Ley natural:
Por tanto, este monarca -el equivalente del Estado de hoy- imponía unas reglas -un derecho- que mediante la coacción -la fuerza física- negaban esta libertad personal: lo único permitido era cumplir la voluntad del rey, que amparaba su autoridad en la voluntad de Dios. El rey negaba la libertad de los individuos ya que esta dependía de su libre voluntad. El único ser libre era, pues, el rey, el soberano, que detentaba un poder absoluto sobre todos los hombres. Así pues, el poder político, el monarca, el Estado en definitiva, eran incompatibles con la libertad de las personas y el derecho no era otra cosa que la libre voluntad del rey. Libertad de las personas, derecho y Estado eran, pues, conceptos incompatibles.
Los teóricos de las ideas liberales y democráticas llevaron a cabo una subversión total de estos términos. De entrada, sostuvieron que la libertad individual no es el derecho a hacer todo lo que nos da la gana sino, como dijo Montesquieu, “el derecho a hacer todo aquello que las leyes permiten”. Ahora bien, no toda ley concede libertad sino que sólo son legítimas, es decir, sólo deben ser obedecidas, aquellas leyes que son el producto de la voluntad de los ciudadanos. En este punto, Rousseau completa la idea de Montesquieu al sostener: “La libertad es la obediencia a la ley que uno mismo se ha prescrito”.
En otras palabras, las únicas leyes que conceden libertad en un Estado de derecho son aquellas en las que han participado todos los hombres en un plano de igualdad. Por ello, los únicos parlamentos que dictan leyes que deben ser obedecidas -leyes legítimas- son aquellos que han sido elegidos mediante el voto libre e igual de ciudadanos libres e iguales en derechos. Estas leyes son las de obligado cumplimiento para todos.
Y ahí radica una de las claves de este tipo de Estado: si todos están sometidos a la ley, por supuesto legítima, ello incluye también a los poderes públicos. Así pues, el soberano ya no es el rey, ni tampoco el Estado, sino sólo el pueblo, el conjunto de ciudadanos libres que expresan su voluntad creando derecho. Sólo el derecho, por tanto, puede establecer límites a libertad del individuo y el fundamento de estos límites está, precisamente, en los llamados derechos fundamentales.
¿Cómo puede entenderse que negar libertad a las personas, es decir, coaccionarlas, se fundamente en los derechos fundamentales, aquellos que, precisamente, conceden libertad? Distingamos. No todo poder de coacción en manos del Estado es legítimo sino solamente aquel que se justifica en la protección de los derechos de los demás. Kant lo expresó así: “Si el ejercicio de la libertad por parte de un individuo es un obstáculo para la libertad de otro, la coacción que se le opone, en tanto que obstáculo a quién impide la libertad, coincide con la libertad”.
Los anglosajones tienen un aforismo que permite entenderlo de forma aún más clara: “La libertad de mi puño acaba donde empieza la nariz de la persona que tengo enfrente”. Es decir, el límite de mi libertad se halla donde comienza la libertad del otro. En consecuencia, en defensa de la libertad de este otro, es legítima la fuerza necesaria para frenar el puño dirigido a romper una nariz dado que ya que sirve para proteger su derecho a la integridad física. O, con otro ejemplo, es legítimo el porrazo de un policía que persigue a un ladrón para restituir a su dueño la cartera robada. Es en esta medida que, si bien en sentido no jurídico se ejerce coacción, esta coacción no es otra cosa, desde el punto de vista jurídico, que libertad.
Por tanto, si bien no toda coacción proporciona libertad, es legítima la fuerza coactiva necesaria para que la libertad exista: se trata de la fuerza que se ejerce ante una determinada persona para impedir que vulnere los derechos de otra. En tanto que esta coacción está autorizada por la ley y es ejercida por los órganos estatales, el derecho, el Estado y la libertad, no solamente no son incompatibles entre ellos, sino que se identifican: la igual libertad de todos es, así, el contenido mismo del Estado de derecho, su objetivo único. Defender la ley es defender la libertad.
