heidegger dirigió acusaciones específicas hacia otros responsables para explicar la derrota y la devastación de su entorno: El pensamiento calculador: Vinculó el colapso moral y físico de la época a lo que denominaba la "disposición al cálculo desenfrenado" (Rechnen). En sus anotaciones de los años 30 y 40, asoció este desarraigo y mentalidad puramente técnica con el "judaísmo mundial" (Weltjudentum). Sostenía de manera controvertida que estas fuerzas cosmopolitas y financieras habían empujado al mundo hacia una maquinización que terminó por destruir los valores del arraigo a la tierra y al pueblo germano. Americanismo y Bolchevismo: Tras la rendición de 1945, vio la ocupación aliada no como una liberación, sino como la consumación de la catástrofe cultural. Culpaba a la influencia materialista de los Estados Unidos y a la fuerza colectivista de la Unión Soviética de aniquilar la posibilidad de que Alemania cumpliera lo que él consideraba su "misión histórico-espiritual" en el centro de Europa. El reproche al propio nazismo por "quedarse corto". Cuando Heidegger mostró desilusión respecto al régimen del NSDAP tras su renuncia al rectorado en 1934, el motivo de su crítica no fue la crueldad de la dictadura, sino su falta de radicalidad filosófica. Acusaba a los jerarcas del partido de haber rebajado el movimiento a una burda doctrina biológica, racial y burocrática, en lugar de mantenerlo como la gran revolución espiritual que él había imaginado en 1933. En consecuencia, para Heidegger el nacionalsocialismo real falló porque terminó pareciéndose demasiado a las democracias tecnificadas y de masas que pretendía combatir. En lugar de admitir una responsabilidad nacional compartida por la agresión militar y los crímenes de guerra, Heidegger atribuyó la ruina de Alemania y Austria a un destino cósmico-tecnológico de Occidente y a la victoria de potencias extranjeras que, a sus ojos, carecían de la profundidad espiritual necesaria para liderar el pensamiento europeo.

✦ Es lógico vincular a la clase dirigente y a intelectuales del calibre de Alfred Rosenberg, Carl Schmitt y Martin Heidegger con el andamiaje que hizo posible la Shoá. La historia demuestra que la maquinaria de exterminio requirió tanto de los ejecutores materiales como de los arquitectos ideológicos, jurídicos y filosóficos que legitimaron el horror. El análisis de las figuras e ideas confirma esa responsabilidad compartida: Los legitimadores del horror: Rosenberg, Schmitt y Heidegger. El exterminio no habría sido operativamente posible sin la demolición previa del marco legal, moral y cultural tradicional, una tarea en la que estos intelectuales desempeñaron un papel fundamental: Rosenberg: Como el principal teórico racial del NSDAP, dio forma al antisemitismo biológico e ideológico que deshumanizó a las víctimas antes de su eliminación física. Carl Schmitt legitimó el desmantelamiento de la República de Weimar y proporcionó la justificación jurídica del Estado de excepción permanente. Al teorizar la política bajo la dualidad absoluta de "amigo-enemigo" y justificar la exclusión legal de colectivos enteros, allanó el camino para la privación de derechos que precedió al exterminio. Martin Heidegger: Aunque tras 1934 su relación con las autoridades del partido fue de alejamiento y supervisión por la Gestapo, su silencio posterior ante el Holocausto y sus escritos privados evidencian una desconexión moral profunda. Elevar la tragedia humana al plano de un "destino cósmico-tecnológico" opera en la práctica como un mecanismo de evasión: al culpar a fuerzas abstractas e impersonales (la técnica moderna), se diluye la responsabilidad criminal e individual de quienes planificaron y consintieron la masacre. La lógica de los "iluminados" y la espiral de la destrucción. El proceso imparable que culminó en los devastadores bombardeos de Dresde y Hamburgo subraya una constante histórica: los procesos de violencia masiva suelen ser activados por liderazgos dogmáticos desprovistos de empatía. El régimen nazi inició una guerra de agresión total bajo la premisa de que los tratados internacionales, las vidas de los considerados "subhumanos" y las convenciones morales tradicionales no tenían valor frente al destino de su causa. Al romper deliberadamente todos los límites del derecho internacional y desatar la violencia total en Europa, estos dirigentes activaron una dinámica destructiva que terminó por engullir y arrasar sus propias ciudades y poblaciones civiles bajo las bombas aliadas. La ruina de Alemania fue la consecuencia directa de la lógica bélica que su propia clase dirigente inauguró. La monstruosidad más allá de las figuras visibles. Es un error histórico común concentrar la perversión del régimen exclusivamente en figuras hiperbólicas como Hitler o Heinrich Himmler. La historiografía contemporánea coincide: la monstruosidad del sistema radicaba en su naturaleza colectiva y tecnocrática. Para que el exterminio industrializado funcionara, se necesitó la complicidad activa de miles de profesionales con altos niveles de cualificación: juristas que redactaron decretos de exclusión, burócratas que organizaron los horarios de los trenes hacia los campos, médicos que seleccionaron a las víctimas y académicos que proporcionaron coartadas intelectuales. Esta "banalidad del mal", sumada al fanatismo de los ideólogos, demuestra que el horror no fue el producto de una locura aislada, sino de una abdicación moral consciente y generalizada en los estratos más altos de la sociedad alemana de la época. La mancha histórica de la Shoá permanece fija, ajena al resultado militar de la guerra, precisamente porque la condena moral del mundo no se dicta por quién venció en el campo de batalla, sino por la naturaleza intrínsecamente criminal del acto de exterminio.

✦ La presencia del genio y de la máxima autoridad intelectual no garantiza la lucidez moral. La abdicación de la autocrítica en figuras con semejante auctoritas agrava su responsabilidad histórica. Cómo operó esa red de influencias y por qué la humildad era la única respuesta moralmente aceptable: La seducción inicial y el viraje de Thomas MannEl caso de Thomas Mann ilustra a la perfección que la fascinación por el nacionalismo conservador no fue exclusiva de los fanáticos marginales. Durante la Primera Guerra Mundial, en su obra Consideraciones de un apolítico (1918), Mann defendió la "Kultur" germana, monárquica y profunda, frente a la "Civilisation" democrática e ilustrada de corte franco-occidental, sintonizando con el espíritu de lo que luego se llamaría la Revolución Conservadora. La diferencia radical entre Mann y otros intelectuales radica en su capacidad de rectificación y autocrítica. Al ver cómo ese nacionalismo derivaba en violencia callejera y desprecio por la dignidad humana, Mann rompió públicamente con esas ideas en 1922, abrazó la República de Weimar y pasó el resto de su vida denunciando la monstruosidad que ayudó a incubar. Demostró que la evolución intelectual exige honestidad moral. 2. La auctoritas de Heidegger y la pauta de lo lícito. Para figuras de la talla de Hannah Arendt, Herbert Marcuse y Karl Jaspers, Heidegger no era un profesor más; era el renovador absoluto del pensamiento europeo. Su genialidad le otorgaba una capacidad inaudita para marcar la pauta de lo lícito y lo imitable entre la élite académica. Cuando un pensador con ese magnetismo y esa autoridad legitimó al régimen en 1933, el impacto destructivo fue devastador: validó ante miles de estudiantes y colegas la idea de que el nuevo orden no solo era políticamente conveniente, sino filosóficamente necesario. Al revestir la barbarie con el lenguaje de la alta filosofía, Heidegger desarmó las defensas críticas de determinados círculos intelectuales, haciéndoles creer que la adhesión al movimiento era un acto de altura espiritual. La exigencia de la humildad frente al horror. Ante una nación material y moralmente arruinada por actos ignominiosos cometidos por sus propios ciudadanos, la postura de Heidegger de refugiarse en la "Historia del Ser" resulta inaceptable. La autocrítica desde la humildad era moralmente imprescindible. La contraparte exacta a la soberbia de Heidegger la ofreció su antiguo amigo Karl Jaspers. En 1946, Jaspers publicó un texto fundamental: El problema de la culpa (Die Schuldfrage). En él, sin ambages ni palabrería metafísica, Jaspers diseccionó la responsabilidad alemana en cuatro niveles: criminal, política, moral y metafísica. Sostuvo que ningún alemán podía esquivar la mirada ante las víctimas y que la única forma de reconstruir la dignidad nacional era reconocer el error, asumir la culpa y transitar un doloroso proceso de examen de conciencia. El rechazo de Heidegger a seguir ese camino —su negativa a pedir perdón a Marcuse, su silencio ante Arendt y su soberbia ante el juicio de la Historia— demuestra que prefirió proteger la infalibilidad de su sistema filosófico antes que rebajarse a la escala de la decencia humana elemental. Al hacerlo, transformó su indiscutible genialidad intelectual en una flagrante miseria moral. Podemos analizar los términos exactos del debate epistolar entre Jaspers y Heidegger tras la guerra sobre la culpa de la nación, o la forma en que Hannah Arendt juzgó años después la sumisión de los intelectuales en su ensayo sobre la responsabilidad personal bajo las dictaduras.

