Vida cotidiana Alemania nazi: Enseñanza:
Las diferentes asociaciones de profesores fueron absorbidas por una ya existente, la Liga Nacionalsocialista de Maestros, de la que llegaron a ser miembros el 97% de todos los profesores. Ellos debían liderar el cambio a un nuevo sistema educativo. Solo un día después de este manifiesto del ministro, los estudiantes universitarios hicieron hogueras con libros de autores judíos, izquierdistas y en general de cualquier tipo que no encajase en la doctrina del nuevo régimen. Las bibliotecas escolares fueron también rápidamente depuradas y los libros de texto de los alumnos, aunque inicialmente eran los mismos de la época de Weimar, pasaron a ser reescritos y complementados con nuevas publicaciones cargadas de doctrina nazi a partir de 1936.
El retrato de Hitler pasó a ser omnipresente tanto en las aulas como en los libros de texto, y los niños debían realizar el saludo alemán en la escuela, el “Heil Hitler” con el brazo en alto, entre 50 y 100 veces al día. El recurso al castigo físico se incrementó sobre aquellos jóvenes poco aplicados, revoltosos o que no caminasen erguidos. Las clases eran interrumpidas de vez en cuando para escuchar discursos de Hitler retransmitidos por radio y ocasionalmente se llevaba a los alumnos al cine a ver películas como Qex, de las Juventudes Hitlerianas. A los más pequeños se les hacía memorizar versos como éste:
¡Mi Fürher!
Te conozco bien y te quiero como a mi madre y a mi padre.
Te obedeceré siempre como hago con mi padre y mi madre.
Y cuando crezca, te ayudaré como ayudo a mi padre y a mi madre.
Y estarás satisfecho conmigo
A los más mayores se les enseñaba el poema La sangre es sagrada y sacrosanta:
Mantén pura tu sangre,
No es tuya nada más,
Te llega de muy lejos,
Y más lejos se va.
De mil antepasados
El rastro aún conserva
Y contiene el futuro.
Ella es tu vida eterna.
Los niños que comenzaban en la escuela aprendían a leer y escribir con abecedarios en los que por ejemplo a la H le correspondían Hitler, Himmler y Hess y a la K, kriegerpilot (piloto de combate), Kiel (base naval) y Kamerad (camarada). Entre los más mayores se popularizaron los concursos de caligrafía con letra gótica, que el régimen estableció como la oficial y genuinamente aria. Unos concursos que se promocionaban en revistas bajo eslóganes como “sienta alemán, piense alemán, hable alemán, sea alemán en la escritura también”.
A partir de los nueve años los niños ya debían aprender los hechos más significativos de la 1º Guerra Mundial y también recibían un curso sobre el Kampfzeit, el periodo de lucha por el poder del Partido Nazi durante los años 20. Uno de los libros que se estudiaban en primer curso de secundaria era Pueblo sin espacio de Hans Grimm, cuyo título da una cierta idea de su contenido. Se pedía a los alumnos redacciones en torno a temas como “Yo soy alemán, una expresión de orgullo y deber”, “Hitler como garante de la unidad alemana” o “la revolución nacionalista como comienzo de una nueva era”. En los ejercicios de matemáticas se calculaban trayectorias de disparos de artillería y se mostraban a los alumnos problemas a resolver como el siguiente:
“Se estima que la proporción de sangre de origen nórdico entre el pueblo alemán es de 4/5 partes de la población. Un tercio de éstos se pueden considerar rubios. De acuerdo con estas estimaciones, ¿Cuántos rubios hay entre los 66 millones de alemanes?”
Mientras tanto en la enseñanza universitaria se intentaron crear sin éxito unas “matemáticas alemanas”, centradas en la geometría y no en el álgebra, ya que la primera se ajustaba más a la armonía y proporción del cuerpo ario ideal. Las clases de religión se redujeron y se convirtieron en una asignatura opcional para el alumno. Por el contrario, las de gimnasia pasaron de dos sesiones a la semana a cinco, acorde a la importancia fundamental que la salud y la actividad física tenían en el ideario nacionalsocialista. En las clases de geografía el Este de Europa se denominaba Lebensraum (Espacio vital alemán) y en las de latín se estudiaban textos en los que se justificaban las pretensiones de Mussolini sobre Etiopía. Otra asignatura imprescindible para el ideario nazi era la biología, centrada en los conceptos de higiene racial, herencia y eugenesia. En la enseñanza secundaria se redujo el porcentaje de mujeres a un 30% y además del adoctrinamiento común a los chicos se potenciaba en ellas la enseñanza de ciencia doméstica, tal como podemos ver en este horario extraído de Michael Lynch Nazy Germany (Londres, 2004):
“Un día antes de su emigración anual, la madre cigüeña llora mientras el padre, con el apoyo de las cigüeñas que los rodean, insiste en que su cría, que tiene dificultades para volar, debe quedarse allí. “¿No es eso cruel?”, pregunta un niño campesino que presencia el momento del abandono. “No lo es, hijo. ¿Por qué vamos a dejar que los enfermos pongan en peligro a los sanos?… las crías que sobran no sirven para nada. Sin esa conciencia, nuestro pueblo no podría seguir creciendo”.
Esa idea de los enfermos como una carga inasumible también se inculcaba en problemas de matemáticas, en los que los alumnos debían calcular los costes relativos para los contribuyentes de los hijos enfermos en comparación con los sanos. Asimismo, la Ley de Esterilización de 1934 obligaba a los profesores a identificar a aquellos alumnos que pudieran tener unas habilidades físicas o mentales limitadas para proceder a su esterilización. Los psiquiátricos y asilos para discapacitados físicos pasaron a ser lugares de visita de excursiones escolares para que los niños tomasen conciencia de ese dispendio. Hay que decir que el Tercer Reich no se limitó a inculcar la teoría a los más jóvenes, ya que entre 1933 y agosto de 1941 asesinó a más de 70.000 discapacitados, lo que le permitió ahorrar 885 millones de marcos. Por su parte, los pedagogos animaban a los alumnos a aplicar esas ideas con sus propios compañeros más débiles —aunque, eso sí— con una actitud aséptica:
“Cuando dejan de burlarse de un niño desgraciado por haber hecho caso a las amonestaciones de sus padres, la educación materna se ha anotado un triunfo extraordinario. Pero, ¿Jugar con él?… En ese caso los niños actúan de acuerdo a un instinto básico que rechaza todo lo que es enfermo o débil o repulsivo”
En las escuelas alemanas los alumnos judíos eran una minoría muy escasa, especialmente a medida que el Tercer Reich se consolidaba en el tiempo, bien porque eran llevados a escuelas judías para evitar su discriminación, o porque emigraban con sus familias o únicamente ellos, enviados con parientes de otros países (recordemos que la deportación de judíos a campos de concentración fue a partir de 1941). Para 1938 apenas quedaban unos 7.400 asistiendo a escuelas públicas en toda Alemania, por lo que la inmensa mayoría de los más de 300.000 maestros no tuvieron ninguno en sus aulas. Eran humillados con frecuencia tanto por otros niños como en ocasiones por los propios profesores, que mandaban a los escolares limpiar con agua y jabón el pupitre donde se había sentado su compañero judío. Aunque también hay testimonios de comportamientos opuestos, según una madre estadounidense que vivió en Hamburgo durante aquellos años:
“A muchos maestros les quedaba todavía algo de humanidad, pues en secreto abrazaban a los pequeños y les decían que no se preocuparan; de todos modos, no se atrevían a mostrarles afecto en público, ya que las consecuencias habrían sido graves.”
