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Julio Verne y el orden del mundo:
Más allá de los innumerables recursos de la ciencia, Verne inventó un excelente medio novelesco para que esta apropiación del mundo resultara deslumbrante: interactuar el espacio y el tiempo, conjugar incesantemente ambas categorías, arriesgarlas a una misma jugada de dados o a un mismo movimiento de cabeza y siempre tener éxito. Las mismas peripecias se encargan de imprimir al mundo una especie de estado elástico, de alejar el cierre luego de aproximarlo, de jugar alegremente con las distancias cósmicas y de probar maliciosamente el poder del hombre sobre los espacios y los horarios. Y sobre este planeta, deglutido triunfalmente por el héroe verneano, suerte de Anteo burgués cuyas noches son inocentes y "reparadoras", se arrastra a menudo algún desesperado, presa del remordimiento o del esplín, vestigio de una edad romántica concluida que destaca, por contraste, la salud de los verdaderos propietarios del mundo, quienes sólo se deben preocupar por adaptarse, de la manera más perfecta posible, a situaciones cuya complejidad nada tiene que ver con la metafísica y ni siquiera con la moral sino que se vincula simplemente a algún capricho mordaz de la geografía. Indiscutiblemente, el gesto profundo de Julio Verne es, pues, la apropiación. La imagen del barco, tan importante en la mitología de Verne, no la contradice; por lo contrario: el barco bien puede ser símbolo de partida; pero más en profundidad, es la cifra de la clausura. El gusto por el navío es siempre la alegría de un encierro perfecto, de tener a mano el mayor número posible de objetos. De disponer de un espacio absolutamente finito: amar los navíos es, ante todo, amar una casa superlativa —cerrada sin remisión— y no las grandes partidas hacia viajes sin destino. El navío es un fenómeno vinculado a la vivienda, más que un medio de transporte. Por eso todos los barcos de Julio Verne son perfectos "rincones hogareños" y la enormidad de su periplo añade más felicidad a la de la clausura, a la perfección de su humanidad interior. El Nautilus es, en este sentido, la caverna adorable. El goce del encierro alcanza su paroxismo cuando desde el seno de esa interioridad sin fisura, es posible ver por un gran vidrio el vacío de las aguas exteriores y, en un mismo gesto, definir el interior como lo contrario.
Desde esta perspectiva, la mayoría de los barcos de leyenda o ficción son, como el Nautilus, tema de adorado encerramiento. Basta que el navío se presente como vivienda del hombre para que el hombre organice allí, inmediatamente, el goce de un universo perfecto y sin sobresaltos, donde la moral náutica lo hace a la vez dios, amo y propietario (único capitán a bordo, etc.). En esta mitología de la navegación, hay un solo medio para exorcizar la naturaleza posesiva del hombre sobre el navío: suprimir al hombre y dejar al navío solo; entonces el barco deja de ser encierro, vivienda, objeto poseído. Se convierte en ojo viajero, seductor de infinitos, que produce partidas sin descanso. El objeto verdaderamente contrario al Nautilus de Verne es el Barco ebrio de Rimbaud, el barco que dice "yo" y, liberado de su concavidad, puede hacer pasar al hombre de un psicoanálisis de la caverna a una verdadera poética de la exploración.
(Roland Barthes, Mitologías)
● La ciencia se compone de errores, que a su vez, son los pasos hacia la verdad (Verne).
● No me enorgullece particularmente haber escrito sobre el automóvil, el submarino o el dirigible, antes de que estuvieran en el dominio de las realidades científicas. Cuando hablé de ellos en mis libros como de cosas reales ya estaban inventadas a medias. (Verne)
► Entre los inventos de ciencia ficción aparecidos en las novelas de Verne con sorprendente capacidad de premonición están los retrocohetes en De la Tierra a la Luna (1867), la comunicación extraterrestre, amerización de naves y las videollamadas.