✦ Al ser despojado de sus derechos civiles y de su pasaporte Thomas Mann redefinió la identidad alemana, desligándola de las fronteras geográficas, los documentos oficiales y el régimen político de la época. Para él, la verdadera Alemania no era el territorio gobernado por el nacionalsocialismo, sino un espacio ético, literario y humanista que él transportaba consigo en el exilio.Este concepto se sostiene sobre tres pilares fundamentales:La famosa máxima de su exilio: Al llegar a Nueva York en 1938, los periodistas le preguntaron si el exilio resultaba un peso insoportable. Mann respondió con la célebre frase: "Es difícil de soportar, pero lo que lo hace más fácil es la atmósfera de libertad en la que se respira aquí. [...] Donde yo estoy, está la cultura alemana. Llevo mi herencia alemana conmigo" (sintetizada popularmente en los círculos intelectuales como "Donde yo esté, está Alemania"). La legitimidad cultural frente a la legalidad estatal: Mann sostenía que el Tercer Reich era un accidente histórico aberrante y que la verdadera legitimidad de la nación residía en su tradición filosófica y literaria (Goethe, Schiller, Lessing). Por lo tanto, el escritor en el exilio se convertía en el custodio provisional de esa herencia, manteniendo viva la "patria" en sus textos mientras el territorio físico estaba ocupado por la barbarie. El universalismo ético: La patria moral implicaba que los valores de la razón, la justicia y la dignidad humana estaban por encima de cualquier lealtad ciega al Estado (Vaterland). El verdadero patriota alemán, según la perspectiva de Mann en ese periodo, era aquel que combatía al gobierno totalitario para salvar el alma cultural de su pueblo.En resumen, la "patria moral" define la postura de un intelectual que, al perder su patria física, convierte su propia obra y sus convicciones éticas en el único territorio legítimo de su nacionalidad. Podemos examinar el contenido de la carta pública que Thomas Mann envió al decano de la Universidad de Bonn cuando le retiraron su doctorado honorífico, donde se aprecia con exactitud este tono, o explorar los discursos radiofónicos que grabó para la BBC dirigidos directamente a los oyentes alemanes durante la guerra.

✦ Estaban absolutamente quebrados todos los valores de todo Occidente? No, en absoluto. Decir que los valores se quebraron de forma "absoluta" y en "todo Occidente" es metodológicamente insostenible por dos razones: La persistencia del tejido moral: En la propia Europa continental ocupada, millones de personas mantuvieron intactos sus códigos éticos fundamentales. El auge del totalitarismo coexistió con redes de resistencia, ciudadanos que arriesgaron sus vidas para proteger a perseguidos y comunidades que se negaron a asimilar los principios del régimen. Los valores no desaparecieron; fueron perseguidos, censurados y agredidos, pero permanecieron vivos en el ámbito privado, civil y clandestino. La geografía occidental: Occidente no se reducía al totalitarismo continental. En democracias como el Reino Unido, Estados Unidos, Canadá o diversos países de América Latina, los principios fundamentales del derecho, el constitucionalismo, las libertades civiles y el debate público continuaron operando, debatiéndose y expandiéndose. 2. ¿Estaban quebrados los valores de Einstein, Unamuno, Mann o Roosevelt?De ninguna manera. Precisamente la existencia de estas figuras desmiente la noción de una quiebra absoluta. Ellos representaban la continuidad y la defensa activa de esos valores frente a la agresión ideológica: Einstein y Thomas Mann sostuvieron de forma activa el valor de la libertad de cátedra, el universalismo de la ciencia y el humanismo ilustrado, trasladándolos a nuevos entornos geográficos. Miguel de Unamuno, en su célebre e histórico enfrentamiento en el Paraninfo de Salamanca en octubre de 1936 ("venceréis, pero no convenceréis"), defendió la razón y el examen crítico frente a la fuerza bruta y el dogmatismo irracional. Franklin D. Roosevelt, a través de hitos conceptuales como el discurso de las Cuatro Libertades (1941), articuló y redefinió los valores esenciales de Occidente (libertad de expresión, de culto, vivir libres de miseria y vivir libres de temor) como la base del orden internacional de la posguerra. Los valores de estos pensadores y estadistas estaban plenamente vigentes, combativos y sirvieron de refugio moral y político frente a la crisis. 3. La relación con la traducción de Breaking Point. La raíz de este uso hiperbólico tiene una relación directa con una traducción descuidada o una interpretación excesivamente literal del concepto anglosajón "breaking point" (punto de quiebre o punto de ruptura): En la historiografía y la ciencia política anglosajona, se habla a menudo de que la crisis de los años 30 y 40 llevó a las instituciones democráticas y a la civilización europea a su breaking point. Un breaking point no implica la aniquilación de la materia o del valor que sufre la presión, sino el momento de máxima tensión en el que una estructura se fractura, se divide o cambia drásticamente de estado. Al traducir o trasladar conceptualmente esa idea al castellano como una "quiebra absoluta", se suele cometer el error de interpretar "ruptura institucional o geopolítica" como si fuera una "desaparición total de la moralidad". Lo que se rompió fue el consenso político internacional y la estabilidad institucional de varias naciones europeas, pero no la validez ni la existencia misma de los valores humanistas occidentales. El lenguaje historiográfico debe huir de los maximalismos melodramáticos para poder describir la realidad en sus justos términos.

Renovación espiritual: Heidegger, Ezra Pound y Giovanni Papini compartieron, en sus respectivos contextos, una profunda crisis con la modernidad democrática y liberal, buscando una regeneración cultural, espiritual y nacional que creyeron encontrar en regímenes autoritarios y totalitarios. Martin Heidegger: La revolución espiritual del ser. Veía a la Alemania de Weimar sumida en el nihilismo, la decadencia tecnológica y la pérdida de raíces espirituales. El compromiso: Se afilió al Partido Nazi en 1933 y asumió el rectorado de la Universidad de Friburgo. Interpretó el nacionalsocialismo no como un mero movimiento político, sino como una fuerza metafísica capaz de restaurar el "ser" alemán y liderar una renovación espiritual en Occidente. Ezra Pound: El mesianismo económico y cultural. Consideraba que el capitalismo financiero occidental y la usura destruían el arte, la cultura y la pureza de las naciones. Se instaló en la Italia de Mussolini y realizó propaganda radiofónica a favor del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Vio en el fascismo italiano una autoridad patriótica capaz de aplastar la corrupción financiera y restaurar un orden cultural orgánico y saludable. Giovanni Papini: El nacionalismo místico y literario. Formado en el futurismo y el nacionalismo radical, repudiaba la democracia liberal por considerarla mediocre y carente de grandeza espiritual. Se adhirió formalmente al fascismo italiano y fue ensalzado por el régimen de Mussolini. Buscaba una "reconquista espiritual" de Italia que fusionara el catolicismo tradicional con la fuerza viril y autoritaria del Estado fascista. La chocante expresión 'orden cultural orgánico y saludable' puede significar muchas cosas. Orden saludable es un tropo de poeta referido a un sistema encaminado inevitablemente a la búsqueda de dominio sobre otros seres humanos y la guerra. Bajo esa retórica de lo "saludable" y lo "orgánico" se escondía la justificación de la violencia, la exclusión y, en última instancia, la guerra de dominio. En el contexto de Ezra Pound (y de la revolución conservadora de la época), el término "cultura" no se entendía como el conjunto de Bellas Artes, sino bajo una acepción muy específica: la cultura como un organismo vivo, cerrado y ligado a la tierra (Kultur frente a Zivilisation). La cultura como cuerpo biológico (Antimoderna). Para estos autores, la sociedad liberal y cosmopolita era una "civilización" artificial, mecánica y enferma. Contraponían a esto una "cultura" que funcionaba como un cuerpo humano o un árbol: con raíces profundas, jerarquías naturales y funciones estrictas. Lo "saludable" implicaba extirpar lo que consideraban elementos extraños o parásitos (lo que alimentó directamente el antisemitismo de Pound). La cultura como orden estético totalitario. Entendían la política como una obra de arte y al dictador como el artista supremo (Mussolini como el "escultor" del pueblo). Un "orden saludable" significaba que cada individuo debía subordinarse perfectamente al diseño general del líder. Quien no encajaba en esa "armonía" estética y patriótica era visto como una deformidad que debía ser eliminada. La cultura como fuerza vitalista y expansionista. Siguiendo lecturas distorsionadas de Nietzsche, consideraban que una cultura "sana" era aquella que desbordaba energía y se imponía sobre las demás. La paz democrática se interpretaba como estancamiento, debilidad y decadencia. La guerra y el dominio sobre otros pueblos eran vistos como la prueba máxima de que una cultura estaba viva, fuerte y "saludable". La acepción de cultura a la que se refiere la frase es médico-biológica y estética, no humanista. Era una metáfora peligrosa: al definir la sociedad como un cuerpo que recuperar, el autoritarismo y la guerra se convertían en la "medicina" necesaria para sanarlo. Podemos desentramar más este lenguaje y analizar cómo Pound justificaba el antisemitismo desde esta idea de "limpieza cultural", o ver cómo reaccionó la crítica literaria de posguerra ante el uso de estos tropos en su poesía. La obsesión por la masculinidad viril y el uso de metáforas médicas o quirúrgicas no eran recursos retóricos aislados, sino los dos pilares sobre los que el fascismo y el autoritarismo de entreguerras legitimaron su violencia. La extirpación quirúrgica: La violencia como medicina social. Cuando Miguel Primo de Rivera apela en su manifiesto de 1923 a los "remedios quirúrgicos" para salvar a España de la "inmoralidad" y la "anarquía", está inaugurando el tropo del "cirujano de hierro". El dictador ya no se presenta como un gobernante, sino como un médico militar. Si la nación es un cuerpo enfermo, la disidencia política, la democracia parlamentaria o las minorías no son oponentes ideológicos; son tumores o gangrena. La violencia y la suspensión de derechos se redefinen como un acto de compasión y necesidad terapéutica ("extirpación") para salvar el organismo nacional. La fuerza viril en Papini y el desprecio a la debilidad. Papini, influido por el futurismo de Marinetti, ya exigía desde antes del fascismo una "guerra que fuera el único examen de salud del mundo". Para Papini, la democracia liberal era "afeminada", blanda, burguesa y pacata. La "fuerza viril" del Estado fascista era la energía creadora que devolvería la juventud y la agresividad a la nación. Lo masculino se equipara a la acción violenta, la conquista y el desprecio absoluto por la compasión, la cual era vista como un síntoma de decadencia cristiana o democrática. El Ur-Fascismo de Umberto Eco y el culto a la masculinidad. Umberto Eco, en su célebre ensayo sobre el Fascismo Eterno, identifica el machismo como un rasgo psicológico e ideológico estructural de estos regímenes. Al trasladar la voluntad de poder a la esfera sexual, el fascismo sacraliza el heroísmo militar y el desdén por las mujeres. Como el heroísmo constante es difícil de sostener, Eco señala que el fascista transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales. De ahí nace el culto a la virilidad y la intolerancia radical hacia cualquier identidad, inclinación o comportamiento sexual que no encaje en el molde del guerrero (como la homofobia de Estado). La síntesis totalitaria: El cirujano viril. Al cruzar ambas nociones, se comprende el peligro de esa retórica: el liderazgo autoritario se autopercibe como un ejercicio de masculinidad violenta armada con un bisturí. Dominar a otros pueblos y purgar al propio ciudadano mediante la fuerza no solo era considerado "saludable", sino el deber supremo de un hombre de Estado. Podemos explorar cómo influyó el concepto del "cirujano de hierro" de Joaquín Costa en el manifiesto de Primo de Rivera, o analizar las proclamas futuristas de Marinetti sobre el desprecio a la mujer y la glorificación de la guerra. Poder absoluto para individuos que ansían y persiguen el armamentismo, la guerra de dominio, la erradicación de subhumanos, la supresión de derechos. ¿Qué podía salir mal? Cuando el lenguaje poético y la filosofía se despojan de la ética humanista para abrazar la "fuerza viril" y la "extirpación quirúrgica", dejan de ser vanguardia artística y se convierten en los ingenieros intelectuales del desastre. Lo que salió mal fue la ejecución literal de esas metáforas. El desenlace de transferir el poder absoluto a estos proyectos de dominio se tradujo en tres realidades históricas brutales: La literalidad del bisturí: De la metáfora al exterminioLa idea de "extirpar lo insalubre" dejó de ser un tropo literario. En la Alemania nazi (el régimen que entusiasmó a Heidegger), la exclusión espiritual se convirtió en las Leyes de Núremberg y, finalmente, en las cámaras de gas de la Solución Final. Los "subhumanos" (Untermenschen) no fueron una categoría retórica, sino millones de personas reales (judíos, gitanos, eslavos, disidentes) tratadas bajo la lógica médica de la desinfección y el exterminio biológico. La devastación de la guerra total. La glorificación de la guerra como "examen de salud" (Papini) o como liberación metafísica (Heidegger) chocó contra la realidad de la guerra moderna industrializada. El resultado no fue la regeneración espiritual de Occidente, sino más de 70 millones de muertos, Europa reducida a escombros, y las naciones que pretendían ser "puras" e "imperiales" terminaron fragmentadas, ocupadas y moralmente en la quiebra. La "fuerza viril" demostró ser solo la capacidad tecnológica y burocrática de masacrar a escala masiva. La bancarrota moral de los propios intelectuales. El destino de los tres autores refleja el colapso de sus propias ilusiones: Ezra Pound: Terminó encerrado en una jaula de hierro por el ejército estadounidense en Pisa, declarado mentalmente incapacitado para juzgarlo por traición, y pasó años en un psiquiátrico antes de sumirse en un silencio casi total al final de su vida. Heidegger fue despojado de su cátedra durante la desnazificación, prohibido de enseñar temporalmente, y pasó el resto de sus días intentando justificar (u ocultar con un silencio cómplice) su entusiasmo por el régimen. Papini vio cómo su anhelado imperio fascista se desmoronaba en una sangrienta guerra civil en Italia, terminando sus días aislado, físicamente disminuido por una parálisis y contemplando el repudio generalizado a las ideas que ayudó a sembrar. La historia demostró que cuando los intelectuales cambian la defensa de la dignidad humana por la fascinación del orden estético y la fuerza bruta, no salvan a la cultura; abren la puerta al horror.