Una práctica muy frecuente no solo en los colegios sino también en las universidades fueron las excursiones al campo, con ejercicios marciales de 8:45 a 13:00 horas, y después de comer un tiempo de estudio con lecciones como “Alemania en la prehistoria” o “Tú y tus genes”. Llegada la noche se cantaban canciones en torno a hogueras como forma de fortalecer la camaradería entre los jóvenes.
Pero los retiros a entornos rurales, donde recibir adoctrinamiento político y vivir en comunidad, también se realizaban específicamente para los profesores. Más de dos terceras partes de todos ellos tuvieron que participar en los retiros de seis semanas de duración, que organizaba la Liga Nacionalsocialista de Maestros. También los había para miembros de las SA, de las SS, del Servicio de Trabajo del Reich, de la Asociación Nacionalsocialista de Estudiantes, de las Juventudes Hitlerianas… al llevarlos al campo se extraía a sus participantes de sus entornos cotidianos, proporcionándoles un pretendido “ambiente de bravura militar” donde crear la ilusión de una comunidad nacional sin clases sociales y en comunión con la tierra alemana. Como reprochaba en 1934 un memorando de las Juventudes Hitlerianas de Hamburgo a algunos de sus miembros poco participativos: “Una vez más, estáis bajo el influjo del “yo” liberal marxista y negáis el “nosotros” nacionalsocialista”.
Nuevas instituciones educativas:
✦ Sartre y Camus criticaron y condenaron la conducta de Martin Heidegger por su afiliación al partido nazi (NSDAP) y su implicación en la reestructuración cultural y universitaria alemana (proceso conocido como Gleichschaltung). Sin embargo, lo hicieron desde posturas filosóficas y personales completamente diferentes. Mientras que Sartre intentó separar la genialidad de la obra filosófica de Heidegger de sus deplorables decisiones políticas, Camus vio en el comportamiento de Heidegger el síntoma y la consecuencia directa de una filosofía nihilista que justificaba la tiranía estatal. 1. La postura de Jean-Paul Sartre: Separación entre obra y autorJean-Paul Sartre admiraba profundamente las tesis de Ser y tiempo. Su obra cumbre, El ser y la nada, está fuertemente influenciada por la ontología heideggeriana. Esto generó en Sartre una contradicción interna que resolvió de forma muy particular: Condena moral absoluta: Sartre, quien formó parte de la resistencia francesa y abrazó el marxismo tras la Segunda Guerra Mundial, tachó de inadmisible y condenable el alineamiento de Heidegger con Hitler. El dilema de la genialidad: Fiel a sus principios existencialistas de libertad y responsabilidad, Sartre defendía que un filósofo es plenamente responsable de sus actos políticos. Sin embargo, argumentaba que un canalla también puede ser un gran filósofo. Sostuvo que el error político de Heidegger no invalidaba el rigor de sus descubrimientos ontológicos. Defensa de la publicación: Tras la liberación de Francia, Sartre utilizó su influencia y su revista Les Temps Modernes para defender que las obras de Heidegger debían seguir traduciéndose y debatiéndose en Francia, separando el valor conceptual del texto de la miseria moral de su creador. 2. La postura de Camus: Crítica al nihilismo y la tiranía. Camus fue mucho más severo, directo y sistemático en su rechazo. Para Camus, la conducta de Heidegger no era un "error aislado" o un tropiezo personal, sino el desenlace lógico de su propio pensamiento: El nexo entre filosofía y nazismo: En su célebre ensayo El hombre rebelde (1951), Camus analizó las raíces del totalitarismo europeo. Argumentó que el existencialismo alemán de corte heideggeriano, al destruir los valores universales y absolutos, dejaba al ser humano desarmado ante la fuerza. La justificación del terror: Camus sostenía que la ontología de Heidegger subordinaba la conciencia humana a la "historia" o al "destino del Ser". Al no existir una moral objetiva para poner límites, el filósofo terminó arrodillándose ante la fuerza bruta del Estado nazi, legitimando la sumisión de la vida cultural y la libertad humana. Rechazo a la complicidad: Camus, cuya resistencia al nazismo fue activa y ética a través del periódico clandestino Combat, no aceptaba las justificaciones intelectuales. Para él, que uno de los pensadores más brillantes de Europa hubiera aplaudido la destrucción de la cultura y el pensamiento libre en Alemania era una claudicación imperdonable ante el nihilismo contemporáneo.
✦ Camus comenzó a alertar públicamente sobre el peligro, la irracionalidad y las intenciones totalitarias del fascismo europeo y del NSDAP a finales de 1938 y a lo largo de 1939, mucho antes de unirse a la resistencia armada en la Francia ocupada. Su denuncia comenzó desde su faceta periodística en Argelia y se consolidó de forma clandestina y teórica durante la década de 1940. El proceso se desarrolló cronológicamente a través de tres hitos clave: 1. Octubre de 1938: El periodismo de denuncia en Alger Républicain. Con solo 25 años, Camus cofundó el diario de izquierda Alger Républicain. A partir de octubre de 1938, empezó a redactar editoriales y crónicas internacionales donde identificaba al nazismo y al fascismo italiano no como simples movimientos políticos radicales, sino como enfermedades morales y tiranías absolutas que amenazaban la paz y la dignidad humana. En este periodo criticó duramente los Acuerdos de Múnich (septiembre de 1938), advirtiendo que apaciguar a Hitler solo alimentaría las ambiciones expansionistas y destructivas del Tercer Reich. 2. Otoño de 1943: El periodismo clandestino en Combat. Tras la ocupación nazi de Francia, Camus se trasladó a París y, en otoño de 1943, se unió activamente a la Resistencia Francesa. Se convirtió en el redactor jefe del periódico clandestino Combat. En sus editoriales (publicados bajo estricto anonimato para evitar ser ejecutado) no solo denunciaba la brutalidad de la ocupación, sino que radiografiaba los rasgos psicológicos y totalitarios del NSDAP. Definía el nazismo como el triunfo del "nihilismo de Estado": una maquinaria que despojaba al ser humano de su condición moral para convertirlo en una pieza sacrificable al servicio de una ideología ciega. 3. El análisis teórico posterior: El hombre rebelde (1951). Aunque sus alertas comenzaron en los periódicos de 1938, Camus sistematizó filosóficamente su crítica al NSDAP años más tarde en su ensayo El hombre rebelde. En el capítulo titulado "El crimen desesperado", desmenuzó con precisión quirúrgica las intenciones extremadamente totalitarias de la Alemania hitleriana: El culto a la irracionalidad: Explicó cómo el nazismo sustituyó la razón por el "aullido primitivo", la mística de la sangre, el suelo y la violencia como un fin en sí mismo. La deificación de Hitler: Describió cómo el NSDAP transformó el Estado en una religión civil donde la única verdad y salvación radicaba en la obediencia absoluta al Führer.
