Islam             

 

Islam:
[¿Desencuentro de civilizaciones?:] No hace todavía mucho tiempo, era frecuente escuchar o comentar la frase del ex presidente Rodríguez Zapatero: debíamos caminar hacia una «alianza de civilizaciones», pues ello evitaría el horror que ya eran las guerras de guerrillas (o de atentados suicidas) de Irak y Afganistán… No creo que nadie sensato o medianamente juicioso tenga nada en contra del entendimiento entre culturas. El problema radica en saber cuántos juiciosos ilustrados quedan y si hay interés en que las culturas o civilizaciones se entiendan o hasta se fecunden. Ahora mismo parece que no. Sin duda el filme norteamericano sobre los musulmanes (sólo han visto un tráiler, la película dura casi dos horas) tiene todo el aspecto de ser muy malo e indudablemente se ha hecho -parece que con dinero israelí- con afán de provocar. También las caricaturas del semanario satírico francés CharlieHebdo -algo parecido a lo que fue aquí HermanoLobo- tienden a provocar. Pero esas provocaciones por malas o inoportunas que sean, sólo pretenden demostrar la intolerancia cerril de unos y la libertad de expresión que los otros garantizan como manifestación de la cultura occidental… Uno entendería que a los creyentes musulmanes no les guste que se satirice a Mahoma, como no les gustó a los católicos (años atrás) la película de Goddard Je vous salue, Marie o la de Scorsese La última tentación de Cristo, obras mucho mejores -como arte- que la actual tildada de islamofóbica. Pero la protestas contra Scorsese fueron tibias, y contra Goddard se limitaron a filas de creyentes que rezaban el rosario frente a los cines que exhibían la película, lo recuerdo muy bien. Las cañas no se tornaron lanzas. Ahora sí, la película ya ha ocasionado muertos y las caricaturas, protestas desmesuradas e intolerantes.

Los musulmanes creyentes pueden protestar, pero no amenazar ni mucho menos pedir que los países occidentales que supriman la libertad de expresión. Aunque el Gobierno francés ha sido cauteloso, en todo momento (no podía ser de otra manera) ha defendido, incluso poniéndoles guardaespaldas, a los caricaturistas de CharlieHebdo que, por cierto, se agotó en horas y sacó una nueva tirada dos días después. Y si Francia ha sido cautelosa y no rotunda (como pide la extrema derecha de la saga Le Pen) es porque tiene demasiados musulmanes dentro de su territorio y pretende salvaguardar la paz social, sin renunciar, claro es, a los valores republicanos, que son los derechos del hombre, la laicidad del Estado y la libertad de expresión. Debajo o alrededor de todo esto, laten dos cuestiones fundamentales: la semántica de la voz «libertad» y la idea arcaica para la Europa moderna de que «pecado» es igual a «delito». Quienes vimos Je vous salue, Marie pudimos cometer un pecado si fuésemos católicos, pero no cometíamos ningún delito en un Estado que garantiza la libre expresión y su pluralidad. Y es verdad que demasiados litigios, incluso vecinales o cotidianos, tienen de fondo un mero problema semántico. Aristóteles escribió que «libertad es elegir». Mientras que Agustín de Hipona, además de obispo, escritor muy notable, dijo: «Obedecer a Dios es libertad». La frase de Agustín guió buena parte de la Edad Media cristiana y hoy se refleja en las lecturas rigoristas del Corán hechas por salafistas o cualquier variante del islam radical e incluso moderado. Cuando el presidente egipcio Morsi (en teoría un moderado) pide a su homólogo francés que condene las caricaturas de Mahoma y las prohiba, evidentemente no entiende que el concepto de libertad que hoy usa mayoritariamente el islam (un blasfemo es reo de muerte) y el concepto occidental que no permite matar ni herir ni amenazar, pero sí decir lo que se quiera, recogido en la Carta Magna de la República y de todas las democracias occidentales, son obviamente conceptos muy diferentes, tanto que los diría incompatibles. El islamismo actual, fruto de la Primavera Árabe y de la sed de venganza contra Occidente de iraquíes, afganos, iraníes y palestinos, ha retrotraído a todos esos pueblos y a casi todo el Islam a una Edad Media bárbara en nombre de su Dios y su profeta. En el norte de Malí (gobernado por integristas amigos de Al Qaeda) ya se ha puesto en práctica la sharia: varios ladrones callejeros, pobre gente, han sido condenados a la mutilación. Se les ha amputado la mano derecha y el pie izquierdo. Y por supuesto las más nimias faltas se solventan con castigos corporales, esencialmente por flagelación. Escenas que ví ayer en la televisión francesa. ¿Alianza de civilizaciones? Creo que, visto lo visto, habremos de preocuparnos mucho más de que no haya un choque entre esas civilizaciones, que a veces se presiente cuando se habla (desde EEUU e Israel) de detener el programa nuclear iraní. Ya que, no casualmente, fue el Irán de los ayatolás -desde 1979- el que resucitó el integrismo islámico, que antes sólo dormía en los áureos, petrolíferos y desérticos tronos de Arabia Saudí. Claro que ese posible choque no es deseable para los europeos, que más de tener muchos musulmanes dentro de casa, tenemos a un tiro de piedra las costas del Magreb, ya poco moderado. Debemos entendernos (o intentarlo por todos los medios), pero nunca ceder, pues quedaría al borde de la muerte nuestra propia civilización, nuestro sentido de la vida. Quizá debamos respetar -aunque no nos guste- lo que está ocurriendo en los países islámicos actualmente y aún la triste suerte -si no el exilio- que les aguarda allí a las minorías occidentalizadas, pero en modo alguno podemos permitir que los musulmanes que viven con nosotros nos impongan su ley. Pueden ir a la mezquita y guardar el Ramadán, pero tienen que jurar los principios democráticos de libertad de expresión, pluralidad política e ideológica e igualdad sexual. Hablamos en público, en privado allá ellos. Las democracias occidentales no pueden ni deben dar ni un paso atrás frente a un islam intolerante y atrasado. Algunos tratan de ser más certeros: Dicen que el problema del islam (detenido intelectualmente en el siglo XIV) es no haber tenido una Revolución Francesa, madre de los «derechos del hombre». No diría que no, pero la Historia no se impone. Lo que sí puede imponerse es una legislación de respeto, al menos dentro de Europa. Los musulmanes que viven aquí tienen que aceptar todos los pluralismos de nuestras democracias. O marcharse, así de rotundo. Con los países musulmanes – hoy por hoy con clara tendencia a un integrismo intransigente- sólo podemos pedir la aceptación de que no hablamos el mismo lenguaje. Para ellos es delito lo que para nosotros es libertad de expresión más que lícita. Y a lo más que podemos llegar es a no intervenir en sus asuntos internos (lo que, a veces, será duro) para que ellos acepten que la polémica, la disensión, el epigrama o la sátira son formas irrenunciables de nuestra libertad y nuestra cultura. Por tanto todo respeto a CharlieHebdo. No ha matado a nadie. (Luis Antonio de Villena, 24/09/2012)

Sociedades multiculturales:
Hace dos semanas el asesino de masas Anders Breivik fue condenado por un tribunal noruego a una pena máxima de 20 años de prisión, por haber asesinado a 77 personas en una de las masacres más brutales jamás cometidas por una sola persona en tiempos de paz. Explicó su acción muy sencillamente: «para defender Noruega contra el multiculturalismo». Más concretamente, su acción fue dirigida contra la inmigración musulmana en la ciudad de Oslo. Durante más de un siglo, Europa ha experimentado un continuo flujo de inmigración procedente de África, Asia y el Caribe. Los inmigrantes aprendieron a adaptarse a sus nuevos hogares y aceptaron el lugar inferior que se les dio en la sociedad. Quizás el factor más importante que les ayudó fue el hecho de que a menudo eran cristianos y podían integrarse en la cultura que los recibía. Sin embargo, el comienzo de la masiva inmigración musulmana, principalmente del norte de África y Turquía, cambió el panorama. Incapaces de absorber o adaptar a los inmigrantes musulmanes, muchos gobiernos europeos siguieron una política no de integración sino de multiculturalismo, en el que cada grupo cultural tenía garantizado el derecho legal de vivir, vestir y venerar a su manera. Parecía una buena solución de tolerancia. Ahora, sin embargo, los principales Gobiernos europeos han declarado que el multiculturalismo no es una política acertada. La canciller Angela Merkel y el primer ministro británico David Cameron han declarado que el multiculturalismo es un fracaso. El ex presidente francés Nicolas Sarkozy siguió su ejemplo. Los líderes políticos de Austria, Dinamarca, Bélgica, Noruega, y Portugal expresaron la misma opinión. Hay, parece, buenas razones por la pérdida de fe en el multiculturalismo liberal, que una vez fue considerado una buena cosa porque parecía permitir que diferentes razas y credos pudieran vivir juntos. Pero el ascenso del radicalismo islámico ha cambiado todo eso. En los Países Bajos el asesinato del cineasta Theo van Gogh y las amenazas proferidas contra la miembro del Parlamento Ayaan Hirsi Ali demostraron que los radicales islámicos estaban actuando; lo confirmó su campaña contra las caricaturas danesas. Ahora, muchos musulmanes radicales en Europa han comenzado a rechazar las características básicas de la sociedad en que viven. Repudian las funciones religiosas y culturales de la sociedad europea, rechazan tanto el concepto de la nación en la que viven como la necesidad de hablar el idioma nacional, y dan prioridad a los principios de las sociedades islámicas. El resultado es que las tensiones entre ellos y la sociedad de acogida, que estuvieron siempre latentes, se han hecho abiertas y agresivas. Esto ha agudizado el surgimiento de movimientos antiinmigrantes, en casi todos los países europeos. Sería inapropiado llamar a tales movimientos derechistas, porque no comparten ninguno de los principios de la derecha clásica. Su insistencia es sólo sobre la cuestión de la raza y la inmigración, especialmente la inmigración de color. En muchos aspectos sus opiniones coinciden con las de la izquierda. El asesinato hace tiempo del líder racista holandés Pim Fortuyn nos mostró claramente que el problema estaba alcanzando el punto de explosión. El caso de Breivik lo confirma. ¿Qué es el racismo? Tiene muchos significados y muchos complejos orígenes, pero la forma más sencilla es verlo como la actitud hostil de los miembros de un grupo mayoritario hacia aquellos en minoría. La gente de la mayoría se siente amenazada e irónicamente siente que ellos son las víctimas. Por lo tanto atacan, como lo hizo Breivik en Noruega. El racismo se fija en las diferencias físicas, culturales y religiosas a través de la lente del etnocentrismo y (normalmente) superioridad blanca. En última instancia el racismo es acerca de los propios racistas: sobre su autopercepción como víctimas. El reciente asesinato de seis sijs musulmanes en un templo en Wisconsin en los Estados Unidos confirma la peligrosa situación a la que hemos llegado. El problema en este país no es tanto la inmigración (un problema que afecta principalmente a los mexicanos) como la ignorancia popular, ya que muchos blancos identifican a todos los no blancos con los musulmanes, especialmente desde los ataques a las Torres Gemelas. ¿Por qué son tantos los liberales desilusionados con el multiculturalismo? Una explicación proviene de Paul Scheffer, profesor de sociología urbana de la Universidad de Amsterdam, que apoya la diversidad étnica, pero no el multiculturalismo. «Multiculturalismo -dice- es la filosofía de evitar a otros, de vivir cerca de ellos, pero no con ellos». La respuesta, para él y muchos otros, es alentar a las minorías étnicas a compartir una sola personalidad pública – la nación, su idioma, sus leyes y su política- mientras se sigue cultivando la diversidad cultural. Muchos de estos liberales consideran que la separación pública de los ciudadanos – a veces por culpa de los grupos minoritarios (usando la burka, por ejemplo, una práctica que ha sido declarada ilegal en muchas regiones de Europa)- es equivocada. Algunos piensan que la tasa de inmigración debe también ser ralentizada, con certeza en países donde se ve que el problema existe. Curiosamente, la mayoría de los líderes políticos españoles imaginan que el problema no les concierne. Sin embargo, los musulmanes de España han alcanzado la cifra de un millón, un 2% de la población. Unas 600 mezquitas han sido fundadas en los últimos años en suelo español. ¿Es esto un signo de multiculturalismo? España, de hecho, es el ejemplo clásico de un país donde el multiculturalismo con los musulmanes siempre ha fracasado. Hace mucho tiempo, un escritor liberal, el historiador Sánchez Albornoz, rechazó la totalidad de la herencia musulmana como ajena a la cultura española. El último Gobierno socialista gastó millones pagando por una organización, la Alianza de Civilizaciones, con el fin de dar a conocer una versión totalmente ficticia del pasado según el cual cristianos y musulmanes se suponía que habían vivido juntos felizmente en la época medieval. España es el Estado europeo más culpable de atrocidades contra los musulmanes, en particular la expulsión (en 1609) de toda su población musulmana, con las consiguientes muertes de decenas de miles. No es de extrañar que algunos inmigrantes musulmanes ahora pidan la separación de Al-Andalus de España y su regreso a un gobierno musulmán. Es evidente que en un Estado civilizado podemos todos vivir juntos. ¿Pero bajo qué condiciones? La tolerancia no es suficiente, ni la convivencia. En muchas partes de Europa, ciudades enteras se han convertido en países extranjeros y el multiculturalismo no ha traído más que alienación, junto con el miedo y la hostilidad. Parece que ni la separación ni la integración son una respuesta. La única manera de avanzar es compartir la cultura, compartir la nacionalidad, el idioma y la historia. (Henry Kamen)