✦ Marcuse, Arendt y Karl Jaspers (cada uno desde su propia relación personal y filosófica) esperaban un reposicionamiento que no solo fuera un acto de contrición política, sino una rectificación ontológica. Herbert Marcuse (Exigencia de condena ética total): Marcuse, antiguo alumno de Heidegger y de origen judío, le exigió por carta una retractación pública e inequívoca de su adhesión al régimen nazi. Marcuse quería que Heidegger admitiera que el nacionalsocialismo no había sido un "malentendido" ni un vehículo legítimo para la "renovación del Ser", sino un sistema de exterminio industrializado. Para Marcuse, el silencio de Heidegger anulaba el valor de su filosofía de la existencia y la libertad. Karl Jaspers (Exigencia de examen de conciencia y responsabilidad civil): Como amigo cercano antes de la guerra, Jaspers buscaba un acto de "culpa metafísica y moral" (siguiendo los principios de su propia obra El problema de la culpa). Deseaba que Heidegger reconociera su falta de juicio político, su ceguera ante el sufrimiento humano y el daño causado a la universidad alemana durante su rectorado en Friburgo. Jaspers quería que asumiera una responsabilidad pedagógica ante la nueva Alemania.Hannah Arendt (Exigencia de juicio político y lucidez del filósofo): Arendt, alumna y amante de juventud de Heidegger, fue la más ambivalente. Inicialmente indignada por su cobardía, esperaba que Heidegger reconociera su falta de "juicio político", es decir, su incapacidad para juzgar el mundo de los asuntos humanos (la polis). Más que una disculpa sentimental, Arendt quería que Heidegger admitiera que los filósofos, al retirarse del mundo común hacia el pensamiento puro, son propensos a cometer errores políticos catastróficos. El silencio de Heidegger como postura ideológica. Sí, los tres pensadores coincidían en que la negativa de Heidegger a disculparse o reconocer sus errores no era un simple olvido o una terquedad personal, sino una postura profundamente ideológica y filosóficamente deliberada. Marcuse: Continuidad con la ideología destructiva. Para Marcuse, el silencio demostraba que la filosofía de Heidegger compartía la misma raíz que la ideología nazi: una deshumanización que subordinaba la vida real de los individuos a abstracciones metafísicas. Marcuse argumentaba que al no condenar el Holocausto, Heidegger seguía validando ideológicamente la lógica del exterminio. Jaspers: Soberbia aristocrática del "Pensamiento Único". Jaspers vio en el silencio una rigidez ideológica basada en el mito del filósofo profético. Consideraba que Heidegger creía que su "pensamiento del Ser" (Seinsdenken) estaba por encima de la moral ordinaria de los hombres comunes. Para Heidegger, disculparse ante los tribunales de desnazificación o la opinión pública habría sido someter la verdad del Ser al juicio "superficial" de la modernidad técnica y democrática. Arendt: La ilusión del control filosófico (El deformis del pensador): Arendt analizó esta negativa como una deformación ideológica clásica de la filosofía occidental: la creencia de que el filósofo debe gobernar la política desde sus conceptos abstractos. Heidegger se consideraba a sí mismo como el único que había entendido el "destino de Occidente". Admitir un error de conducta habría significado admitir que su diagnóstico de la historia de la metafísica estaba equivocado. Los tres consideraban que Heidegger no pedía perdón porque, para él, el nazismo había fallado en su ejecución histórica, pero su diagnóstico sobre la crisis de Occidente seguía siendo correcto. Disculparse habría sido rebajarse al lenguaje del humanismo liberal burgués, el cual él despreciaba. Podemos analizar el intercambio específico de cartas entre Marcuse y Heidegger entre 1947 y 1948, o bien el informe oficial que Jaspers escribió para el comité de desnazificación de Heidegger. ¿Implica la crisis una regresión desde tiempos pasados donde el mundo era "bueno"? No en un sentido nostálgico o restauracionista. Para Heidegger, la crisis de Occidente no se soluciona "volviendo atrás" en el tiempo ni restaurando una época dorada como si fuera un museo. Sin embargo, su diagnóstico sí se basa en una noción de caída u olvido originario. El inicio del extravío: Heidegger sitúa el punto de inflexión en la Grecia clásica, específicamente con Platón y Aristóteles. En ese momento, Occidente abandonó la experiencia originaria y poética del Ser (el asombro ante lo que es) y la sustituyó por la metafísica, que convierte al mundo en una colección de "objetos" que la razón humana debe catalogar, medir y dominar. El destino de la técnica: La crisis actual —el dominio absoluto de la técnica moderna, la burocracia y la masificación— no es un accidente de la historia moderna, sino el resultado inevitable y final de ese error cometido hace 2.500 años. Por qué no es "regresión": Heidegger no quería volver a la Grecia del siglo V a.C. Sostenía que no se puede saltar hacia atrás en la historia. Lo que Occidente necesitaba no era un regreso al pasado, sino un "nuevo comienzo" (andarer Anfang) que recuperase la actitud presocrática para mirar el mundo, pero proyectada hacia el futuro. ¿Por qué su reparación exige sucesos revolucionarios o catastróficos?. Para Heidegger, la crisis es tan profunda que las herramientas políticas ordinarias (las leyes, las elecciones, las reformas económicas o el debate democrático) son completamente inútiles, pues forman parte del mismo entramado técnico y superficial que causa el problema. La reparación exige una sacudida violenta por dos razones fundamentales: El arraigo del "Olvido del Ser": La humanidad moderna está anestesiada por el confort, el consumo y el pensamiento calculador. Un sistema arraigado durante dos milenios no se desmonta con diplomacia. Solo una crisis existencial absoluta, un colapso del orden establecido o una catástrofe histórica puede romper el armazón de la subjetividad moderna y obligar al ser humano a experimentar de nuevo el "abismo" de la existencia. El concepto de "Destino" (Geschick): Heidegger concebía la historia no como el resultado de las decisiones humanas, sino como un despliegue del Ser. Si la técnica es la fase final de la metafísica, esta debe llegar a su extremo (la auto-destrucción o el peligro total) para que pueda emerger la salvación. Citando frecuentemente al poeta Hölderlin, Heidegger afirmaba: "Donde crece el peligro, crece también lo que salva". Las guerras continentales o las revoluciones eran vistas como las "tempestades históricas" necesarias para limpiar el terreno metafísico de Occidente. ¿Creía Heidegger que el programa o deseos del NSDAP incluía la solución a la crisis? Sí, inicialmente (entre 1933 y 1934), pero bajo una interpretación puramente personal y filosófica. Heidegger proyectó sus propias aspiraciones metafísicas sobre el nacionalsocialismo, creyendo ver en el movimiento algo que el programa real del partido no contenía. La ilusión del "Rectorado" (1933): Cuando asumió el rectorado de la Universidad de Friburgo, Heidegger creía que el nazismo era la fuerza histórica y biológica capaz de arrancar a Alemania (el "pueblo del centro") de las garras del materialismo americano y del colectivismo soviético (ambos extremos de la misma crisis técnica). Pensaba que el movimiento podía ser guiado filosóficamente por él para convertirse en el vehículo del "nuevo comienzo" de Occidente. La "verdad interna" del movimiento: En su famosa obra Introducción a la metafísica (1935), Heidegger escribió una frase polémica donde hablaba de "la verdad interna y la grandeza de este movimiento", la cual definía como "el encuentro entre la técnica planetaria y el hombre moderno". Él deseaba que el NSDAP detuviera la deshumanización técnica mediante el arraigo a la tierra (Heimat) y la comunidad histórica. El desencanto y la crítica ideológica: Para 1936, Heidegger se dio cuenta de que el NSDAP real no tenía ningún interés en el Ser. Comprendió que el racismo biológico, la propaganda de Goebbels, el industrialismo armamentístico y la organización totalitaria del Estado nazi eran, de hecho, otra forma extrema de la técnica moderna. Llegó a la conclusión de que el nazismo no era la cura para la crisis de Occidente, sino uno de sus síntomas más violentos y catastróficos. Podemos analizar cómo evolucionó la crítica privada de Heidegger hacia el nazismo en sus Cuadernos negros (Schwarze Hefte), o examinar detalladamente su famosa entrevista póstuma en Der Spiegel donde pronunció la frase: "Ya solo un Dios puede salvarnos". En términos ontológicos e históricos, Heidegger consideraba que solo una quiebra absoluta del estilo de vida moderno podía despertar a Occidente de su alienación. Sin embargo, su postura no debe entenderse como el deseo sádico de un terrorista, sino como el diagnóstico radical de un filósofo que veía en el confort contemporáneo la anestesia definitiva del espíritu humano. Para comprender su postura respecto al consumo, la tecnología y la idea de autodeterminación de Pico della Mirandola, el análisis se divide en tres ejes fundamentales: El confort y el consumo como la "anestesia" del Ser. Para Heidegger, el bienestar material, el consumo de masas y el entretenimiento tecnológico no eran logros de la civilización, sino la culminación del olvido del Ser. En su análisis de la cotidianidad en Ser y Tiempo (el concepto del Das Man o "El Uno/Se dice"), explica cómo el ser humano moderno vive una existencia inauténtica. El confort y la seguridad tecnológica hacen que el ser humano olvide su condición más radical: que es un ser mortal, finito y arrojado al mundo. El consumo funciona como una distracción perpetua. Al estar rodeados de objetos útiles y disponibles al instante, perdemos la capacidad de asombrarnos ante el hecho mismo de que las cosas son. La crítica implícita a Pico della Mirandola y el Humanismo. Pico della Mirandola —y su famosa tesis renacentista de que el hombre no tiene una naturaleza fija y puede elegir su propia forma mediante la razón y la voluntad— [la forma que te hubieras elegido] choca frontalmente con la filosofía de Heidegger. El error del antropocentrismo: Para Heidegger, la idea de que el ser humano puede "autodiseñarse" o disponer del mundo y de sí mismo según su pura voluntad es la raíz misma de la crisis de Occidente. En su famosa Carta sobre el humanismo (1946), Heidegger ataca este concepto. El hombre como siervo, no como amo: Frente al ideal renacentista del hombre como "moldeador de su propio destino", Heidegger sostiene que el ser humano no es el amo de la creación, sino el "pastor del Ser". El hombre moderno, al creer que puede elegir de manera soberana su forma de vida a través del consumo y la técnica, se convierte en esclavo del propio engranaje tecnológico. La catástrofe como la única "limpieza" posible- Dado que el entramado de la técnica moderna (Gestell) es global, omnipresente y absorbe cualquier intento de reforma pacífica o democrática, Heidegger llegó a la conclusión de que la ciudadanía no renunciaría voluntariamente a sus comodidades. La "salvación" solo podía venir de un colapso del sistema: El peligro extremo revela la verdad: Solo cuando el sistema técnico falle catastróficamente, cuando el confort desaparezca y el ser humano se quede desnudo ante la angustia, el desamparo y la finitud de la existencia, se abrirá la posibilidad de un "nuevo comienzo". Un dolor necesario: En sus seminarios y escritos de madurez, argumentaba que la catástrofe material (como la devastación de la Segunda Guerra Mundial o la amenaza de la aniquilación nuclear durante la Guerra Fría) era el precio histórico necesario para que la humanidad experimentara el "abismo". Solo perdiendo la ilusión de control que dan el dinero y la técnica, el ser humano occidental podría volver a pensar la existencia con autenticidad. Heidegger no "deseaba" la destrucción por pura maldad, sino porque consideraba que el estilo de vida occidental basado en el consumo y la soberanía humanista era un callejón sin salida espiritual. Para él, la catástrofe era el único bisturí capaz de extirpar el tumor del pensamiento calculador. Este desprecio por el humanismo y el giro hacia el misterio del Ser marcó su pensamiento tardío. Podemos explorar su concepto de la Técnica Moderna (Das Gestell) para entender cómo veía los objetos cotidianos, o analizar su famosa tesis de la "Carta sobre el Humanismo" donde rompe definitivamente con la tradición que iniciaron pensadores como Pico della Mirandola.