(Francesc de Carreras)
Transiciones:
Libertad:
Liberales:
Libertad (A.J.Perona) |
Sentencias políticas |
Democracia |
Derechos |
Políticos|
Políticos 2 |
Soberanía |
Juzgados |
Notas |
Ciencia |
UE 3
Home |
Indice |
DOCS |
SOC |
FIL |
HIST |
SER |
ECO |
CLAS |
NAT |
Poesía |
Letras |
Fotos
[Elogio del Estado de derecho:]
“Cuando se incumple la ley, se vulnera la libertad de las personas”. Esta frase encierra el núcleo fundamental del Estado de derecho. Hoy en día, con demasiada frecuencia, muchos cargos públicos y muchos ciudadanos incumplen la ley y dicen defender la libertad. Un grave error, algo imposible en un Estado democrático de derecho como el nuestro.
En efecto, la más importante innovación que aporta el Estado de derecho, concebido en los siglos XVII y XVIII por los filósofos racionalistas, es que logra conciliar tres conceptos que hasta entonces parecían antagónicos: libertad, derecho y Estado. Hasta entonces, para muchos, la libertad era el derecho a hacer todo lo que a uno le diera la gana. Como ello generaba violencia y enfrentamiento entre personas, había que limitar la libertad. El encargado de limitarla era el monarca, el rey, dotado de la fuerza necesaria para imponer su ley natural que hacía derivar de la voluntad de Dios.
[Los héroes de la retirada:]
En todas las capitales de Europa se encuentra uno, allí donde el espacio alcanza su mayor densidad simbólica, o sea, en el centro, verdaderos centauros de enorme corpulencia, seres híbridos de metal fundido, bajo cuyos cascos acuden presurosamente funcionarios a sus ministerios, espectadores a la ópera y creyentes a misa: emperadores romanos, grandes electores, generales eternamente victoriosos. La quimera del hombre montado a caballo representa al héroe europeo, una figura imaginaria sin la cual la historia pasada del continente sería totalmente inimaginable. Desde la invención del automóvil, el sentir universal se ha bajado del caballo; Lenin y Mussolini, Franco y Stalin supieron manejarse sin monturas ecuestres. En cambio, alimentó el número de muestras. Las islas del Caribe y las agrupaciones de Siberia fueron sembradas de héroes petrificados, y las botas de los representados alcanzaron en bastantes ocasiones alturas, similares a las de una casa unifamiliar. La inflación y la elefantiasis anunciaron el próximo final de aquellos héroes, a los que jamás les preocupó otra cosa, que la conquista, el triunfo y la megalomanía.Los escritores lo habían presentido. La literatura se había despedido definitivamente, hace más de un siglo, de aquellas figuras miiticas que ella misma había contribuido a crear. La loa soberana y la leyenda heroica pertenecen desde entonces a la prehistoria. La literatura no se ocupa ya desde hace mucho tiempo de Augusto o de Alejandro, sino de Bouvard y Pécuchet, VIadimir y Estragón. Del rey Federico y de Napoleón sólo se habla en los sótanos literarios y, por supuesto, menos todavía de los himnos de Hitler y las odas de Stalin, cuya determinante era desde el principio verdadera escoria.
Por el contrario, la llamada gran política se ha mantenido hasta el presente aferrada y entregada al clásico esquema heroico. Hoy, como ayer, exalta con condecoraciones la memoria de los héroes y sueña con triunfos inalcanzables. En este proceso de anquilosamiento, la política ha alcanzado el último grado, como se pone de manifiesto no sólo en su impotencia simbólica, sino también en la pequeñez del ámbito de sus acciones. La normalidad democrática está presa de la ambición y sed de gloria que sufren de forma visible los dirigentes; no se trata de conquistar un imperio, sino, en el mejor de los casos, una circunscripción electoral, y el genio del general se ve circunscrito a islas que, como Granada o las Malvinas, sólo con lupa pueden localizarse en el globo. Quien quiera regocijarse con el extraordinario encogimiento de la estructura heroica no necesita más que comparar a Churchill con Thatcher, a De Gaulle con Mitterrand. o a Adenauer con KohI. El héroe ha estado investido siempre, como representante del Estado, de un carácter teatral; con su actual elite de poder, la Europa occidental ha completado el camino que va desde el modelo terrorífico hasta el de la imitación ridícula. La comicidad involuntaria de ese clan dirigente que se cree errónea y tercamente instalado en no sé qué cumbres pone de manifiesto que del héroe clásico sólo ha quedado una vulgar caricatura.