Sami Nair:
Desde las revoluciones de 2011, algo está cambiando entre Estados Unidos, Europa y los países árabes musulmanes. Hasta esa fecha el paradigma de la política exterior occidental, asumidas todas las diferencias, se resumía en la defensa, a cualquier precio, de la estabilidad interna en los países árabes, del control de las fronteras occidentales frente a los flujos migratorios y, por fin, de la lucha en contra del integrismo religioso. Los países europeos apoyaban a regímenes dirigidos por dictadores supuestamente laicos (Mubarak, El Asad, Ben Ali, Gadafi), mientras que Estados Unidos y Gran Bretaña, aunque sostenían a los mismos dirigentes (con matices tratándose de Gadafi y El Asad), ponían hincapié sobre la diferencia entre el islamismo conservador, que merecía el apoyo, y el integrismo, enemigo irreductible. Esta sensibilidad americana y británica a favor del islamismo conservador, incluso el de los Hermanos Musulmanes de Egipto, hunde sus raíces en una vieja tradición, inaugurada en 1944 en el acuerdo de Quincy entre Roosevelt y el rey Ibn Saud, cuyo objetivo era asegurar la perennidad del régimen wahabita a cambio del petróleo árabe. A partir de este momento, Arabia Saudí se volvió una potencia casi-americana en la región, probablemente más involucrada en la estrategia estadounidense de lo que sería Israel más tarde. Americanos, británicos y saudíes estuvieron estrechamente unidos en la lucha en contra del nacionalismo laico árabe desde los años cincuenta hasta la década de 2000, favoreciendo la constitución por doquier de fundaciones, institutos, editoriales islámicos para hacer frente a las ideologías de izquierdas. Esta ofensiva religiosa acompañaba, en el mundo musulmán, a la “doctrina Eisenhower” de lucha en contra del comunismo. La revolución islámica iraní, en 1979, sorprendió a todo el mundo y trastornó el mapa geopolítico regional. De repente, Arabia Saudí tuvo un adversario en el mismo terreno religioso, aunque chií. Irán, descartado de la escena islámica y árabe desde que la CIA había instalado en el poder al sah Mohamed Reza, volvió así como potencia autónoma y radicalmente opuesta a Estados Unidos y a sus aliados regionales. Y desde 1979, EEUU, las potencias europeas, Arabia Saudí y Egipto, lo combatieron, incluso apoyándose sobre el Irak nacionalista de Sadam Husein. De allí la guerra de ocho años entre Irak e Irán, que costó más de dos millones de muertos a ambos países, y que acabó sin vencedor. Desde aquel entonces, el objetivo de las monarquías petrolíferas era contrarrestar la expansión iraní. ¿En nombre de qué ideología? Arabia Saudí, legítimamente, no confiaba en el nacionalismo prosoviético y antifeudal de Sadam Husein. Siria era aliada de hecho con Irán por razones a la vez religiosas (pertenencia del clan El Asad a una rama chií-alauita) y políticas (control de los chiíes libaneses). La única alternativa posible era oponer al chiísmo el sunismo. Así que la primera guerra del Golfo en 1991 y la invasión americano-británica en 2003, de Irak, marcaron el fracaso definitivo del nacionalismo árabe y el auge, en todas partes, de los enfrentamientos confesionales interislámicos. Las revoluciones democráticas de 2011 plantean ahora nuevos retos. Se ha abierto un peligroso periodo de inseguridad. Han surgido nuevos actores políticos, a veces desconocidos o cuyas estrategias quedan opacas. El hecho más decisivo, tanto para Estados Unidos como para los europeos y Arabia Saudí, ha sido la caída de Hosni Mubarak en Egipto. Él era el verdadero guardián del orden occidental. Y eso porque Arabia Saudí ni entendió ni aceptó el apoyo de Washington a los revolucionarios de la plaza de Tahrir. Tampoco podía aceptar una evolución democrática laica, que representaba un peligro mortal para sí misma. Razón por la cual el periodo de vacilación no duró mucho. La contraofensiva fue iniciada desde Riad; está triunfando ahora, aunque probablemente de manera coyuntural. Su concepto es claro: se trata de recuperar la revolución democrática cuya dinámica era potencialmente laica, dado que los islamistas no tuvieron un papel importante en la contienda, y transformarla en victoria del islam político. Para ello, Arabia Saudí, Catar y las innumerables organizaciones privadas del islamismo financiero internacional, derramaron toneladas de dinero a los movimientos islamistas. Los islamistas tunecinos, como los egipcios, utilizaron esta ayuda “divina” para comprar votos y corromper a sectores enteros de la población en las elecciones frente a los demócratas y laicos. Esta estrategia de Arabia Saudí ha conseguido un verdadero éxito. Para este país, como para sus aliados islamistas en Egipto y Túnez, se trata fundamentalmente de utilizar la democracia para islamizar la sociedad. Y lo están intentando ahora, democráticamente. Frente a esta nueva situación, las potencias occidentales están reorientando poco a poco su diplomacia. Atrapadas en las redes de la contraofensiva saudí, la apoyan objetivamente. Eligieron a los islamistas como interlocutores privilegiados, tanto en Egipto como en Túnez; favorecieron la victoria de los islamistas supuestamente “liberales” en Libia y, más claramente, están sosteniendo directamente a los islamistas sirios —armados por Arabia Saudí— frente a la dictadura de El Asad. El nuevo paradigma parece ser el de una búsqueda de la estabilidad regional interna en los países árabes basándose en los islamistas conservadores, que se han convertido en los nuevos aliados. Las fuerzas democráticas laicas árabes parecen demasiado débiles, no constituyen una elección seria de momento… Se abre de hecho un periodo de experimentación del islam político tanto en Túnez, Libia, como en Egipto y probablemente mañana en Siria, bajo dominio saudí y beneficiándose del apoyo directo de Estados Unidos y Europa. Por supuesto, hay que matizar este paradigma en función de los intereses particulares de cada uno, pero en el fondo, es idéntico para todas las potencias occidentales. Este cambio es, evidentemente, necesario. Hay que tener buenas relaciones, tanto de intereses como de vecindad, con los países de la ribera sur del Mediterráneo. Sin embargo, desde 2011 hemos entrado en una larga época de desestabilización. Nada es menos seguro que la hipótesis de que la “islamización” de estas sociedades pueda tener un éxito fácil. Pues no se trata solo de un problema ideológico, de “recuperación cultural”, tal y como lo afirman los islamistas, sino más bien de un hecho sociológico: el auge de nuevas clases sociales dentro de los sistemas económicos y políticos. Quieren reemplazar a las capas occidentalizadas, orientadas hacia Occidente. En Túnez, hoy día, los islamistas de El Nadha miran hacia Oriente y prometen a sus seguidores la promoción social dentro de los aparatos del Estado y de la función pública. ¿En detrimento de quién? En Egipto, la misma evolución social. La mirada de los islamistas, al igual que la de los grupos sociales que les apoyan, está dirigida hacia Oriente. Es una tendencia de fondo. Ahora bien, los islamistas no tienen un proyecto económico diferente del de los regímenes dictatoriales: abogan por un liberalismo incapaz de solucionar las demandas económicas de sus seguidores. El clash social parece cierto, aunque los islamistas lo van a cubrir de retórica religiosa. Lo demuestra ya el actual enfrentamiento entre los sindicatos tunecinos y el poder islamista. Por otra parte, la demanda migratoria hacia Europa se va a incrementar, inevitablemente, tal y como ocurrió en Argelia cuando el partido islamista ganó las elecciones, en 1990. Por esa razón es por la que el nuevo paradigma europeo, más allá de los intereses inmediatos, debe tomar en cuenta las aspiraciones de los demócratas y republicanos árabes, aunque solo sea porque, después de las revoluciones democráticas de 2011, lo importante para todos no es tanto el adjetivo: “islámico”, sino, más bien, el sustantivo: democracia. (Sami Naïr, 25/08/2012)