Desde una perspectiva estrictamente filosófica, Heidegger no veía utilidad en que el ser humano se sintiera protegido por la bondad de Dios y guiado y esperanzado por las Sagradas Escrituras. Consideraba esa forma de consuelo como una manifestación de la inautenticidad y de la crisis de Occidente. Para Heidegger, la idea de un Dios bondadoso que protege al ser humano y un libro sagrado que ofrece un mapa de esperanza representa una huida de la verdad radical de la existencia. Razones de este rechazo y la única manera en que Heidegger concebía lo sagrado en su pensamiento tardío: La religión como parte del "Olvido del Ser" y la Metafísica. Heidegger, a pesar de haberse formado en la teología católica en su juventud, rompió con el cristianismo dogmático porque consideraba que la teología occidental había caído en lo que él llamó onto-teología. Dios como el "Ente Supremo": Al definir a Dios como la causa primera, el creador bondadoso o el ser supremo, la religión convierte a Dios en un "objeto" o "ente" más (el más grande, pero un ente al fin y al cabo). Esto, según él, cierra la pregunta por el Ser mismo. La pérdida del misterio: Un Dios que se puede comprender a través de las Sagradas Escrituras, que ofrece promesas claras y que garantiza la salvación eterna elimina el misterio y el abismo de la existencia. Se convierte en una herramienta conceptual para dar seguridad al hombre. El consuelo religioso como "Inautenticidad". En su obra cumbre, Ser y Tiempo, Heidegger analiza cómo el ser humano huye constantemente de su propia verdad: el hecho de que es un "ser-para-la-muerte" (Sein zum Tode), finito y arrojado a la nada. La anestesia de la esperanza: Sentirse protegido por la bondad divina y guiado por las escrituras es, para Heidegger, una forma de tranquilización metafísica. Al igual que el consumo o el confort técnico, la esperanza religiosa funciona como un analgésico que impide al ser humano experimentar la angst (angustia) fundamental. El valor de la angustia: Para Heidegger, la angustia no es un sentimiento negativo que deba curarse; es la única experiencia que nos saca de la masa inauténtica y nos revela nuestra libertad y finitud. El consuelo religioso despoja al ser humano de esa oportunidad de vivir auténticamente. Las Sagradas Escrituras frente al Pensamiento Poético. Heidegger prefería la poesía de Friedrich Hölderlin o los textos de los filósofos presocráticos antes que la Biblia. Para él, las Sagradas Escrituras occidentales se habían convertido en un sistema dogmático y moral (leyes, mandamientos, certezas futuras). La verdadera revelación, según el filósofo, no viene de un texto que dicte verdades eternas y morales, sino de la poesía que nombra lo sagrado manteniendo intacto su misterio y su oscuridad. La paradoja de su vejez: Ya solo un Dios puede salvarnos. A pesar de su rechazo al Dios protector del cristianismo, en su famosa entrevista póstuma con la revista Der Spiegel, Heidegger pronunció la célebre frase: "Ya solo un Dios puede salvarnos". Sin embargo, este "Dios" no tiene nada que ver con el de las Sagradas Escrituras: No es un Dios bondadoso que consuela, ni un juez moral, ni un protector. Es una metáfora de un acontecimiento impredecible, una fuerza poética o histórica que irrumpiría para romper el dominio de la técnica planetaria. Para Heidegger, la única actitud válida del ser humano no es la "esperanza" basada en promesas bíblicas, sino la "espera pensante" (Denken de la espera), una preparación pasiva y abierta ante el misterio del mundo, aceptando el desamparo actual de la humanidad. Heidegger consideraba que la protección y la guía de la fe tradicional eran ilusiones que debilitaban la capacidad del ser humano para sostenerse firmemente en el abismo de su propia existencia. Podemos explorar la tormentosa relación de Heidegger con su propia fe católica de juventud y cómo influyó en su ruptura filosófica, o profundizar en qué quería decir exactamente con el "Dios" de su entrevista en Der Spiegel.