El lugar del héroe clásico han pasado a ocuparlo en las últimas décadas otros protagonistas, en mi opinión más importantes, héroes de un nuevo estilo que no representan el triunfo, la conquista, la victoria, sino la renuncia, la demolición, el desmontaje. Tenemos todos los motivos para ocuparnos de estos especialistas de la negociación, pues nuestro continente necesita de ellos si quiere seguir viviendo.
Ha sido Clausewitz, el clásico del pensamiento estratégico, el que ha demostrado que la retirada es la operación más difícil de todas. Esto vale también en política. El non plus ultra del arte de lo posible consiste en abandonar una posición insostenible. Pero si la grandeza de un héroe se mide por la dificultad de la misión con que se enfrenta, se deduce de aquí que el esquema heroico no sólo tiene que ser revisado, sino invertido. Cualquier cretino es capaz de arrojar una bomba. Mil veces más difícil es desactivarla.
En cualquier caso, para hacer un héroe no bastan la simple habilidad y la competencia. Lo que hace memorable al protagonista es la dimensión moral de su acción. Pero precisamente en este aspecto encuentran los héroes de la retirada una reserva tan masiva como tenaz. La opinión general se mantiene aferrada, sobre todo en Alemania, al esquema tradicional. Reclama, hoy como ayer, al personaje imperturbable y exige una moral política de principios firmes y válidos para todo, y esto significa también, si es necesario, andar sobre cadáveres. Pero precisamente esta claridad inequívoca es lo que no puede ofrecer en ningún caso el héroe de la retirada. Quien abandona las propias posiciones no sólo entrega un terreno objetivo, sino también una parte de sí mismo. Semejante paso no puede tener lugar sin una separación de la persona y su papel. El ethos del héroe se halla precisamente en su ambivalencia. El especialista en desmontaje demuestra su valor moral asumiendo esa ambigüedad.
El paradigma aquí diseñado ha encontrado su realización histórica al amparo de las dictaduras absolutas del siglo XX. Los pioneros de la retirada la dejaron entrever primero de forma velada y oscura. De Nikita Jruschov se podría afirmar que no sabía lo que hacía, que no tenía en absoluto idea clara de las implicaciones de su actuación; al final hablaba de completar el comunismo en lugar de suprimirlo. Sin embargo, él puso, con su famoso discurso ante el 20º Congreso del PCUS, no sólo el germen de su propia caída. Su horizonte intelectual era limitado; su estrategia, torpe; su actitud, autocrática; sin embargo, en coraje civil sobrepasó prácticamente a todos los políticos de su generación. Precisamente su carácter vacilante lo calificó de forma especial para esa tarea. Hoy está patente más que nunca la lógica subversiva de su carrera heroica: con él ha comenzado el desmontaje del imperio soviético.
Todavía aparece de forma más clara la división interior del especialista de derribos en la figura de Janos Kadar. Este hombre, que fue enterrado en Budapest sin pena ni gloria hace un par de meses, pactó con las tropas de ocupación tras el levantamiento fracasado de 1956. Ochocientas sentencias de muerte, se dice, tiene en su haber. Apenas fueron enterradas las víctimas de la represión, Kadar puso manos a la obra de su vida, que le ocuparía durante casi 30 años. La obra consistió en enterrar con paciencia y perseverancia la autocracia del partido comunista. Es digno de atención el hecho de que este proceso discurriera sin grandes turbulencias; contragolpes y mentiras para vivir le han acompañado siempre; maniobras tácticas y compromisos han sido su estímulo permanente. Sin el precedente húngaro, difícilmente habría comenzado el desmoronamiento del bloque oriental; es indiscutible que Kadar marcó aquí un nuevo rumbo. Es asimismo evidente que el jefe húngaro no estaba en condiciones de hacer frente a las fuerzas que él contribuyó a desatar. El sino típico del empresario histórico de derribos está precisamente en que con su trabajo mina siempre también su propia posición. La dinámica que él pone en marcha le arroja a un lado; él es víctinia de su éxito.
Adolfo Suárez, secretario general de Falange Española, se convirtió, tras la muerte de Franco, en primer ministro. En un golpe de mano exactamente planeado desmanteló el régimen, despojó de poder a su propio partido unificado y sacó adelante una Constitución democrática: una operación tan difícil como arriesgada, que
Suárez llevó a cabo con arrojo personal y brillantez política. Aquí no estaba en acción, como en el caso de Jruschov, un presentimiento vago, sino una conciencia extremadamente clara. Se trataba no sólo de transformar por completo el aparato político, sino también de disponer al Ejército a no moverse; una purga militar habría conducido a una represión sangrienta y probablemente a una nueva guerra civil.
