Media - Verdad 2             

 

Webs de noticias macedonias:
Veles, Macedonia, seguramente no figura en ningún mapa de centros de opinión internacionales. Su página de Wikipedia en inglés parece sacada de una parodia de guía de viaje por Europa del este; es la pura definición de ninguna parte. Esta ciudad pequeñita en un rincón olvidado de los Balcanes, sin embargo, tiene la distinción de albergar un auténtico imperio mediático en internet, siendo como es la sede de más de 100 medios de comunicación en inglés. La historia, explicada con detalle en este artículo en Buzzfeed, tiene su miga. A principios de año, durante la interminable campaña de primarias republicana, un grupo de adolescentes de Veles se percató de que las bases conservadoras americanas tienen un apetito insaciable de noticias políticas. Estados Unidos tiene un ecosistema vibrante de medios de comunicación de derechas que van desde revistas medio serias, como National Review, a pozos de teorías de conspiración delirantes como Infowars. Por cada página más o menos en contacto con la realidad como Daily Caller, hay un albergue de parafascistas como Breitbart, y todas parecen tener su público. Los emprendedores macedonios, aparte de ver un mercado con amplia demanda, también se dieron cuenta que muchos de los medios conservadores no se caracterizan por ser especialmente precisos con la realidad. Es un ecosistema que ha sido capaz de tirarse años autoconvenciéndose de que los Clinton ocultan algún secreto horrible, a pesar de nunca haber encontrado nada. Al fin y al cabo, a la audiencia no parece importarle demasiado. La gran innovación de los chicos de Veles fue entrar en este mercado con una ventaja competitiva importante: en vez de tener periodistas en plantilla, los tipos directamente se inventan las noticias y listos, buscando titulares escandalosos para conseguir tanta difusión como sea posible. Esta constelación de webs de política-ficción macedonias como BVANews.com, ConservativeState.com o TheRightist.com basan todo su modelo de negocio en conseguir que sus “noticias” sean compartidas en las redes sociales. Cuando entras en Facebook, lo que ves en el muro es fruto de una serie de algoritmos complejos que intentan mostrarte actualizaciones, fotos, enlaces y contenidos que van a parecerte interesantes. Cada persona ve contenidos completamente distintos; Facebook tiene un montón de información sobre qué miras y qué dejas pasar de largo cuando visitas su página, así que la selección que ofrece es muy efectiva. Las bases del partido republicano, como hemos comentado, son extraordinariamente propensas a leer muchísima información política en internet, y visitan y comparten enlaces con entusiasmo. Eso las hace un objetivo perfecto para bombardearlas con toda clase de noticias fantasiosas sobre Hillary Clinton y la campaña electoral (el Papa apoya a Trump, Hillary vende armas a ISIS y derivados), y ganar 3.000 o 4.000 dólares en publicidad cuando un artículo se hace viral. Este verano, antes de leer sobre Veles, me preguntaba cómo de habitual era que esto sucediera. Había empezado a ocultar Facebook a mis familiares y conocidos republicanos, un poco harto de ver enlaces a teorías conspirativas sobre los Clinton. Sabía del amplio ecosistema mediático conservador americano, ya que lo leo con entusiasmo, pero tantos medios con tantas noticias absurdas me parecían casi demasiado. Lo que no sabía es si todos esos artículos sobre un agente del FBI que investigaba a Clinton había sido asesinado tenían audiencia o no. Buzzfeed, de nuevo, ha mirado los números, y los resultados son bastante descorazonadores. Entre el mes de agosto y el día de las elecciones, las 20 noticias que más reacciones han generado en Facebook producidas por medios tradicionales (me gusta, compartir, visitas) sumaban 7,3 millones de reacciones. La historia más compartida es del Washington Post, repasando casos de corrupción de Trump. En el mismo periodo de tiempo, el total de reacciones generadas por páginas de noticias falsas sumaban 8,7 millones, siendo un post de Endingthefed.com sobre el Papa apoyando a Trump la noticia más popular. Claramente, el cártel macedonio de noticias tiene público y audiencia. Esto es un problema por varios motivos. Primero, la propensión a consumir noticias ficticias parece estar, al menos en Estados Unidos, desproporcionadamente concentrada entre votantes de derechas. Hemos tenido una campaña presidencial muy extraña, con el candidato republicano mintiendo constantemente. Si un porcentaje considerable de sus votantes están informándose sólo a través de Facebook y páginas webs de fantasía, esto no es una gran noticia para el debate democrático. Segundo, Facebook se está convirtiendo en el mayor agregador de noticias políticas en internet para muchísimos votantes. Hace unos meses Emily Belldescribía cómo Facebook se estaba tragando el periodismo. Los lectores llegan a las noticias cada vez más a menudo tras navegar un muro lleno de fotos de gatitos, contenido pagado, artículos de medios contrastados e historias ficticias que un algoritmo sin demasiado criterio ha decidido hacer viral. Es una caja de resonancia de noticias sólo seleccionadas para gustarte, no un portal de información. Tercero, y más importante, como consumidores parecemos ser crónicamente incapaces de discernir qué contenidos son ciertos y cuáles no. Sam Wineburg, de Stanford, acaba de completar un estudio con más de 7.800 adolescentes para ver si eran capaces de distinguir si una noticia era falsa. Un desalentador 80% de la muestra no sabía cómo determinarlo. Sabemos, y hay una amplia literatura al respecto, que los votantes tienden a interpretar noticias, artículos y eventos según un prisma ideológico; instintivamente creemos que las noticias que nos dan la razón son ciertas y las que nos contradicen son falsas. Si ahora vivimos en un mundo donde las noticias que recibimos en una caja de resonancia de nuestras propias convicciones como son las redes sociales, sin filtro alguno sobre qué es realidad y qué es ficción, lo de tener votantes informados va a ser una quimera. De momento, es todavía temprano para saber si esta clase de dinámicas en los medios y redes sociales ha sido un elemento marginal en campañas electorales recientes o si estamos ante un cambio real en el debate político que contribuye a la polarización. Facebook parece ser de la opinión que hay algo que no funciona en cómo difunden noticias y está estudiando cómo resolverlo. Aun así, este es un tema al que habría que prestarle atención, y más viendo lo que hemos visto este año a ambos lados del Atlántico. La gran ironía, por cierto, es que hace unos meses los medios conservadores americanos acusaban a Facebook de intentar esconder las noticias que ellos publicaban. Quizás no eran del todo conscientes sobre quién les estaba quitando tráfico. (Roger Senserrich, 26/11/2016)


Posverdad:
Cuando Eric Alterman y David Roberts aplicaron el término posverdad (R. Keyes 2004) al discurso político, se referían a los actos de manipulación por parte de los representantes políticos, quienes, sin ningún escrúpulo, mentían para conseguir sus objetivos. La invención de la existencia de armas químicas en Iraq o la negación del cambio climático eran claros ejemplos de posverdades. En su origen, por tanto, el término apareció como eufemismo. Concebida de este modo, como disfraz de la mentira, la posverdad aludía a una realidad discursiva tan antigua como la Retórica clásica. Efectivamente, desde que aparece la Retórica en el siglo V a.C., la verdad fue desplazada por la verosimilitud, auténtico objetivo del discurso político, pues la finalidad de la retórica política es el poder, para cuya conquista pueden ser más eficaces las falacias que los silogismos (Gallardo-Paúls y Enguix Oliver) Como es sabido, la política es una realidad mediática (que conocemos a través de los medios) y mediatizada (condicionada por ellos), hecho que condiciona su inmersión en una lógica comercial (P. Charaudeau): como trata de dirigirse a un blanco constituido por la mayor cantidad posible de receptores, debe formular lo que se denomina una “hipótesis baja” sobre el grado de saber de este; como consecuencia, buscará conmover emocionalmente al destinatario con un discurso muy simple que, a ser posible, active primitivas estructuras mentales (G. Lakoff) que refuerzan la identificación, el sentido de pertenencia. De ahí que, con mucha frecuencia, el discurso político abandone el plano argumentativo, las pruebas racionales y la descripción objetiva de los hechos para vestirse de relato. Entonces ya no se rige por las reglas de la lógica, presentación de datos-pruebas, y verificación mediante el contraste con la realidad, sino que se conforma según las pautas del relato de ficción, donde la exigencia de verdad ha sido sustituida por cierta coherencia interna que hace creíbles, una vez situados en el plano de lo ficticio, la acción y la propia creación de los personajes. En esta labor de narrativización juegan un papel muy importante todo tipo de recursos retóricos, como la metáfora, la metonimia o la hipérbole. De hecho, el discurso político es, en sí mismo, una gran operación metonímica en la medida en que los medios seleccionan (Teoría de la agenda-setting) aquellas zonas de la realidad que desean iluminar y ocultan el resto. Hipérboles, metáforas, metonimias contribuyen a la configuración de ese mundo intermedio o pseudorrealidad mediática donde vivimos. Aceptada la mentira como herramienta discursiva con una finalidad persuasiva (G. Lakoff), puede ocurrir que el divorcio entre el discurso de los políticos y lo que ocurre en la vida real de los ciudadanos sea tan radical que conduzca a su “desarticulación” o “dislocación” (E. Laclau y Ch. Mouffe), a una desconcertante “espiral del cinismo” (J. N. Capella y K. Jamieson), que despierta la desconfianza y el distanciamiento. Todos somos testigos recientes de cómo la verdad es sustituida por secuencias narrativas (verdaderas “retahílas” que venden humo, intrigas dosificadas en serie, con los correspondientes recuerdos de capítulos anteriores) donde casi todo vale, incluida la mentira en todas sus manifestaciones: la contradicción entre las palabras y los hechos, o entre enunciados presentes y otros anteriores; la falta de verdadera intencionalidad en los compromisos; la oscuridad o el silencio (cfr. “La espiral del cinismo”, Público 20 / 03 / 2016) Hace ya, pues, muchos siglos que la mentira, en todas sus formas, es parte constitutiva del discurso político. Entonces… ¿qué hueco expresivo viene a cubrir la palabra posverdad? Si el eufemismo puede explicar el nacimiento del término, cabe preguntarse por las causas recientes de su recuperación después de 12 años de vida silenciosa. La conmoción social producida por la victoria de Trump o el Brexit han encontrado en el término, elegido como palabra del año por el Diccionario de Oxford, una expresión capaz de dar cuenta de las “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Parece interesante analizar si en el uso actual de la expresión se ha producido algún desplazamiento semántico con respecto a su valor original. En principio, la mayoría de los artículos de prensa sobre el tema justifican la necesidad de recuperar el neologismo por la gran diferencia cuantitativa que se observa en nuestra época con respecto a otras anteriores en el uso de la mentira. De hecho, se ha convertido en lugar común hablar de época de la posverdad. No parece creíble, sin embargo, que los políticos de hoy mientan más que sus antecesores. La clave no parece estar en una sorprendente mutación de la naturaleza humana, sino más bien en los medios tecnológicos que tenemos a nuestro alcance. En este sentido, hoy el término aparece invariablemente asociado al uso de las redes sociales, que tienen la potencialidad de amplificar y expandir al infinito una noticia cualquiera gracias a la utilización de un criterio algorítmico en la selección, y como consecuencia de un ritmo tan vertiginoso en la producción que hace imposible su verificación. Viendo las cosas con más detalle, se observa que los cambios en la designación no son solo cuantitativos. Para empezar, a diferencia de la definición original, que ponía el foco en el carácter del discurso (verdadero / falso) y en los sujetos que lo producían (la Administración Bush, los políticos que negaban el cambio climático), la de Oxford centra la atención en los receptores, esa opinión pública movida más por las emociones y creencias que por las razones. Ahora no se destaca el acto de la mentira en sí misma, sino la actitud de la población, para quien la verdad habría dejado de ser algo relevante, comportándose al modo del “electorado fascinado” de U. Eco, que no solo admite el engaño como parte natural de la política, sino que además parece aceptarlo gustosamente. En nuestra opinión, esta teoría del “receptor cínico” proyecta el cinismo de los representantes a los representados, pues la falta de interés por los aspectos racionales y objetivos del discurso puede explicarse por otros factores, entre ellos, la citada espiral del cinismo, que ha generado desconfianza, indiferencia y apatía en la población. Desprovisto el discurso político de todo apoyo argumentativo y desarraigado de lo real, no es nada extraño que la intención de voto se vea determinada por motivaciones irracionales: “Las creencias no necesitan ser coherentes para ser creíbles” (Bauman) Por otra parte, la gran cantidad de publicaciones sobre el tema, que se han sucedido justo tras la victoria de Trump, revelan un cambio en la naturaleza del sujeto “posverdadero”, esto es, en el agente de la mentira. En principio, el término se refería al discurso elaborado por los medios de comunicación del sistema, que difundían las consignas del poder (E. Alterman). “La diferencia ahora consiste en que el Diccionario Oxford no sitúa la posverdad como un arma a disposición de la clase política dominante, sino como un poderosísimo y descontrolado recurso de los súbditos” (R. Amón, El País, 17 / 11 / 2016) A estas alturas, se diría que el tema en cuestión no tiene que ver con la reivindicación de la verdad, sino más bien con el monopolio de la mentira. Efectivamente, si leemos con