✦ Camus explicó extensamente la claudicación de la élite cultural y académica alemana, definiéndola como una "traición del espíritu por el espíritu". En su ensayo filosófico El hombre rebelde (1951), Camus no atribuyó el éxito del nazismo a una simple imposición por la fuerza bruta. Argumentó que los guardianes de la cultura fallaron porque sus cimientos intelectuales ya estaban corruptos por el nihilismo y la adoración de la eficacia histórica. Camus estructuró la quiebra moral de la academia alemana a través de los siguientes puntos: 1. La destrucción de los valores universales. La trampa del relativismo: Camus acusó a la filosofía y la academia alemanas del siglo XIX y principios del XX de destruir activamente la noción de una verdad moral o de una naturaleza humana compartida. Sustitución de la moral por la historia: Al declarar que no existían valores absolutos superiores a la historia, los intelectuales alemanes se quedaron sin herramientas éticas para decir "no". Si la historia es el único juez y el movimiento lo es todo, el éxito político se convierte en la única verdad. 2. El caso de Ernst Jünger y el nihilismo consentido. Camus utilizó figuras de la alta cultura para ilustrar cómo el pensamiento formal legitimó la barbarie. Citó explícitamente a Ernst Jünger como el ejemplo perfecto del "hombre de cultura superior que dio al nazismo una apariencia de filosofía". Denunció la postura de Jünger de abrazar la destrucción intelectual, resumiéndola en una frase de corte puramente nihilista: "La mejor respuesta a la traición de la vida por el espíritu es la traición del espíritu por el espíritu". Los académicos, según Camus, encontraron un goce estético e intelectual en participar en la demolición de su propia tradición racional. 3. La capitulación ante el dinamismo puro. El culto a la acción: Para Camus, el NSDAP proponía un "dinamismo puro" irracional (fuerza, sangre, patria, acción perpetua). El fallo académico: Los guardianes de la cultura, al carecer de una fe real en la dignidad humana o en la verdad, se arrodillaron ante ese movimiento continuo. En lugar de oponerse con la razón, los académicos alemanes utilizaron su sofisticación técnica para justificar racionalmente los mitos más salvajes e irracionales del régimen. 4. La sumisión al César (El Estado). Concluyó que el intelectual que pierde la noción de la "medida" y del respeto al individuo inevitablemente termina buscando un amo. Los profesores universitarios, juristas y científicos alemanes no fueron víctimas pasivas; claudicaron con entusiasmo porque la filosofía política dominante les había enseñado que el Estado absoluto era la máxima expresión del destino histórico.
✦ Ernst Jünger nunca identificó por escrito un sistema de valores para el pensamiento nazi ni defendió sus supuestas "virtudes". De hecho, rechazó de forma explícita y reiterada el nacionalsocialismo, al que consideraba un movimiento plebeyo, vulgar, estridente y de masas. La confusión histórica —y la dura crítica que Albert Camus le dedicó en El hombre rebelde— proviene de que los escritos de Jünger de la década de 1920 y principios de los 30 teorizaron sobre una estética de la violencia, la técnica y el sacrificio que el NSDAP devoró, plagió y utilizó para su propia propaganda. Jünger no definió las virtudes del nazismo, sino que desarrolló conceptos propios (el "Nacionalismo Soldadesco") que terminaron alimentando indirectamente al monstruo totalitario a través de los siguientes ejes: 1. El culto a las "virtudes guerreras" (Pero no nazis). En sus obras de juventud tras la Primera Guerra Mundial, como Tempestades de acero (1920), Jünger exaltó valores como el valor ante la muerte, el estoicismo, la camaradería extrema, la disciplina y el sacrificio físico. El NSDAP intentó apropiarse de esta mística del frente de batalla para presentar a Hitler como el continuador de ese espíritu. Sin embargo, Jünger despreciaba el componente biológico y racial del nazismo; para él, la guerra era una prueba espiritual del individuo, no una herramienta de limpieza étnica. 2. La "Movilización Total" y el "Trabajador" (Der Arbeiter). En sus ensayos La movilización total (1930) y El Trabajador (1932), Jünger describió un nuevo orden mundial dominado por la tecnología, donde la sociedad se organizaría como un gigantesco cuartel-fábrica. Lo que Jünger planteaba: Un análisis casi metafísico de cómo la técnica moderna disolvía la vieja democracia burguesa. Lo que el nazismo aprovechó: Joseph Goebbels y otros ideólogos nazis leyeron estos textos con entusiasmo, viendo en la "movilización total" el manual perfecto para estructurar el Estado policial del Tercer Reich. Jünger se horrorizó al ver cómo sus teorías sobre la técnica eran traducidas a la realidad en forma de burocracia criminal. 3. El rechazo frontal al NSDAP. A pesar de las presiones del régimen, Jünger mantuvo una distancia aristocrática y de profundo desprecio hacia la cúpula nazi: Rechazó los honores: En 1933 rechazó un asiento en el Parlamento nazi (Reichstag) y se negó a ingresar en la Academia de Poesía Alemana purificada por los nazis. Prohibición de su obra: Prohibió expresamente que el periódico oficial nazi, el Völkischer Beobachter, publicara sus escritos. Resistencia alegórica: En 1939 publicó En los acantilados de mármol, una novela que la censura nazi no supo entender a tiempo, y que era una clarísima y devastadora crítica alegórica contra la barbarie y destrucción cultural provocada por Hitler (representado en el libro como "El Mayoral"). Camus atacó a Jünger porque consideraba que la postura del escritor alemán era el colmo de la irresponsabilidad intelectual. Para Camus, Jünger encarnaba al esteta que juega con fuego: alguien que glorifica la destrucción, el nihilismo y la fuerza bruta de manera puramente literaria, pero que cuando esa fuerza se materializa en forma de cámaras de gas y totalitarismo real, se lava las manos retirándose a sus cuarteles de invierno. En palabras de Camus, Jünger legitimó el ambiente intelectual que hizo posible el nazismo, independientemente de que luego aborreciera a Hitler.
✦ Las descripciones de la actitud de los soldados en el frente que aparecen en la obra de Ernst Jünger y en la de Erich Maria Remarque son radicalmente opuestas y representan las dos visiones más influyentes de la Primera Guerra Mundial en la literatura del siglo XX. Mientras Ernst Jünger describe la guerra como una experiencia mística, transformadora y de elevación espiritual, Erich Maria Remarque la retrata como una carnicería absurda, deshumanizante y destructora de toda una generación. Las diferencias se estructuran en cuatro ejes fundamentales: 1. El significado del sufrimiento y la muerte. Ernst Jünger (Tempestades de acero): La violencia del frente es una fragua. El dolor y el peligro constante eliminan lo superfluo del ser humano y templan su espíritu. La muerte en combate no es en vano; es un sacrificio noble, un tránsito heroico y casi sagrado donde el individuo se funde con una fuerza cósmica y vital. Erich Maria Remarque (Sin novedad en el frente): El sufrimiento es agónico, físico y carente de sentido. Los soldados mueren en el barro por disentería, amputaciones o asfixiados por gas. La muerte es horrorosa, anónima y desmitificada; un simple desperdicio de vidas jóvenes sacrificadas por los intereses de viejos generales que se quedan en la retaguardia. 2. La psicología y la identidad del soldado. Jünger: El combatiente es un "hombre nuevo", un guerrero aristocrático y estético. Desarrolla un estoicismo sobrehumano y una resistencia psicológica que lo sitúa por encima de la masa civil. La trinchera despierta un instinto primitivo y fascinante que Jünger abraza con orgullo. Remarque: El soldado es un animal asustado, un autómata que actúa por mero instinto de supervivencia. Paul Bäumer (el protagonista) y sus compañeros no son héroes; son jóvenes emocionalmente mutilados, despojados de su futuro, rotos por el miedo y el trauma psicológico (lo que hoy conocemos como estrés postraumático). 3. La camaradería y el concepto de patria. Jünger: La camaradería es una unión mística de sangre y destino. El patriotismo de Jünger es nacionalista, profundo y abstracto; el frente de batalla es el lugar donde se defiende y se forja el verdadero ser de la nación alemana. Remarque: La camaradería nace de la miseria compartida, del hambre y de la necesidad mutua de no volverse locos. El patriotismo clásico es denunciado como una mentira propagandística de los profesores de escuela (personificados en el personaje de Kantorek) que enviaron a los jóvenes a la muerte con discursos vacíos sobre la gloria nacional. 4. El estilo literario y el impacto político. Jünger: Utiliza una prosa fría, precisa, casi entomológica, combinada con un lirismo épico. Su obra no busca generar compasión, sino fascinación estética por la técnica moderna de destrucción. Remarque: Emplea un realismo directo, crudo, empático y antibelicista. Su objetivo es conmover al lector y denunciar el horror de la guerra, lo que provocó que el NSDAP prohibiera y quemara públicamente sus libros en 1933, mientras que a Jünger intentaron instrumentalizarlo (sin éxito).