El rayo verde es un fenómeno óptico que se produce por la refracción atmosférica sobre la luz del sol. Los rayos se curvan y la luz de color rojo o naranja se ve más afectada que la verde porque sus rayos se dirigen un poco antes hacia el suelo que los verdes. La Luna, al reflejar los rayos del sol, también genera este fenómeno.
En las últimas décadas se han producido más de 30 películas sobre las novelas de Verne.
El capitán Nemo pronuncia la frase Me gustaría haber visto lo que ningún hombre ha visto aún, aunque tuviera que pagar con mi vida esta insaciable necesidad de saber.
Su carácter indómito queda reforzado con la frase No soy lo que se llama un «ser civilizado», profesor. No quiero nada con la sociedad por razones poderosas para mi. De ahí que no respete sus leyes. Las novelas de Verne reflejan de forma constante su obsesión por las islas, los laberintos, la electricidad y la «explicación de los fenómenos inexplicables».
► En 1976 Fernando Savater publicó el ensayo La infancia recuperada, en cuyas páginas se defienden la necesidad de la ficción novelada y la pasión de contar por contraposición a la sofisticación de la narrativa comprometida en la experimentación lingüística y estructural. Savater retoma y propone con entusiasmo la narración fantástica, la historia de los contenidos éticos y heroicos a través del análisis de autores y personajes como Julio Verne, Sherlock Holmes, William Brown, Jack London o Lovecraft.
Antes del siglo XVI, ningún humano había circunnavegado la Tierra. Esto cambió en 1522, cuando la expedición de Magallanes regresó a España después de un viaje de 72.000 kilómetros. Les había llevado tres años y había costado la vida de casi todos los miembros de la expedición, incluido Magallanes. En 1873, Jules Verne pudo imaginar que Phileas Fogg, un rico aventurero inglés, podía dar la vuelta al mundo en 80 días. Hoy en día, cualquier persona con ingresos de clase media puede circunnavegar la Tierra de manera segura y fácil en solo cuarenta y ocho horas. (N.Harari, Sapiens, 2014)
Desde hace algunos años ha dejado de estar claro, una vez más, por qué existe Hawai. Aún peor: tampoco sabemos cuáles son los orígenes de Islandia, cuáles han sido los hechos que nos han obsequiado con unas islas como las Azores y por qué se elevan sobre el Pacífico Sur las islas Pukapuka. [...] La posición y la antigüedad de las islas coinciden aproximadamente con el movimiento de la placa del Pacífico, a través de la cual sube ardiendo el supuesto penacho. Algo especialmente notable con respecto a los penachos mantélicos es que surgen en el manto terrestre, quizá incluso en el núcleo, por lo tanto a cientos o tal vez miles de kilómetros bajo la superficie. Dado que esas regiones sólo se pueden visitar siendo un personaje de un libro de Julio Verne, estos penachos profundamente arraigados, si realmente existen, podrían contarnos cosas importantes sobre el corazón de las tinieblas. [...] Podría ser que fuera inminente un cambio de paradigma en la cuestión de Hawai, o podría ser que no. Si Julio Verne en su Viaje al centro de la Tierra no nos hubiera mentido tan desvergonzadamente como lo hizo, sabríamos más sobre el tema.
(K.Passig & A.Scholz, Enciclopedia de la ignorancia 2007)
Para conmemorar con dignidad el centenario de la Revolución, en 1889, la República organizó en París una exposición universal. Pensando en aquella exposición, el ingeniero Eiffel construyó una torre (en principio provisional) en el Campo de Marte. En el parque de las Tullerías se invitó a un banquete a todos los alcaldes de Francia.