detalle las publicaciones, observamos que la alarma social que lleva al reconocimiento del neologismo nada tiene que ver con el hecho mismo de mentir o con el aumento escandaloso de las mentiras, sino con la naturaleza del actual sujeto de la posverdad, las redes sociales: “… en el pasado las grandes mentiras eran una construcción nacional que sólo podían ser creadas por los aparatos de propaganda estatales. Mientras que la actual fragmentación de las fuentes de información, especialmente las promovidas por las redes sociales, permite mentir en gran escala a provocadores, agitadores, mercenarios y activistas…” (J. Fontevecchia, Perfil, 25 / 09 / 2016). Es sabido que las redes sociales suponen un enorme apoyo, pero también una gran amenaza para los medios tradicionales, los cuales han perdido la exclusividad como fuentes primarias de información. Internet supone la transformación de las relaciones de poder (Gallardo-Paúls y Enguix Oliver), la instauración de una nueva lógica política (Innerarity). Las redes establecen marcos de debate, y, en esta medida, intervienen también en el establecimiento de la agenda, y, frente a los medios tradicionales, ofrecen inmediatez, rapidez y acceso directo a los datos, desintermediación. Todo esto supone la alteración del sistema comunicativo, y, en definitiva, del control discursivo que permite el acceso al poder. Ciertamente, puede afirmarse que los medios han perdido gran parte del poder de distribuir sus noticias. Doce años después de su creación, Facebook, con 1.800 millones de usuarios y unas ventas publicitarias de 27.000 millones de dólares al año, puede considerarse como el medio de información por excelencia del planeta, y, en principio, no dispone de límites o regulaciones externas. La posverdad renace justo en el momento en que las redes se van consolidando cada vez más como actores políticos que producen información, generan debate social y logran movilizar a la población de forma imprevisible. Ante tal subversión en el mundo de la comunicación, los medios tradicionales han actuado culpando a Facebook del triunfo de Trump, lo cual supone una sobrevaloración del poder de las redes y una minusvaloración de la libertad y capacidad de reflexión del electorado. ¿De verdad puede afirmarse que el triunfo de Trump se debe simplemente a la difusión de mentiras por Facebook? Causas más profundas, como la gran crisis económica y social que afecta al país, la tasa creciente de paro por la destrucción del tejido industrial o la precarización de la vida en todos los niveles han podido condicionar un voto “antisistema”, una reacción negativa contra lo establecido. No obstante, ante la presión del grupo dominante que ostenta el poder, Zuckerberg ha anunciado un plan de siete puntos contra las noticias falsas en Facebook (R. Jiménez Cano, El País, 21 / 11 / 2016) en el que se contempla la actuación de grupos humanos externos (especialmente procedentes de los medios de comunicación tradicionales) que intervendrían en la selección y verificación de las noticias. Nada se dice, sin embargo, acerca de los criterios que se utilizarán para determinar el carácter verdadero o falso de un texto. Hay quien ha propuesto incorporar a sus algoritmos “excepciones para medios que invierten en información, son sometidos a controles de calidad y rinden cuentas” (D. Alandete, El País, 27 / 11 / 2016). En el fondo, “se trata de corregir el rumbo de la promoción de noticias” (R. Jiménez Cano, El País, 16 / 11 / 2016), esto es, de seguir monopolizando la selección de temas y su enfoque discursivo. Lógicamente, quienes defienden la existencia de una época de la posverdad presuponen una anterior en la que lo objetivo, lo racional y la verdad eran criterios dominantes. El término, claramente valorativo, opone una hipotética Edad de la luz, ya agotada, frente a la actual Edad Oscura. En este sentido, la necesidad de recuperar el concepto no tiene que ver tanto con el deseo de reivindicar la verdad como con la frustración de ciertas expectativas: “el Brexit o la victoria de Donald Trump constituyen dos posverdades en la medida en que “una y otra noticia han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional…” (R. Amón, El País, 17 / 11 / 2016) A la vista de todo esto, se diría que la actual cruzada por “la verdad” de los medios tradicionales esconde el intento desesperado de mantener el control de la información y la continuidad en el poder. Tampoco esto es nada nuevo. En la base de toda esta teorización late la imagen de un electorado primitivo, nada reflexivo, apático y fácilmente manipulable que se mueve ligero por las redes sociales sin la necesidad de depender de la intermediación del periodismo profesional para comunicarse con la sociedad. La palabra posverdad da forma al temor por la falta de intermediación, que puede dejar las decisiones políticas relevantes al “errático e histérico humor de las masas que hasta hoy creen controlar” (J. Fontevecchia, Perfil, 25 / 09 / 2016). No hablamos de la verdad, sino del monopolio en la distribución de la información, de límites a la libertad de expresión y comunicación. Del mismo modo, la permanente descalificación de lo emocional, que sirve de base al ataque contra el populismo y a las iniciativas plebiscitarias, no deja de ser una coartada para la censura. Los espectaculares avances de la neuropsicología no nos permiten ya hoy mantener la dicotomía razón / emoción, ideas / sentimientos. Ya lo decía Gabriel Miró, “Nadie burle de estas realidades de nuestras sensaciones donde reside casi toda la verdad de nuestra vida”. (María Márquez Guerrero, 12/12/2016)


Ejemplo de Orwell:
Leo la enésima admonición dirigida a los periodistas, en esta ocasión con metáfora incluida y expuesta por Reyhan Harmanci, directora de First Look Media: "Además de observar los incendios y de informar sobre ellos, los periodistas deberán ayudar a apagarlos... No basta con ser testigos". No sé si llamarlo un viejo debate o una sobada martingala. La profesión vive desde hace una década una masacre laboral feroz y las condiciones salariales han empeorado sustancialmente, pero, muchacho, no te limites a informar sobre el incendio, apágalo con secos golpes de ese bocadillo de chóped que constituye tu almuerzo. Te quedarás sin bocata, es decir, sin almuerzo pero, como decía Kipling, serás un hombre -o una mujer- hijo mío. Desde que existe periodismo se ha querido convertir a los periodistas en otra cosa, y en la teorización de ese intento no han faltado periodistas tampoco. Ya saben, entintados héroes que luchan contra el poder, novios de la muerte de élites y oligarquías, solapados lectores que citan a George Orwell -quizás el mejor de toda nuestra impresentable tribu- para decir que periodismo es publicar lo que alguien no quieres que publiques. Es lo malo de leer los libros y los artículos como leyendas impresas en bolsitas de azúcar para el café: que no los has leído. Porque ese alguien no es necesariamente un banquero, un ministro o un presidente. Ese alguien -recórranse, y no solo, sus artículos en The Observer en los años cuarenta- podía y solía ser la oposición