China 2010
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China: Crecimiento 2010:
Los planes de estímulo económico diseñados por Pekín han evitado que la crisis económica mundial afectara en exceso a su crecimiento económico, del 8,7% en 2009, según datos del Buró Nacional de Estadísticas (BNE), con lo que China está cerca de superar a Japón como segunda economía mundial. Sin embargo, este imparable crecimiento no está exento de riesgos, como la aparición de burbujas, tal y como quedó evidente ayer al anunciar las autoridades de Pekín un endurecimiento del crédito para evitar un sobrecalimento económico. Otro de los riesgos que afronta es la inflación, que acabó el ejercicio con un alza del 1,9%.
La economía del gigante asiático ya creció a dos dígitos (10,7%) en el último trimestre del año, cifra que supone su el ritmo más rápido de crecimiento desde 2007 y contrasta con el 6,1% que marcó durante la fase aguda de la crisis en el primer cuarto de 2009, precisamente el crecimiento trimestral más bajo en China desde 1992. No obstante, el dato definitivo anual es inferior a 2008, cuando crecía a un ritmo del 10,8%.
Pese a esta moderación, el dato del conjunto del año supera las previsiones del Gobierno, que esperaba un avance del 8% a mitad del ejercicio y las del Banco Mundial, que si en julio auguraba un repunte del 6,5%, a cierre del tercer trimestre elevó esta cifra a una horquilla de entre el 8% o el 8,4%. La razón, los 586.000 millones de dólares y la política monetaria flexible adoptadas por Pekín para hacer frente al deterioro económico, entre otras medidas.
Además, frente al crecimiento de China, cuyo ascenso en los últimos treinta años constituye uno de los acontecimientos más notables de la historia reciente de la humanidad, el resto de grandes potencias como EE UU, Japón y la UE, se mantienen en tasas interanuales negativas, aunque empiezan a sacar la cabeza del agua al cerrar el tercer trimestre, últimos datos disponibles, con tasas intetrimestrales positivas. En este peridodo, la eurozona creció un 0,4% frente al nivel que tenía a finales de junio gracias al tirón de sus principales economías, dejando atrás a España, aunque seguía retrocediendo un 4,7% en tasa interanual.
Más de 3,4 billones de euros
China "se ha recuperado y avanza en una dirección favorable" tras superar "el tiempo más difícil para el desarrollo económico nacional en el nuevo siglo", ha destacado hoy en rueda de prensa el director del BNE, Ma Jiantang, al presentar las cifras. En cifras absolutas, el Producto Interior Bruto (PIB) en 2009 alcanzó los 4,91 billones de dólares (3,47 billones de euros).
El Banco Popular de China decidió elevar en medio punto porcentual los requerimientos de capitalización de los bancos del país, actualmente fijados en el 15,5% para las grandes entidades y en el 13,5% para los bancos de menos tamaño, para endurecer su postura monetaria y atajar la creación de burbujas y el sobrecalentamiento de la economía del gigante asiático, lo que condicionaría su crecimiento. Un fenómeno que arrastraría al conjunto de Asia y los principales países emergentes, y del que no se libraría ni Estados Unidos, ni Europa, ni prácticamente nadie.
En caso contrario, las últimas previsiones del FMI apuntan a que China, que desde 2007 el PIB de China ha adelantado a los de Italia, Reino Unido, Francia y Alemania, irá aumentando su crecimiento progresivamente al 9% en 2010, al 9,7% en 2011 y a un ritmo del 9,8% hasta 2013 para, después, moderar su avance al 9,5%. En su conjunto, el organimo augura que los países empergentes crecerán el triple que los desarrollados en este periodo.
En cuanto a la composición del PIB, China ha logrado incrementar su ritmo de crecimiento pese a que el comercio exterior del país, el sector nacional más afectado por la crisis financiera mundial por la reducción de la demanda en otros mercados, ha caído un 13,9% durante el pasado año hasta los 2,20 billones de dólares (1,56 billones de euros). En la misma línea, el superávit comercial fue de 196.100 millones de dólares (139.100 millones de euros), lo que supone un descenso del 33,6%.