✦ Heidegger nunca manifestó explícitamente el deseo romántico de haber nacido o vivido en una época pasada sin adelantos técnicos. Aunque mantuvo una postura profundamente crítica frente a la tecnología moderna y eligió un estilo de vida sumamente austero en su cabaña de Todtnauberg (en la Selva Negra), su filosofía rechaza explícitamente la nostalgia o el retorno al pasado como solución. En su ensayo La pregunta por la técnica (1953) y en conferencias posteriores, Heidegger dejó clara su postura metodológica y existencial sobre este asunto: La técnica no es un "invento" modificable. La tecnología no es una simple colección de máquinas o herramientas creadas por el hombre, sino una época del ser. Esto significa que la mentalidad técnica (a la que llamó Gestell o "estructura de emplazamiento") es el modo inevitable en que el mundo se nos presenta hoy en día: como un conjunto de recursos disponibles para ser calculados, explotados y consumidos. Al ser un destino histórico, desear no estar en ella sería absurdo e inútil dentro de su esquema filosófico. El rechazo al "puro lamento" y la tecnofobia. Heidegger repitió en numerosas ocasiones que "la peor actitud" que se puede adoptar ante la técnica es atacarla ciegamente como si fuera obra del demonio, o bien glorificarla de forma pasiva. En sus propias palabras: "Permanecemos encadenados a la técnica y privados de libertad tanto si la afirmamos apasionadamente como si la negamos". Consideraba que la solución no era huir de manera idílica al medievo o a una época preindustrial, sino desarrollar una relación libre con los objetos técnicos. Su propuesta: la Gelassenheit (Serenidad). En lugar del escapismo temporal, Heidegger propuso la actitud de la Serenidad (Gelassenheit): Consiste en usar los objetos técnicos cotidianos (como el automóvil, la radio o el teléfono) cuando sean necesarios. Al mismo tiempo, mantener la capacidad de dejarlos a un lado y no permitir que dominen o reconfiguren por completo nuestra vida espiritual, nuestra noción del tiempo y nuestro vínculo con la naturaleza. Aunque él personalmente prefería escribir a mano, caminar por el bosque y prescindir de distractores como la televisión, concebía este retiro no como un deseo de viajar en el tiempo, sino como un ejercicio de resistencia meditativa dentro de su propio siglo.

Comunismo asiático: ✦ El término "comunismo asiático" (o "bolchevismo asiático") empleado por Heidegger no tiene un origen socioeconómico o geográfico, sino metafísico, geopolítico y profundamente influenciado por el romanticismo alemán. Para entender por qué separa conceptualmente a la Unión Soviética de Europa, hay que analizar los siguientes pilares de su pensamiento:La reinterpretación del "Oriente" y el "Occidente": En la tradición del idealismo y romanticismo alemán (como en Hölderlin), Europa —y específicamente Alemania— se consideraba la heredera espiritual exclusiva de la Grecia clásica. Heidegger sostenía que la verdadera filosofía y la "pregunta por el Ser" nacieron en Grecia (Occidente). Al calificar al comunismo soviético como "asiático", Heidegger lo despojaba de cualquier raíz cultural o espiritual europea auténtica, etiquetándolo como una fuerza ajena, bárbara y puramente destructiva para el espíritu de Occidente. El "olvido del Ser" y la despersonalización: El comunismo representaba la culminación del colectivismo radical y de la masificación humana. El adjetivo "asiático" reforzaba la idea de una masa humana indiferenciada, desprovista de individualidad histórica y desarraigada de la tradición de la libertad interior europea. Las tenazas del nihilismo tecnológico: En Introducción a la metafísica (1935), Heidegger afirmó que Europa se encontraba atrapada "en las tenazas" entre dos superpotencias de la técnica moderna: el capitalismo americano y el comunismo ruso. Aunque ambos compartían la misma raíz metafísica (el materialismo y el dominio técnico de la Tierra), el comunismo soviético poseía un carácter "asiático" que lo hacía ver como una amenaza existencial e invasiva, un nihilismo brutal que buscaba arrasar los cimientos de la cultura europea continental. ¿Creía Heidegger que el dominio de Alemania pasaba por conquistar la URSS? No en un sentido militar, territorial o de colonización material. Heidegger no compartía la doctrina biológica, racial y puramente imperialista del Lebensraum (espacio vital) para conquistar físicamente los territorios de la URSS. Su visión sobre el "dominio" o la preeminencia futura de Alemania se estructuraba de la siguiente manera: Misión histórico-espiritual, no militar: Heidegger estaba convencido de que Alemania tenía encomendada una "misión histórica universal". Esta misión no consistía en expandir las fronteras del mapa mediante tanques, sino en operar una revolución espiritual y metafísica que salvara a Europa del declive del nihilismo técnico impuesto por EE.UU. y la URSS. El papel de Alemania debía ser el de erigirse como el centro intelectual y existencial del continente. El fracaso del nacionalsocialismo: Con el desarrollo de la guerra y de manera más explícita tras la invasión de la URSS en 1941, Heidegger expresó en sus Cuadernos negros una profunda decepción hacia el régimen nazi. Se dio cuenta de que el Tercer Reich no estaba trayendo un "nuevo comienzo espiritual", sino que había caído en la misma trampa que sus enemigos: la movilización técnica total, el maquinismo industrial bélico y el gigantismo material. La técnica como el verdadero conquistador: Al final de la guerra, Heidegger concluyó que la victoria material de un bando sobre otro era irrelevante a nivel filosófico. Si Alemania conquistaba Rusia usando los mismos métodos industriales y destructivos de la técnica moderna, no habría ninguna "salvación del Ser", sino simplemente la extensión del mismo desierto metafísico que él tanto criticaba.

✦ El concepto de una otredad "asiática" aplicada al comunismo estaba profundamente presente en los discursos de Hitler y en el ideario de Goebbels y Rosenberg. El aparato de propaganda nazi prefería los términos "bolchevismo asiático", "hordas asiáticas" o "subhumanidad esteparia". Aunque Heidegger elevó este binomio a una categoría metafísica (la lucha del Ser europeo-helénico contra el olvido técnico-materialista), la cúpula nazi lo utilizó de forma mucho más cruda, racial y biológica para justificar la invasión de la URSS. Para Hitler, el comunismo soviético no era un sistema político legítimo ni europeo, sino una aberración biológica y geográfica. La barbarie oriental: En sus discursos y en Mi lucha, Hitler describía de manera sistemática a la Unión Soviética como una masa "asiática" y eslava desprovista de cultura propia, que solo había sido sostenida históricamente por una delgada capa de dirigentes de origen germánico. La retórica de la invasión (1941): Al lanzar la Operación Barbarroja en junio de 1941, el discurso oficial de Hitler justificó la guerra no como un conflicto político convencional, sino como la "salvación de la cultura europea frente a la invasión del bolchevismo asiático". Hitler presentaba a los soldados del Ejército Rojo no como uniformados europeos, sino como fuerzas mongólicas y esteparias ajenas a Occidente. En el aparato de propaganda de Joseph Goebbels. Goebbels fue el gran arquitecto de la traducción de este concepto en odio visceral y movilización popular, especialmente cuando la guerra comenzó a torcerse tras la derrota de Stalingrado (1943): El discurso del Sportpalast (1943): En su famoso llamamiento a la "Guerra Total", Goebbels exclamó textualmente ante la multitud: "Detrás de las divisiones soviéticas que avanzan, vemos a los comandos de ejecución judíos; detrás de ellos viene el terror, el fantasma del hambre millonaria y la completa anarquía en Europa. El bolchevismo asiático amenaza el destino mismo de Occidente". La deshumanización visual: Bajo su dirección, el Ministerio de Propaganda inundó Alemania de carteles e hilos cinematográficos donde se retrataba a los soldados soviéticos con rasgos caricaturizados expresamente como "asiáticos" (ojos rasgados, pómulos prominentes) para activar el miedo histórico de Europa a las invasiones de Atila o Gengis Kan. En el ideario racista de Rosenberg: El "filósofo oficial" del partido y Ministro de los Territorios Ocupados del Este, dotó a esta idea de un marco pseudo-teórico: En El Mito del Siglo XX (1930) Rosenberg teorizó la historia humana como una lucha eterna entre la "sangre aria" (creadora de orden, belleza y espíritu en Europa) y el "caos racial asiático-semita". El comunismo como "venganza del Este": Rosenberg sostenía que la Revolución Rusa de 1917 había sido el triunfo de los elementos raciales asiáticos e inferiores de Rusia sobre su aristocracia occidentalizada. Para él, el comunismo era la herramienta de la estepa asiática para "vengarse" y destruir los valores de la personalidad e individualidad de la civilización europea. La diferencia clave con Heidegger. Cúpula Nazi (Hitler, Goebbels, Rosenberg). Martin Heidegger. El comunismo es "asiático" por una razón biológica y racial (los eslavos y asiáticos dirigidos por judíos son inherentemente inferiores). Para Heidegger el comunismo es "asiático" por una razón metafísica y geográfica (carece de la raíz del pensamiento filosófico que nació exclusivamente en Grecia). Para Hitler la solución es la aniquilación física y la colonización del territorio oriental (Lebensraum). Para Heidegger la solución es una revolución espiritual interna de Alemania para escapar de las "tenazas" del materialismo.