Tampoco este caos se puede abordar con una simple ética de simpatías que sólo distingue entre ovejas blancas y negras. Suárez fue participante y beneficiario del régimen de Franco; si no hubiera pertenecido al círculo más íntimo del poder no habría estado en disposición de abolir la dictadura. Al mismo tiempo, su pasado le aseguró la desconfianza insuperable de todos los demócratas. De hecho, España no le ha perdonado hasta el presente. A los ojos de sus antiguos camaradas, él fue un traidor; a los ojos de aquellos para quienes había abierto el camino, fue un oportunista. Desde que se retiró como típica figura de la transición no ha vuelto a pisar terreno firme. El papel que él representa en el actual sistema de partidos ha quedado más bien oscuro. Una cosa, y solamente una, tiene garantizada el héroe de la retirada: la ingratitud de la patria.
En la figura de Wojciech Jaruzelski, esta aporía moral adquiere incluso rasgos trágicos. EI fue quien salvó a Polonia en 1981 de una inminente invasión soviética. El precio por ello fue la proclamación de la ley marcial. y el arresto preventivo de la oposición, que hoy, bajo su presidencia, rige el país. Este impresionante éxito de su política no le ha salvado de que una parte notable de la sociedad polaca le contemple en silencio todavía hoy con odio. Nadie le aclama: jamás se librará de las sombras de sus acciones. Él había contado desde un principio con ello, y en esto reside su fuerza moral. Jamás se le ha visto sonreír. El gesto tenso y totalmente inexpresivo, los ojos ocultos tras unas gafas oscuras, representan a este patriota como un mártir. Este san Esteban de la política es una figura de formato shakespeariano.
No puede decirse lo mismo de otros rezagados. Egon Krenz y Ladislav Adamec no ocuparán probablemente en la historia más que una nota al pie de página: el uno, como una versión burlesca, y el otro, como la versión hipócrita del retirado heroico. Pero ni la sonrisa irónica del alemán ni el semblante paternal del checo pueden confundir a nadie sobre su indispensabilidad. La versatilidad acomodaticia que se les reprocha ha sido su único mérito. En la quietud paralizante del momento exacto en que se espera a otro y no acontece nada, uno tuvo que carraspear primero, producir ese ruido pequeño, medio ahogado, que pone en movimiento a un alud. "Uno", como decía en cierta ocasión un socialdemócrata alemán, "uno tiene que ser el tirano sanguinario". Setenta años después uno tuvo que sujetar el brazo al tirano sanguinario, por más que eso lo hiciera un polichinela comunista que rompió el silencio de muerte. Nadie le recordará con benevolencia. Pero precisamente esto le hace memorable.
Los epígonos de la retirada se mueven por impulso ajeno. Obran bajo una presión que viene de abajo y de arriba. El verdadero héroe de la renuncia, en cambio, es él mismo, la fuerza motriz. Mijail Gorbachov es el iniciador de un proceso, con el que otros, más o menos voluntariamente, intentan ir al paso. Él representa -como es ya hoy manifiesto- una figura secular. La dimensión clara de la tarea que se ha impuesto es algo sin precedentes. Está empeñado en desmontar el penúltimo imperio monolítico del siglo XX, sin violencia, sin pánico, sin guerras. Si esto será posible o no está por ver. Con todo, nadie habría considerado posible hace unos meses lo que él ha conseguido hasta ahora por ese camino. Ha tenido que pasar mucho tiempo hasta que el mundo ha empezado a entender su proyecto. La inteligencia superior, la valentía moral y la perspectiva amplia de este hombre, todo ello estaba tan lejos del horizonte de la clase política -en Oriente y en Occidente- que ningún Gobierno se ha atrevido a tomarle la palabra.