En concreto, las exportaciones se situaron en 1,20 billones de dólares (0,85 billones
de euros), un 16% menos, mientras que las importaciones sumaron poco más de 1 billón de dólares (0,7 billones de euros), un descenso del 11,2%. Los recortes en el sector exterior fueron compensados por otros motores de la economía como la inversión y el consumo, que sí crecieron y lo hicieron a doble dígito, impulsados por las políticas de estímulo de los préstamos bancarios y subvenciones a los consumidores. (EFE, enero 2011)
La tasa de crecimiento de la economía china en los primeros nueve meses del año se aceleró al 8,9% interanual en el tercer trimestre del año, impulsado por el plan de reactivación del Gobierno basado en inversiones masivas. El PIB de China había crecido 7,9% en el segundo trimestre y 6,1% en los primeros tres meses del año, cifras excepcionales teniendo en cuenta la recesión que afecta a las economías occidentales, aunque mediocres según los criterios chinos.
"Estamos seguros de que podemos alcanzar el objetivo del 8% para todo el año. No cabe ninguna duda", declaró hace unos días Li Xiaochao, portavoz de la Oficina Nacional de Estadística de China.
Estos positivos resultados, que contrastan con los poco o nada brillantes de otras grandes economías, se atribuyen a la política anticrisis adoptada por el Gobierno chino, la cual incluye un paquete de estímulo de unos 586.000 millones de dólares y una política monetaria flexible, entre otras medidas.
El ascenso económico de China en los últimos treinta años constituye uno de los acontecimientos más notables de la historia reciente de la humanidad, y también uno de los fenómenos más difíciles de comprender, tanto fuera como dentro
de China. Para Occidente, los masivos cambios que se han dado en el gigante asiático desde finales de la década de los setenta son aún misterio. Para el pueblo chino, en cambio, son causa de una inesperada y enorme mutación que ha introducido a su país, casi de repente, en lo más avanzado de la modernidad.
"Si alguien, hace treinta años, hubiese sido capaz de profetizar cómo iba a ser China en 2009, se habrían reído de él y habría pasado por loco", escribe en el prólogo de esta obra Eugenio Bregolat, actual embajador de España en Andorra y ex embajador de España en China (1987-1991 y 1999-2003). "Nadie podía sospechar que el programa de 'reforma económica y apertura al exterior' lanzado, en diciembre de 1978, por Deng Xiaoping, iba a desencadenar el proceso de desarrollo económico más espectacular de la historia universal, por su velocidad, por afectar a un quinto de la humanidad y por haber combinado tres procesos de cambio: de una economía planificada a otra de mercado, de una rural a otra urbana y de una cerrada a otra globalizada. La interacción de estos tres procesos y sus consecuencias sociales, proyectadas sobre la inmensa población de China, dibujan un fresco de una complejidad apenas imaginable".
En La China emergente, su autor, Wu Xiaobo, que es licenciado en periodismo por la Universidad de Fudan, en Shanghai, y empezó su carrera haciendo información económica y empresarial en la agencia de noticias Xinhua, describe y documenta, desde una "óptica" local pero validada por Occidente, los éxitos que se han conseguido entre 1978 y 2008, años clave de reformas que provocaron en este país un urgente cambio de mentalidad y una apertura económica sin precedentes. Al mismo tiempo, el autor aporta consideraciones que ayudan a prever en qué puede llegar a convertirse la nueva China.
Una China que empieza a recuperar velocidad de crucero. Se estima que con la recuperación de la economía mundial y el entorno comercial, la influencia en la economía oriental sea menos negativa que en los meses pasados. El valor total de las importaciones y exportaciones chinas en septiembre pasado fue de 218.940 millones de dólares, lo que supone una caída del 10,1% respecto al mismo mes de 2008, pero, a su vez, supone un 14,2% más que en el precedente mes de agosto.