Primavera:
La lectura de los primeros pasos de la “primavera árabe” estuvo cargada de optimismo. Las caídas del corrupto Ben Alí y del supuesto faraón Mubarak auguraban movilizaciones en cadena, con las nuevas democracias ocupando el lugar de las dictaduras pro-occidentales y la prueba de que cualquier duda sobre el significado político del Islam era signo de islamofobia. La realidad mostró muy pronto que las cosas eran más complicadas. Para empezar, no fue lo mismo derribar dictaduras abiertas a cierto grado de pluralismo, como Túnez y Egipto, en definitiva, regímenes autoritarios, que enfrentarse a autocracias, verdaderos neosultanismos, casos de Libia o de Siria, dispuestas a sofocar a sangre y fuego cualquier oposición. Tampoco coincidía el papel de la religión en las revueltas. Discretamente, los Hermanos Musulmanes contribuyeron a la infraestructura de la insurrección en la plaza del Tahrir, los islamistas de Cirenaica fueron el núcleo de la resistencia anti-Gaddafi en Bengasi, y en cambio estuvieron ausentes en Túnez. A pesar de lo cual, tanto allí como en Egipto triunfaron en las primeras elecciones democráticas. El problema de la relación entre Islam y democracia salía del terreno de las palabras y se convertía en una cuestión capital para la futura organización de las sociedades recién emancipadas. El desfase existente entre movilización y organización marginó a los protagonistas de los movimientos antidictatoriales y el Islam pasó a capitalizar el cambio. Más aún cuando sus portadores, los Hermanos Musulmanes egipcios (Ikhwan) y tunecinos (Ennahda) no estaban contaminados por la colaboración con las dictaduras. Tampoco lo estaban en Libia, pero aquí partían de una posición más difícil, dada la homogeneidad religiosa: los salafíes se conformarán con perseguir al sufismo. El discurso islamista se adecuó a las nuevas circunstancias. Según el patrón egipcio, con el absolutismo de los principios, bajo el lema de que “el Corán es nuestra Constitución”, la sharía como base legal y la yihad como instrumento, había coexistido durante décadas con una actitud pragmática, de aprovechamiento de todo resquicio para consolidar una hegemonía social. En la campaña electoral, el luego presidente Morsi, habló del Corán como solución, de sharía y de yihad, pero sobre todo de respeto a la democracia y llamó a la colaboración de las minorías (coptos). En Túnez el mensaje fue aún más claro y tras ganar las elecciones Ennahda formó un gobierno tripartito con dos partidos laicos. En su primer congreso legal, inaugurado el 12 de julio, su líder Rashid Gannushi confirmó el pluralismo democrático. Sin embargo, no todo va hacia lo mejor en el mejor de los mundos. En Egipto, la entrada en escena del salafismo, que exige la reposición de las formas de vida y creencia de los orígenes del Islam, por un lado coloca a los Hermanos Musulmanes en una confortable posición centrista, en cuanto defensores del islamismo democrático, y por otro, supone una presión continua desde la ortodoxia (líder islamista tolerante agredido en Kairuan, Túnez). Emerge una barrera invisible frente al laicismo, así como frente a los derechos efectivos de las mujeres: no hubo condena de los Hermanos contra las brutales agresiones sexuales en la plaza de Tahrir. Lejos aún del sistemático exterminio anticristiano de los yihadistas de Boko Haram en Nigeria, los incidentes interconfesionales se cierran con la huida de las familias coptas, presentada por el ministro del Interior como abandono voluntario de sus residencias. Y sobre todo es diseñado el control islamista sobre el Estado y la prensa —designación de directores desde el Consejo de Shura de mayoría Ikhwan—, acentuándose la centralidad de la sharía en la futura Constitución. En Túnez el tripartito sigue su curso, mientras Ennahda copa el poder. Los salafíes pasaron a la acción, primero atacando despachos de bebidas, luego destruyendo exposiciones cerca de la capital —en la Primavera de las Artes en La Marsa—, al juzgar que unas obras inofensivas eran blasfematorias. Es la islamización impulsada desde el totalitarismo horizontal característico de los salafíes. El ministro de Cultura se apresuró a condenar a los expositores, anunciando medidas para el respeto de la religión, lo cual enlaza con el acuerdo del Congreso de Ennahda de “criminalizar todo aquello que atente a lo sagrado”, pronto introducido en el artículo 3 del proyecto constitucional. Un conocido periodista ha pasado al juez por beber alcohol. La policía cierra restaurantes no turísticos en Ramadán. Otra perla ministerial: nunca autorizará la actuación de la artista libanesa Nancy Ajram: la libertad de expresión respetará “las buenas costumbres”. Ahí está la campaña de moralización, donde jóvenes policías ponen en práctica el principio islámico de “promover el bien y prohibir el mal”, interpelando a las mujeres que a su entender llevan un vestido incorrecto o circulan con un hombre, sobre quien las preguntan al modo iraní si es su marido o su hermano. Pueden ser golpeadas o detenidas, como la cantante Rym el-Banna. ¿Casos aislados? La igualdad de sexos, herencia de Burguiba, es cuestionada en al artículo 28 del proyecto constitucional, que establece la complementariedad de la mujer, por “el papel de la familia” y las “diferentes responsabilidades”. La gran manifestación femenina del día 13 fue la respuesta. La conciliación de islamismo y libertad no resulta fácil. (Antonio Elorza)


Yijad Mali:
Entre abril y junio de este año, tres organizaciones yihadistas han conseguido imponer conjuntamente un dictado rigorista del credo islámico sobre cerca de millón y medio de habitantes en el norte de Mali, vasto territorio desértico de unos 850.000 kilómetros cuadrados flanqueado por Mauritania, Argelia y Níger. Esas tres organizaciones son Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), el Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental (MUYAO) y Ansar al Din (AD). No es el primer condominio yihadista, definido como un espacio geográfico en el que varias organizaciones de esa misma orientación ideológica se las arreglan para ejercer al unísono el control de la población mayoritariamente musulmana que lo habita, pues el original data de hace una década y se encuentra en las áreas tribales situadas al noroeste de Pakistán, a más de 7.700 kilómetros de la frontera española. El nuevo se ha formado mucho más cerca, apenas a 1.200 kilómetros de las Islas Canarias, como recientemente ha precisado Ignacio Cembrero en estas mismas páginas. AQMI, que surgió tras un acuerdo de fusión que formalizaron en septiembre de 2006 los dirigentes del núcleo central de Al Qaeda y los del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), de extracción argelina, ha continuado y extendido la penetración de este último en suelo maliense desde 2003. Una escisión de AQMI, el MUYAO, que se dio a conocer a finales de 2011 con el secuestro de tres cooperantes europeos en Tinduf, incluidos los dos españoles liberados recientemente, tiene una composición algo más multinacional y ha conseguido infiltrarse entre los saharauis, pero adoptando la misma demarcación saheliana como el principal de sus escenarios operativos. AD, que se articuló casi al mismo tiempo que este último, está constituida sobre todo, pero no exclusivamente, por militantes tuareg que se desenvuelven bajo la bandera que en su día lo fue tan solo del denominado Estado Islámico de Irak, detrás del cual se encuentran Al Qaeda en Mesopotamia y otros pequeños grupos afines, convertida ahora en estandarte común de los yihadistas activos lo largo y ancho de la región norteafricana. Pues bien, esas tres organizaciones yihadistas han coordinados sus estrategias y sus esfuerzos desde enero de este año con el propósito de prevalecer sobre cualesquiera otras estructuras de poder existieran o tratasen de ser instauradas en el norte de Mali. Ahora dictan normas salafistas de comportamiento y obligan a una observancia fundamentalista de la sharía o ley islámica que contradice el entendimiento tradicional, abierto y tolerante, que del Islam suelen tener quienes residen en la zona. Sirvan algunos ejemplos para ilustrar lo que está ocurriendo: parejas jóvenes son azotadas públicamente en Gao por tener hijos fuera del matrimonio; antiguos mausoleos de la histórica Tombuctú son presentados como expresiones de idolatría y demolidos con saña; la enseñanza de la filosofía o de la biología, etiquetadas de saberes impíos, se prohíbe en las escuelas de Kidal. Una suerte de policía religiosa patrulla esas ciudades y otras localidades de su entorno, castigando a la gente por hábitos y costumbres que para los yihadistas son pecaminosas. AQMI, el MUYAO y AD cooperan para afianzar su preponderancia en el norte de Mali. Han erigido allí un condominio yihadista que evoca al de las Áreas Tribales Administradas Federalmente (FATA, por sus siglas en inglés) de Pakistán. Estas últimas son 30 veces menores en tamaño y más que duplican en habitantes al norte de Mali. Pero la clase de condominio yihadista que existe en ese enclave del Sur de Asia, todavía epicentro del terrorismo global, se ha reproducido al otro lado del mundo islámico, en el Sahel. Como en las áreas tribales de Pakistán, entre las organizaciones implicadas en el condominio yihadista del norte de Mali hay jerarquía y división de funciones. AQMI actúa mediante dos unidades operativas con varios centenares de miembros y mantiene en el área infraestructuras para el adiestramiento. Dirige a AD, considerablemente mayor en número, en su tarea de implementar localmente el orden fundamentalista. AQMI retiene el monopolio de las relaciones externas con el yihadismo global. El MUYAO colabora con AD y es un afiliado subsidiario de AQMI. Esas tres organizaciones se movilizaron en 2011 con la deliberada intención de aprovechar las oportunidades que surgieran de la última de las recurrentes rebeliones tuareg. En esta ocasión, dotada con un acento más secesionista y promovida por algunos miles de individuos de ese origen étnico que, tras haber servido como oficiales y soldados mercenarios del régimen de Gadafi hasta su quiebra, reubicaron su experiencia y no pocas armas saqueadas del arsenal libio al norte de Mali. A medida que su ofensiva avanzaba desde mediados de enero, un golpe de Estado en Bamako contribuyó a erosionar aún más las ya limitadas capacidades contrainsurgentes de los militares malienses. Los separatistas del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), como prefieren denominar al norte de Mali, confiados en su superioridad, optaron por aliarse con AD para lograr sus objetivos. Una vez cara a cara, los aliados terminaron por enfrentarse. AD y sus allegados yihadistas, AQMI y el MUYAO, desplazaron al MNLA e impusieron su propia agenda en aquel ámbito. El establecimiento de un condominio yihadista en esa zona occidental de la franja saheliana significa, en primer lugar, que la puesta en práctica del diseño sociopolítico religiosamente fanático compartido por AQMI, MUYAO y AD inflinge sufrimiento a una población local que ya padece las consecuencias de la sequía y el hambre. En segundo lugar, significa que el norte de Mali puede convertirse en un destino atractivo para islamistas radicales de los países vecinos y con ello en una fuente de inestabilidad para toda la región mayor de cuanto ya lo es. No en vano se han observado conexiones del terrorismo yihadista en el conjunto de la misma, que relacionan entre sí a las tres organizaciones ya mencionadas y a la nigeriana Boko Haram. Finalmente, la instauración de un condominio yihadista en el norte de Mali significa que cabe imaginar dicho territorio como un creciente a la par que especialmente serio foco de amenaza terrorista para el mundo occidental en general y los países del sur de Europa en particular. Más en concreto para Francia y España, cuyos ciudadanos e intereses han sido expresamente señalados como blanco. Es improbable que los habitantes del norte de Mali vayan a desembarazarse del control yihadista sin ayuda externa, al menos a corto plazo. Las protestas de mujeres y jóvenes han sido cruentamente reprimidas por AQMI, el MUYAO y AD. Los dirigentes de estas tres organizaciones yihadistas han contestado con menosprecio a las autoridades religiosas locales que reprueban su plan de aplicación de la ley islámica o la apelación a la yihad como excusa para establecer una nueva concepción del orden social. Por otra parte, sabemos por experiencia que las soluciones políticas negociadas con actores colectivos de las mismas creencias en otras zonas de conflicto han resultado temporales o imposibles. Una eventual intervención militar acordada por los países de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y respaldada por la Unión Africana (UA) corre no solo el riesgo de un fracaso sino el de producir un efecto de llamada internacional a la yihad. Sin embargo, cuanto más se prolongue la situación actual, menos reversible será. (Fernando Reinares, 10/08/2012)


