Unión Europea: Integración             

 

Brexit:
Concesiones: Punto medio:
El Brexit es un acertijo que solo se resolverá buscando un punto intermedio. No en vano, una pequeña mayoría fue la que otorgó la victoria a los que votaron por dejar la Unión Europea. Desde aquel referéndum de 2016, el tejido democrático y social del Reino Unido se ha visto profundamente alterado. Ninguna persona digna de crédito considera que se puede lograr una ruptura dura con la Unión Europea sin sufrir importantes perjuicios económicos. Lo lógico sería buscar un término medio que unifique al país cuanto sea posible, que minimice el daño económico y que cambie la conversación para empezar a hablar de las "injusticias acuciantes" que han desfigurado a la sociedad británica, en palabras de Theresa May (una de las personas que contribuyó a agrandar esas injusticias). El problema es que las dos partes han torpedeado, a propósito, la posibilidad de hacer las concesiones necesarias para un acuerdo. El papel de la derecha británica y sus aliados de los medios de comunicación ha sido clave. Los medios conservadores y la jerarquía tory (David Cameron, también) se pasaron años demonizando a los inmigrantes. Eran el chivo expiatorio de males sociales causados por los poderosos, como el estancamiento de los salarios o la crisis de la vivienda. La ideológica austeridad de George Osborne fracasó como proyecto.

La campaña de los conservadores a favor del Brexit combinaba promesas imposibles con ataques hacia los inmigrantes absolutamente inaceptables. Cuando quedó en evidencia que sus promesas eran irrealizables, recurrieron a dos mensajes: el de la traición (la gloriosa revolución del Brexit ha sido interrumpida por una conspiradora élite política), y el de la debilidad y la incapacidad de enfrentarse a la UE. La prensa tory se dedicó a amplificar el mantra que May repetía de forma robótica ("no tener acuerdo es mejor que un mal acuerdo"), así como sus demagógicas y, al fin vacías, diatribas contra la UE. ¿De qué sirvió? Una gran parte de los votantes están hoy más enfadados y desencantados que nunca, y más de un tercio de los británicos apoya una pesadilla autoinfligida: una salida sin acuerdo. Pero miren también lo que pasa al otro lado: la campaña por la Unión Europea sigue sin saber ganarse a los partidarios del Brexit y es que, con honrosas excepciones, no lo han intentado seriamente. De forma consciente o no, en ocasiones han pintado a los 'Brexiters' como una masa de tontos ignorantes, fanáticos de escasa formación. Lo que sí han logrado es enfurecer aún más a los partidarios de quedarse en la UE, al centrar el debate en la falta de legitimidad del referéndum (y no en las crisis sociales que lo provocaron), culpando una y otra vez al gobierno de Rusia, ese titiritero que al parecer mueve los hilos en todos los fenómenos políticos indeseables. Los manejos del empresario Arron Banks [investigado por fraude de campaña] han demostrado la necesidad de una reforma a la ley de campañas políticas, pero el caso se ha usado para sugerir que el resultado del referéndum de 2016 es nulo y no debería tener efecto. Todos los Brexits posibles, por suaves que sean, son presentados por los defensores de la permanencia como la ruina económica y el primer paso de la austeridad masiva. Con ese argumento se asume la austeridad como una necesidad económica antes que opción política. El problema es que así aligeran la responsabilidad de los conservadores que apliquen recortes en una Gran Bretaña post Brexit. Para un partidario de quedarse en la UE como yo, ningún Brexit es bueno. Pero eso no quita que vea el abismo gigantesco que hay entre un Brexit suave, económicamente manejable, y el shock económico de un Brexit sin acuerdo. En el relato del ala dura de los defensores de la UE también hay traidores. El Partido Laborista, dicen, comparte la responsabilidad de esta caída en picado del país (por más que solo tenga el 38% de los escaños). Por supuesto que hay que criticar a los laboristas, especialmente por su traición al argumento a favor de la inmigración (no es que los altos cargos