parlamentaria, los sindicatos de izquierda o los dirigentes y estrategas soviéticos en Inglaterra, en la España incendiada por la Guerra Civil o en el resto de Europa. Que yo sepa Orwell nunca fue procesado judicialmente por ninguno de los análisis políticos que vertía en la BBC o en la prensa escrita. No le hizo falta para transformarse en una referencia de calidad profesional y probidad ética que sigue iluminando el oficio en este siglo de grandes esperanzas colapsadas y ominosos terrores crepusculares. El periodismo es contar lo que ocurre con la máxima precisión y respeto a los hechos. Periodismo es la búsqueda de la objetividad militante -no de la imparcialidad insostenible- a partir de la magnífica definición de Arcadi Espada: la objetividad es narrar los hechos con independencia de las convicciones. Es un trabajo interesante, aunque a veces fatigoso, y en el que un día descubre que ningún texto, absolutamente ninguno, deviene la verdad. Ocurre esa tarde empapada en café y rincones oscuros en la que descubres, finalmente, que el periodismo es un fracaso cotidiano en el que se trata -como siempre- de fracasar un poco mejor cada vez. Y respecto a la responsabilidad, este oficio es una intersección curiosa y atrabiliaria entre lo profesional y lo ciudadano. Como mejor contribuye un periodista a apagar un incendio es contando que se ha producido un incendio, con laconismo y precisión, inequívoca y velozmente. Al periodista hay que exigirle que se queme las pestañas, no que se carbonice en el monte. La noticia es al mismo tiempo información y compromiso, pero no con la libertad del periodista, sino con la de libertad de todos. (Alfonso González Jerez, 04/01/2017)


Voto elecciones EE.UU.:
Cerca de una semana antes de las elecciones presidenciales en Estados Unidos en noviembre pasado, alguien publicó en Twitter que Hillary Clinton era parte central de un círculo pedófilo. El rumor se propagó por las redes sociales y un presentador de derechas llamado Alex Jones señaló varias veces que Clinton estaba implicada en abusos sexuales a niños y que su jefe de campaña, John Podesta, participaba en ritos satánicos. En un vídeo de YouTube (que ya se ha eliminado), Jones hablaba de “todos los niños que Hillary Clinton ha asesinado, descuartizado y violado”. Se publicó cuatro días antes de las elecciones y fue visto 400.000 veces. Por los correos electrónicos difundidos por WikiLeaks se supo que Podesta cenaba a veces en una pizzería de Washington llamada Comet Ping Pong. Parece ser que por eso las acusaciones sobre el círculo pedófilo se centraron en ese lugar, dando origen al hashtag #pizzagate. Muchos de los retuits de las acusaciones se originan en “bots” o programas diseñados para difundir ciertos tipos de mensajes, ayudando así a dar la impresión de que mucha gente se estaba tomando el “pizzagate” en serio. Increíblemente, la historia también fue retuiteada por el General Michael Flynn, que pronto será asesor de seguridad nacional del presidente electo Donald Trump. Incluso después de la elección de Trump (y a pesar de que el New York Times y el Washington Post la desacreditaran), la historia siguió difundiéndose. El Comet Ping Pong recibió llamadas telefónicas constantes, abusivas y a veces amenazantes. Cuando el gerente se comunicó con la policía de la ciudad, le dijeron que los rumores eran parte de la libertad de expresión protegida por la constitución. Edgar Welch, uno de los oyentes de Jones, es un cristiano con versos de la Biblia tatuados en su espalda que el 4 de diciembre condujo unas 350 millas desde su hogar en Carolina del Norte hasta Comet Ping Pong, armado con un rifle de asalto, un revolver y un cuchillo. Esperó a que los clientes y el personal se marcharan para ponerse a buscar por los túneles niños supuestamente esclavizados. Disparó al menos una vez con su rifle para abrir una puerta cerrada. Tras no encontrarlos, se entregó a la policía. Las noticias falsas (“desinformación activa” que se presenta como si procediese de un sitio noticioso serio) es una amenaza a las instituciones democráticas. Ha habido ejemplos menos absurdos, como un falso informe de una amenaza nuclear por parte del ministro de defensa israelí que llevó a su contraparte pakistaní a retuitearlo y advertir a Israel que Pakistán también es una potencia nuclear. El Presidente Barack Obama reconoció el peligro a las libertades democráticas al hablar con la prensa en Alemania poco antes de las elecciones estadounidenses. Le hayan costado o no la presidencia a Hillary Clinton, está claro que podrían hacer que un candidato pierda las elecciones y afectaran las relaciones internacionales. También son contrarias a uno de los pilares fundamentales de la democracia: el que los votantes pueden tomar decisiones informadas entre los candidatos en competencia. La Primera Enmienda a la Constitución de EE.UU señala que “el Congreso no promulgará leyes… que limiten la libertad de expresión o de prensa…” Para 1919, la interpretación de la Corte Suprema de estas palabras llevó a la doctrina de que el Congreso solo podía prohibir la expresión si suponía un “peligro claro y actual” de daños graves. Una postura que se precisó más aún en la que es quizás la mayor defensa de la libertad de expresión por parte de un juez estadounidense: la opinión coincidente de Louis Brandeis en el caso de 1927 de Whitney V. California. Brandeis describió la libertad de expresión y reunión como “funciones esenciales para una democracia eficaz”, apelando a los “hombres valientes y seguros de sí mismos que, con confianza en el poder de un razonamiento libre y sin temor aplicado mediante los procesos de gobierno popular”. Sobre esa base, para que la expresión signifique un peligro claro y actual que pueda justificar el prohibirla, el daño que pudiera causar tendría que ser tan inminente que impidiera toda oportunidad de debatir plenamente lo que se ha expresado. Brandeis insistió que si “hubiera tiempo para exponer a través del debate la falsedad y las falacias, para evitar que los procesos de educación generen daño, el remedio que se ha de aplicar es un mayor nivel de expresión y no un silencio obligado”. Hoy cuesta tener tanta confianza en el poder de un “razonamiento libre y sin temor”, especialmente si se ha de “aplicar mediante los procesos de gobierno popular”, lo que se supone requiere que influya sobre elecciones. De manera similar, su creencia de que “más expresión y no un silencio obligado” es el remedio para “la falsedad y las falacias” parece ingenua, especialmente si se aplica en una campaña electoral. Entonces, ¿cuál es la alternativa? No hay duda de que lo que Jones dijo de Clinton constituye difamación y que ella podría demandarlo ante los tribunales; pero sería costoso y demoroso, y llevaría años hacerlo avanzar por el sistema judicial. En cualquier caso, las demandas por difamación civil solo son eficaces contra quienes poseen los recursos para pagar los daños que se sentencien. ¿Qué podemos decir sobre el delito de calumnia? En el Reino Unido, la “difamación escrita” fue por varios siglos un delito penal, pero cayó en desuso y se abolió en 2010. En Estados Unidos, el delito de calumnia no es delito federal. Sigue siendo un crimen en algunos estados, pero pocos casos se presentan a la justicia. Un informe de 2015 preparado por A. Jay Wagner y Anthony L. Fargo para el Instituto Internacional de la Prensa describe muchos de los casos recientes como “mezquinos” y considera las leyes de difamación civil como un mejor recurso para las “rencillas personales”. El informe concluye que el delito de calumnia se ha vuelto “redundante e innecesario”. Los últimos ejemplos de falsas noticias sugieren que la conclusión de Wagner y Fargo es prematura. Acusar durante una campaña electoral a uno de los candidatos a la presidencia de asesinar niños no es mezquino, y las leyes sobre difamación civil no ofrecen un remedio adecuado. En la era de Internet, ¿es tiempo de que al péndulo legal vuelva inclinarse hacia el delito de calumnia? (Peter Singer, 15/01/2017)