Por otra parte, en aquella época se cruzaban fácilmente las fronteras sin pasaporte (La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne). Aquel final del siglo XIX fue infinitamente más «globalizado» que la actualidad. Había mucho menos papel mojado, mucho más comercio internacional y movimientos migratorios. (Barreau)
En los últimos años del siglo XIX y en los primeros del XX, la exploración del espacio ya había sido anunciada al público occidental a través de la ficción, en especial los relatos de Jules Verne y H. G. Wells. La tecnología correspondiente casi se remonta a la misma época. Mucho antes de 1914, un científico ruso, K. E. Tsiolkovski, había diseñado cohetes de varias fases y había desarrollado muchos de los principios básicos del viaje espacial (además de escribir novelas para popularizar su obsesión). (Roberts, Historia del Mundo)
Julio Verne, en su obra de ciencia ficción del siglo XIX, visualizó un cañón como mecanismo de lanzamiento para un viaje a la Luna, pero un cañón consume su fuerza por completo de una sola vez, y al principio, cuando la atmósfera es más recia y ofrece una mayor resistencia. Además, la aceleración total se consigue en el mismo principio y es lo suficientemente grande como para reducir a cualquier ser humano que se encontrase en el navío espacial a un sangriento amasijo de carne y huesos. Los cohetes de Goddard avanzaban hacia arriba lentamente al principio, ganando velocidad y gastando su impulso final muy arriba, en la atmósfera más fina, donde la resistencia es menor. El alcanzar gradualmente la velocidad significa que la aceleración se conserva en niveles tolerables, algo muy importante para los naves tripuladas [...] Tal vez sería preferible recordar a Fulton por sus tenaces tentativas para construir sumergibles. Sus naves submarinas no fueron prácticas, pero sí precursoras de varios proyectos modernos. Construyó una, llamada Nautilus, que, probablemente, inspiró a Julio Verne para imaginar aquel sumergible fantástico del mismo nombre en la obra Veinte mil leguas de viaje submarino, publicada el año 1870. Éste, a su vez, sirvió de inspiración para bautizar al primer submarino nuclear. (Asimov, Introducción a la ciencia)
La ciencia ficción es una provincia literaria que en tiempos solía visitar muy a menudo; si ahora rara vez la visito, no es porque mi gusto haya mejorado sino porque la provincia ha cambiado y ahora está llena de nuevas edificaciones por cuyo estilo no siento especial preferencia. Pero en los buenos tiempos pude comprobar que, cuando los críticos decían algo de ella, quedaba en evidencia su profundo desconocimiento del tema. Hablaban de la ciencia ficción como si se tratase de un género homogéneo. Pero, en sentido literario, no cabe hablar de género alguno. Lo único que comparten los autores que la practican es el uso de alguna «máquina». Algunos, los de la familia de Jules Verne, se interesan fundamentalmente por la tecnología. Otros utilizan la máquina como un mero estímulo para la fantasía literaria. (C.S.Lewis, La experiencia de leer)
Me sentí atrapado. Cada mes esperaba impacientemente la salida de Astounding. Leí a Julio Verne y a H. G. Wells, leí de cabo a rabo las dos primeras antologías de ciencia ficción que pude encontrar, rellené fichas parecidas a las que rellenaba para los juegos de béisbol sobre la calidad de lo que leía. Muchas de esas historias tenían el mérito de plantear cuestiones interesantes, pero muy poco peso a la hora de responderlas. (Carl Sagan, Cerebro de broca)
Las rías daban todas las nécoras apetecidas y, absorto en aprovecharlas, el gallego no se dedicó a razonar ni aun a estudiar la nécora. En esto el gallego se parece un poco al chino. El recientemente fallecido Lin Yutang, dice que nunca la zoología y la botánica han adelantado mucho en China, porque lo primero que hace el chino ante un animal desconocido o una planta insólita es averiguar si animal o planta son comestibles. Así el gallego, dejando de lado los estudios de Aristóteles y los temores al kraken del hombre del Norte, que se prolongan hasta Julio Verne, ha hecho del pulpo uno de sus manjares favoritos. (Álvaro Cunqueiro, Fábulas y leyendas de la mar, 1982)
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