Tampoco sobre su popularidad en su país podrá Gorbachov hacerse muchas ilusiones. El más grande de todos los políticos de la renuncia se ve allí a cada paso enfrentado al problema de los resultados inmediatos, como si se tratara de anunciar otra vez a los pueblos un futuro prometedor que ofreciera a cada uno, según sus necesidades y de forma gratuita, jabón, cohetes y fraternidad; como si hubiera alguna otra forma de progreso que la retirada; como si no dependieran todas las oportunidades futuras de desarmar al Leviatán y de encontrar el camino que conduce del abismo a la normalidad. Es claro que cada paso por este camino representa un peligro mortal para el protagonista. Por la izquierda y por la derecha está rodeado de enemigos viejos y jóvenes, gritones y mudos. Como corresponde a un héroe, Gorbachov es un hombre muy solitario.
No se trata en todo esto de reclamar un reconocimiento público para los grandes y pequeños héroes del desarme, un reconocimiento que, por lo demás, ni ellos mismos piden. No hacen falta nuevos monumentos. En cambio, es hora ya de tomar en serio a estos nuevos protagonistas y considerar aquello en lo que convienen y aquello en que se distinguen. Una moral política que sólo conoce figuras luminosas y seres desalmados no será capaz de realizar semejante examen.
Un filósofo alemán ha dicho que al final de este siglo no se trata de mejorar el mundo, sino de respetarlo. Este juicio vale no sólo para aquellas dictaduras que actualmente están siendo desguazadas con más o menos arte delante de nuestros ojos. También a las democracias occidentales les aguarda un desarme del que no existe precedente. El aspecto militar no es más que uno entre muchos. Otras posiciones insostenibles que hay que eliminar son las que se refieren a la guerra de deudas con el Tercer Mundo, y la retirada más difícil de todas es la de la guerra que estamos librando desde la revolución industrial contra nuestra propia biosfera.
Sería hora, por tanto, de que nuestros insignificantes políticos tomaran ejemplo de los especialistas del desmontaje. Las tareas que hay que solventar exigen capacidades que hay que estudiar ante todo en los modelos. Así, una política de la energía o del tráfico que merezca tal nombre sólo puede abordarse con una retirada estratégica. Esta política exige el desmontaje de industrias clave que a largo plazo no son menos peligrosas que un partido unificado. El coraje civil que se necesitaría para ello es semejante al que un funcionario comunista necesita cuando se trata de abolir el monopolio dé su partido. En lugar de esto, nuestra clase política se ejercita en posturas necias de vencedores y mentiras de autocomplacencia y vanidad. Triunfa levantando muros y cree que va a dominar el futuro quedándose sentada fuera. Del imperativo moral de la renuncia no siente nada. El arte de la retirada le es ajeno. Nuestra clase política tiene todavía mucho que aprender.
(Hans Magnus Enzensberger, 1989)
La desigualdad parece haberse convertido en el principal reto de nuestra generación. El éxito de El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, síntoma más que causa, es un buen ejemplo de ello. El discurso político contra la desigualdad es ganador, lo que pone de manifiesto (distinto es que los diagnósticos sobre las causas sean acertados o no) la urgencia de resolver un problema público que sólo niegan algunos fanáticos del libre mercado (que no de la libertad). Al menos en Occidente, la libertad parece un asunto público resuelto: mal que bien, las democracias funcionan, los derechos civiles se imponen con la lógica aplastante de los tiempos (y la ayuda de algunos partidos y la oposición de otros) y disfrutamos de un grado de tolerancia inédito en la historia. Hay libertad, hay fraternidad, pero la desigualdad aumenta. Parecería, pues, que hay un problema público prioritario a resolver y es la desigualdad en sus distintas formas.
Sin embargo, el enfoque público del asunto no basta, o no es suficiente al menos, para juzgar la libertad. Si del nivel macro de lo público bajamos a lo micro de la vida privada, el asunto cambia. ¿Por qué si somos más libres que nunca se ha triplicado el número de pacientes con enfermedades mentales entre 1987 y 2007 y el consumo de medicinas psicotrópicas ha crecido exponencialmente en los países desarrollados? En Anatomía de una epidemia (Capitán Swing, 2015) el periodista estadounidense Robert Whitaker, ya desde el título, apunta a la gravedad del asunto. En resumidas cuentas, Whitaker viene a actualizar un diagnóstico repetido otras veces, pero al que otros asuntos (la desigualdad que produce la globalización tecnológica, la crisis económica, el cambio climático, etc.) han relegado a puestos inferiores en nuestro orden de prioridades: no estamos preparados para gestionar el nivel de libertad que nos hemos concedido.