El futuro del mundo se perfila con alta probabilidad con ojos rasgados. China ha dejado ya atrás a Alemania como tercera superpotencia económica mundial, disputa el segundo puesto a Japón y pisa los talones a la primera, a la economía estadounidense.
(El País, enero 2010)
El ascenso de China ha sido, probablemente, el hecho de mayor relevancia geoestratégica en las últimas dos décadas. Sin embargo, Occidente no ha acomodado a China, ni al resto de emergentes, en los esquemas de gobernanza global conforme a su peso geopolítico y económico.
La expansión de la presencia china en Asia, África y América Latina ha estado marcada por relaciones estrictamente bilaterales e inversión en infraestructuras, con la intención principal de obtener a cambio materias primas. Además, esta estrategia ha sido ejecutada por empresas estatales, en muchos casos sin tener en cuenta algunos estándares internacionales. Así, gracias a sus 3,8 billones de dólares en reservas de divisas, China se ha erigido en el principal proveedor de financiación a escala mundial de los países en desarrollo. El Banco de Desarrollo de China, de hecho, ya concede más préstamos que el propio Banco Mundial.
Occidente, desde hace ya tiempo, ha instado a Pekín a cambiar este modelo de diplomacia financiera bilateral por un enfoque multilateral más acorde con sus estándares. Estamos ya acostumbrados a escuchar que China debería implicarse más en la provisión de bienes públicos globales. El presidente Obama llegó, incluso, a acusar a Pekín de free rider o polizón.
El esperado momento de cambio ha podido llegar con el acceso de Xi Jinping al poder, sea por el mayor interés chino en los asuntos globales o por imperativo económico. El gigante asiático se encuentra en un momento de ralentización del crecimiento, a la vez que economías clave para China introducen medidas proteccionistas. Ya no sólo es necesario exportar sino también potenciar mercados internos fuera de sus fronteras. De esta manera se incentivaría la demanda de productos chinos y daría salida al exceso de capacidad de ciertos sectores productivos. Resulta aconsejable, para ello, un enfoque más multilateral y minimizar los riesgos en sus inversiones. Así lo demuestran sus recientes iniciativas en política exterior y su mayor compromiso con el proceso de globalización, muy beneficioso para China.
La creación en julio del año pasado del Nuevo Banco de Desarrollo (NDB en sus siglas en inglés) fue un paso en esta dirección. El NDB agrupa a las cinco economías BRICS —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— y está dotado con 100.000 millones de dólares. Xi, en la misma línea, anunció la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), con sede en Shanghái, durante la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) celebrada en Pekín.
Nos encontramos, por último, con un fondo para la nueva ruta de la seda dotado con 40.000 millones de dólares, que viene a complementar compromisos previos de inversión en Asia Central por más de 50.000 millones de dólares. El fondo se circunscribe a la iniciativa de las nuevas rutas de la seda con las que China pretende invertir en proyectos de infraestructura en Eurasia. La iniciativa abarca a 60 países que albergan a casi dos tercios de la población mundial y representan una tercera parte del PIB global. Incluiría un cinturón económico terrestre a través de Asia Central y un camino marítimo del siglo XXI que abarcaría el océano Índico y los mares de China Meridional y el Mediterráneo. Las dos rutas, combinadas, conformarían una red —y no tanto un camino— que facilitaría la conectividad entre Asia y Europa.
En su tramo europeo, destaca la inclusión del puerto griego de El Pireo en el brazo marítimo del proyecto. El puerto está parcialmente operado por la naviera estatal china Cosco. En torno al 80% del comercio chino con la UE es marítimo. El Pireo estará conectado con el resto de Europa a través de infraestructuras financiadas por China en los Balcanes y Hungría. Esta mejora de la conectividad consolidará a China como principal socio comercial de la UE, categoría que ha ocupado durante la última década. La iniciativa reafirma la voluntad china de consolidarse como un poder euroasiático conectando los dos extremos más dinámicos del continente: Asia Oriental y Europa Occidental. Ocupa, a su vez, los espacios perdidos por Rusia en Asia Central y trata de apaciguar las disputas territoriales con sus vecinos inmediatos.