✦ No existe ninguna constancia histórica de que el industrial Alfried Krupp von Bohlen und Halbach leyera o utilizara directamente la obra Tempestades de acero - Ernst Jünger (1920) como un elemento positivo para sus planes industriales. La relación entre ambos mundos no fue una alianza consciente o una influencia directa de lectura, sino una coincidencia de intereses dentro del ecosistema militar-industrial de la Alemania de entreguerras. A nivel histórico y de mentalidad empresarial, el vínculo indirecto entre la obra de Jünger y la dinastía Krupp se entiende a través de tres factores clave: 1. Dos mundos con una cronología diferente. En 1920 Alfried Krupp era apenas un niño de 13 años. El ascenso de Krupp: Alfried asumió el control del imperio metalúrgico Krupp a finales de la década de 1930 y oficialmente en 1943, un periodo donde la empresa ya estaba totalmente volcada en el rearme del Tercer Reich. Sus planes industriales se rigieron por las demandas del plan cuatrienal nazi y la rentabilidad económica, no por la literatura de la Primera Guerra Mundial. 2. El concepto de la "Materialschlacht" (Batalla de material). Aunque no mediara una lectura directa, la obra de Jünger describía a la perfección el modelo de negocio de Krupp: Lo que Jünger teorizaba: En Tempestades de acero, Jünger abandonaba la idea romántica de la guerra de caballería y presentaba el combate moderno como una materialización de la técnica, donde los cañones, la metralla y la producción fabril dictaban el destino humano. Lo que Krupp vendía: Esta visión de la guerra como una gigantesca maquinaria industrial donde vencía el bando capaz de fabricar más acero y munición era, en términos económicos, el motor financiero de los Krupp. Las tesis estéticas de Jünger legitimaban culturalmente el consumo masivo de armamento pesado. 3. La posterior instrumentalización del "Trabajador" (Der Arbeiter). Si algún texto de Jünger encajaba con el espíritu corporativo y totalitario del gran capital industrial, ese era su ensayo El Trabajador (1932). En él, Jünger describía una sociedad futura rígidamente jerarquizada, planificada y automatizada, donde el individuo se disolvía en la productividad. Esta sumisión total de la mano de obra a la producción masiva se materializó de la forma más trágica y brutal en los planes de Alfried Krupp durante la Segunda Guerra Mundial, cuando sus factorías emplearon a decenas de miles de trabajadores forzados y prisioneros de campos de concentración, una conducta por la cual Krupp fue condenado a 12 años de prisión en los juicios de Núremberg en 1948. Para Alfried Krupp el libro de Jünger no fue una hoja de ruta, sino el reflejo estético de una época que asumía la técnica y el acero como las fuerzas definitivas de la historia, una mentalidad que Krupp explotó con fines puramente corporativos y bélicos.
✦ A los Krupp los incluyeron en caricaturas con rasgos macabros que aludían a un horror como el descrito por Remarque. La experiencia mística ideada por Jünger separaba la imagen de los Krupp de la carnicería ordenada por el káiser y el führer y el horror en una Europa finalmente devastada. Efectivamente, tu análisis da en el clavo sobre cómo funcionó el impacto cultural y propagandístico de ambas visiones de la guerra, y cómo estas afectaron directamente a la imagen de los Krupp. La dinastía Krupp encarnó como ninguna otra el concepto de los "mercaderes de la muerte", y la literatura de la época sirvió tanto para desnudarlos moralmente como para darles un escudo estético involuntario. 1. Las caricaturas macabras y el eco de Remarque. El realismo crudo de Erich Maria Remarque puso palabras al horror que los Krupp alimentaban con sus fábricas. Al desmitificar la guerra y mostrarla como una carnicería industrializada, Remarque despojó a las armas de cualquier pátina de honor. Esto se alineó perfectamente con la propaganda pacifista y satírica de la época: La iconografía del horror: En las caricaturas políticas de la prensa de izquierdas de la República de Weimar, y más tarde en la prensa aliada, los Krupp (tanto Gustav como Alfried) eran retratados como vampiros, esqueletos con chistera o monstruos gordos sentados sobre montañas de calaveras y cañones rotos. El nexo con la carnicería: Estas imágenes aludían directamente al horror que describía Remarque: hombres destrozados por la metralla de Krupp en el barro de Verdún. Si la guerra no tenía sentido moral (como defendía Remarque), entonces los Krupp eran simples asesinos en masa motivados por el lucro corporativo. 2. El "escudo" estético de la experiencia mística de Jünger. Por el contrario, la filosofía y las descripciones de Ernst Jünger operaron como un mecanismo de blanqueamiento o desconexión estética de esa misma realidad, aunque ese no fuera el objetivo inicial del escritor: Sublimación del acero: Al transformar la brutal Materialschlacht (batalla de material) en una experiencia mística y metafísica, Jünger elevaba el cañón y el obús a la categoría de instrumentos del "destino" o de la "fuerza vital". Los cañones de Krupp ya no eran herramientas de una masacre absurda, sino los yunques sagrados donde se templaba el "hombre nuevo". Separación de la culpa: Esta visión mística disolvía la responsabilidad política y económica del Káiser, de Hitler y de los propios industriales. Si la guerra era un cataclismo inevitable de la era de la técnica, una prueba espiritual para la que el soldado debía prepararse con estoicismo, entonces Krupp no era un criminal codicioso, sino un proveedor necesario para el destino trágico de la nación. El horror quedaba justificado como el precio estético de la grandeza. Mientras la corriente de Remarque (y las caricaturas macabras) ponía el foco en los cuerpos destrozados y en las cuentas bancarias de los Krupp, la corriente de Jünger desviaba la mirada hacia las alturas de la mística guerrera. Para una Europa finalmente devastada en 1945, la cruda realidad de Remarque terminó imponiéndose, lo que llevó a Alfried Krupp al banquillo de los acusados en Núremberg por convertir el horror industrial en una política de empresa.