Convivir:
Tal fue la fundamental pregunta tratada en el seminario organizado en Florencia por la Comunidad de San Egidio, con participación de relevantes líderes religiosos musulmanes y católicos junto a personalidades políticas y académicas de ambas culturas. Estuvo presente la más alta autoridad religiosa suní, el Gran Imán de la mezquita Al Azhar en El Cairo, Ahmad al Tayyeb. También participaron cardenales católicos, entre los cuales monseñor Lluís Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona, así como varios asesores papales y políticos europeos, como Romano Prodi. En el trasfondo del encuentro la violenta confrontación con el Estado Islámico y los temores en Occidente de que la amenaza de un Califato que llegue hasta Roma y Al Andalus se materialice en una guerra atroz. También en las sombras proyectadas sobre la reunión oscureciendo el esplendor del Palazzo Vecchio se percibía la oleada de islamofobia que socava la convivencia entre vecinos. El Gran Imán pronunció un clarividente discurso demostrando la convergencia de valores entre las dos grandes religiones del planeta y la necesidad de superar conflictos y malentendidos que están incendiando el mundo. Todos nos reconocimos en esas palabras. Sin embargo, la cuestión es que, más allá de los valores compartidos, las prácticas de odio y destrucción son crecientes. Por eso hace falta una serena reflexión para identificar las raíces del odio y ayudar a extirparlo de los corazones, allá y acá. Se constató que en la historia ha habido formas de coexistencia fructífera, así como que la intransigencia religiosa es tan cristiana como islámica. Sin ir más lejos, la Córdoba del Califato fue un ejemplo de tolerancia y multiculturalidad fecunda entre musulmanes, cristianos y judíos. Fue la conquista cristiana la que destruyó la coexistencia. Y sobre esa conquista se configuró la Inquisición que impuso la intransigencia totalitaria mediante el terror durante siglos en los confines del imperio español y allá donde la Iglesia católica tuvo poder incontestado. Nada de eso tuvo que ver con la incompatibilidad de las religiones. Fueron designios de poder y bajos instintos de una humanidad perversa los que alimentaron el odio. Pero la verdadera raíz de la islamofobia moderna proviene de la dominación colonial y poscolonial de Occidente sobre tierras musulmanas, asentada en la supuesta superioridad de los valores occidentales. Porque para civilizar a los otros es necesario afirmar la superioridad de la propia cultura. Como analizó Edward Said, la cultura occidental creó la imagen del oriental, un ser subhumano, indigno de respeto, privado de derechos que era necesario civilizar, y para eso dominar y, en caso de resistencia, destruir. Esa fue la matriz colonial de donde surgieron las sociedades musulmanas actuales. Y de ahí proviene la humillación cotidiana de tantos millones de musulmanes estigmatizados por su religión y costumbres. Ahora bien, en el siglo XXI en realidad los gobiernos de los países occidentales no han tenido como enemigos a gobiernos islámicos (salvo Irán) sino a regímenes seculares como Iraq, Libia y Siria. Regímenes que tradicionalmente han reprimido a los islamistas. De hecho, los gobiernos occidentales tuvieron y tienen las mejores relaciones con los regímenes verdaderamente islámicos, como Arabia Saudí y los Emiratos, y apoyaron sin dudarlo dictaduras antiislámicas como Egipto y las del Norte de África. El enfrentamiento se produjo cuando los islamistas lideraron la insurrección popular contra sus propios gobiernos y tuvieron que enfrentarse al apoyo occidental a sus dictadores. Así, de las ruinas de Iraq provocadas por la invasión estadounidense y de Siria por la desestabilización de la sangrienta dictadura de El Asad ha surgido el territorio del Estado Islámico. Invasiones que no provienen de una confrontación religiosa sino que obedecen a una estrategia occidental de control del petróleo, protección de Israel como su cabeza de puente en la región y de combate de influencia geopolítica con otras potencias. En situación de desesperación los humanos siempre buscan refugio en la religión. Y a partir de esa creencia identitaria surgieron movimientos intransigentes que luchan contra sus opresores internos y externos. Aunque eso les conduzca al delirio de violencia. La cuestión es que la humillación en tierras musulmanas se combina con la humillación cotidiana entre los musulmanes europeos, cuyos jóvenes son de aquí. Más aún cuando en situación de crisis se recurre, por los propios políticos europeos, al tradicional método del chivo expiatorio, que llevó al Holocausto de judíos por los nazis. Los males vienen de los otros, que nos quitan el trabajo, huelen mal, son criminales, maltratan a las mujeres (nosotros nunca, claro está) y conforman el estereotipo moderno del Oriental por civilizar o expulsar de nuestras vidas. Por eso cuando surge un foco de resistencia total y totalitaria a la humillación sistémica y a la imposición de una cultura mediante bombardeos, los jóvenes de aquí van a morir allá para recuperar su dignidad. O se preparan para regresar con su mensaje de muerte y redención. Y resulta que no todos son árabes. Se calcula que la mitad de los combatientes son extranjeros, y un 25% occidentales, la mitad de ellos conversos. En ­proporción a la población musulmana el país que más combatientes aporta es Belgica. Son jóvenes en busca de una causa, por absurdo que nos parezca. Y es entre esa juventud, en su reintegración a la comunidad de ciudadanos donde se juega el verdadero combate contra la perversión del islam que representa el Estado Islámico. Porque militarmente cuando se le destruya surgirán otras formas de violencia, según consenso en el seminario. La raíz de la islamofobia y la cristianofobia no está en la religión, sino en la marginación social y las estrategias de poder. Pero como se expresan en forma religiosa, la movilización espiritual de quienes oran juntos por la paz puede ser la única forma de llegar a convivir en un mundo globalizado en vías de autodestrucción. (Manuel Castells, 13/06/2015)


ISIS:
Como en los remakes de la ficción cinematográfica, la escena se repite, solo que con otros protagonistas. Ante el avance del Estado Islámico (EI) sobre Bagdad y Damasco, aquí en competencia con los alqaedistas de Al Nusra, las potencias occidentales se limitan a seguir como espectadores, con preocupación y pasividad, un desenlace militar desastroso. Es obvio que los bombardeos americanos no bastan. La gran coalición puesta en marcha por Obama, inclusiva de las principales potencias árabes, es totalmente inútil hasta ahora, cuando no contraproducente. Así, al no bombardear a las fuerzas del EI que avanzaban sobre Palmira, para no incomodar a esos curiosos aliados, algunos de los cuales dan apoyo económico al Estado yihadista. Incluso persiste la entrega de armamento a una oposición islamista siria cuya entidad se desvanece ante al duopolio ejercido por el EI y Al Nusra. De manera que, con un Ejército desmoralizado como el sirio, el desplome es previsible. La caída de Bagdad, dada la paralela desmoralización del Ejército iraquí, visible en la derrota de Ramadi, cerca de la capital, augura asimismo lo peor. Vemos siempre al EI imponiéndose a adversarios desunidos (chíies de Irak, Irán, EE UU). A ritmo lento, va reproduciéndose la secuencia que bajo Nixon precedió a la conquista por el Vietcong y los jemeres rojos de Vietnam y Camboya. Sorprende ante todo, en esta era de yihad inaugurada el 11-S, el desfase entre el potencial de conocimiento en manos de Washington, tanto para la información como para el análisis, por no hablar de armamento, y el tremendo vacío en la aplicación de esos recursos a la acción política. Resultaba obvio que la eliminación desde Occidente de un régimen consolidado en un país musulmán, por tiránica que fuese su naturaleza, sin tener listo un recambio que la población aceptara como propio equivalía a entrar en un avispero, donde además era segura la intervención de Al Qaeda. Desde ángulos diferentes, fuimos casandras en este diario tanto Gema Martín Muñoz (Irak, una sociedad torturada) como quien esto escribe (La conquista de Bagdad). La desinformación norteamericana amparó así una secuencia de decisiones catastróficas, más allá del crimen contra la humanidad y la estupidez política que presidieron la invasión de Irak. Ahora con Obama ha prevalecido la clásica actitud de defensa de la estabilidad, respaldando a “dictadores amigos” (Egipto), y de desenganche a toda costa de la intervención directa, para evitar las víctimas norteamericanas. No es fácil entender qué datos llevaron a Obama a pensar que lo segundo era viable para Irak. Ante la eclosión y avance del Estado Islámico, de sorpresa en sorpresa, la primera potencia militar del mundo practica la ceguera voluntaria. Al error Bush ha sucedido el error Obama. Un elemento clave para la infravaloración del EI ha sido su consideración como organización terrorista. Cierto que practica el terrorismo, llevando al extremo la consigna de aterrorizar al enemigo, contenida en el versículo 10:60 del Corán, pero siempre con un carácter instrumental, jugando a fondo con el efecto de intimidación. Según advirtiera Fernando Reinares, y como explica Loretta Napoleoni en su libro sobre el EI, la diferencia con Al Qaeda es sustancial, tanto en la relación de medios a fines como en la definición de éstos. No se trata de derrotar a los cruzados judeonorteamericanos y a sus aliados mediante el megaterrorismo, sino de utilizar este como medio de guerra y de propaganda para el progreso de una estrategia fundada sobre la expansión del territorio, siguiendo el modelo trazado por las campañas del Profeta (aspecto que rechaza Napoleoni). Va más allá de recuperar las tierras perdidas de Dar al Islam, como Palestina, ya que el objetivo último es cumplir el requerimiento coránico de expansión ilimitada del islam, hasta que cese la fitná, el enfrentamiento a la verdadera religión (2:193). De ahí la importancia simbólica de eliminar fronteras, como la que separaba Irak y Siria. No se intenta controlar un país, al modo de los talibanes, sino poner en pie un Estado islámico, germen de un poder supranacional, que batalla a batalla va imponiéndose al enemigo occidental y a sus aliados. Esto explica su potencial de atracción hacia musulmanes de otros países, y singularmente de Europa. El larvado enfrentamiento personal como creyentes a la yahiliyya, la ignorancia de Alá imperante en sus países de residencia, encuentra solución lógica en la incorporación a la yihad desde el EI. Por eso el Estado Islámico insiste en presentarse como tal, fomentando incluso que televisiones occidentales —véase Islamic State en YouTube— muestren cómo funciona el equilibrio tradicional de la hisba con un cumplimiento estricto de la sharía en una sociedad urbana moderna. “No queremos volver al tiempo de las palomas mensajeras”, advierte un responsable del EI en Raqqa. Exhibición de control de costumbres permanente y terror selectivo, incluidas decapitaciones y crucifixiones públicas, destrucción de iglesias y de mezquitas chíies, sí, pero también orden y abastecimiento regular en la vida cotidiana, tal y como es organizada la exportación de petróleo. Todo en medio de una movilización permanente para fomentar la lucha a muerte contra el mundo infiel, que, con Estados Unidos a la cabeza, debe ser arrasado. Lo que calificamos de deshumanización en sus actos es, en realidad, la aplicación del patrón coránico de total dependencia del esclavo ante el amo, la subordinación radical del infiel al poder de los creyentes. Así como estos son esclavos de Alá (abd-Allah). Si se rebelan, no hay hombres, sino enemigos de Dios, y como tales serán tratados. Les toca la suerte de los templos hindúes destruidos hacia 1200 en Delhi por el conquistador afgano, con sus columnas convertidas en soportes de la mezquita consagrada al quwatt ul-islam, la fuerza del islam. Para la puesta en práctica de su proyecto, el propósito del Estado Islámico consiste en trazar un puente que en el imaginario vincula puntualmente su actuación con el antecedente religioso-militar del primer islam. De ahí la importancia de la figura del califa, mito difícil de entender en Occidente, pero que sobrevivió en la mentalidad islámica como garantía de la necesaria unidad de la umma, la comunidad de los creyentes, en su misión sagrada. La modernización económica tampoco es causa de distanciamiento: salvo en la usura, la economía es omnipresente en el Corán, desde la limosna legal al botín. También esta ahí la exigencia de una base territorial, Medina en el caso del Profeta, para organizar poder y expansión, así como la forma de llevar a cabo la guerra, mediante razias por sorpresa contra los bastiones del enemigo. Por algo en el Estado Islámico se ha visto la conquista de Ramadi como nueva batalla de Badr, en la cual el Profeta logró una victoria decisiva contra sus adversarios de la Meca. (Antonio Elorza, 10/06/2015)