del laborismo consideren que terminar con la libertad de movimientos sea algo bueno, pero han terminado por resignarse). Pero decir que el Partido Laborista no ha resistido es una mentira malvada. La oposición ha sido consistente en el voto contra los programas de Brexit propuestos por los conservadores (entre ellos, el de la enmienda con opción de referéndum). Cuando el laborismo no ha conseguido tumbarlos ha sido porque los llamados rebeldes tories, Anna Soubry entre ellos, se negaron a acompañarles con su voto. Lo que pasa es que el Laborismo votó a favor del Artículo 50, dicen. Es cierto, pero una gran mayoría de los diputados consideraba que tenía que hacerlo para aceptar el resultado del referéndum. "Oponerse a la decisión del país sería profundizar las divisiones en el laborismo y en el país", escribió en ese momento un diputado laborista. ¿Saben quién? Chuka Umunna [que ahora ha abandonado el partido para pasar a formar parte del Grupo Independiente, el cual defiende un segundo referéndum]. Y es que si bien hay muchos diputados laboristas dedicados a la causa, para algunos se ha convertido en una forma de derrotar a unos líderes que desprecian, algo que solo pueden lograr avivando la rabia de los partidarios de la Unión Europea. Así es como han crecido hasta niveles inéditos el enfado y la determinación de los partidarios por irse y de los que prefieren quedarse. El único resultado posible de unos es detener el Brexit. El de los otros, un Brexit sin acuerdo. Son las voces más fuertes en los dos bandos, donde los disidentes son percibidos como traidores o como idiotas útiles para los rivales. El Partido Laborista no ha sabido comunicar bien algunas de sus propuestas, con sus diputados haciendo equilibrios sobre una cuerda cada vez más tensa. Pero la polarización entre los que quieren quedarse y los partidarios de irse ha socavado terriblemente el intento del laborismo de llegar a un punto medio de encuentro entre las partes. A los que acusan al Partido Laborista de no hacer oposición, lo que de verdad les molesta es que el laborismo no dé marcha atrás con el resultado del referéndum. Como si fuera posible ignorar que una mayoría de los diputados se opondría a un nuevo referéndum, cuente o no con el respaldo de la dirección laborista. O ignorar que una mayoría de votantes desaprobó que el laborismo pida un nuevo referéndum. O ignorar que las encuestas del laborismo hayan caído en favor de Ukip y del Partido Conservador desde que se comprometió a eso mismo. Qué demonios, habría que ignorar por completo toda la realidad política. Puede parecer desconcertante que una persona de izquierdas como yo esté predicando las virtudes del término medio. Pero todos tenemos nuestras líneas rojas en política, más allá de las cuales estamos dispuestos a hacer concesiones. Por supuesto que podemos seguir alimentando la rabia de los que quieren quedarse y la de los que quieren irse a partes iguales. Claro que podemos avivar aún más las llamas de la guerra cultural y seguir distrayendo una atención que debería estar sobre "injusticias acuciantes" como el estancamiento del nivel de vida, la escasez de viviendas asequibles y la lucha por los servicios públicos. Pero también podríamos pedir al 52% y al 48% del referéndum de 2016 que hagan concesiones y acabar por fin con unas divisiones falsas y cada vez más irreconciliables por nuestra relación con un bloque comercial. May podría aceptar un acuerdo con el laborismo, pero eso pondría en riesgo la ruptura de su partido y eso, para ella, prima sobre el futuro de la nación. Por razones cínicas y contraproducentes, las posibilidades de llegar a un término medio han sido terriblemente debilitadas en los dos bandos. No hay duda de que sigue siendo la mejor esperanza para sacar a Gran Bretaña del abismo. (Owen Jones, 15/03/2019)


El fiasco del Brexit no puede achacarse al laborismo:
La votación celebrada este martes en el parlamento debería marcar el fin de una mentira. Es posible que esto suene un poco raro, teniendo en cuenta que ese fue el día en que los diputados votaron por una enmienda que exige buscar alternativas al 'backstop' [conjunto de restricciones previsto para evitar controles fronterizos entre las dos Irlandas], una posibilidad que la Unión Europea ha descartado una y otra vez. El martes fue el día en que los diputados conservadores votaron por algo que saben imposible de conseguir. David Lidington, el número dos de Theresa May que hace tan solo tres semanas denunciaba las "fantasías de acuerdos alternativos y mágicos", votó el martes por algo que sabe imposible de conseguir. La primera ministra, que insistía en negar la posibilidad de alternativas a su acuerdo y vapuleaba a sus diputados hasta el ridículo para que se opusieran a otros acuerdos, votó el martes por algo que sabe imposible de conseguir. Y los diputados del norirlandés Partido Unionista Democrático [DUP, por sus siglas en inglés] votaron el martes por algo que saben imposible de conseguir, aunque al menos ellos tienen la excusa de haberse quedado varados en el siglo XVII. El Partido Conservador está sometiendo al país a una comedia. Recitan un guión que, ellos lo saben, no tiene ninguna similitud con la realidad. Están prolongando la confusión dentro de Reino Unido y la humillación puertas afuera solo por defender los intereses del partido. La mentira que terminó este martes por la noche no fue esa sino la idea de que el Partido Laborista tiene voz en lo referente a cuestiones esenciales del Brexit. Los laboristas presentaron una enmienda que evitaba una salida sin acuerdo y ofrecía la posibilidad de un segundo referéndum. También apoyaron la enmienda de Yvette Cooper para extender durante tres meses el artículo 50 y la de Dominic Grieve para organizar votaciones de consulta a planes alternativos al Brexit de May. Las tres enmiendas fueron rechazadas en el parlamento. La razón es que, gracias al DUP, los conservadores tienen una mayoría de votos. Ponerle fin a las divisiones del partido conservador prevalece sobre los intereses de la nación. Esa es la consigna de los diputados tory, independientemente de donde esté su corazón en lo referido al Brexit. Junto a la obsesión de su partido por la austeridad, esa priorización será el origen de la próxima crisis británica. Suena evidente, pero algunas veces decir lo evidente es un acto revolucionario. Y sin embargo hay gente que considera corresponsable al partido opositor, aunque solo tenga una minoría de los escaños parlamentarios. Catorce diputados laboristas votaron contra la enmienda Cooper y se despertó la cólera contra el laborismo. Por alguna razón, los líderes laboristas aparecen como responsables de que haya poco más de doce diputados rebelándose y desobedeciendo las órdenes. Los ataques a Corbyn La verdad es que los ataques dirigidos contra Jeremy Corbyn deberían ser más consistentes. ¿Es un líder autoritario que somete al partido a un terror estalinista, metiendo el miedo en el cuerpo a los diputados con la posibilidad de que los militantes elijan democráticamente a otro candidato? ¿O es un líder que no sabe imponer disciplina entre sus diputados? ¿En qué quedamos? De hecho, y como ha sido publicado en repetidas ocasiones, la presión del movimiento laborista de izquierdas Momentum y el miedo a que los sacaran de sus puestos ha sido esencial para que muchos de los diputados laboristas de derecha no apoyaran el acuerdo de May. ¿Acaso lo que están pidiendo ahora los críticos de Corbyn es aumentar esa presión? Si los ciudadanos están furiosos por el desastre del Brexit, y tienen todos los motivos para estarlo, tendrían que dirigir su furia contra las decisiones del gobierno conservador, votadas y respaldadas por prácticamente todos y cada uno de los diputados conservadores. Repasemos los casos de los llamados conservadores rebeldes. Jo Johnson, por ejemplo. Cuando sus diferencias con el Brexit de May le hicieron dimitir como ministro de Transporte fue aclamado como un héroe de la causa pro Unión Europea y recibido con vítores en un mitin de People's Vote [la campaña por un referéndum que valide el acuerdo final del Brexit], donde fue entrevistado por la estrella del fútbol nacional Gary Lineker. El