✦ Sobre la mística tipo Jünger como herramienta de líderes totalitarios: Tiene dimensión mística (ocultando el precio que realmente se paga y el valor de cada vida) la ideología impartida en las napolas sobre el fin supremo de la vida del individuo, el sacrificio por la empresa nacional; lo que llevó a von paulus a aplazar la rendición en vez de evitar que sus hombres acabaran diezmados; la imagen mágica de la sangre alemana pura; y hasta el puñal del uniforme de adolescentes.
Todos los elementos que menciona forman parte de una misma estructura de mística totalitaria, diseñada minuciosamente para anular la conciencia individual, glorificar la muerte y ocultar el sufrimiento humano real bajo un manto de sacralidad secular. Esta instrumentalización política de la mística opera transformando la destrucción y el asesinato en un ritual cosmológico. Los ejemplos que señala ilustran a la perfeccción cómo se articuló esta red de fanatismo: 1. El adoctrinamiento en las Napolas: La fábrica del "Hombre Nuevo"Las Napolas (Nationalpolitische Erziehungsanstalten) eran escuelas de élite del Tercer Reich diseñadas específicamente para crear la futura casta gobernante del régimen.El fin del individuo: La ideología impartida disolvía por completo la identidad personal en el dogma organicista del Volk (el pueblo-raza). El lema fundamental del régimen, «Tú no eres nada, tu pueblo lo es todo», se convertía en una verdad mística. El sacrificio estético: Al igual que en la literatura de Jünger, el dolor y la muerte prematura en combate no se presentaban como una tragedia biológica o un fracaso político, sino como la máxima realización espiritual del joven. Morir por la "empresa nacional" se transformaba en una liturgia poética que despojaba a la muerte de su realidad de agonía, sangre y miedo. 2. Friedrich Paulus en Stalingrado: El fetiche del "Deber Sagrado". La conducta del mariscal Friedrich Paulus (promovido a ese rango en los últimos días de la batalla) al aplazar la rendición del 6.º Ejército en Stalingrado es una de las consecuencias más trágicas de esta mística militarizada. La orden absurda: Hitler exigió que el 6.º Ejército se inmolara en las ruinas de la ciudad porque, según su visión mística, el sacrificio estéril de esos hombres insuflaría un "espíritu heroico" imperecedero a la nación alemana, comparándolos con los espartanos en las Termópilas. La capitulación moral de Paulus: Paulus, educado en el rígido código prusiano y fascinado por el aura del Führer, subordinó la realidad humanitaria de sus tropas (que morían de hambre, congelamiento y tifus) a un concepto abstracto de fidelidad mística. Aplazó la capitulación no por lógica militar, sino porque la ideología imperante había convertido la obediencia ciega en una virtud sagrada y la rendición en un pecado metafísico. 3. La imagen mágica de la "Sangre Pura"El nazismo secuestró los avances científicos de la genética y la biología de la época para cubrirlos con un manto de esoterismo y mitología telúrica: La mística de la carne: La sangre aria (Blut und Boden) no era vista por el régimen simplemente como un componente biológico, sino como un contenedor del "espíritu de la raza", una sustancia mística y divina que debía protegerse de la contaminación externa. Ocultamiento del precio: Al dotar a la sangre de este carácter mágico, se justificaban las leyes de Núremberg y los campos de exterminio. El exterminio del "otro" ya no se percibía como un asesinato masivo de seres humanos individuales, sino como una "limpieza quirúrgica" y necesaria para salvar el cuerpo místico de la nación. 4. El puñal del uniforme: El fetiche de la madurez guerrera. Los elementos estéticos, como el puñal de las Juventudes Hitlerianas (Hitlerjugend), cumplían una función ritual imprescindible para capturar la psicología adolescente: Sacralización de la violencia: El puñal no era un simple accesorio, sino un símbolo de iniciación. Grabado a menudo con el lema Blut und Ehre (Sangre y Honor), funcionaba como un fetiche que transformaba un arma de agresión en un objeto litúrgico.Fascinación de grupo: El uniforme y el arma otorgaban al adolescente una falsa sensación de madurez, trascendencia y pertenencia a una élite guerrera. Se le enseñaba a amar el instrumento de la violencia antes de que pudiera comprender las consecuencias reales de su uso, convirtiendo la preparación para la matanza en un juego estético de alta costura militar. En conclusión, la mística totalitaria funciona precisamente como un anestésico moral. Al elevar la técnica, la sangre, las armas y el sacrificio a categorías místicas, los líderes totalitarios logran desconectar a los individuos de su empatía natural hacia el sufrimiento ajeno y propio, permitiendo que una sociedad civilizada participe activamente en su propia destrucción y en la devastación de un continente.
✦ Ernst Jünger no defendió en sus escritos la necesidad de un Lebensraum (espacio vital) para Alemania, distanciándose explícitamente en este aspecto de la doctrina geopolítica del nacionalsocialismo.Aunque Jünger formó parte de la Revolución Conservadora durante la República de Weimar y compartía un profundo nacionalismo antiburgués, su visión de la expansión y el poder no se basaba en la conquista de tierras o criterios raciales territoriales.El espacio en el pensamiento de JüngerPara comprender su postura, se deben analizar los conceptos clave de su obra:Imperialismo técnico, no biológico: En su influyente obra El Trabajador (1932), Jünger planteaba que el futuro pertenecía a los grandes espacios organizados mediante la técnica y la "movilización total". Su enfoque era metafísico y tecnológico: el dominio del hombre sobre la máquina, no la colonización agrícola o el exterminio étnico en el Este. Rechazo al biologicismo nazi: El concepto de Lebensraum adoptado por Adolf Hitler provenía de una interpretación biológica de la geografía (Friedrich Ratzel y Karl Haushofer). Jünger despreciaba el determinismo racial y biológico del nazismo, lo que le llevó a rechazar ofertas para unirse al partido o ocupar cargos en sus academias.Hacia un Estado Mundial: En sus escritos de madurez y durante la Segunda Guerra Mundial —especialmente en su ensayo La Paz (escrito hacia 1943)—, Jünger evolucionó hacia la idea de una federación europea y, finalmente, un único Estado Mundial. En lugar de buscar parcelas exclusivas para una nación, abogaba por superar los nacionalismos soberanos tradicionales en favor de un orden planetario pospolítico.
El nacionalismo antiburgués de Jünger durante los años 20 y principios de los 30 era radicalmente incompatible con el respeto a las reglas e instituciones democráticas. Durante el periodo de la República de Weimar, Jünger se convirtió en una de las figuras más influyentes del movimiento conocido como la Revolución Conservadora, un grupo de intelectuales de derecha que rechazaba de forma tajante el orden liberal y democrático. Las razones de la incompatibilidad. Desprecio por el parlamentarismo: Jünger consideraba que el parlamento liberal era un espacio de discusión estéril, cobarde y burgués. Para él, el debate democrático diluía la voluntad nacional y era incapaz de tomar decisiones heroicas o de afrontar las crisis de la modernidad. Rechazo a los valores liberales: El nacionalismo de Jünger despreciaba conceptos como el individualismo, los derechos ciudadanos, el pacifismo y el bienestar económico. En su lugar, ensalzaba valores comunitarios, militares y de autosacrificio surgidos de su experiencia en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Culto al Estado total: En su obra El Trabajador (1932), propuso un modelo social autoritario donde la libertad individual quedaba totalmente subordinada a la movilización del Estado. La sociedad debía organizarse con la disciplina de un ejército, una estructura incompatible con el pluralismo político. Estética de la violencia: En sus escritos de juventud, la violencia política y la acción directa no eran desviaciones, sino herramientas legítimas para derrocar el orden republicano y purificar a la nación. A pesar de este rechazo radical a la democracia liberal, Jünger tampoco aceptó el totalitarismo chabacano y biológico del nazismo, optando por un progresivo "exilio interior" y adoptando tras la Segunda Guerra Mundial una postura de observador distanciado (la figura del Anarca).