Burka:
Mientras la opinión pública sigue con un interés morboso, y sin escandalizarse, la relación entre el rey Juan Carlos con una alemana, me pregunto cómo hubiera reaccionado si fuera la reina Sofía quien tuviera un “amigo entrañable”. Aunque, las leyes otorgan la igualdad entre los géneros, la persistente cultura patriarcal sigue sin reconocerla. Incluso puede que fuese ella misma, quien a pesar de su poder, renunciase por su educación tradicional y religiosa a ejercer este derecho. ¿En qué lugar queda su “libre elección”? “La voluntad propia de llevar el burka” y la libertad religiosa son los argumentos ofrecidos por el Tribunal Supremo para anular la Ordenanza del Ayuntamiento de Lleida que prohibía el uso del velo integral en edificios públicos. Que las religiones hayan instalado en los cerebros de sus adeptos “un gran hermano” armado con el fuego del infierno, lo cual hace innecesaria la presencia de un varón carabinero para que les coaccione, no justifica el profundo desconocimiento del Tribunal respecto al velo integral —que no es religiosa ni cultural— y los motivos de su uso, que es absolutamente político: es la marca de la corriente wahabita fabricada en Arabia Saudi. Por otro lado, de qué “libertad” se habla cuando se sabe que las mujeres emburkadas carecen del elemento fundamental que da sentido al ejercicio de la liberad: tener acceso a la información. Mujeres a las que se les prohíbe entrar en comunicación con otras personas, debatir ideas, viajar, ir al cine, escuchar música, amar, elegir al hombre con el que vivirán el resto de sus vidas, ni qué decir de participar en la vida social, ¿cómo pueden desarrollar libremente (dentro de las condicionantes convencionales) su personalidad, si el “plan” justamente es impedir que sean autónomas y libres? Además, no es lo mismo llevar niqab en occidente que en Arabia, donde los hombres, al no sentirse amenazados por rivales, les permiten trabajar y asomarse a la vida social. En Europa, ellas no son ni el segundo sexo. ¿Qué hay de “libre elección” en una niña de 9-10 años, que carece de idea sobre la religión, para cubrirse con esta prenda? Deben ser atendidas por psicólogos aquellas adolecentes con las hormonas a flor de piel, en España, en Dubái o en China, afirman que les gusta esconder su rostro para huir de las miradas de los chicos. El trastorno de personalidad que sufrirá una menor, adoctrinada en valores como obediencia, sumisión y represión de los instintos básicos y más humanos, asustada por el pecado que supone bailar, cantar, soltar una carcajada, tocar, vestirse de colores o hablar con un compañero, es intratable. Ni qué decir del secuestro de sus sueños y perspectivas. Vive permanentemente en un estado de terror: a la familia o a Dios. Para quienes dirigen este “feminicidio blando”, una niña es considerada adulta en sus obligaciones (las mismas que se le asignó hace unos siglos), y una adulta siempre es menor en cuanto a sus derechos, para cuyo ejercicio necesitará la autorización del varón. El velo tampoco protege a las mujeres de la agresión sexual, como suelen insistir. El índice de violaciones en los países musulmanes es mayor que en un país europeo, ya que al sistema patriarcal y la supremacía masculina que comparten, se añaden las prohibiciones sexuales; ni impide que ellas se conviertan en mujer-objeto, todo lo contrario, ya que aquella prenda oculta el nivel de la inteligencia, las virtudes, los pensamientos de su portadora, para transmitir el único valor que posee: ser una persona de sexo femenino, que desde la fidelidad será la propiedad exclusiva de un solo hombre. En un mundo lleno de incertidumbres y carencias —un valor seguro— tranquiliza a determinados varones. El Tribunal, que confunde el oscurantismo promovido por unos movimientos políticos con la cultura de millones de personas, en sus argumentos huye de la responsabilidad de vigilar los derechos de ciudadanía de estas mujeres que ya son o serán españolas y cuyo número crece paralelo al avance de la extrema derecha ultraconservadora. Las autoridades carecen de políticas de integración que impida la formación de guetos, donde el rechazo mutuo entre estas familias y los demás vecinos creará conflicto social, explotado por hombres de ambos lados que esperan su momento de gloria y poder. El velo y la religión En el Corán no existe ningún versículo que obligue o aconseje a las mujeres cubrirse la cabeza, el pelo y ni mucho menos el rostro. Para el libro sagrado la ropa es “como un adorno. Pero la ropa de rectitud es mejor” (7:26), y se diferencia del Génesis (3.7, 21) en el que los primeros humanos se cubrieron “sus vergüenzas”, por pudor. La libertad absoluta de vestimenta no existe en ningún país, de lo contrario uno podría ir en bañador a una reunión o andar por las calles con el uniforme Nazi. Suena a chantaje y manipulación afirmar que al prohibir el velo integral ellas serán las perjudicadas, se les impedirá salir a la calle, como si esto no fuera un delito: retención ilegal. Aunque en realidad, las emburkadas de las familias trabajadoras deben seguir realizando sus tareas domésticas: ir a comprar alimentos y llevar a los hijos al colegio; lo harán con un pañuelo y una túnica larga, lo cual sería un paso adelante. La occidentofobia y la modernofobia es la otra cara de la islamofobia. Impedir que las mujeres tengan relaciones con un entorno ominado por Koffar (no creyentes) es una forma impedir que se empapen de reivindicaciones, que desmoronaría su carcomido sistema. Es un acto de provocación hacer caricaturas de Mahoma y también lo es convertir esta prenda en la bandera del totalitarismo misógino, cuya doctrina, muy estructurada, otorga el estatus de “subhumano” a las mujeres: seres creados para servir al hombre y obedecerle hasta que la muerte de ella les separe. La segregación es una política al servicio de “divide y gobierna”. El relativismo religioso-cultural, que protege el esfuerzo de una “comunidad de mantener su seña de identidad”, impide la crítica hacia las costumbres humillantes o atroces, mitifica el atraso y el subdesarrollo (que no es el decrecimiento alternativo al consumismo deshumanizado), por no decir que oculta la pérdida de valores de una izquierda que hace unos años eran firmes e innegociables: empieza por “respetar” el velo, y termina por justificar la ablación, la poligamia y silenciar la violencia de género. La otra cara de la falsa defensa del laicismo es la de los políticos occidentales que financian y arman a los peores integristas en Afganistán, Irak, Libia, Siria y Mali para sus macabros y deshonestos fines. Autorizar el regreso del oscurantismo petrificado por los taliban europeos echa por la borda las conquistas sociales de aquí, y dificulta aun más la lucha de millones de personas allá por parar los pies a los que en nombre de Dios, siguen avanzando y dejando tierras quemadas detrás de sí. Sin rostro, no hay sociedad Las mujeres pashtunes de Pakistán y Afganistán llevan la prenda llamada burka (adulteración de la palabra purda, “cortina”) como signo de identidad étnica y no religiosa; por su parte el niqab, propio de las mujeres de la Península arábiga, y parecido a lo que llevan los hombres del desierto, es un invento para protegerse de las inclemencias del clima. Asignarle simbolismo de distinción étnica, social o religiosa, es posterior. Martha Zein, la analista de imagen, señala cómo el Occidente cristiano ha basado la individuación del ser humano en la existencia de un rostro —esa sede de los órganos de los sentidos—, y que fue Platón quien buscaba la “verdad” en la cara humana. Con el Renacimiento el rostro encarnó al individualismo moderno, que luego en el Pop-Art, y hoy en el Facebook, alcanza su máxima. Si el rostro es el espejo del alma, los gestos faciales y corporales juegan un papel importante en el desarrollo de la comunicación, el lenguaje, y la inteligencia. Aun así, el rostro, esa identidad individual e irrepetible de la persona, es más que eso. Una mujer a la que se le impide ver, oler, oír, sentir, tocar, es un cuerpo de mujer, existe de cara a su familia, no un ser social, carece de identidad. Las prohibiciones —como la ley contra la violencia de género—, son necesarias y deben ir paralelas a la concienciación social. En una sociedad avanzada la igualdad entre los sexos es un valor indiscutible e irrenunciable que debe ser cumplido. (Nazanín Armanian, 03/03/2013)