Hechos alternativos:
La expresión alternative facts (hechos alternativos) ya tiene una entrada en Wikipedia y no con un simple apunte sino con abundante información. Hace falta un desarrollo mínimo, incluso en un sitio de consulta urgente, para poder explicar un sistema de destrucción masiva de la realidad. En noviembre pasado el Diccionario Oxford hizo pública su palabra del año y esta vez, al contrario que en anteriores ocasiones, la elección generó una desmedida atención mediática. Post-truth (posverdad en español) llegó entronizada por el triunfo electoral de Donald Trump y la salida del Reino Unido de Europa vía Brexit. Pocas veces un solo vocablo ayuda desde su soledad a la construcción del sentido de un tiempo. Es verdad que Donald Trump ganó las elecciones pero es una posverdad que el camino que le llevó a la victoria se empedró con golpes emocionales y falsedades. ¿Esto ilegitima el resultado electoral? De ninguna manera. La grieta en el sistema aparece cuando la posverdad se institucionaliza y desde la misma Casa Blanca se comienza a responder a los medios con «hechos alternativos» a todas aquellos datos que aporta la realidad o que son necesarios, según el equipo de Trump, para sustentar sus medidas. El viernes, la autora de esta expresión y asesora del presidente, Kellyanne Conway, dio una vuelta de tuerca a una información falsa que había proporcionado previamente en su intento audaz de epatar a los lectores de Orwell. Conway justificó hace unos días la prohibición temporal del ingreso a EEUU de personas procedentes de varios países de mayoría musulmana con el argumento de que dos iraquíes, acogidos dentro del programa de refugiados suspendido, habían sido autores intelectuales de la masacre de Bowling Green. Ocurre que, en tanto «hecho alternativo» este suceso nunca ocurrió. Ante esta contrariedad, Conway, declaró que la desinformación del suceso es consecuencia de no haber sido cubierta por la prensa. Esto sí es verdad: la prensa no informó de los hechos porque estos no tuvieron lugar. Los tiempos de la posverdad y de los hechos alternativos, evidentemente, son distintos. Aquellos pertenecían a la campaña, estos a la gestión gubernamental. No es lo mismo. El reality show o telerrealidad surgió, como casi todos los formatos, desde la periferia hasta ocupar el mainstream. Pero lo que distingue a la telerrealidad es que su vocación es sustituir a la realidad: ser, justamente, un hecho alternativo. Como afirma Giovanni Sartori, «lo que se ve parece real, lo que implica que parece verdadero». La telerrealidad se afianza cuando el culebrón pierde credibilidad como ficción porque es incapaz, desde su formato de narrar esta realidad, y las nuevas series –de audiencia minoritaria– lo hacen a su manera, con distopías como Black Mirror o hipérboles como The Young Pope. Lo curioso es que la telerrealidad avanza y se instala en hogares de famosos para «narrar» su vida cotidiana y abre los platós a los políticos para que entretengan a la audiencia: la discusión domestica de un personaje de la farándula despierta el mismo morbo que la denuncia de un acto de corrupción, en directo, contra un dirigente político. ¿No es acaso, la telerrealidad, el género por antonomasia de los tiempos del capitalismo financiero? La telerrealidad se basa, es sabido, en la carencia de guión y la búsqueda radical de audiencia para evitar el final. El postcapitalismo también carece de guión, se construye día a día, sobre la marcha, en la búsqueda ciega de beneficios tratando de eludir un crack terminal. Ahora el formato ha llegado al Despacho Oval en el que Trump ha instalado el plató, convirtiéndose en un gran sofista que proyecta su sombra en las paredes de una nación, incluso un planeta, al que percibe como una suerte de caverna de Platón. Ahí estamos y no es que hayamos regresado a la edad antigua; llegamos, como propone Sartori, a la edad del postpensamiento, la cual, sin duda, ha dado lugar a la posverdad. (Miguel Roig, 05/02/2017)


Importancia de la palabra:
Nadie duda de que estamos viviendo una nueva crisis de la razón, un peligroso renacimiento. Nos enfrentamos hoy a populismos de distintos colores, a las irracionalidades del Brexit, a los mitos y misticismos nacionalistas, a los profetismos del America First. Años antes de la primera Gran Guerra, hace mas de un siglo, Max Weber escribió un famosísimo artículo titulado La ciencia como profesión, donde nos advirtió sobre los costes –intelectuales y políticos– de la “desmitificación” y “desacralización” causadas por el racionalismo moderno. El gran Melchor Cano y, cuatro siglos después, Max Weber advirtieron y lucharon contra un mal y un peligro permanente: la desintegración del argumento y del debate racional. Uno de esos costes es, sin duda, lo que hoy se llama posverdad, que no solo consiste en negar la verdad sino en “falsearla”, incluso en negar su prevalencia sobre la mentira. Es cierto que, como señaló el historiador de la ciencia Koyré, así es la condición humana: el hombre “se ha engañado a sí mismo y a los otros. Ha mentido por placer, por el placer de ejercer la sorprendente facultad de decir lo que no es y crear, gracias a sus palabras, un mundo del que es su único responsable y autor”. Pero ahora ocurre algo más grave: se niega la autoridad de la razón, y se niega sobre todo la autoridad de los hechos, dejando que imaginaciones o deseos prevalezcan sobre lo fáctico. Son las fake news de las que tanto habla el todavía presidente Trump y que tanto aplica como usuario compulsivo de las redes, donde se afirma como cierto lo que es falso. La palabra –sólida, veraz, reflexiva y profunda– es el pilar que sostiene el mundo y hace posible todo lo que hacemos. Quien daña la palabra, destruye el mundo Posverdad que se ha convertido en deporte de moda: engañan los periódicos, los partidos políticos, engañan muchos dirigentes ante Parlamentos o jueces; engañan organismos internacionales que debieran velar por la pureza de la información; se miente a los accionistas de las empresas que quiebran y a los depositantes de bancos que se hunden cuando el día anterior se había afirmado que eran solventes. Se desprecia e ignora la autoridad de las pruebas, empíricas