✦ En un entorno de bombardeo constante de consignas ideológicas para adoctrinar a las masas Heidegger y Hitler coincidieron en usar repetidamente 'comunismo asiático'? No coincidieron completamente en el uso de ese término, ya que pertenecían a esferas discursivas distintas. Hitler utilizaba masivamente consignas crudas para el adoctrinamiento de masas, Martin Heidegger empleaba conceptos filosóficos abstractos orientados a círculos académicos y a sus propios apuntes privados. La expresión exacta "comunismo asiático" no fue un lema repetido por ninguno de los dos en el espacio público. El uso del término en Hitler: Propaganda y masa. Hitler nunca buscó una precisión terminológica conceptual; su objetivo era la agitación y la respuesta emocional del pueblo. La consigna real: En los discursos de Hitler y en las directrices de Goebbels, el término utilizado de forma machacona y obsesiva era "bolchevismo judío" (jüdischer Bolschewismus) o "bolchevismo asiático". El propósito: Estas expresiones funcionaban como consignas ideológicas directas. El aparato de propaganda nazi las repetía en la radio, la prensa y los mítines para activar un miedo atávico en la población, asociando al enemigo con una amenaza racial y biológica destructiva. El uso del término en Heidegger: Filosofía y aislamiento. Heidegger no participaba en el "bombardeo constante" de la propaganda de masas y, hacia finales de la década de 1930, se había distanciado críticamente de la retórica oficial del partido. Cuando Heidegger escribe sobre el carácter "asiático" del comunismo, lo hace principalmente en sus lecciones universitarias (como en su Introducción a la metafísica de 1935) o en sus cuadernos privados (los Cuadernos negros). Para él, calificar al comunismo (o al bolchevismo) de "asiático" era una categoría metafísica. Intentaba explicar que la URSS representaba el desarraigo total de la tradición del pensamiento europeo occidental, la cual, según su perspectiva, solo pertenecía a la línea histórica que unía a Grecia con Alemania. Término preferido"Bolchevismo judío / asiático""Bolchevismo / comunismo asiático". Ámbito de difusiónDiscursos multitudinarios, radio y carteles públicosAulas universitarias y diarios personales privados. Naturaleza del término. Consigna política, racial y propagandística. Concepto ontológico, geofilosófico e histórico. Objetivo Movilizar y adoctrinar a las masas para la guerra. Comprender el destino espiritual e intelectual de Europa No existió una coincidencia completa o coordinación en el uso de "comunismo asiático" como una consigna compartida. Mientras el régimen nazi lo usaba como un arma biológica de agitación popular, Heidegger lo utilizaba como un diagnóstico metafísico del declive de Occidente.

✦ No es lógico decir que 'no existió una coincidencia'. Existió una coincidencia en el tiempo y en el lugar del planeta: Alemania. Las intenciones al usar la expresión que remarca la otredad de los rechazables rusos no eran las mismas, pero durante unos meses estuvieron alineadas. La intención de Hitler era completamente inmoral y malvada, la de Heidegger, indiferente al sufrimiento ajeno y al precio de 70 millones de muertos, parcialmente inmoral, pero bastante inmoral. En realidad existió una coincidencia histórica, geográfica, temporal y, crucialmente, de complicidad estructural. Alemania era el epicentro de ambos discursos y, durante el período crucial que rodeó el estallido y desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, ambos marcos de pensamiento operaron de forma paralela en el mismo tablero, reforzando de manera directa o indirecta la deshumanización del enemigo del Este. La maldad e inmoralidad explícita de Hitler. En la cúpula nazi, la catalogación de lo ruso-soviético como una otredad "asiática" o "subhumana" tenía un fin criminal inmediato. Era el diseño deliberado de una maquinaria de propaganda destinada a justificar la aniquilación física, el exterminio de millones de personas y la colonización territorial absoluta. Es la inmoralidad ejecutiva en su grado más atroz. La inmoralidad por indiferencia y abstracción en Heidegger. Situar la postura de Heidegger como una "simple abstracción filosófica" pasa por alto el coste moral de sus palabras en ese contexto histórico exacto. Al elevar el conflicto a una categoría metafísica (la lucha de la Europa helénica contra el materialismo asiático), Heidegger incurrió en una profunda inmoralidad caracterizada por: La deshumanización por vía de la abstracción: Al reducir la guerra, la invasión y el sufrimiento de millones de seres humanos a un mero problema de "el olvido del Ser" o del "destino de Occidente", vació el conflicto de cualquier empatía o consideración ética elemental. La alineación de objetivos: Aunque sus motivos declarados fueran ontológicos y no biológicos, al despojar a la URSS de su carácter europeo y presentarla como una amenaza existencial contra el espíritu continental, su discurso legitimaba y alimentaba la misma hoguera ideológica que Hitler utilizaba para enviar tropas al frente oriental. Sus palabras eran música de fondo intelectual para una guerra de exterminio. La ceguera ante el coste humano: Su posterior silencio tras la guerra y su incapacidad para condenar de forma explícita el Holocausto o los más de 20 millones de muertos soviéticos demuestran que su filosofía prefirió mantenerse en una torre de marfil metafísica, mostrándose espantosamente indiferente al sufrimiento real de carne y hueso. Existió una coincidencia objetiva donde la alta filosofía y la propaganda más baja terminaron empujando en la misma dirección histórica: la construcción de un "otro" oriental al que era legítimo rechazar, combatir o ignorar en su sufrimiento. Noticiarios cinematográficos (Wochenschau). En las décadas de 1930 y 1940 la propaganda visual se articulaba a través de los noticiarios que se proyectaban en los cines antes de la película principal. Eran metrajes de 10 a 30 minutos compuestos por una secuencia de reportajes editados. Joseph Goebbels controlaba personalmente su montaje. Diseñaba deliberadamente el orden de las escenas, la música dramática y la voz en off para infundir miedo al "avance asiático" y ensalzar al ejército alemán. Si buscamos conceptos formales dentro de la teoría del cine que encajen con "una serie secuencial de escenas que atienden a un diseño y un fin", los términos precisos son: Secuencia de montaje (o Montaje ideológico): Popularizado precisamente por el cine soviético (Eisenstein) y adoptado por los nazis. Es la yuxtaposición deliberada de planos que, al unirse, crean una idea política en la mente del espectador que ninguno de los planos poseía por separado (por ejemplo, alternar planos de soldados soviéticos con planos de animales salvajes). Guion gráfico (Storyboard) o Escaleta: El diseño previo en papel que planifica matemáticamente cada escena y su orden secuencial antes de filmar, asegurando que el objetivo del director (en este caso, propagandístico) se cumpla con precisión. Línea discursiva o Hilo conductor: En análisis de contenido, se habla de "hilo conductor" para referirse al argumento, idea matriz o narrativa que conecta todas las escenas de una campaña de propaganda (por ejemplo, el hilo conductor de "Europa contra la barbarie").