Fundamentalistas violentos:
Con el machete ensangrentado en las manos, el creyente que acaba de asesinar a un soldado en Londres se dirige con toda tranquilidad a la cámara más próxima y empieza a recitar su memorial de agravios: “Tenemos que atacarles como nos atacan a nosotros: ojo por ojo y diente por diente. Les pido disculpas a las mujeres que han tenido que verlo, pero en nuestro país las mujeres tienen que ver lo mismo…” No oculta su rostro con un pasamontañas ni escapa antes de que llegue la policía, como solían hacer, después del tiro en la nuca, los creyentes en la Euskal Herria Una, Grande y Libre. No tiene, por supuesto, la menor duda, pues defiende la Verdad Absoluta, como hacían los tribunales de la Santa Inquisición y los jueces al servicio del Padrecito Stalin. De hecho, si la Iglesia Católica y el Partido Comunista llegaron en sus buenos tiempos a tener el poder que tuvieron fue gracias a la firmeza con que compartían la fe en sus Pastores los respectivos rebaños. Dos bombas en el maratón de Boston. Un islamista acuchilla a un soldado francés siguiendo el ejemplo londinense. Un joven creyente de izquierdas muerto de un golpe en la cabeza por un joven creyente de ultraderecha en París. El Ejército egipcio, junto a la parte del país que quiere entrar en el siglo XXI, se levanta contra los creyentes musulmanes que quieren volver a la Edad Media y empiezan los choques sangrientos. Más atrás, los hutus y los tutsis, los católicos y protestantes en Irlanda del Norte, Ordine Nero y las Brigadas Rojas en Italia. Antes el Holocausto y el Gulag… No todos los creyentes son asesinos ni todos los asesinos son creyentes. Hay personas muy nobles que contribuyen a mejorar el mundo siguiendo sus creencias. Y hay incrédulos que matan para obtener un beneficio económico o acabar con un conflicto personal. Pero, como decía Solzhenitsyn, los crímenes particulares pueden llegar a causar unas docenas de muertos; para matar a miles de personas hace falta una ideología. Y cuando una ideología se blinda contra la argumentación racional, se impregna de emocionalidad y se convierte en el núcleo de la identidad grupal, es cuando propiamente se puede denominar “sistema de creencias”. Pero el creyente que, ante el cuerpo ensangrentado de su víctima, se dirige tranquilamente a una cámara para acusar al Ejército británico de asesinar musulmanes, muestra con ello (de forma especialmente diáfana) una característica habitual en los agresores creenciales: la convicción de la propia inocencia. No hay terrorista que no se considere víctima (real o potencial) del enemigo que amenaza a su pueblo (o a su religión, o a su clase, o a su tribu…). Todo criminal creyente se considera justo por definición. Aunque también es cierto que la mayor parte de los criminales de otros tipos (los que producen víctimas a menor escala cuantitativa, aunque no siempre con menor brutalidad) también suelen tener justificaciones que consideran irrefutables: el psicópata culpa de la barbaridad que ha hecho a su padre (o a los curas del colegio, o al jefe que lo explotó); el violador acusa a las mujeres de provocarle (o de humillarle, o de despreciarle); el delirante es un auténtico maestro en el arte de inventarse el más temible perseguidor… Hay tres características de las creencias (en el sentido estricto del término, no en el genérico) que las hace particularmente peligrosas. La primera es de tipo cognitivo, pues no hay forma de comprobar si lo que afirman es verdadero o falso (cuando la hay ya no son creencias, sino conocimientos científicos o ideas lógicas, unos y otras discutibles y modificables). La segunda es la carga emocional que el creyente deposita en ellas y que las hace adorables u odiosas, pero nunca afectivamente neutras. La tercera es que tienden a constituir el núcleo espiritual del grupo que las comparte y con ello se diferencia radicalmente de las comunidades vecinas de “infieles”, “extraños” o “bárbaros”. Esas tres notas juntas son las que explican la peligrosa tendencia de las creencias a transformarse primero en dogmas, después en fanatismo y por último (en el peor de los casos) en masacres. Ellas hacen que solo sea un verdadero creyente el que está dispuesto a morir (y sobre todo a matar) por la Causa. Al abrir cada día el periódico tiene uno la impresión de que le va a salpicar la sangre derramada por algún verdadero creyente, aunque nunca se pueda pronosticar antes de abrirlo si el matarife de turno es de derechas o de izquierdas, místico o materialista, de los hunos o de los hotros (como escribía Unamuno). Por eso sería bueno darse cuenta de que la más importante reforma educativa que deberíamos plantearnos no pasa, desde luego, por reforzar la enseñanza de la Religión Única y Verdadera (ni la de Rouco, ni la de Maduro, ni la de Ahmadineyad, ni la de Kim Jong-un), sino todo por lo contrario: por estimular el pensamiento crítico, el sano escepticismo, la discusión razonable y la ilustración laica, que son las únicas vacunas capaces de protegernos contra las sanguinarias seguridades de los auténticos creyentes. (José Lázaro, 28/07/2013)


Islam y ética:
Del islam, como de Santa Bárbara, nos acordamos cuando truena. Y ese es mal momento para comprender. La tragedia de París ha venido a completar una serie de noticias inquietantes. El islam se ha convertido en amenaza. Sin embargo, me parece necesario reflexionar sobre este asunto desde la educación, porque tal como la entiendo es la ciencia del futuro deseable. En este momento, se habla de una guerra del islam contra Occidente, cuando habría que hablar de un enfrentamiento interno dentro del mismo islam. Muchos imanes han rechazado los actos terroristas y la violencia en general. Y muchos musulmanes moderados ven un gran peligro en el “estado islámico”. Como ha denunciado Gilles Kepel, en su libro Fitna. Guerre au coeur de l’islam, hay una guerra interna –fitna– emprendida por los militantes yihadistas para dominar las mentes de sus correligionarios, a fin de instaurar el “estado islámico”. Los representantes del islamismo más moderado, más espiritual, insisten en que su religión es pacífica y caritativa, por lo que consideran que el islamismo político la pervierte. Sin embargo, no parece que los espirituales estén defendiendo su postura con la suficiente claridad y energía, en parte porque dependen política y económicamente de regímenes que mantienen una postura ambigua con los integrismos. Recordemos que unas creencias pacifistas pueden ser compatibles con unas acciones violentas. La intolerancia ha acompañado frecuentemente a las religiones monoteístas. La mansedumbre cristiana coexistió con las cruzadas. Precisamente porque Europa cometió muchos errores, podemos colaborar para que no se repitan. Para conseguirlo, el mundo islámico en su conjunto –también los moderados y espirituales– necesita –como necesitó el mundo cristiano– tres acciones conectadas entre sí: una defensa decidida de la democracia, el cultivo de un pensamiento crítico y la sumisión a una ética laica universal. Necesita el revulsivo que supuso para Occidente la Ilustración, que no fue un movimiento antirreligioso, sino que sirvió para que la religión se liberara de algunos de sus excesos. 1. Defensa decidida de la democracia Fátima Mernissi, profesora en la Universidad de Rabat, educada en un harén y en una escuela coránica, afirma que no es la religión, sino el despotismo de sus dirigentes, lo que produjo la “amputación de la modernidad” que ha empobrecido intelectualmente al islam. ¿Por qué el islam teme a la democracia?, se pregunta. “Porque afecta al corazón mismo de lo que constituye la tradición: la posibilidad de adornar la violencia con el manto de lo sagrado”. En el año 2000, el citado Kepel, en su gran libro Jihad. Expansion et déclin de l’islamisme, auguraba una democratización del islamismo, pero en estos años la esperanza no se ha realizado. En el libro de Michel Houellebecq Sumission, cuya aparición ha coincidido con los trágicos sucesos de estos días, se echa más leña al fuego, fabulando una islamización de la República francesa, una invasión suave. En muchos países se ha establecido una peligrosa alianza entre la religión islámica y regímenes no democráticos, que impiden el diálogo. Todo lo que sea favorecer la democracia ayudará a resolver los actuales enfrentamientos. Nunca ha habido guerra entre naciones democráticas. 2. La protección del pensamiento crítico En sus comienzos, la religión musulmana era teológicamente liberal. Por eso no constituyó una Iglesia institucionalizada. Pero dos acontecimientos cambaron su rumbo: el aplastamiento de los mu’tazilíes, y el final de la iytihad. Los mu’tazilíes defendían una interpretación racional del Corán. Pensaban, como pensó nuestro Averroes siglos más tarde, que “si hay una contradicción entre el resultado de una demostración racional y el sentido aparente del texto sagrado, este debe ser interpretado para que no haya contradicción”. Averroes fue condenado –no sólo por sus correligionarios, sino también por las autoridades católicas–, de la misma manera que en el año 846 lo habían sido los mu’tazilíes. El segundo acontecimiento sucedió a mediados del siglo XIII, cuando los ulemas decidieron que se cerraba “la puerta de la iytihad”, el esfuerzo por la reflexión. A partir de ese momento, los teólogos y filósofos musulmanes debían limitarse a repetir lo ya dicho. Algo muy parecido sucedió en el mundo cristiano, pero ni sus teólogos ni sus filósofos soportaron la prohibición. Eso es lo que reprocho a los musulmanes no islamistas: rechazan con toda razón la violencia, pero no rechazan con la misma contundencia otros aspectos relacionados con su marco conceptual. El ejercicio del pensamiento crítico es la gran defensa contra el fanatismo. 3. El respeto de los derechos humanos El tercer elemento que facilitaría la convivencia es la sumisión de la moral religiosa a la ética de los derechos humanos. Esto también le costó reconocerlo al cristianismo, pero acabó comprendiendo que esa ética era su gran protección. El derecho a la libertad de conciencia, o a la libertad religiosa, no ha sido nunca un precepto religioso, sino laico. Los derechos humanos son la mejor protección de la religión que ha habido a lo largo de la historia. Los islamistas, por supuesto, no respetan los derechos humanos, pero los musulmanes moderados, espirituales, tienen una concepción de ellos que conviene aclarar. Las naciones islámicas han firmado muchos de los Pactos Internacionales sobre derechos del hombre, pero en 1990 la Conferencia Islámica adoptó la Declaración de El Cairo sobre los derechos del hombre en el islam. Se presentó como una declaración complementaria, pero pertenece a un mundo conceptual distinto a la declaración universal, porque afirma que esos derechos son reconocidos en el marco de la sharia, código jurídico de origen religioso, deben ejercerse según los métodos de la sharia, y su validez depende de Alá. Debemos utilizar ejemplarmente esos tres antídotos contra la intolerancia religiosa y el fanatismo –la democracia, el pensamiento crítico y la ética de los derechos humanos–, sólo así demostrarán su fortaleza. Y necesitamos fomentarlos en las escuelas. Por supuesto, también en las escuelas con alumnos de otras religiones. Todos los niños y los adolescentes tienen que conocer la transcendencia de esos factores, conocer cuál es su alcance, su fundamentación, aprender de la historia lo que sucede cuando no se respetan, fomentar su ejercicio. Siendo estos conocimientos tan necesarios, resulta incomprensible que la nueva ley de educación permita elegir entre educación religiosa y educación ética. Y también que las autoridades eclesiásticas no comprendan que la ética laica –que, por supuesto, ha aprovechado una parte importante de las grandes tradiciones religiosas– no es un enemigo a batir, sino una gran protección. Las persecuciones que sufren los cristianos en algunos países –encabezadas por fanáticos religiosos– no se arreglan con más religión, sino con más ética, es decir, con mayor respeto a la dignidad de todos los seres humanos. Además, teólogos, filósofos, educadores de todas las culturas deberían volver a justificar la posibilidad, la conveniencia, la necesidad de alcanzar consensos estables sobre los derechos humanos, porque, tenemos la clara evidencia de que cuando se transgreden inevitablemente surge el HORROR. Basta con leer el periódico para comprobarlo. (José Antonio Marina, 13/01/2015)