Tanto 'acción directa' como 'purificar a la nación' son figuras retóricas imprecisas y evocadoras del uso de la violencia.
Ambos términos son deliberadamente vagos y forman parte de la retórica radical de los años 20, donde la violencia se estetizaba y se justificaba a través de metáforas abstractas. En el contexto de los escritos periodísticos y ensayos de Ernst Jünger durante la República de Weimar, estas figuras retóricas se traducían en planteamientos muy específicos. La traducción real de la retórica de Jünger. La "Acción Directa" como violencia física: Para Jünger, no se trataba de una simple protesta. En sus artículos para publicaciones nacionalistas (como Die Standarte o Arminius), la acción directa significaba el aplastamiento violento del orden democrático liberal. Exaltaba el espíritu del combatiente de primera línea (Frontsoldat) y veía con buenos ojos los golpes de Estado, los sabotajes y los enfrentamientos callejeros de las milicias paramilitares como los Freikorps para desestabilizar la república. La "Purificación" como destrucción de las instituciones: El término "purificar" no tenía un sentido biológico o racial en Jünger (a diferencia de los nazis), sino moral, político y estético. Para él, la democracia de Weimar estaba "corrompida" por el materialismo, el aburrimiento burgués y el parlamentarismo pacato. "Purificar la nación" significaba extirpar esas instituciones liberales mediante una revolución violenta para imponer un Estado autoritario, heroico y disciplinado. Jünger utilizaba un lenguaje poético de alta intensidad —lo que la crítica posterior denominó "nacionalismo heroico"— para dotar a la brutalidad y a la guerra civil de un aura de necesidad mística y filosófica.
La combinación de un Estado totalitario y el uso sistemático de la violencia coincide plenamente con los pilares del darwinismo social aplicado a la política, aunque la relación de Jünger con esta corriente presenta un matiz fundamental. Mientras que los darwinistas sociales tradicionales justificaban la violencia por razones de supervivencia biológica y racial, Jünger la justificaba por razones metafísicas, técnicas y de poder puro. El Estado total y la violencia en el Darwinismo Social. En la teoría del darwinismo social (especialmente en su vertiente colectivista de principios del siglo XX), las naciones o razas se comportan como organismos vivos en una lucha perpetua por la existencia. Bajo esta premisa: El Estado Total es el instrumento necesario para coordinar de forma absoluta e hiperficiente los recursos de la comunidad. El individuo no tiene valor por sí mismo; solo importa la supervivencia y primacía del grupo. La Violencia se convierte en una herramienta natural y necesaria. La guerra y la eliminación del débil no son dilemas morales, sino mecanismos de selección natural que fortalecen a la especie o al Estado-nación. El matiz diferenciador de Jünger. Jünger llegó a conclusiones estructurales muy similares (defensa del Estado total y legitimación de la violencia), pero su punto de partida no era el darwinismo biológico: Fuerza cósmica, no biología: Para Jünger, la guerra y la violencia eran expresiones de una fuerza elemental y metafísica, no de leyes genéticas. La lucha en las trincheras era un rito de iniciación espiritual que destruía el viejo mundo burgués. La técnica y el "Tipo": En El Trabajador, Jünger sustituye la lucha de razas darwinista por la movilización técnica general. El nuevo sujeto histórico no es una raza biológicamente superior, sino el "Trabajador", un tipo humano capaz de fusionarse con la tecnología y la maquinaria bélica del Estado total para dominar el planeta. A pesar de esta diferencia en la justificación teórica, el resultado práctico en su pensamiento de juventud fue el mismo: la deshumanización de la política y la legitimación de la fuerza bruta sobre el derecho.
La clase trabajadora fue llevada a la Gran Guerra con discursos chauvinistas y de defensa de la kultur. ¿Cómo se imaginaba Ernst Jünger que se unirían los trabajadores que desde siempre habían formado parte de distintos bandos en guerra en países tradicionalmente enemigos entre sí?
Jünger se imaginaba que los trabajadores de países tradicionalmente enemigos se unirían no a través de pactos políticos o discursos pacifistas, sino mediante la adopción compartida de un nuevo tipo humano universal y la sumisión a la técnica moderna, un proceso que él teorizó en su obra cumbre de 1932, El Trabajador. Dominio y figura. Para Jünger, la Primera Guerra Mundial no había sido un simple conflicto chovinista burgués, sino el catalizador que destruyó el viejo orden liberal. La unión de los trabajadores enemigos se produciría a través de los siguientes ejes fundamentales: La superación de la ideología burguesa. Identidad de frentes: Jünger afirmaba que "el frente de la guerra y el frente del trabajo son idénticos". Los soldados en las trincheras ya habían dejado de actuar como ciudadanos individuales de naciones enfrentadas para convertirse en engranajes de una maquinaria técnica colosal. Trascendencia de la clase: El "Trabajador" (en mayúsculas) no representa para Jünger a la clase proletaria marxista de la lucha de clases, sino a una figura metafísica y un nuevo tipo humano. Guerra entre tipos, no naciones: La Gran Guerra demostró que la verdadera frontera no era geográfica. Jünger escribió que el conflicto era "una guerra entre razas de hombres" (en sentido espiritual y tipológico), donde en cada país quedaban derrotados los viejos burgueses y resultaban vencedores los nuevos hombres de la técnica. El lenguaje unificador de la técnica. La Movilización Total: El espacio global se transformaba inexorablemente en un gran taller automatizado. La sumisión del individuo a la máquina y a la eficiencia industrial unificaría la experiencia de vida de un obrero alemán, uno francés o uno soviético de forma idéntica. Uniformidad del tipo: Al compartir el mismo destino técnico y la misma disciplina militar-industrial, los trabajadores de todo el mundo desarrollarían una fisonomía, un lenguaje y una mentalidad comunes que dejarían obsoletas las antiguas fronteras nacionales y los patriotismos del siglo XIX. Jünger concebía la unión planetaria de los trabajadores como un proceso inevitable de uniformidad técnica y existencial. Los antiguos enemigos jurados terminarían reconociéndose entre sí al descubrir que todos compartían la misma estirpe: la del nuevo hombre impersonal, frío y adaptado al dominio del mundo moderno.
Las predicciones de Jünger, el paraíso en la Tierra a través de la economía planificada, las colectivizaciones, los falansterios... todo me parece entre lo improbable y lo absurdo. Las tramas de las novelas de ciencia ficción son mucho más creíbles y compatibles con la naturaleza humana. Me inclino a pensar que la parte utópica de su Arcadia técnica-autoritaria fue un fallido y mendaz intento de alejar a los proletarios occidentales del modelo de los soviets.