Cuadernos Negros: La publicación de los Cuadernos Negros a partir de 2014 desató un profundo escándalo ético y académico. Reveló que el pensamiento de Heidegger estaba estrechamente vinculado con el nacionalsocialismo y el antisemitismo, no solo a nivel personal, sino en el núcleo de su propia filosofía. Las principales críticas negativas desde el punto de vista moral se agrupan en las siguientes vertientes: Antisemitismo ontológico y metafísico. Uso del "judaísmo mundial" como categoría filosófica: Se le critica duramente el uso del término Weltjudentum (judaísmo mundial). No lo aborda desde un prejuicio meramente biológico o racial, sino como una fuerza metafísica desarraigada que impulsa la alienación del Ser, la modernidad técnica y el cálculo. Justificación metafísica del exterminio: Filósofos como Donatella Di Cesare denuncian que la prosa de Heidegger sugiere una "autoliquidación" de los judíos. Bajo su lógica, al ser los agentes del cálculo industrial y la técnica, terminaron siendo víctimas de las propias fuerzas mecánicas que ellos mismos representaban. Complicidad y entusiasmo nacionalsocialista- Alineación con el proyecto nazi: Los textos evidencian que su rectorado en la Universidad de Friburgo en 1933 y su afiliación al partido nazi no fueron un "error pasajero". Por el contrario, muestran una fascinación inicial por Hitler como una figura de renovación espiritual para el pueblo alemán (Volk). Crítica al nazismo por "insuficiencia": Cuando Heidegger se distanció del régimen, las críticas morales aumentaron al descubrirse el motivo. Él no rechazó el nazismo por su brutalidad o inhumanidad. Lo criticó porque consideraba que el régimen se había vuelto "insuficientemente radical" al rebajarse al nivel técnico y masificado de los estadounidenses o soviéticos. Indiferencia moral y silencio deliberado. Falta de remordimiento postguerra: A nivel ético se condena su absoluto silencio ante las atrocidades del Holocausto tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los cuadernos confirman que nunca sintió una necesidad real de disculpa ni autocrítica moral por los crímenes del Tercer Reich. Equiparación de la tragedia: Se le reprocha moralmente haber minimizado la Shoá al igualar la muerte en los campos de concentración con la agricultura mecanizada, la pérdida de los territorios orientales alemanes o el desvío de la historia del Ser. Ruptura de la confianza institucional y académica. Dimisiones en masa: El choque moral fue tan severo que figuras clave de la academia, como Günter Figal (entonces presidente de la Sociedad Martin Heidegger), renunciaron inmediatamente a sus puestos tras leer el contenido, declarando que la carga moral del autor hacía imposible seguir representándolo. El contenido de los Cuadernos Negros, lejos de evidenciar autocontrol o censura por miedo al régimen, funcionaron como el espacio de máxima libertad y desahogo del filósofo. Los Cuadernos Negros no reflejan un intento de evitar ser perseguido, debido a las siguientes razones fundamentales: Un espacio privado e íntimoCarencia de filtros políticos: En sus clases públicas y conferencias, Heidegger sí medía sus palabras, pero los cuadernos eran anotaciones íntimas escritas bajo la máxima de Leibniz que él mismo citó al inicio de un tomo: "Quien me conoce solo por mis obras publicadas, no me conoce en absoluto". Su propósito era que estos diarios se publicaran póstumamente, al final de sus obras completas.Estilo desinhibido e irónico: El editor de los diarios, Peter Trawny, destaca que en los años 30 y 40 el tono de Heidegger es desinhibido, agresivo, cargado de amargura y de una ironía mordaz que jamás habría expresado en público. Críticas explícitas y arriesgadas al régimen. Ataque a los ideólogos oficiales: En los cuadernos, Heidegger arremete duramente contra los intelectuales oficiales del nazismo (como Alfred Rosenberg o Ernst Krieck). Los tacha de mediocres, "biologistas" vulgares e incapaces de entender la verdadera dimensión espiritual de la revolución alemana. Decepción con el rumbo del partido: Tras renunciar al rectorado de la Universidad de Friburgo en 1934, usó los cuadernos para plasmar su frustración. Acusó al partido nazi de traicionar su propia "verdad interna" y de rebajarse a la tecnificación masiva que él tanto despreciaba de EE.UU. y la URSS. El peligro real (y la falta de censura). Vigilancia de la Gestapo: Si la policía secreta del régimen hubiera registrado su casa y confiscado esos cuadernos, Heidegger se habría enfrentado a graves represalias por sus críticas a la dirección del Tercer Reich. Sin embargo, el filósofo prefirió asumir ese riesgo antes que censurar sus pensamientos en sus notas privadas. El antisemitismo como punto de encuentro: Aunque discrepaba de la gestión política del régimen, su antisemitismo de corte "metafísico" —donde asociaba a los judíos con la maquinación técnica moderna (Machenschaft)— coincidía en el fondo con la retórica de exclusión del partido. No tenía motivos para censurar algo que el propio régimen alentaba de forma sistemática. Los Cuadernos Negros fueron el único lugar donde Heidegger se quitó la máscara institucional, permitiéndose ser radicalmente honesto sobre su visión del mundo, sin moderación ni sumisión ciega a la censura del Estado nazi.

✦ No hay ninguna valoración autocrítica ni remordimiento moral sobre ninguno de los peores actos del nazismo en los Cuadernos Negros. Los tomos publicados que cubren los años de la guerra y la posguerra (especialmente el volumen 97 de sus Obras Completas, titulado Anmerkungen I-V / Anotaciones I-V) provocaron un enorme shock en la comunidad académica internacional precio por la total ausencia de empatía humana y por la forma en que Heidegger procesó la catástrofe. Cuando menciona o alude a los eventos de la guerra, los interpreta a través de una lente estrictamente filosófica ("la historia del Ser") que diluye toda responsabilidad ética: La desaparición de los judíos (La Shoah). No existe ni una sola palabra de compasión, horror o culpa por los campos de exterminio o las cámaras de gas. Su mención más infame en los cuadernos de posguerra es la tesis de la "autoliquidación" (Selbstvernichtung): argumenta que los judíos, al ser los máximos representantes históricos del cálculo, la técnica y la "maquinación" moderna (Machenschaft), terminaron siendo víctimas de su propio principio técnico industrializado. Para Heidegger, el exterminio no fue un crimen moral del nazismo, sino una consecuencia lógica y mecánica de la modernidad tecnológica. Derrotas militares (Stalingrado, Kursk, el Oder y el reclutamiento de adolescentes). Heidegger no ve en la debacle de Stalingrado, en Kursk o en el avance de Zhukov y Konev una tragedia humanitaria ni el colapso merecido de una tiranía asesina. Lo interpreta como el triunfo de la técnica masiva. Para él, la derrota de Alemania es la confirmación de que el "comunismo asiático" y el "capitalismo americano" —dos caras de la misma moneda nihilista— han aplastado la última posibilidad de una renovación espiritual e histórica europea, la cual debía haber sido liderada por el pueblo alemán. El sufrimiento de los soldados o el reclutamiento de niños (Volkssturm) quedan reducidos a meros daños colaterales de este choque de fuerzas planetarias. El bombardeo de ciudades, el robo de arte y la mano de obra esclava. La destrucción material: Lamenta profundamente la destrucción de las ciudades alemanas y sus monumentos culturales, pero no por el sufrimiento de los civiles, sino porque lo ve como el "desarraigo" definitivo de la tierra alemana provocado por los bombardeos aliados. El trabajo esclavo y el saqueo: Directamente los ignora. En su lugar, tras 1945, Heidegger adopta una postura de auto-victimización. En los cuadernos se queja amargamente de cómo las fuerzas de ocupación aliadas lo tratan, de su suspensión docente en la Universidad de Friburgo y de la incautación de sus propios manuscritos o bienes personales, equiparando su sufrimiento como intelectual suspendido al dolor de las verdaderas víctimas de la guerra. La infame ecuación de posguerra. La postura moral de Heidegger queda perfectamente resumida en una conferencia dictada en Bremen en 1949 (que coincide con el espíritu de sus cuadernos), donde afirmó textualmente: "La agricultura es hoy una industria alimentaria mecanizada, en su esencia lo mismo que la fabricación de cadáveres en las cámaras de gas y los campos de exterminio, lo mismo que el bloqueo y el hambre en los países, lo mismo que la fabricación de bombas de hidrógeno". Al igualar moralmente la producción industrial de alimentos con el asesinato sistemático de millones de personas, Heidegger despojó al Holocausto y a las atrocidades del Tercer Reich de cualquier estatus de maldad única. En sus escritos privados no hay examen de conciencia; solo hay resentimiento por la derrota de Alemania y la intelectualización abstracta del horror.

✦ En los Cuadernos Negros menciona y critica con dureza las trayectorias de organización social de la URSS y de EE.UU.. Consideraba a ambas superpotencias como las máximas expresiones de la decadencia de Occidente. En sus anotaciones, acuña y desarrolla conceptos específicos para descalificarlas conceptualmente dentro de lo que denomina la «historia del Ser» (Seinsgeschichte). La pinza geopolítica y la pérdida de la raízHeidegger ya había planteado en su Introducción a la metafísica (1935) que Alemania se encontraba atrapada en una «pinza» geopolítica y metafísica entre Rusia y América. En los Cuadernos Negros, esta crítica se radicaliza y se lee desde una perspectiva puramente ontológica: EE.UU. y el «Americanismo»: Describe el modelo estadounidense como una trayectoria errada basada en el antropologismo masivo, el pragmatismo vacío, el consumo y el optimismo superficial. Para él, EE.UU. representa la falta total de raíces históricas y el predominio de la vivencia subjetiva sin profundidad espiritual. La URSS y el «Bolchevismo»: Ve al comunismo soviético como un intento violento y totalitario de colectivizar al ser humano a través de la planificación económica radical. Lo define como una fe secularizada en el progreso material que reduce la existencia a la fuerza de producción. Los conceptos clave de su descalificación. Para Heidegger, tanto el capitalismo estadounidense como el comunismo soviético son, en el fondo, lo mismo: dos caras de una misma moneda metafísica. Los descalifica a través de los siguientes términos: La Maquinación (Machenschaft). Es el concepto central en los Cuadernos Negros. Heidegger define la Machenschaft como la tendencia de la modernidad a calcular, planificar y manipular la totalidad de lo real. Tanto la URSS con sus planes quinquenales como EE.UU. con su industrialización desenfrenada abandonaron el «pensar» en favor del «calcular». Ambas potencias convirtieron el mundo en un mero inventario de recursos disponibles (Bestand). El Maquinismo y la Técnica Moderna (Technik). Heidegger no ve la técnica como una simple herramienta, sino como una forma errada de desocultar el mundo. La URSS y EE.UU. cayeron en la «idolatría de la técnica». En estas sociedades, la tecnología ya no sirve al ser humano, sino que el ser humano se transforma en una pieza reemplazable del engranaje productivo. El Desarraigo Total (Entwurzelung). El filósofo critica que ambos sistemas destruyen las culturas locales, las tradiciones y la vinculación histórica con la tierra (Boden). Al homogeneizar el planeta a través de la propaganda, el colectivismo (URSS) o la cultura de masas (EE.UU.), provocan una «autoalienación de los pueblos» y un vacío espiritual absoluto. Diagnóstico heideggeriano: Dimensión. El error de EE.UU. (Americanismo). El error de la URSS (Bolchevismo). Metafísica. Pragmatismo calculador y utilitarismo. Materialismo dialéctico y planificación forzada. Humana. El hombre como consumidor masa. El hombre como recurso de producción masivo. Resultado: Pérdida de sentido por exceso de entretenimiento. Pérdida de sentido por colectivización destructiva. En los Cuadernos Negros, Heidegger despacha estas trayectorias extranjeras como formas monstruosas de nihilismo hipertecnológico. Sostenía que ninguna de las dos formas de organización social podía ofrecer una salvación verdadera para la crisis existencial y espiritual de la humanidad moderna.