Escritos:
Como musulmanes, nuestra primera y lógica reacción ante las atrocidades cometidas en nombre de nuestra región es de incredulidad, indignación y un impulso natural de distanciarnos de sus autores. “Estos actos salvajes”, “ese John el yihadista” —el tristemente famoso verdugo de los rehenes del Estado Islámico (EI), identificado recientemente como el londinense Mohamed Emwazi— “no tienen nada que ver con el islam”, exclamamos. Aunque esta actitud es comprensible, resulta sospechosa desde el punto de vista intelectual y es completamente irresponsable. ¿Estaría alguien de acuerdo si se dijera que las Cruzadas no tuvieron “nada que ver” con el cristianismo? La verdad, hay demasiados entre nosotros que parecen indignarse más por unas caricaturas de un periódico que, en definitiva, carecen de importancia, que por la abominable caricatura que pintan de nuestra religión grupos como el EI y Boko Haram. Y, si bien es posible que los problemas sociales y económicos o las humillaciones a manos de los cuerpos de seguridad sean factores que contribuyen a la radicalización de nuestros jóvenes —como parece haber sucedido en el caso de Emwazi—, no sirven para explicarla en toda su dimensión. Por suerte, cada vez son más los musulmanes que dicen: “Medina, El Cairo, tenemos un problema”. Cada vez son más los que exigen reformas. ¿Pero qué quiere decir esa palabra? Por supuesto, son absolutamente necesarios la renovación del pensamiento islámico y un nuevo impulso a la relectura de los textos (ijtihâd). Hasta que no se emprenda un esfuerzo serio en este sentido, los musulmanes continuarán en manos de las interpretaciones literales y obsoletas de nuestras escrituras sagradas. La libertad, la igualdad de derechos para todos los ciudadanos, el Estado de derecho, el sufragio universal, la responsabilidad y la separación de poderes (entre Estado y religión) son nuestros principios como musulmanes del siglo XXI. Con ellos en mente, recordemos las palabras del estudioso paquistaní, reconocido mundialmente, Muhammad Khalid Masud: “En el pasado, los juristas musulmanes eran muy conscientes de la necesidad constante de resolver las contradicciones entre las normas sociales y las normas legales. Adaptaban sin cesar las leyes a las costumbres y los criterios de la gente. La base normativa de las instituciones y conceptos como familia, propiedad, derechos, responsabilidad, criminalidad, obediencia civil, orden social, religiosidad, relaciones internacionales, guerra, paz y ciudadanía han cambiado de manera considerable durante los dos últimos siglos”. Así que pongámonos manos a la obra. Pero no basta con la interpretación. Debemos examinar con detalle, espíritu crítico y honestidad los textos que constituyen el núcleo de las enseñanzas en los centros educativos más prestigiosos de nuestra fe. Debemos contraponer la frase mencionada más arriba de que los actos violentos de terrorismo no tienen “nada que ver con el islam” con la veneración que algunos de nuestros más distinguidos y respetados eruditos muestran por libros como Min Haj el Talibin, del prestigioso jurista Araf el dine el Nawawi, que recomienda lapidar a los adúlteros, o Es sarim el maslul ala chatim el rasul, de Ibn Taymiyya, o la obra de Taqi al-Din al-Subki’s Es seyf el maslul ala men sabba al rasul, dos títulos que pueden traducirse más o menos como “Desenvainamos la espada contra aquel que habla mal del profeta”. Las detalladas recetas que contienen sobre cómo castigar la blasfemia, la apostasía y el adulterio sirven de base no solo para que el EI y Boko Haram puedan asegurar que su corriente del islam es absolutamente rigurosa, sino para muchos Estados musulmanes conservadores. No cabe duda de que, durante siglos, se persiguió, esclavizó o asesinó a muchos pueblos en nombre de Cristo. Bartolomé de las Casas, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, narraba las atrocidades cometidas por los españoles contra la población indígena en los primeros decenios de colonización de las Indias occidentales, y protestaba alegando que los nativos eran humanos y, por consiguiente, no había que matarlos ni esclavizarlos… al contrario que los africanos. Ahora bien, con posterioridad, sin prisa pero sin pausa, la reforma religiosa y los valores de la Ilustración permitieron que los cristianos se deshicieran de esas prácticas. A comienzos del siglo XX, muchos conservadores europeos pensaban que la obra del “intelectual” francés Joseph de Gobineau Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas era un libro de “ciencia”. Desde entonces ha pasado a las secciones de “historia” o “antropología” en las bibliotecas. Ya es hora de que varios elementos importantes de las enseñanzas clásicas del islamismo sigan el mismo camino. Tenemos que estudiar cómo es posible que algunos sectores de nuestras comunidades, como la organización británica de defensa de los musulmanes CAGE, que tuvo muchos tratos con Emwazi, estén alentando a nuestros jóvenes a considerarse víctimas y diciéndoles que la brutalidad policial, los judíos, Estados Unidos, Israel, la pobreza o incluso la “sociedad” tradicional son los culpables de que el joven se transformara en John el yihadista. En lugar de prestar atención a los ideales originales y universales de nuestra religión —la misericordia, la libertad y la justicia—, nos hemos aficionado al victimismo y las teorías de la conspiración y nos hemos enfrascado en discusiones sobre los medios (y el atuendo) apropiados para alcanzar esos ideales. Nuestra decadencia se debe precisamente a esta confusión que muchos de nosotros tienen entre los fines y los medios del islam, a nuestra incapacidad colectiva de mantener la convergencia inicial entre la fe y la moral, que constituye la base genuina de una conciencia saludable: la espiritualidad. La religión, sin ese espíritu ético y moral, no significa nada. Y si no significa nada, no tiene sentido. ¿No ha llegado el momento de que entablemos un debate sincero sobre dónde está el límite entre religión y cultura? Las dos están entrelazadas, desde luego, pero, si un musulmán marroquí no es inferior a otro saudí, ni superior a un belga, ¿no debemos suponer que la religión consiste en los elementos que tienen en común entre ellos en su interpretación y práctica del islam, mientras que todo el resto (vestimenta, relación con sus respectivos reyes, etcétera) es cultura? Gran parte del conservadurismo que hoy se asocia con el islam se remonta en realidad a las costumbres preislámicas de los beduinos, que nuestro profeta, un auténtico innovador, se esforzó en abolir. Muchos tópicos y muchas teorías de la conspiración populares entre nuestros jóvenes proceden directamente de la concepción del mundo, tergiversada y antioccidental, de numerosos Gobiernos en el mundo árabe. Vivimos en una época en la que tres de cada cuatro musulmanes no son árabes; solo dos de los 22 países pertenecientes a la Liga Árabe pueden presumir de ser verdaderas democracias; se traducen cuatro veces más libros al griego (alrededor de 10 millones de hablantes) que al árabe (aproximadamente 350 millones de hablantes). ¿No deberíamos reconocer que el arabocentrismo histórico de nuestra religión se ha convertido en un lastre y que los musulmanes que no son árabes son tan legítimos y respetables como los que lo son? Aquellos de entre nosotros que desean convencer al mundo de que ciertas costumbres falocráticas como el sistema de tutela masculina, la prohibición de que las mujeres conduzcan o la imposición del niqab son ontológicamente “islámicas” necesitan que otros musulmanes les digamos, antes que nadie: no es así. (Adnan Ibrahim, Felix Marquardt y Mohamed Bajrafil ,09/03/2015)


Carta:
Querido hermano criminal: Siento necesidad de llamarte de esas dos maneras. Porque, si creo en un Dios que es Padre de todos, no dejas de ser mi hermano, aunque te considere criminal. Desde esa fraternidad comenzaré por una confesión. Mi Iglesia, hace cosa de ochos siglos, montó “cruzadas” absurdas y mató musulmanes “para rescatar el sepulcro de Cristo”, aunque nuestra fe profesa que más importante que esa tumba es el Cristo vivo en todos los hombres. Pertenezco a una Europa cuyo progreso se debe en parte a la esclavitud de africanos en el siglo XVIII y al reparto de África por potencias europeas en el XIX. Occidente, que se considera avanzadilla de la democracia, sostiene dictaduras cuando tienen petróleo. Nunca leí Charlie Hebdo y no sé si insultaba, pero nosotros confundimos a veces el derecho a la libertad de expresión con el falso derecho a insultar y faltar al respecto. Alardeando de civilizados ponemos esa libertad de expresión (que nada nos exige) por delante de derechos elementales de otros (derecho a una alimentación y vivienda dignas fruto del trabajo) y toleramos que derechos tan primarios sean pisoteados, mientras exigimos libertad para faltar al respeto. Por todo eso debo pedirte perdón. No me considero inocente. Pero duele más tener hermanos asesinos que hermanos asesinados: el mal destroza más al que lo comete que al que lo padece. Por eso te digo que vuestra inhumanidad y vuestra criminalidad son injustificables: las víctimas son sagradas por ser víctimas, no porque sean inocentes. Los crímenes del pasado enero en Francia y otros actos terroristas son abominables: sobre todo por atacar a personas concretas sin más pecado que pertenecer a un país donde hay culpables. Si tan valientes sois ¿por qué en vez de asesinar a ciudadanos inocentes, no intentáis eliminar a los responsables más altos? Además ofendéis al Dios al que pretendéis defender: el grito de Alahu Akbar proferido tras matar a un ser humano sólo puede significar dos cosas: o “Dios es criminal”, o “yo soy un ególatra que me encumbro amparándome en Dios”. Dos blasfemias. Con el agravante de que el islam no tiene una voz oficial última (algo como un Papa o un consejo mundial de iglesias) que pueda excluiros y proclamar oficialmente que no sois el verdadero islam. En el islam cabe tanto vuestra barbarie como la bondad del policía musulmán que murió defendiendo a vuestras víctimas. Me pregunto si sois realmente criminales o simplemente incultos. Pero puedo decirte algo muy elemental: toda fe religiosa es necesariamente dinámica: crece y cambia conforme crecemos nosotros. En el caso de mi fe cristiana, reconocemos que muchos textos del Primer Testamento están hoy superados: transmiten algo válido (vg. que Dios es justo y ama la justicia) pero lo transmiten de forma hoy inservible, propia de tiempos más oscuros en que la guerra era una profesión más. Si efectivamente los hombres somos historia y progreso ¿por qué no habría de ser posible una lectura semejante del Corán? Dicho desde mi horizonte personal: nosotros hemos hablado mucho de “razón y fe”; y sostenemos que no pueden contradecirse porque ambas proceden del mismo Creador, aunque una supera a la otra. Rechazamos por eso los fundamentalismos que afirman una fe sin razón o contra la razón. Es verdad que proclamamos muchas veces una razón falsificada, que no podrá entenderse con la fe porque es una razón al servicio del dinero; y así falsificamos esa laicidad de la que alardeamos: pues la laicidad es aconfesional y nosotros adoramos al Dinero Todopoderoso. En una auténtica laicidad no cabe más sacralidad que el respeto a todo ser humano. Y vosotros, cuando venís aquí, experimentáis (a veces en carne propia) la falta de respeto con que nosotros tratamos a los pobres, mientras doblamos nuestras rodillas ante los millonarios. Te pondré un ejemplo de esa razón corrompida. Imagínate que al día siguiente de las impresionantes manifestaciones del 13 de enero, algún diario de Argelia o Egipto o Túnez publica un dibujo de aquellas marchas y (como en ellas se cantó La marsellesa) incrusta una viñeta que dice “marchons, marchons, avec cuillons, enfants de la merde” (o algo de este jaez). ¿Sonreiría Francia ante esa parodia hortera, como homenaje a la libertad de expresión? Y sin embargo, hubo en aquellos días cosas humanamente admirables: como la portada perdonadora del Charlie Hebdo del 14 de enero (aunque vosotros consideráis prohibidos los dibujos de Mahoma, debéis aceptar que eso sólo obliga a los musulmanes). Cosas tan admirables que me hicieron recordar la frase de Camus (“en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”). En resumen: puedo concederte que no protestáis contra los “valores de Europa” (como algunos dijeron) sino contra la corrupción que hemos hecho de esos valores. Pero deberás reconocerme que el asesinato desautoriza toda protesta, por sagrada que parezca. Quizá nos encontraríamos más si, por ejemplo, vosotros leyerais a Camus y a Simone Weil (que propuso una “Declaración de los deberes del hombre”), y nosotros leyéramos a Ibn Arabí o a Rumí (con sus profesiones de una religión del amor). (José Ignacio Gonzalez Faus, 15/02/2015)