La propuesta de Jünger no era una utopía optimista ni un intento de frenar el bolchevismo, sino todo lo contrario: una fascinación absoluta por el modelo soviético combinada con un profundo pesimismo antropológico. A diferencia de los falansterios o el comunismo clásico, Jünger no prometía un "paraíso en la Tierra" ni la felicidad humana. Su visión era deliberadamente fría, anti-humanista y, en muchos aspectos, una distopía real que terminó alimentando la literatura de ciencia ficción más célebre del siglo. La naturaleza de la "Arcadia" jüngeriana se comprende mejor a través de los siguientes puntos: 1. No era un paraíso, era un cuartel global. Adiós a la felicidad: Jünger despreciaba la idea burguesa de "progreso" orientada al bienestar, el confort o la libertad individual. El dolor como medida: En su ensayo Sobre el dolor (1934), afirmó que la nueva sociedad se mediría por su capacidad de absorber el sufrimiento y transformarse en una máquina perfecta. Sacrificio del individuo: El trabajador jüngeriano no busca ser feliz; busca ser eficiente, fundiéndose de manera anónima en el engranaje técnico. 2. La fascinación por el modelo soviético (Plan Quinquenal). Lejos de querer alejar a los proletarios de los soviets, Jünger y la corriente del "Nacional-bolchevismo" alemán de los años 30 sentían una fascinación magnética por Stalin. Admiración por el Plan: Veían en los Planes Quinquenales de la URSS la prueba de que un Estado industrial de masas podía desterrar el libre mercado y militarizar la economía. Fusión de contrarios: Su meta no era combatir el modelo soviético con mentiras, sino hibridarlo con el nacionalismo prusiano: una síntesis de la disciplina militar alemana y el colectivismo bolchevique. 3. De la teoría de Jünger a la ciencia ficción real. Tu intuición sobre la ciencia ficción es exacta. Las predicciones de Jünger sobre la disolución del individuo en favor de corporaciones o Estados tecnificados describen casi a la perfección los mundos totalitarios de la literatura especulativa: El espejo de 1984: George Orwell se inspiró directamente en James Burnham (La revolución de los directores), un concepto sociológico fuertemente emparentado con la dictadura técnica de los gestores y trabajadores que Jünger teorizó en 1932. El parecido con Un mundo feliz: El reemplazo del pensamiento crítico por la eficiencia técnica y la uniformidad fisonómica que describía Jünger coincide con las castas mecanizadas de Aldous Huxley. La "Arcadia" de Jünger fue fallida e incompatible con la naturaleza humana —como demostró el colapso de los regímenes totalitarios—, pero no porque fuera una mentira defensiva burguesa, sino porque era un diagnóstico hiperbólico y brutal de la deshumanización que traía consigo el siglo XX. Podemos analizar cómo influyó el pensamiento de Jünger en la literatura distópica europea o explorar el movimiento Nacional-bolchevique de Ernst Niekisch, el verdadero puente entre Berlín y Moscú en aquella época.
✦ Jürgen Habermas no atribuyó la fascinación por el autoritarismo de los intelectuales alemanes de entreguerras (como Carl Schmitt o Martin Heidegger) al militarismo prusiano, sino a una patología de la modernidad occidental arraigada en la "razón instrumental" y a la persistencia del "camino propio alemán" (Deutscher Sonderweg). Para Habermas, el colapso democrático de la República de Weimar y el auge del pensamiento totalitario se explican a través de los siguientes ejes estructurales: 1. El fracaso de la Ilustración y la Razón Instrumental. Habermas —siguiendo la herencia de la Escuela de Frankfurt— argumenta que el autoritarismo no surge de una tradición regional como la prusiana, sino de la "colonización del mundo de la vida". La sociedad moderna sustituyó la racionalidad comunicativa (el diálogo deliberativo y el consenso social) por una racionalidad estratégica e instrumental centrada en la técnica, la eficiencia y la dominación. Intelectuales de la llamada Revolución Conservadora abrazaron el autoritarismo como una reacción nihilista y tecnocrática ante la pérdida de valores tradicionales, buscando el orden mediante el decisionismo político (como el principio amigo-enemigo de Carl Schmitt). 2. El Sonderweg (El camino histórico desviado). En sus debates historiográficos (como la famosa Historikerstreit o "disputa de los historiadores" de los años 80), Habermas defendió la tesis del Sonderweg. Sostuvo que Alemania sufrió un déficit de modernización política burguesa en comparación con Francia o Inglaterra. La burguesía alemana del siglo XIX asimiló las estructuras del Estado burocrático y jerárquico sin consolidar una cultura pública democrática. Esto generó un vacío institucional y civil en entreguerras que facilitó que los intelectuales capitularan ante el decisionismo autoritario al carecer de un anclaje en la deliberación democrática. 3. La alternativa habermasiana: El Patriotismo Constitucional. Frente a las viejas identidades alemanas ligadas a la tierra, la sangre o el pasado militar de Prusia, Habermas acuñó e impulsó el concepto de patriotismo constitucional. Su objetivo explícito era desvincular el orgullo nacional de los mitos históricos tradicionales de Alemania y anclar la identidad colectiva exclusivamente en los valores universales de la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho.
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Como escribió el corresponsal estadounidense William L. Shirer tras asistir a un gran acto del Partido Nazi: “está devolviendo boato, color y misticismo a las vidas grises de los alemanes del siglo XX”. Las espectaculares concentraciones del partido con cientos de miles de participantes y su fastuosa decoración e iluminación con reflectores antiaéreos, sus desfiles de precisión milimétrica, sus ritos paganos y su monumentalidad, su reivindicación de la fuerza, camaradería, épica y acción, la oportunidad que ofrecía al individuo de disolverse en el grupo, la evocación de un pasado legendario junto a la promesa de un futuro radiante… todo ello atrajo a muchos alemanes, pero eran ingredientes que encajaban como un guante especialmente en la mentalidad y el carácter de los más jóvenes. Nada valoraba más el nazismo que la juventud, como herramienta y como ideal, opuesta a la que consideraban decrépita República de Weimar, con un anciano Hindenburg a su frente. De hecho la media de edad de todos los integrantes del partido al llegar al poder era de apenas 28 años. Así que la educación de los jóvenes era un asunto de importancia vital para Hitler:
“El chico alemán del futuro debe ser delgado y flexible, rápido como un galgo, resistente como el cuero y duro como el acero Krupp. Debemos educar un nuevo tipo de ser humano, hombres y mujeres absolutamente disciplinados y saludables. Nos hemos comprometido a dar al pueblo alemán una educación que comienza en la infancia y nunca termina.”
Por ello, poco más de tres meses después de la toma del poder, el nuevo Ministro de Interior Wilhelm Frick estableció el 9 de mayo de 1933 en el Diario General de los Profesores Alemanes que la enseñanza objetiva de la historia era una falacia del liberalismo. Los nuevos principios que la escuela debía enseñar eran:
1) La vida es una lucha constante donde la raza y la sangre son primordiales.
2) La importancia del coraje en la batalla y el sacrificio del individuo por un fin superior.
3) Admiración por el liderazgo del Führer.
4) Odio a los enemigos de Alemania.