Suena feo y es políticamente incorrecto, pero así es. No debe derivarse de ahí, en cambio, ningún deseo de acabar con las libertades conquistadas, pero sí de matizar que la libertad, entendida como una abstracción virtuosa per se, puede ser devastadora. (Al igual que es erróneo considerar cualquier desigualdad como nociva.) O por decirlo en palabras del filósofo Javier Gomá, “la pregunta ha dejado ya de ser cómo ser libres; sino cómo ser libres juntos”, y parte de la culpa de que aún sigamos sin darnos cuenta de ello es la pervivencia de los clichés del Romanticismo en nuestro imaginario colectivo. “Prohibido prohibir”, que se pedía en Mayo del 68. Frente a ello, Gomá propone “recuperar el prestigio de los límites”.
Un diagnóstico similar ha hecho el psicoanalista italiano Massimo Recalcati (Milán, 1958) en los dos breves ensayos que se han publicado en España hasta ahora: El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor y el reciente Ya no es como antes. Elogio del perdón en el amor, ambos editados por Anagrama. No hace falta decir (o sí hace falta, más bien) que los límites de los que hablan Gomá y Recalcati no son de orden político. Nadie pide una “ley mordaza” o derogar el matrimonio homosexual. Tampoco abaratar el despido, esa forma unívoca de “liberalismo” de esa contradicción en los términos que son los liberal-conservadores. Hablamos del orden moral en nuestra vida privada y como ciudadanos con derechos políticos. Sólo el liberal se preocupa de la libertad, preguntándose por su naturaleza, sus carencias, sus virtudes y sus posibilidades de mejora.
“La humanización de la vida implica una renuncia a la satisfacción plena de los instintos”, escribe Recalcati
Recalcati, al igual que Gomá en Aquiles en el gineceo, utiliza la mitología griega para expresar su idea. Si Aquiles y su renuencia a participar en la guerra de Troya explicaba desde la filosofía la dificultad de pasar del “estadio estético” de la juventud al “estadio ético” de la madurez y la incorporación al mundo adulto; la espera de Telémaco a que su padre vuelva de la guerra de Troya en la Odisea expresa desde el psicoanálisis lacaniano la búsqueda del referente que nos falta para aprender a utilizar la libertad en un mundo rebosante de opciones. El propio Recalcati matiza: “La demanda del padre que invade ahora el malestar de la juventud no es una demanda de poder y disciplina, sino de testimonio. […] y demostrar, a través del testimonio de su propia vida, que la vida puede tener sentido”; “la promesa de los padres es promesa de que hay vida capaz de satisfacción humana”.
Y reclama, con sus palabras, el prestigio de los límites del que hablaba Gomá: “La humanización de la vida implica una renuncia a la satisfacción plena de los instintos”. Algo que tiene, además de mala prensa, muchas apps en su contra. Pero Recalcati diagnostica estos síntomas, y su conclusión es que, lejos de ser consecuencias del ejercicio de la libertad, son una patología asociada a su ausencia real y a la permanencia en el infantil “estadio estético”: “Ascetismo y consumismo inmoderado son las dos formas predominantes del superyó adolescente”. Retirarse a un poblado cuáquero (como hicieron los traumatizados personajes de la película El bosque, de Syamalan) o entregarse al desenfreno hedonista, no son formas de libertad suprema, sino su negación. Por un lado, se le teme y se le rehúye, y por otro, pretendiendo llevarla hasta sus últimas consecuencias, se extingue: “No hay aquí liberación, sino tan sólo coacción, servidumbre, dependencia patológica. El deseo insaciable sólo genera esclavitud”, porque “la naturaleza del impulso instintivo que lo recorre es insaciable”.
Y esto enlaza, inevitablemente, con el contexto donde la libertad ha de hacer más equilibrios: la pareja, el matrimonio, el amor. En un mundo donde la exaltación de lo nuevo tiene un valor supremo, cualquier decisión de permanencia, de esfuerzo por mantener el vínculo, parece una antigualla reaccionaria o, por decirlo en términos psicoanalíticos, una forma de “castrar al varón”. Sin embargo, Recalcati lo ve justo al contrario, como un síntoma de una nueva forma de soledad y alienación: “Cada vez resulta más raro que quienes viven una experiencia de separación afectiva importante sean capaces de alternar la pérdida del objeto con una pausa de soledad, en lugar de apresurarse a sustituirlo por otro objeto”. Es el miedo a la soledad lo que nos impulsa a buscar al Otro, no el disfrute de ninguna libertad.