o históricas, un método que ha proporcionado a Occidente los mayores progresos de la historia y ha servido para crear sociedades mucho más justas. Se están creando “realidades” inexistentes (aquello que Platón plasmó en el mito de la caverna) y “realidades” artificiales y artificiosas. Antonio Machado, con ironía e inteligencia, lo advirtió: “Se miente más de la cuenta por falta de fantasía: también la verdad se inventa”. Los medios de comunicación serios e independientes se agotan (y desaparecen) y lo que ahora llamamos información ha dejado de ser un bien escaso para convertirse, con el apoyo de Internet y las diferentes redes sociales, en la materia prima del siglo XXI. Sin duda, está cambiando nuestra forma de pensar, de vivir y de hacer, hasta el punto de que las organizaciones son cada vez más sus relaciones, y eso las transforma en organizaciones sociables más que en organizaciones que cumplen una función social. Definitivamente, en pleno siglo XXI, los humanos, más que aprender a dialogar, relacionarnos, conocernos e informarnos, nos conectamos... Y no podemos olvidar que la palabra es el mayor bien que posee el hombre. La palabra, el concepto, es todo. La palabra –sólida, veraz, reflexiva y profunda– es el pilar que sostiene el mundo y hace posible todo lo que hacemos. Todo. Quien daña la palabra, destruye el mundo. Y la palabra, el lenguaje, como explicó Heidegger, tiene dos funciones muy distintas: una función o valor instrumental –como medio para comunicarnos cosas– y otra función o valor ontológico mucho más radical: expresar nuestro ser profundo y nuestro estar en el mundo, con todas sus dudas, inquietudes y oscuridades. Y esta función es absolutamente imprescindible y es la que explora el pensamiento. Esta última función profunda está siendo arrinconada, olvidada y dañada por la superficialidad y falsedad de la avalancha de comunicaciones instrumentales que actualmente padecemos y a la que, entre todos, y pronto, habremos de poner remedio. Ahora, por nuestro bien, es tiempo de verdad. (Juan José Almagro, 04/05/2018)


La mentira como arma arrojadiza:
Se suele afirmar que Lenin manifestaba que la mentira es el arma más revolucionaria. No le faltaba razón: utilizar la mentira como instrumento de manipulación es tan antiguo como efectivo. En nuestra sociedad, por desgracia, el engaño y la tergiversación de la realidad se han convertido en un valor añadido y, en ocasiones, en el arma más letal. Esta capacidad de amoldar la percepción de los demás mediante falacias para utilizarlo en beneficio propio o en perjuicio ajeno se ha reflejado de manera muy diversa en las obras de ficción a lo largo de los años. El genial director neoyorquino Woody Allen sorprendió al mundo en 1983 con un extraño y denso falso documental. En Zelig -así se titulaba esta comedia-, homenaje a los años 20 y retrato audaz de una crisis de identidad, se llevaba la farsa al extremo de lo absurdo. El protagonista, Leonard Zelig, contaba con una actitud tan a la defensiva hacia el exterior que su organismo, con el fin de evitar ser rechazado, había logrado adquirir la capacidad de transformarse físicamente en las personas que lo rodeaban. Esta capacidad de falsear su apariencia le hacían ser un fenómeno mediático, pero su singular habilidad conllevaba a su vez una absoluta crisis identitaria y le despojaban de los rasgos que le caracterizaban como ser. En Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014) Jake Gyllenhaal interpreta notablemente a Lou Bloom, un joven sin rumbo en la vida que, tras presenciar un accidente y la locura mediática que lo envuelve, decide hacerse freelance y establecerse como cazador de contenidos jugosos para los canales sedientos de carnaza. Para ello emula a James McGill (Saul Goodman), el carismático abogado creado por Vince Gilligan, y no duda en obviar cualquier tipo de ética y formalismo para que su trabajo sea lo más fructífero posible. En el caso de Lou Bloom, no obstante, sus prácticas resultan incluso mucho menos ortodoxas. La cinta nos acaba mostrando cómo su afán por obtener imágenes que vendan más y más hace que sustente sus aportaciones en una pura invención, en una mentira enfermiza que termina siendo trágica y mediática, desencadenando desgracias ajenas. La película acaba siendo un cúmulo de situaciones inverosímiles, pero el mensaje que subyace tras ella cala y satiriza con atrocidad nuestra «sociedad de la información». Por desgracia los ejemplos de la vida real van más allá: la realidad por supuesto que supera a la ficción. Claro ejemplo es la serie-documental de Netflix Making a Murderer (Moira Demos y Laura Ricciardi, 2015), donde se desarrolla el caso de Steven Avery, un hombre condenado por agresión sexual y exonerado 18 años después gracias a las pruebas de ADN. Su liberación no sólo revela una decisión errónea que condena una vida durante años, sino que descubre una trama en la que diversos personajes inculparon intencionadamente a Avery aun sabiendo de su inocencia. El miembro del jurado que encarnaba Henry Fonda en Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957) creaba con sus intensos alegatos al resto de la mesa un clima en el que imperaba una crítica voraz a la pena de muerte. Más allá de la imposibilitación de la reinserción del reo, la probabilidad de error de la judicatura o del jurado popular es suficientemente alarmante como para no considerar la reciprocidad de la ley del Talión, ese «ojo por ojo, diente por diente» que ciertos sectores propugnan. Saber que existe la posibilidad de equivocación y de cometer una injusticia con tal decisión, condenando y fulminando la vida de un inocente, no debe de resultar nada agradable. No cabe seguir teniendo mucha fe en el ser humano: somos, mal que nos pese, más bien miserables. Si en El banquero anarquista (Fernando Pessoa, 1922) el protagonista del relato asumía la ficción del dinero de tal manera que dejara de tener efecto sobre él, en la vida real podríamos decir eso de que una mentira, por mil veces repetida, no se convierte en verdad, aunque determinados intereses puedan hacer que la falacia se nos torne veraz. Uno de esos intereses a lo largo de la historia ha sido la lucha por el poder. En siglos pasados esa lucha se veía reflejada en intrincados planes urdidos para hacer caer imperios y dinastías. En la actualidad su uso es mucho más vulgar y se basa en desmoronar las carreras políticas y los discursos del otro mediante meras imposturas. Este extremo quizá merezca una profunda reflexión de todos nosotros como consumidores de la información, y de nuestro rol crítico dentro de la sociedad. Internet y otros avances tecnológicos nos han posibilitado una infinidad de contenidos y de información al alcance de la mano, minuto a minuto y segundo a segundo. Por desgracia este avance ha hecho a su vez que sea mucho más difícil corroborar la fiabilidad de esos contenidos, ya que la onda expansiva que las redes sociales imprime facilita que bulos y falacias se difundan sin control alguno al instante. Con ello no es extraño ver en Facebook u otros medios cómo se hacen virales noticias de hace