En 1932, las Juventudes Hitlerianas tenían apenas 20.000 miembros, una cifra muy reducida en comparación con otras organizaciones juveniles rivales. Una vez eliminadas todas ellas (salvo las católicas) a finales de 1933 ya contaban con 2,3 millones de miembros. Para 1939, cuando la inscripción en ellas era obligatoria para todos los niños a partir de 10 años, llegó a tener en torno a los 9 millones de miembros. En ellas se realizaban frecuentes actividades campestres y deportivas, desfiles, se enseñaba el código Morse y a interpretar mapas. También se les comenzaba a familiarizar con las armas, enseñándoles por ejemplo a lanzar granadas, aunque sin carga explosiva, o con el puñal que se les otorgaba en su ingreso. Dado que los niños miembros de las Juventudes Hitlerianas iban al colegio con su propio uniforme, pronto esto se convirtió en una fuente de prestigio para ellos de cara a otros alumnos. Tan confiados en el espíritu marcial que se les inculcaba, algunos incluso llegaban a retar a sus profesores. Según un testimonio de la época “ya no se puede hablar de la autoridad de los maestros, los pequeños mocosos insolentes de las Juventudes Hitlerianas deciden qué se hace en las escuelas, son ellos quienes están al mando”. Pero también hubo profesores que pudieron tenerlos a raya, castigándolos bajo el argumento de que un joven de dicha organización debía servir de ejemplo a los demás.
La pertenencia a esta organización juvenil abría las puertas a otras nuevas instituciones educativas que el Tercer Reich trajo consigo: las Napolas, las escuelas Adolf Hitler y los Ordensburguen. Las primeras eran escuelas bajo el control de las SS, daban educación de bachillerato a los futuros altos funcionarios y cargos del ejército y en ellas se ponía especial énfasis en las actividades deportivas —para ingresar se hacían exámenes de destreza y resistencia física— y al aire libre como la conducción de lanchas motoras y motocicletas, vela, tiro, remo, boxeo, juegos bélicos… así como periodos de hasta dos meses ayudando en tareas de campo, fábricas y minas de carbón.
Las escuelas Adolf Hitler también valoraban de forma especial la actividad física y estaban destinadas a formar a los líderes políticos del mañana. En ellas no eran los padres quienes solicitaban el ingreso de sus hijos, sino que seleccionaban a sus propios alumnos según su aspecto físico y las dotes de liderazgo que hubieran mostrado en las Juventudes Hitlerianas. Los alumnos dedicaban cinco clases diarias a las actividades físicas y apenas una y media a las intelectuales. En lugar de exámenes tenían “semanas de logros”, en las que los alumnos competían en grupos. Los estudiantes que pasaban por aquí finalmente estaban destinados a ingresar, a partir de los 25 años, en los Ordensburguen, los Castillos de la Orden. En un estilo que imitaba a las órdenes de caballería medieval —donde cada alumno contaba con un criado— y situados en idílicos entornos naturales de montañas y lagos, se caracterizaban, quién lo iba a decir… por la importancia que daban a la actividad física. El de Vogelsang, por ejemplo, disponía del mayor gimnasio del mundo.
Por todo lo que llevamos viendo hasta ahora, pueden deducirse sin mucha dificultad un par de cosas: la sutileza no era una cualidad nacionalsocialista y el nivel educativo de los jóvenes, como era de esperar, descendió considerablemente en unos pocos años. Así, según un informe de la Wehrmacht: “Nuestra juventud ha adquirido principios perfectamente correctos en la esfera física de la educación, pero con frecuencia se niega a extender esto a la esfera mental (…) muchos de los candidatos a oficiales muestran una falta de conocimientos elementales sencillamente increíble”. Por ello, a comienzos de los cuarenta comenzaron a hacerse comunes en las universidades las clases de repaso de bachillerato. Pero el impacto del Tercer Reich en ellas no se limitó a esto, como veremos a continuación.
Las universidades
Tal como dijo Hitler en noviembre de 1938: “cuando observo a nuestra clase intelectual, desgraciadamente, supongo, son necesarios; de otro modo podríamos, no lo sé, exterminarlos o algo por el estilo”. Está claro que no era muy partidario, si viviera hoy en día probablemente usaría el término gafapastas. ¿Pero era mutua la animadversión? La llegada de los nazis al poder trajo consigo la expulsión inmediata del 10% de los profesores universitarios. Bien por judíos, izquierdistas o ambas cosas a la vez. En un país que contaba con una formidable cantidad de ganadores del Premio Nobel de todas las disciplinas, el exilio de grandes figuras de las ciencias y las letras fue considerable: Thomas Mann, Theodor Adorno, Erich Fromm, Max Born, Albert Einstein…
Y sin embargo… el apoyo al nazismo entre la comunidad universitaria duplicaba a la media alemana. Las rencillas laborales y académicas —Martin Heidegger no perdió ocasión de delatar a compañeros judíos—, la fuerte tradición nacionalista que existía en las universidades con grupos como la Sociedad Tule, la posibilidad de ocupar las plazas que habían quedado vacías, la expectativa de que el nuevo régimen trajera una mejora de la propia posición y del prestigio que el ideario nazi atribuía de la materia en la que estaban especializados (sobre todo entre filólogos, médicos y biólogos) y la simple adaptación para sobrevivir, hizo que las universidades alemanas distaran de oponerse al nazismo, con algunas excepciones como Kurt Huber, ejecutado por su activismo en el grupo de resistencia Rosa Blanca.
Como decíamos, las disciplinas afines tuvieron un auge considerable. La filología alemana o Germanistik se adaptó con facilidad al nuevo régimen, promoviendo el uso de términos de raíz nórdica en oposición a los de raíz latina, menos alemanes. Se crearon cátedras de folklore alemán y de las 23 universidades 12 de ellas pasaron a contar con institutos de estudios raciales. Hasta un tercio del total de profesores universitarios eran de medicina, una carrera que al ser tan apreciada por el Tercer Reich se convirtió en la más solicitada por los estudiantes. El derecho corrió una suerte contraria, ante el desmantelamiento del Estado de Derecho llevado por el régimen y el descrédito creciente de los funcionarios, los estudiantes que optaron por esta carrera pasaron de un 19% en 1932 a un 11% en 1939.
Pero el anti-intelectualismo imperante, la preferencia por la carrera militar entre los jóvenes, la restricción del acceso a las mujeres y la bajada de la natalidad durante los años de la Primera Guerra Mundial (la generación que en los años 30 llegaría a la universidad), llevaron a que el conjunto de la población universitaria sufriera una notable bajada, de 104.000 en 1931 a solo 41.000 en 1939.
No obstante, pese a esa decadencia, dado que la universidad partía de un nivel previo tan elevado y a que la investigación científica se desarrollaba también en grandes empresas alemanas y en centros de investigación financiados por el Estado, el nivel científico-técnico de Alemania al comenzar la Segunda Guerra Mundial era tan alto que indudablemente contribuyó a sus éxitos iniciales. También hizo posible que —cuando la situación comenzó a complicarse tras la derrota de Stalingrado— la población civil confiase en el mito de un arma secreta de los nazis tan poderosa que cambiaría el curso de la guerra. A popularizar esa y otras creencias contribuyeron los medios de comunicación alemanes, dedicados a pleno rendimiento durante el Tercer Reich al proceso de “educación que comienza en la infancia y nunca termina”. Pero eso lo veremos en un próximo artículo.
(Javier Bilbao)