Viaje:
Sucedió durante la inauguración de una planta potabilizadora de agua, en el barrio de Yarmouk de Bagdad. Una multitud de niños asediaba a un grupo de soldados estadounidenses que repartía caramelos, cuando un coche giró bruscamente y se dirigió hacia ellos a gran velocidad. Inmediatamente después se produjo la primera explosión. Aún flotaban en el aire los ecos del estampido cuando otro vehículo siguió el mismo camino, y una segunda explosión, aún más violenta que la anterior, sacudió las casas adyacentes como si fueran de papel. Cuando el humo se disipó, los niños habían desaparecido. En su lugar un número indeterminado de diminutos zapatos, sandalias y restos humanos aparecieron esparcidos por el suelo en un radio de varias decenas de metros. A dos calles de distancia fue encontrada la cabeza de uno de los terroristas, sorprendentemente intacta. Pertenecía al hijo de una acomodada familia saudí. El desencadenante Fue a partir del otoño de 2004 cuando los terroristas empezaron a llegar en masa a Irak. Lo hacían desde Siria, siguiendo el serpenteante curso del río Éufrates hasta Faluya, al oeste de Bagdad. Una ruta que los norteamericanos bautizaron como la Línea de las ratas. El procedimiento para entrar en Irak era sencillo. Bastaba con viajar a Siria y, una vez allí, declarar como destino final Turquía. Así se obtenía el visado de tránsito. Luego solo había que tomar un autobús hasta la frontera y vestir y comportarse como un occidental para entrar en el país. En cuestión de pocas semanas, la situación empeoró drásticamente para las tropas estadounidenses y, sobre todo, para la población civil iraquí, la cual, en su inmensa mayoría no se había dejado seducir por las incendiarias soflamas de las diversas facciones insurgentes. Muy al contrario, los iraquíes habían confiado en que, desaparecido Saddam Hussein y reducido el partido Baath a la mínima expresión, la prometida reconstrucción del país, regada generosamente con dólares americanos, traería consigo la prosperidad y, sobre todo, la paz. A fin de cuentas, lo que los habitantes de Irak anhelaban, como los de cualquier otra parte del mundo, era seguridad y un horizonte de futuro. Dentro de este esquema, la democracia era algo secundario; una palabra extraña cuyo significado casi nadie alcanzaba a entender. Pero Irak era un Estado arrasado, donde las infraestructuras y los organismos oficiales se habían volatilizado tras los intensos bombardeos previos a la invasión. Y lo poco que había quedado en pie, incluidos los registros civiles, los censos y los historiales médicos, había sucumbido a los saqueos posteriores ante la inexplicable pasividad y desidia de las tropas invasoras. Nada funcionaba. En la inmensa mayoría del país no había electricidad ni agua corriente. El Ejército y la policía habían sido disueltos y cualquier signo de autoridad o presencia del Estado había desaparecido. En definitiva, el caos era absoluto. Un error sobre otro Para terminar de complicar las cosas, en Irak los grandes núcleos urbanos son escasos. Y los municipios menores, de unas pocas decenas de miles de habitantes, están dispersos y rodeados por infinidad de pequeñas aldeas que era imposible controlar, lo cual hacía que garantizar la seguridad y los suministros se convirtiera en un problema logístico sin solución. Así, mientras en el interior de poblaciones medias como Balad, de mayoría chiíta, asegurar la paz era relativamente sencillo, bastaba con alejarse unos centenares de metros más allá de sus límites para experimentar en carne propia la violencia de la insurgencia sunita, de Al Qaeda o de cualquier partida de saqueadores. Fue en ese terreno de nadie donde proliferó la insurgencia, haciendo que las escasas vías de comunicación se volvieran cada vez más peligrosas e intransitables. El abastecimiento y el movimiento de tropas se complicó extraordinariamente, los pequeños municipios poco a poco dejaron de ser seguros y los cuerpos de seguridad locales, creados a la carrera por los estadounidenses, comenzaron a disolverse. Finalmente, los insurgentes se infiltraron en las poblaciones y se adueñaron poco a poco de sus calles, propagando el terror. El país entero se sumió en la violencia, y todos los que tenían la piel sospechosamente pálida empezaron a sentir el aliento de la muerte en su nuca. Los políticos, diplomáticos, agregados comerciales, contratistas, analistas, periodistas y hasta los espías tuvieron que recluirse en la llamada Zona verde (Green Zone), un complejo laberinto de muros y fortificaciones que rodeaba algunos edificios oficiales en las afueras de Bagdad. Más allá de ese lugar Irak se había convertido en un territorio hostil donde la seguridad era una abstracción. En consecuencia, quienes debían administrar la reconstrucción del país y negociar la transición, perdieron todo contacto con la realidad. Dejando al margen los controvertidos motivos que dieron lugar a la invasión de Irak en 2003, a los innumerables errores de cometidos por los políticos de Washington se sumó la tenaz oposición de los diferentes actores con intereses en la zona y sus sucursales violentas, cada cual con su propia hoja de ruta, pero con un común denominador: el odio a todo lo occidental. Pero aún faltaba la guinda del pastel. Y a los errores de la invasión de Irak y la ausencia de un plan de reconstrucción y viabilidad del Estado iraquí perpetrados por la administración Bush, Barak Obama sumó un tercero que a la postre ha sido el decisivo: la retirada de las tropas norteamericanas, consumada el 18 de diciembre de 2012. Un vació que tuvo que llenar el nuevo ejército iraquí, que resultó ser, tal y como recientemente se ha podido comprobar, el paradigma de la incompetencia y la corrupción. Hoy, el terrorismo yihadista se extiende con fuerza por Oriente Próximo y golpea en Oriente Medio, Asia, África y Europa de manera regular. Quién lo hubiera imaginado hace tan solo un par de décadas, cuando la caída del régimen soviético pareció vaticinar un mundo occidentalizado y mucho más seguro que el del turbulento siglo XX. El espejismo de la occidentalización En efecto, hasta hace pocos años el triunfo de Occidente parecía una obviedad; su cultura y economía se propagaban por todo el mundo, llegando a florecer incluso en aquellos lugares más refractarios a las sociedades abiertas. ¿Cómo resistirse a esa visión del mundo en la que, además de que el individuo tenía reconocido el derecho a prosperar económicamente, el Estado le proporcionaba seguridad y servicios básicos inimaginables en la mayoría de países? En apenas dos décadas, el influjo de Occidente llegó a todas partes. Desde Afganistán, pasando por la nueva y titubeante Federación Rusa, hasta llegar a la China del partido único comunista. Su música, su literatura, sus productos, su forma de vestir y, en general, su estilo de vida se propagaban sin apenas resistencia. Las grandes transnacionales occidentales se enseñoreaban de Moscú, reproduciendo sus atractivas logomarcas en los lugares más emblemáticos, Mozart fluía a través del hilo musical de los centros comerciales de Pekín, incluso los habitantes de las aldeas remotas de la provincia de Kunar, en el inhóspito Afganistán, compraban televisores que conectaban a grupos electrógenos para ver los partidos del mundial de fútbol. Sin embargo, aquel inicial optimismo fue dando paso a la progresiva pérdida de influencia de Occidente y a una creciente inquietud, hasta que en 2008 la crisis financiera global marcó un punto de inflexión. Hasta entonces no se le había dado excesiva importancia, pero lo cierto es que cada país había adaptado de forma peculiar la influencia occidental. Ahí está, por ejemplo, el paradigma de China, donde el espectacular desarrollo económico y social se ha producido en ausencia de una democracia formal, pues el gobierno y las instituciones, pretendidamente neutrales, están controlados por burócratas que no son elegidos democráticamente. Todo un órdago a la idea de que el progreso y la prosperidad dependen en buena medida no solo de la libertad económica sino también de la libertad política. Otro caso significativo es el de la Federación Rusa, donde el crecimiento económico no ha seguido la senda triunfal de China, y si bien, y al contrario que ésta, acometió reformas democratizadoras, más parece un régimen personalista que una democracia formal. También es obligado referirse a los países emergentes, como Brasil, la India o México, donde el auge económico ha sido formidable, pero que hoy o bien están abocados a una profunda recesión, o bien sus sistemas institucionales están seriamente comprometidos por la corrupción. El siglo XXI ya tiene su utopía totalitaria: la nación-Estado suní Pero de todas las regiones del mundo, es en Oriente Medio donde la influencia occidental ha sido más controvertida. Las élites de la región siempre han considerado lo occidental una amenaza a su poder secular. Por lo tanto, solo han adquirido de Occidente el gusto por el exceso y el lujo. Ni siquiera, como sí ha sucedido en China, han facilitado a sus súbditos el acceso a la economía. Ejemplos de esta resistencia a la apertura económica hay muchos, pero resulta especialmente ilustratvo lo sucedido en el Valle de Korangal 2009, cuando la construcción de una carretera y el pretendido establecimiento de una línea regular de autobuses desencadenó violentos combates entre talibanes y tropas norteamericanas. La razón de aquel repunte de la hostilidades poco tuvo que ver con con argumentos religiosos, ni siquiera soberanos. La realidad es que si aquel proyecto se llevaba a cabo los jóvenes de Korengal podrían ir y venir libremente y encontrar trabajo fuera de sus aldeas, liberándose así de la explotación a la que eran sometidos por los miembros de las shuras. Esta lógica es lo que ha convertido al Islam en un recurso. Hoy el fundamentalismo religioso ha mutado hasta convertirse en una ideología. De hecho, tal y como sostiene Loretta Napoleoni (Roma, 1955), lo que hace que musulmanes de toda condición y procedencia –también los nacidos y educados en Occidente– se incorporen al Estado Islámico es la utopía musulmana de la creación de la primera nación-Estado suní, utopía que es sobre todo y por encima de todo política. Lo que convierte al yihadismo del siglo XXI en algo mucho más peligroso que el simple terrorismo. En conclusión, un cuarto de siglo después de la caída del Muro de Berlín la creencia de que la era de la utopías totalitarias había llegado a su fin se desvanece. Lamentablemente, parece que Occidente solo ha conseguido inocular en el resto del mundo un estilo de vida que cada sociedad asimila a su manera, de forma facultativa. Y tal vez la civilización occidental lejos de haber ganado la partida está a punto de perderla. (Javier Benegas, 30/06/2015)

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