“¿No es entonces ‘perdonar lo imperdonable’ el gesto más radical del amor?”, se pregunta Derrida
Aunque en un mundo lleno de opciones y tentaciones no hay comportamiento puro, virtuoso. Nunca lo hubo, no existe, pero ante el malestar creciente Recalcati reivindica el valor del perdón en el amor. No se lleva a engaño con su objeto de análisis. El ejercicio de la libertad es indisociable del error. Aceptar los límites, imponerse una moral propia y estar convencido de ella no garantiza su cumplimiento. Por eso cita a Derrida y se pregunta: “¿No es entonces ‘perdonar lo imperdonable’ el gesto más radical del amor?”.
Juan Benet expresó magistralmente el problema de la libertad y los límites que la hacen posible en un párrafo de su Epístola moral a Laura, una carta en la que argumentaba contra el divorcio de su amiga: “El ansia pura de libertad es casi infrahumana, un puro instinto que como todos los demás el hombre se tiene que preocupar de educar para convivir con los suyos. […] Lo importante no es llegar al amor tanto como conservarlo, no tanto llegar a la libertad como saber utilizarla”. Hay demasiados síntomas (y estadísticas) que indican que, cincuenta años después, no sabemos hacer ni lo uno ni lo otro, a riesgo de creernos erróneamente más libres y ser, en cambio, más infelices que nunca.
(Antonio García Maldonado, febrero 2016)
No estamos ante un aniversario redondo de la publicación del libro On Liberty, de John Stuart Mill, ni de ninguna otra fecha significativa de la vida de este autor. Pero el momento es tan bueno como cualquier otro para evocarlo, porque en él expresó la esencia de la cultura liberal y hace pensar aún hoy tanto como cuando se escribió.
Su tesis fundamental es sencilla: que nuestra libertad individual debe ser protegida como algo sagrado frente a las intromisiones de los Gobiernos o del conjunto social. Nadie tiene derecho a inmiscuirse en nuestro espacio privado, impidiéndonos u obligándonos a actuar en cierto sentido, incluso si lo hace por nuestro bien o para procurarnos la felicidad. Nadie puede obligarnos a ser buenos. Los únicos límites lícitos a nuestra libertad son los que impiden que perjudiquemos o perturbemos la libertad de otros. Mientras nuestros actos no nos afecten más que a nosotros mismos, nadie tiene por qué imponernos ni prohibirnos nada. De este derecho básico a organizar y dirigir nuestra vida íntima se derivan las libertades de conciencia y expresión.
La defensa apasionada de estas libertades es el meollo del libro de Mill. En este terreno, todo límite es malo, incluso si quien lo impone disfruta de un apoyo social abrumador. Es dictatorial que la minoría imponga su opinión a la mayoría, pero también que esta no deje hablar a aquella. Porque cuando existen discrepantes, aunque sea uno solo, las posibilidades son dos: que tengan razón, al menos parcialmente, en cuyo caso la sociedad, al prohibirles expresarse, pierde una oportunidad de superar errores generalizados; o que no la tengan, en cuyo caso el debate servirá para revitalizar y fortalecer la opinión dominante. Porque no hay verdad más fuerte que aquella que es explicada y defendida cada día frente a sus adversarios.
La cuestión de fondo, sigue Mill, es que no existe una verdad absoluta, objetiva e indiscutible. Los individuos somos la única realidad social, el único fundamento de las verdades y los principios morales. Sólo a través de la diversidad y el contraste de opiniones entre nosotros vamos acordando ciertas verdades parciales y transitorias. E incluso sobre estas, nadie es infalible. Eso es lo que no aceptan quienes imponen su opinión a otros, que convierten su verdad, o su certeza, en verdades y certezas absolutas; es decir, que deciden una cuestión para los demás.
Durante siglos, los gobernantes españoles pensaron lo contrario. Y proscribieron la heterodoxia en pro de la concordia social, creyendo que la homogeneidad de creencias evitaba los conflictos. Sofocaron así la creatividad y fomentaron la sumisión, el temor, el conformismo del “doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder”. El país se aisló y apenas aportó nada a los formidables avances intelectuales europeos de los siglos XVII a XIX. Mejores resultados alcanzaron otras sociedades con menor temor a los discrepantes.