martes, Johnson votó contra la enmienda no vinculante de la conservadora Caroline Spelman que proponía impedir una salida sin acuerdo. Se opuso a la enmienda Cooper y se abstuvo en la enmienda Grieve. El propio Grieve es otro ejemplo. El año pasado presentó una enmienda al ‘voto significativo’ [que impuso la aprobación parlamentaria del acuerdo del Brexit] y luego terminó votando en contra. O el caso de Nicky Morgan, que se alió con Jacob Rees-Mogg para sacar adelante el "Compromiso de Malthouse", que solo parece servir para hacer más probable una salida sin acuerdo. O el de la pro Unión Europea Anna Soubry, que votó contra la posibilidad de garantizar la residencia en el Reino Unido de los ciudadanos de la Unión y dijo preferir un Brexit bajo un gobierno conservador antes que seguir en la Unión Europea con un gobierno de Corbyn. Los conservadores "rebeldes" Los "rebeldes" conservadores han demostrado una y otra vez ser unos charlatanes y unos embaucadores. Pero el crédito que le conceden a estos "rebeldes" conservadores algunos partidarios de quedarse en la UE parece no tener fin. Es tan grande como su escepticismo cuando se trata de laboristas, ¿por qué? Ah, pero luego dicen que toda la culpa es del Partido Laborista por no haberse pronunciado a favor de un segundo referéndum. Permítanme decirlo suavemente: el parlamento ni siquiera ha sido capaz de apoyar la posibilidad de una prórroga de tres meses para el artículo 50, respaldada por el laborismo. No es que los números no den para otra votación, es que ni siquiera se acercan. El 90% de los diputados conservadores no quiere otro referéndum. En las circunscripciones donde ganó la opción del Brexit, decenas de diputados laboristas hicieron campaña durante las elecciones generales de 2017 prometiendo que no obstaculizarían la decisión de salir de la Unión Europea. Yvette Cooper, por ejemplo, repartía folletos en los que se comprometía a "no votar para bloquear el Brexit". Hacemos bien en condenar a los partidarios del Brexit por prometer durante la campaña cosas imposibles de cumplir. ¿Pero por qué exigimos entonces a los diputados laboristas que rompan sus promesas? Si Corbyn exigiera a sus diputados votar por un segundo referéndum, una gran parte de ellos se rebelaría y la medida no se aprobaría. La campaña de People’s Vote está pidiendo al Partido Laborista que se coloque en una posición que provocaría renuncias masivas entre sus principales diputados, desataría una gigantesca rebelión parlamentaria y el enfado de sus votantes pro Brexit. Y todo eso, para una propuesta que además no tiene posibilidades de ser aprobada. Algunos defienden que hay que hacerlo por el ferviente compromiso con una causa legítima. Otros, como Chuka Umunna, creen que la brecha que eso abriría entre miembros y votantes laboristas con la dirección permitiría fundar un nuevo partido "de centro". Nada de esto significa que haya que absolver al laborismo de todas sus críticas. El partido no ha logrado defender eficazmente las bondades de la inmigración pese a contar con Jeremy Corbyn, Diane Abbott y John McDonnell, figuras clave que crecieron en política haciendo campaña por migrantes y refugiados. Este lunes, los laboristas estuvieron a punto de abstenerse en la ley de inmigración de los conservadores, lo que habría sido escandaloso. Pero decir que el Partido Laborista es corresponsable del caos del Brexit no tiene ningún fundamento. Si hay algo que queda claro con las votaciones parlamentarias de esta semana es esto: el gobierno conservador es la fuente de los males del Reino Unido. Hasta que no se termine, nuestro país está condenado. (Owen Jones, El diario, 02/02/2019)


Salirse:
Un espectro recorre Europa después del Brexit: los referéndums populares sobre la Unión Europea y sus políticas. En el sistema político que las élites europeas creían atado y bien atado se ha abierto un enorme boquete. Aunque dos tercios de los ciudadanos griegos votaran contra la imposición de las políticas de austeridad de la Comisión Europea, se pudo despreciar su voluntad desde Bruselas porque se podía estrangular financieramente a un pequeño país, por muy cuna de la civilización que sea, hasta someterlo. Como al final hicieron, contando con la responsabilidad de Tsipras que tuvo que aceptarlo a la fuerza. Pero el Reino Unido es mucho Reino Unido, con Londres como centro de la finanza mundial y unas fuerzas armadas que son el principal contingente europeo en caso de necesidad. De ahí la violencia de las reacciones contra Cameron y el Brexit en las cancillerías europeas, con la importante excepción de una prudente Merkel. De ahí también la actitud provocadora de Jun­cker (otro presidente de la Comisión que se siente presidente de Europa, cuando en realidad es un mandado) exigiendo la aceleración de la salida de Gran Bretaña. Despecho y arrogancia. Así no se arreglan las relaciones rotas. Pero hay una razón para esa prisa en acabar rápido con el tema: evitar el contagio que podría dar al traste con un proyecto tan ambicioso, pero tan frágil por poco democrático, como la construcción de una Europa unida que supere los demonios de su historia y afirme su posición en la globalización. Y es que empiezan movimientos para referéndums similares en Holanda, Austria y Escandinavia. Y la posibilidad de renegociar los tratados de la Unión, incluyendo el euro y Schengen, aparece con fuerza en Francia e Italia. En Francia, se puede repetir el proceso político que llevó al Brexit. Ante el avance de Marine Le Pen, primera en los sondeos para las presidenciales del 2017, los principales candidatos de la derecha (descartado un Hollande neoliberal que se hunde por momentos) están incorporando a sus programas la renegociación de los tratados europeos para competir con Le Pen. Y después está Italia que puede ser el país donde se produzca la crisis más inmediata de la estabilidad política europea. La victoria del Movimiento Cinco Estrellas en las elecciones municipales de Roma y Turín apunta a una transformación del panorama político italiano que ya señalan las encuestas, según las cuales este partido surgido de la crítica a la casta está en cabeza para las próximas elecciones. Claro que ya sabemos, por la experiencia con Podemos en España, que una cosa son las encuestas y otra el voto cuando el miedo se convierte en la emoción dominante. Recuerdo que la política, toda la política, es emocional. Y esas emociones pueden, efectivamente, bloquear el asalto a los cielos a la italiana como ocurrió en los cielos de Madrid. Pero hay una diferencia importante. Matteo Renzi, el carismático primer ministro (aunque nunca fue elegido) y líder del mayoritario Partido Democrático, decidió hace meses jugárselo todo a una carta proponiendo una reforma constitucional (de corte centralizador) que debe ser sometida a referéndum este otoño. Y además vinculó su continuidad a su victoria en ese referéndum. Algo que, hoy por hoy, está en el alero. Si Renzi cae y se convocan nuevas elecciones, el impulso que el M5E ha recibido del poder municipal puede trasladarse al nivel nacional, en donde ya son el segundo partido. Contando además con nuevos líderes, como la alcaldesa de Roma, Virginia Raggi, que ha contribuido a limpiar el movimiento de sus componentes xenófobos. Si llegaran a formar gobierno, hay que recordar que el M5E propone renegociar el tratado del euro y someter a referéndum la continuidad de Italia en el euro en las condiciones actuales. Así como poner en cuestión diversas políticas económicas europeas marcadas por la ideología de la austeridad de la Comisión Europea. De hecho, el Brexit es mucho más importante porque permite plantear un cambio político institucional que parecía inconcebible por su impacto real en las relaciones entre el Reino Unido y Unión Europea. Con los británicos se abre ahora un largo proceso de negociación, guiado por una política hábil y fuerte como Theresa May, que puede durar hasta dos años. El cálculo es claro: en ese lapso de tiempo pueden pasar muchas cosas. Incluida la posibilidad de la Europa a dos velocidades de la que se habló durante la crisis del euro. Una posibilidad que ya ha provocado un enfrentamiento en el corazón de la Unión Europea: la gran coalición