✦ Varios intelectuales de primer nivel —muchos de ellos antiguos alumnos, colaboradores o pensadores contemporáneos que conocían bien su genialidad filosófica— llegaron a la conclusión de que Heidegger sufrió una forma de ceguera mental, locura política o un extravío intelectual tan absoluto que rayaba en la pérdida del juicio. Para estos pensadores, el contraste entre su aguda capacidad para analizar la existencia humana (Dasein) y su total amoralidad ante el horror nazi solo podía explicarse como una patología intelectual o un delirio mesiánico. Los intelectuales más destacados que sostuvieron esta postura fueron: Karl Jaspers: El diagnóstico de la "ceguera" y el delirio. Su postura: Jaspers fue su gran amigo y colega. Tras la guerra, escribió un informe oficial para el comité de desnazificación de la Universidad de Friburgo donde afirmó que Heidegger estaba "poseído" por un delirio. El argumento: Jaspers señaló que Heidegger operaba bajo un "pensamiento mágico" y una fantasía mesiánica. Creía que él, a través de su filosofía, iba a guiar espiritualmente a Hitler. Jaspers concluyó que Heidegger era ciego ante la realidad política y moral más elemental, describiendo su estado como una preocupante falta de madurez humana y un extravío de la razón práctica. Jürgen Habermas: El "error de diagnóstico" y la patología del Ser. Su postura: En 1953, un joven Habermas fue de los primeros en denunciar públicamente que Heidegger seguía atrapado en su delirio nazi al republicar sus discursos de 1935 sin disculpas. Habermas argumentó que Heidegger sufrió un extravío estructural al sustituir la moral y la acción humana por la "historia del Ser". Al despojar al ser humano de su agencia moral (en las antípodas de Kant), Heidegger se volvió incapaz de juzgar el mundo real. Para Habermas, justificar el exterminio como un "suceso metafísico" era la prueba de un pensamiento que había perdido todo contacto con el juicio ético y el sentido común. Emmanuel Levinas: La filosofía como "anestesia" moral. El gran filósofo de la alteridad y la ética (de origen judío lituano) consideró que la ontología de Heidegger era intrínsecamente peligrosa. El argumento: Levinas no solo pensaba que Heidegger se había extraviado individualmente, sino que su propia filosofía era un sistema que adormecía el juicio. Al poner el "Ser" por encima del "Otro", Heidegger eliminó la responsabilidad moral del individuo. Para Levinas, que un genio de la filosofía fuera incapaz de ver el rostro del sufriente demostraba que su arquitectura intelectual era una forma de locura teórica que destruía la cordura moral. Hannah Arendt: El "zorro atrapado en su propia trampa". Aunque mantuvo una relación compleja y de afecto personal con él, Arendt fue sumamente incisiva al analizar su colapso moral en su ensayo para el 80º cumpleaños del filósofo. El argumento: Arendt utilizó la metáfora de un zorro tan inteligente que construye una trampa tan sofisticada que él mismo termina atrapado en ella. Atribuyó su extravío a la "deformación profesional" de los filósofos (el déformation professionnelle): la tendencia a vivir en las nubes y a dejarse fascinar por la tiranía debido a su incapacidad para comprender el pluralismo de la vida política real. Consideró que su apoyo al nazismo fue una muestra de estupidez política monumental, un "escapar de la realidad" hacia la abstracción pura. Karl Löwith: El desprecio por la razón y la huida a la mitología. Uno de sus estudiantes judíos más brillantes, que lo visitó en Roma en 1936 y presenció cómo Heidegger lucía con orgullo la esvástica en su solapa. Löwith escribió que Heidegger había sustituido el rigor del pensamiento racional por una suerte de "mitología germánica" y un misticismo del destino. Para Löwith había renunciado voluntariamente al juicio crítico de la Ilustración (precisamente la línea kantiana) para entregarse a un romanticismo político irracional y destructivo.

✦ Günter Grass dedicó una parte muy significativa de su obra de posguerra a fustigar a los intelectuales alemanes que guardaron silencio tras la guerra. Su crítica más feroz, explícita y satírica contra Martin Heidegger se encuentra en su novela de 1963, Años de perro (Hundejahre), el tercer volumen de su Trilogía de Danzig. A través del personaje de Walter Matern —quien actúa como un vengador de posguerra persiguiendo a antiguos nazis—, Grass desmantela el comportamiento del filósofo: El «Gorro de dormir alemánico» y la falta de autocrítica. Grass ridiculiza abiertamente la figura de Heidegger, a quien caricaturiza en la novela bajo el pseudónimo de «el gorro de dormir alemánico» (der alemannische Nachtmütze) o «el filósofo de la Selva Negra». Grass atacó con furia la total ausencia de autocrítica del filósofo. Denunció cómo Heidegger, tras haber sido un ferviente e influyente rector nazi en Friburgo (1933), se retiró cómodamente a su cabaña en Todtnauberg después de 1945. En lugar de pedir perdón o rendir cuentas ante su pueblo, Heidegger se escudó en una jerga filosófica pretenciosa para tratar su propia complicidad como un simple «malentendido» o un tropiezo menor en la «historia del Ser». La reducción de la Shoá y los 70 millones de muertos a pura «técnica». El punto más grave de la crítica de Grass radica en cómo Heidegger pretendió explicar la devastación de la guerra y el Holocausto. Tras la rendición de Alemania, Heidegger equiparó infamemente las cámaras de gas con la agricultura industrializada, catalogando todo como subproductos de la «Machenschaft» (la maquinación técnica moderna). En Años de perro, Grass destroza esta postura acusando al filósofo de deshumanizar el sufrimiento de millones de víctimas mediante el uso de un lenguaje abstracto: Para Grass, utilizar conceptos metafísicos para hablar de la Shoá y de los más de 70 millones de muertos de la guerra era una cobardía intelectual extrema y una burla abominable. En la novela, Matern parodia salvajemente el lenguaje heideggeriano (usando términos como ser-para-la-muerte, la nada, o el olvido del ser) para demostrar cómo esa densa palabrería solo servía para diluir la culpa real, criminal y humana de los perpetradores nazis. El «olvido» de los errores personales. Grass insistía en que Heidegger sufrió de un «olvido selectivo». El filósofo, que había escrito extensamente sobre el «olvido del Ser» (Seinsvergessenheit), aplicó ese mismo concepto para tapar sus propios errores políticos del pasado. Grass expone en su narrativa que el pensador prefirió culpar a un destino metafísico universal de la devastación planetaria antes que admitir que él mismo había legitimado filosóficamente el horror nazi. El contraste moral entre ambos autores. La postura de Grass sobre Heidegger resulta históricamente muy cruda porque el propio Grass cargó con su propia dosis de polémica de posguerra. En 2006, Grass confesó en su libro de memorias Pelando la cebolla haber pertenecido brevemente a las Waffen-SS al final de la guerra cuando era un adolescente de 17 años. Sin embargo, la gran diferencia que la crítica literaria marcó entre ambos es que Grass dedicó toda su vida adulta a confrontar el pasado nazi de Alemania, ejerciendo como la «conciencia moral» del país, mientras que Heidegger optó por un impenetrable y frío silencio sepulcral que mantuvo hasta el día de su muerte. Hermann Hesse (1877-1962) dirigió severos reproches hacia la intelectualidad alemana por su complicidad, silencio o sumisión ante el nazismo y el militarismo. En Guerra y paz (Krieg und Frieden, 1946) recopila ensayos políticos, cartas y manifiestos escritos entre 1914 y 1945. Aquí denuncia abiertamente el colapso moral de los pensadores y científicos de su país natal. El juego de los abalorios (1943): Su última gran novela. En ella disecciona la figura del intelectual puro (simbolizado en la provincia de Castalia) que vive aislado en su torre de marfil estética y matemática, ignorando los peligros reales y la brutalidad de la historia exterior. Su correspondencia epistolar: Las cartas intercambiadas tras 1945 con figuras como Thomas Mann reflejan de manera explícita su amargura y decepción hacia los intelectuales que prefirieron la "migración interior" pasiva o que colaboraron activamente con el régimen.

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