Y no hablo sólo de un pasado muy remoto. En mi propia mente tengo viva la imagen de aquel cura de mi colegio clamando, a mediados de los años cincuenta: “Libertad, libertad. Mucho hablar de la libertad. Pero si la Iglesia también está a favor de la libertad… La defiende en China o Japón, para predicar allí el Evangelio. Libertad, sí. Pero libertad para difundir la verdad. Libertad para el error, no. ¿Cómo se puede poner al mismo nivel la verdad y el error?”.
En ese ambiente nos criamos. Nadie nos hizo leer a Stuart Mill (¡ay, lo que pudo ser Educación para la Ciudadanía! Pero para padres de familia). Y así de asilvestrados salimos. Permítanme otro recuerdo: California, durante la guerra de Vietnam, un mitin izquierdista donde tomó la palabra, imprevisiblemente, alguien que defendía la política de Nixon. Nuestro grupo europeo (latino, la verdad: italianos, franceses, españoles) empezó a abuchearle. Uno de los radicales estadounidenses, situado a mi lado, me decía que le dejáramos hablar: “Let him talk!”. Como era de los nuestros, creí que no entendía bien lo que aquel tipo defendía e intenté explicárselo: ¿Pero no ves que es un reaccionario? Y se limitó a repetirme, lento, serio, tajante: “Let-him-talk!”.
Esa tradición antiliberal sigue nutriendo la cultura política española. Una tradición que no basa la legitimidad en las voluntades individuales sino en la de un ente etéreo, referente de la verdad. Un ente de carácter divino en las viejas monarquías absolutas y que, desde Rousseau para acá, ha encarnado en una colectividad: la nación, el pueblo, el proletariado, la “gente”. Según la lógica rousseauniana, en efecto, si gobierna el pueblo, ¿en nombre de qué se le pueden poner límites?, ¿quién puede proteger al pueblo contra su propia voluntad?, ¿cómo podría el pueblo tiranizarse a sí mismo?
Pero todo Gobierno necesita límites. Ante todo, porque ese ente ideal que legitima sus decisiones es ilocalizable. Nadie podrá presentarnos nunca a Dios, a la nación o al pueblo, sino sólo a individuos que dicen hablar en su nombre. Esos pueden alcanzar el poder, pero mejor será que este esté dividido y limitado si queremos evitar los abusos que siempre ocurren cuando se concentra en unas únicas manos, libres de trabas. Y, desde luego, que protejamos las libertades individuales básicas frente a su violación por cualquier gobernante o mayoría social.
No sólo el terror jacobino durante la Revolución Francesa sino el leninismo, los fascismos y los populismos han puesto repetidamente de manifiesto los fallos de este planteamiento colectivista/esencialista sobre la legitimidad del poder. Hay demasiados ejemplos de gobernantes que, en nombre del pueblo, la nación o el proletariado, han tiranizado a gran parte de esos mismos colectivos. No haber puesto límites a su acción política ha sido desastroso.
En España, este antiliberalismo es común a la derecha y la izquierda. Muchos conservadores blasonan de liberales y, cuando tienen el poder, lo ejercen de manera autoritaria, sin aceptar límites y aplastando a sus oponentes. El orden público, la jerarquía social, los principios morales irrenunciables o la unidad de la patria les preocupan más que las libertades individuales. Su liberalismo se reduce a suprimir controles sobre las actividades económicas y privatizar los servicios públicos (para dárselos a sus amigos).
En cuanto a la izquierda radical, la semana pasada grupos de matones impidieron hablar en la Universidad Autónoma de Madrid a personajes que no eran de su gusto. Que ocurran cosas así, en principio, no es tan escandaloso; siempre habrá locos violentos. Pero sí lo es que les avalen personas que aspiran a gobernarnos, o a legislar en nuestro nombre. Es el caso del secretario general de Podemos, que ha descrito esos hechos como síntoma de la “buena salud política” de que disfruta la Universidad. Coincide con el cura de mi colegio: libertad para predicar, pero sólo la verdad. Lo contrario de lo que defendía Stuart Mill.
(José Álvarez Junco, 25/10/2016)