alemana. Mientras que Gabriel, el líder del SPD, aprovecha la ocasión para mostrar lo dañinas que pueden ser las políticas de austeridad impuestas por la Comisión de forma autoritaria, Schäuble, el conservador ministro de Finanzas, vuelve a poner sobre el tapete que Alemania podría construir un bloque del euro del norte, avanzando hacia un federalismo económicamente responsable entre quienes son dignos de acceder a ese paraíso nibelungo, dejando los costosos y díscolos sureños como lugares de vacaciones con un devaluado euro del sur. Para quienes aún sueñan, o soñamos, con una Europa unida, so­lidaria y democrática, urgen reformas fundamentales, empezando por un Parlamento ­Europeo representativo y con poder sobre una Comisión rebajada al nivel de ejecutantes de un Parlamento federal. El federalismo europeo no puede basarse en la traición de los ideales ­solidarios de Europa (negociaciones con regímenes como Sudán, Eritrea y Turquía para que bloqueen a los re­fugiados de guerra a cambio de ayudas financieras y militares), ni en la im­posición de austeridad a la alemana, ni en el desprecio de quienes se resisten a ceder soberanía a la eurocracia de ­Bruselas. Sin todas estas reformas, la Unión Europea actual está condenada a corto plazo. (Manuel Castells, 16/07/2016)


Brexit: Dos velocidades:
Uno. El triunfo del Brexit, en el referendo británico, nos coloca a los ciudadanos europeos ante una disyuntiva decisiva. O avanzamos hacia una unión más profunda —económica, social y política— capaz de afrontar los serios problemas que tenemos o el peligro de retroceder, e incluso diluir el proyecto inclusivo europeo, es cierto e inminente. La confluencia de grave crisis económica con mareas migratorias/refugiados, ambas mal resueltas, junto al proceso de globalización y la falta de un proyecto de como dirigirlo, y construir la Unión, ha conducido a la explosión de nacionalismos y “patriotismos” de diferente pelaje que, de no ponerles freno, pueden arrasar con todo. Nacionalismos exacerbados estuvieron el origen de la Primera y Segunda Guerra Mundial, así como en el de las múltiples guerras balcánicas. Los créditos de guerra o las decisiones más insolidarias siempre se aprueban al son de cánticos patrióticos y tremolar de banderas, al tiempo que se incita a la animadversión o al odio hacia el extranjero. No nos equivoquemos, el fenómeno no es solo británico. En Francia, el Frente Nacional —mayoritario en las encuestas— exige un referendo para salir de la UE que, de ganar, sería el final de ésta. Procesos parecidos aparecen en Holanda, Dinamarca, Austria y, en otra dirección no menos destructiva, en gobiernos de ultra derecha en Polonia y Hungría. Y no conviene olvidar el fenómeno más peligroso de todos ellos, el ascenso de Donald Trump al liderazgo del partido republicano americano. El riesgo radica no tanto en lo que sostiene este personaje atrabiliario, que probablemente perderá las elecciones, sino en que millones de norteamericanos apoyen sus posturas racistas, de supremacía blanca, que nos recuerdan épocas trágicas de un pasado no tan lejano. La “primavera de las patrias” suele terminar en el helado invierno de los cementerios. Dos. Ya sabemos que las relaciones entre Reino Unido y Europa nunca fueron fáciles. Se quedó al margen del Tratado de París que creó la Comunidad del Carbón y del Acero; tampoco suscribió el Tratado de Roma del 57 que estableció la CEE. Mas tarde, en Estocolmo, los ingleses crearon la EFTA, con Austria, Suiza, Dinamarca, Noruega, Suecia, Portugal y luego Islandia, Irlanda y Finlandia. Una zona de libre comercio, que es lo que siempre han querido, en competencia con la CEE, concebida para una mayor integración económica y política. Por insistencia norteamericana solicitaron el ingreso en ésta última en 1963 y 1967, topándose en ambas ocasiones con el veto de De Gaulle que consideraba a GB un “submarino” de los americanos en Europa. No fue hasta 1973 cuando ingresó en la CEE, junto a Dinamarca e Irlanda. Luego se irían sumando los demás hasta 28. Pero siempre con un pié dentro y otro fuera, pues ni adoptó la moneda única