varios años o fakes cutres que dan que pensar en cómo es posible que miles y miles de personas den por hecho algo tan fácilmente, sin comprobación alguna. La rapidez con que recibimos una información no debería ser la misma que con la que la asumimos. Nuestro deber como receptores críticos es alejarnos de la condena mediática e ir más allá de lo que uno u otro, con vete tú a saber qué interés, quiere que pensemos. Pederastia, maltrato, corrupción, homofobia o xenofobia son temas suficientemente delicados como para que nuestro juicio no dependa de un rumor o de un infundio que coge fuerza, sino de una absoluta y clara evidencia o de un sosegado juicio con toda la información encima sobre la mesa. Hace unas semanas vio la luz una noticia en la edición digital del diario El Mundo en la que se informaba sobre los últimos escritos de la Fiscalía de Forlí que habían trascendido a la opinión pública. En dichas investigaciones se consideraba que la salida del Giro’99 de Marco Pantani tras su positivo por dopaje estuvo vinculada a las apuestas clandestinas y al fraude deportivo gestionado por la Camorra, la mafia napolitana. Según sus pesquisas, la Camorra, con el mafioso Rento Vallanzasca a la cabeza, organizó un plan para alterar los controles sanguíneos. El 5 de junio de 1999, Marco Pantani fue expulsado del Giro de Italia tras haber dado un 52 % de hematócritos en sangre, por encima del 50 % permitido. Vallanzasca había conseguido que «El Pirata» y todo su equipo -el Mercatone Uno- abandonaran la carrera y, con ello, que no se repitiera la victoria del italiano en la meta de Milán. El interés no era otro que enriquecerse, ya que diferentes clanes mafiosos italianos habían apostado ingentes cantidades de dinero contra la victoria final de Pantani. Esa acusación por dopaje fue el principio del fin del ciclista italiano. Su presencia en las grandes vueltas fue diluyéndose lejos de los grupos de cabeza y, pese a seguir generando espectáculo con sus contundentes ataques en la montaña, la sombra de la sospecha le persiguió en cada etapa el resto de su vida profesional. El cuerpo inerte del escalador fue encontrado en la habitación de su hotel en Rímini el 14 de febrero de 2004. La autopsia a Pantani determinó que el italiano sufría una crisis depresiva y que había muerto por sobredosis de cocaína. La hipótesis del suicidio se mantiene todavía hoy en día en el aire. Tonina, madre del ciclista, siempre negó la posibilidad del suicidio y concluyó que su hijo había muerto asesinado por la propia Camorra. En la actualidad el caso se ha reabierto y su familia espera ansiosa a que por fin se pueda dilucidar la verdad sobre el final del «Pirata». En todo caso, ocurriera lo que ocurriese la mañana de su fallecimiento, las investigaciones de la fiscalía dejan patente que el final del genial deportista tuvo lugar en realidad mucho antes de ese fatídico día: concretamente, aquella mañana de junio de 1999 en la que comenzaba la penúltima etapa de un Giro que ya tenía prácticamente sentenciado. Hacia el final del falso documental de Woody Allen, Leonard Zelig, ya curado de su trastorno, comienza a vivir una vida normal con la doctora Eudora Fletcher, la psiquiatra que había conseguido revertir su anómalo trastorno de la personalidad. Entre ambos había surgido una relación del más sincero amor fruto de la terapia de hipnosis que la doctora aplicó a su paciente. Sin embargo, a continuación comienzan a surgir diferentes testimonios que responsabilizan a Zelig de las consecuencias que sus acciones habían acarreado durante sus transformaciones camaleónicas. El parapeto mimético que le había servido de refugio para ser aceptado se convertía ahora en su condena, justo cuando por fin empezaba a disfrutar de su propia identidad. Leonard decide refugiarse entonces en la Alemania nazi: su curación queda atrás y vuelve a esconderse pasando desapercibido. En esta ocasión lo hace en el sitio más indicado posible: en la masa a la que Hannah Arendt daría una entidad propia en sus reflexiones sobre el movimiento totalitario. Sólo la llegada de la doctora al país hace que Zelig salga de su letargo acorazado y vuelva a usar su capacidad de mímesis para escapar de los nazis. Su heroica huida le sirve esta vez para que la opinión pública estadounidense olvide los pormenores de su pasado y le trate como a un héroe, permitiéndole por fin disfrutar de una nueva vida como un ser respetado y feliz. (Joaquín Palazuelos, 2016 - amberesrevista.com)


Serbia: Manipulación UE:
El tratamiento del ingreso en la UE por parte de la prensa serbia es un reflejo perfecto de la política exterior ambigua y de "sentarse en dos sillas" del gobierno de Aleksandar Vučić. No hay una postura única; la prensa está profundamente polarizada y se utiliza como una herramienta para gestionar la opinión pública de manera estratégica. Se puede dividir claramente en dos campos: la prensa progubernamental (que es mayoritaria y tiene mucho más alcance) y la prensa independiente y de oposición. 1. La Prensa Progubernamental (Tabloides y Medios de Comunicación Nacionales) Este grupo incluye los influyentes tabloides como Informer, Kurir y Alo!, así como las televisiones con licencia nacional como Pink TV y Happy TV, e incluso la televisión pública RTS en gran medida. Su tratamiento del tema de la UE es un doble discurso calculado: A. La Narrativa Dominante: Escepticismo, Resentimiento y Chantaje Esta es la línea editorial que se promueve a diario y que tiene más impacto emocional en la población. * La UE como Chantajista (El "Palo"): La UE es presentada constantemente como una entidad que chantajea a Serbia. El principal punto de presión es Kosovo. La narrativa es: "La UE nos obliga a renunciar a nuestra tierra sagrada, a nuestro corazón, a cambio de una membresía incierta". Cualquier presión de Bruselas para que Serbia normalice sus relaciones con Kosovo se presenta como un ultimátum y una humillación nacional. * Rusia como el Verdadero Amigo (La "Zanahoria Alternativa"): En contraste directo con la UE, Rusia (y en menor medida, China) es retratada como el hermano eslavo y ortodoxo, el aliado incondicional que defiende a Serbia en la ONU (vetando el reconocimiento de Kosovo) y que nunca le pide nada a cambio. La prensa progubernamental está llena de historias que exaltan a Putin y la fortaleza rusa. * La UE como Decadente y Anti-serbia: Se promueve la idea de que la UE es moralmente decadente (criticando los derechos LGTBQ+, por ejemplo) y que guarda un rencor histórico contra los serbios (recordando constantemente el bombardeo de la OTAN en 1999, y presentando a la UE como una extensión de la OTAN). * Victimismo: Se fomenta una narrativa de victimismo, donde Serbia es una nación noble que sufre la injusticia de las grandes potencias occidentales que no la comprenden. B. La Narrativa Secundaria: La UE como Necesidad Económica De manera menos frecuente y mucho menos emocional, estos mismos medios también informan sobre los beneficios económicos de la relación con la UE. * Fondos y Donaciones: Informan sobre los fondos de preadhesión y las donaciones de la UE, pero a menudo