del Tratado de Maastrich, ni suscribió el acerbo Schengen y si bien aceptó el Tratado de Lisboa lo hizo con multitud de reservas en protocolos y declaraciones. En una palabra, Rino Unido nunca se ha sentido plenamente integrada en el proyecto europeo y ha supuesto un freno continuo al desarrollo del mismo. Llegó tarde y a rastras, con la intención de que mediante sucesivas ampliaciones —fue la líder de la extensión al Este, cuyos emigrantes ahora rechaza— se fuera diluyendo en un mero mercado, espantada ante la idea de una unión política. Unión que ha visto siempre como un asunto franco-alemán, presa de las ensoñaciones de un Imperio que ya no existe y de unas “relaciones especiales” con unos EE.UU que ya tiene otros intereses “ especiales”. Tres. No obstante, siempre he sostenido que no es nada bueno que Reino Unido abandone la Unión. Es un factor de equilibrio y contrapeso al exceso de hegemonía alemana; es imprescindible para una política de Seguridad europea; es la segunda economía más importante de la Unión; ejerce notable influencia en otros países de Europa y del mundo, aporta valores culturales y democráticos no despreciables y por lo menos la mitad de sus ciudadanos desea seguir en la UE. Por eso, pienso, con muchos otros, que lo más realista es ir a una Europa de varias velocidades como ya planteó Delors hace tiempo, pues el Reino Unido nunca aceptará una unión política y no todos los países pueden avanzar al mismo ritmo. Ahora bien, los británicos han votado irse y esa decisión, de momento, parece irreversible. No es vinculante jurídicamente pero si lo es políticamente. Que tomen nota los que intentan vendernos referendos “no vinculantes” como si eso existiera en política. La desconexión debe hacerse cuanto antes sin dilaciones indebidas, ni trucos ni trampas. No se puede pretender no estar en la Unión y disfrutar de las ventajas de ésta —libre mercado etc— y soslayar las cargas —libertad de circulación de personas, contribución al presupuesto etc. Todo el mundo debe saber que si te vas es con todas las consecuencias, incluida la posibilidad en este caso de que Escocia y/o Irlanda del Norte escojan el camino de la independencia, lo que supondría, de consumarse, lo que ha titulado un diario inglés: From Great Britain to small England (De la Gran Bretaña a la pequeña Inglaterra). La nueva líder del partido Conservador, su anti europeo ministro de Asuntos Exteriores y otros nombramientos del mismo cariz no dejan mucho margen para la sorpresa. Aunque en política todo es reversible, intentarán negociar las mejores condiciones al mínimo coste. En el bien entendido que si Escocia desea pertenecer a la UE, primero tiene que ser independiente; luego ser reconocido como Estado en la ONU, más tarde pedir el ingreso y que no haya vetos. Cuatro. Siempre se ha dicho que el obstáculo para avanzar en la construcción europea era la oposición de Reino Unido. Pues bien, ya no existe ese obstáculo así que veremos si era cierto lo que se decía. Sólo profundizando en la Unión evitaremos nuevas huidas y, a la postre, podremos establecer mejores relaciones con la propia Reino Unido y quien sabe si algún día decida volver a la gran familia europea. Ahora es urgente culminar la unión económica mediante la unión bancaria y fiscal, con un Presupuesto y un gobierno económico del euro, mediante la creación de Tesoro europeo que pueda emitir eurobonos; avances en la Europa de la seguridad y la defensa y caminemos sin vacilaciones hacia una Unión Política por medio de un proceso constituyente en alguna de sus formas. Y tengamos claro que no puede haber unión económica y social sin unión política, si queremos evitar que quede dañada la naturaleza democrática de la Unión. Una última sugerencia: enzarzados como estamos en las tribulaciones del corral patrio evitemos el riesgo de perder la perspectiva. No hay salud a nuestras dolencias si no avanzamos en una UE cada vez más estrecha. De Europa no pueden seguir viniendo, en especial, recortes de déficit y amenazas de multas. (Nicolás Sartorius, 09/08/2016)


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