minimizando su importancia o presentándolos como algo que Serbia merece por derecho propio. * Socio Comercial: Reconocen que la UE es el principal socio comercial e inversor, pero esta información se presenta de forma fáctica y fría, sin la carga emocional positiva que se reserva para las relaciones con Rusia o China. El objetivo de este doble discurso es mantener a la población en un estado de ambivalencia, permitiendo al gobierno acercarse a la UE por razones económicas mientras alimenta una base electoral nacionalista y pro-rusa. 2. La Prensa Independiente y de Oposición Este grupo es mucho más pequeño y tiene menos alcance, incluyendo medios como los canales de televisión N1 y Nova S, y los periódicos Danas y Vreme. Su enfoque es radicalmente diferente. * La UE como Ancla para la Democracia: Presentan la adhesión a la UE no solo como un objetivo económico, sino como la única vía para que Serbia se convierta en una verdadera democracia, con un estado de derecho funcional, instituciones independientes y libertad de prensa. Critican al gobierno precisamente por no cumplir con estos requisitos. * Realismo Económico: Enfatizan de manera constante y clara que la economía de Serbia depende abrumadoramente de la UE y que las narrativas pro-rusas son una fantasía peligrosa que aísla al país. * Crítica a la Política de "Dos Sillas": Denuncian abiertamente la ambigüedad del gobierno, argumentando que es esta falta de un compromiso genuino lo que realmente frena el proceso de adhesión, y no las supuestas conspiraciones o chantajes. * Kosovo como un Problema a Resolver: En lugar de tratar a Kosovo como un mito intocable, lo presentan como un problema político que requiere una solución pragmática y valiente para que el país pueda avanzar hacia su futuro europeo. Mientras que la prensa independiente intenta presentar un argumento racional y basado en hechos a favor de la integración europea como un proyecto de modernización y democratización, la prensa progubernamental, mucho más poderosa, utiliza el tema de la UE como un instrumento de política interna, avivando el nacionalismo y el resentimiento para mantener el poder, mientras coquetea con los beneficios económicos de Bruselas. (Gemini 2025)


Hungría de Orbán: Control de la prensa:
El gobierno de Viktor Orbán en Hungría es un caso de estudio sobre cómo desmantelar la libertad de prensa en un país miembro de la UE de una manera sistemática y sofisticada, a menudo utilizando las herramientas de la ley y el mercado en lugar de la censura abierta y violenta. Los métodos que usa son multifacéticos y se refuerzan mutuamente. Aquí están los principales: 1. Control Económico: Asfixiar y Recompensar Este es el pilar fundamental de su estrategia. En lugar de prohibir un medio, lo hacen económicamente inviable o lo compran. * Uso Estratégico de la Publicidad Estatal: El gobierno es el mayor anunciante del país. Dirige masivamente los fondos de publicidad de las empresas estatales y los ministerios hacia los medios de comunicación que son leales al gobierno. Al mismo tiempo, corta por completo la publicidad estatal a los medios críticos, asfixiándolos financieramente. Un medio sin ingresos publicitarios no puede sobrevivir. * Adquisición por Oligarcas Afines: Empresarios y oligarcas cercanos a Orbán y a su partido, Fidesz, han comprado sistemáticamente cientos de medios de comunicación (periódicos, canales de televisión, radios y portales de noticias) que antes eran independientes. Estas adquisiciones a menudo se financian con préstamos de bancos controlados por el estado, creando un círculo cerrado. 2. Centralización Extrema: La Creación de una Megacorporación de Propaganda Este es el movimiento más audaz y definitorio del control mediático de Orbán. * Creación de KESMA (Fundación de Prensa y Medios de Europa Central): En 2018, los oligarcas afines al gobierno "donaron" más de 470 medios de comunicación a una única fundación paraguas, KESMA. Esta fundación está dirigida por personas leales a Fidesz. * Exención de la Ley de Competencia: En un movimiento sin precedentes, el gobierno de Orbán decretó que la creación de este gigantesco conglomerado mediático era de "interés estratégico nacional", eximiéndolo así de cualquier revisión por parte de las autoridades de competencia. * Resultado: KESMA funciona como una máquina de propaganda centralizada. Todos los periódicos regionales, por ejemplo, publican la misma portada y los mismos editoriales dictados desde el centro, eliminando cualquier pluralismo local. 3. Control Total de los Medios Públicos Los medios de comunicación públicos (televisión, radio, agencia de noticias) han sido purgados de cualquier voz independiente y convertidos en portavoces directos del gobierno. * MTVA (Fondo de Apoyo al Servicio de Medios y Gestión de Activos): Esta entidad central controla todos los medios públicos y produce las noticias. Los editores y periodistas críticos fueron despedidos y reemplazados por leales. * Boletines de Noticias Centralizados: La agencia de noticias estatal (MTI) produce boletines que todos los medios públicos están obligados a emitir sin cambios. Estos boletines siguen estrictamente la línea del gobierno, ignorando noticias desfavorables y promoviendo la agenda de Fidesz. 4. Presión Regulatoria y Legal El gobierno utiliza los organismos reguladores para castigar a los medios críticos. * El Consejo de Medios (NMHH): Este organismo, cuya cúpula está compuesta exclusivamente por personas designadas por Fidesz, es responsable de otorgar y renovar las licencias de radiodifusión. * El Caso de Klubrádió: El ejemplo más famoso es el de Klubrádió, la última emisora de radio independiente e informativa de Budapest. El Consejo de Medios se negó a renovar su licencia de emisión en 2021, alegando infracciones administrativas menores. La emisora fue silenciada y ahora solo puede emitir por internet. 5. Campañas de Desprestigio y Vigilancia Los pocos periodistas y medios que aún resisten son objeto de ataques constantes. * Campañas de Difamación: Los medios controlados por el gobierno lanzan campañas coordinadas para difamar a periodistas independientes, presentándolos como "agentes extranjeros", "mercenarios de Soros" (en referencia al financiero George Soros, a quien Orbán ha convertido en su archienemigo) o "traidores a la nación". * Vigilancia con Spyware: El escándalo del software espía Pegasus reveló que el gobierno húngaro lo utilizó para vigilar a periodistas de investigación, propietarios de medios y críticos del gobierno, una táctica de intimidación propia de regímenes autoritarios. En resumen, el modelo de Orbán no es el de un dictador que cierra periódicos por la fuerza. Es un modelo de "captura del estado" donde, a través del control del dinero, la propiedad, los reguladores y la maquinaria de propaganda estatal, se crea un ecosistema mediático abrumadoramente dominante que margina, silencia o elimina a la competencia, asegurando que la gran mayoría de la población húngara solo reciba la versión de la realidad que el gobierno quiere que escuche. (Gemini 2025)

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