Parece relevante, en este contexto, la incorporación de Reino Unido al AIIB como miembro fundador. La nueva posición británica está arrastrando a otros países europeos (Alemania, España, Francia o Italia), de Asia-Pacífico (Corea y Australia) y emergentes (Brasil, Rusia y Turquía) a participar en el accionariado del AIIB. Este viraje es interpretado por Washington como un revés geopolítico para EE UU.
Esta interpretación, a mi juicio, es errónea. No hemos sido capaces de reformar las instituciones internacionales creadas tras la II Guerra Mundial para hacerlas inclusivas y eficaces. El Banco Asiático de Desarrollo (ADB) es un buen ejemplo. Está liderado por Japón y EE UU, cada uno de ellos ostenta cerca de un 13% de votos y el presidente siempre ha sido japonés. China no alcanza el 6% de votos. Lo mismo podría decirse del Banco Mundial o del FMI, que sigue controlado por europeos y norteamericanos. La reforma acordada en 2010, en la cumbre del G20 en Seúl, aumentó la cuota de China del 3,65% al 6,19%. Pero aunque esta reforma era un pequeño paso en la buena dirección, todavía no se ha implantado debido a que el Ejecutivo estadounidense es incapaz de convencer al Congreso de que ratifique el acuerdo. Peor aún: cinco años después, esta no reforma ya se ha quedado desfasada.
Revisando lo anterior, no debe extrañar que China cree un nuevo banco de desarrollo regional, en este caso especializado en infraestructuras. Demuestra que estas nuevas iniciativas chinas no son revisionistas sino reactivas. Si las instituciones existentes no dan cabida a China y a otros emergentes, estos se verán forzados a crear estructuras nuevas. Se fragmentaría, como consecuencia, la gobernanza global en un sistema de bloques ideológicos y económicos a modo de globalización parcelada. La incorporación del Reino Unido y otros europeos al AIIB es, por ello, bienvenida; ya que podría facilitar que estas nuevas instituciones se conviertan en complementarias y no en rivales. No estaríamos, en ese caso, ante un juego de suma cero. Ambos bancos de desarrollo asiáticos debieran ser, idealmente, capaces de complementarse como lo hacen en América Latina el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco de Desarrollo de América Latina (CAF). Por otra parte, esta habría sido una gran oportunidad para que la Unión Europea pudiera estar representada directamente, como Unión, en el AIIB; tal y como sucede ya en el G20 o en la Organización Mundial de Comercio.
Occidente debe mantener una actitud abierta hacia estas nuevas propuestas chinas, aunque combinada con una actitud exigente a la hora de asegurar la multilateralidad, transparencia y rendición de cuentas de los nuevos instrumentos. De esta manera se aseguraría la orientación de las inversiones hacia criterios de mercado, protección medioambiental y unos mínimos estándares laborales. Hay más medidas pendientes, como agregar el renminbi (yuan) a la canasta de monedas con la que se calculan los derechos especiales de giro en el FMI. También buscar aspectos complementarios en las dos grandes negociaciones comerciales en Asia: el Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica (TPP, liderado por EE UU) y el Área de Libre Comercio del Asia-Pacífico (FTAAP, preferido por China). En términos generales, una aproximación occidental de este tipo obligaría a China a asumir una parte proporcional de la responsabilidad que le corresponde en la provisión de bienes públicos globales.
Es una buena noticia que China adopte un enfoque más multilateral y un mayor compromiso con el proceso de globalización. Sería conveniente que, durante los próximos meses, se consiguiera alinear los intereses de la UE, EE UU y China de cara a la presidencia del G20 que ostentará Pekín en 2016. Parece el momento adecuado para que EE UU y China generen confianza estratégica mutua para desbloquear la asunción de responsabilidades a nivel global. En un mundo tan interdependiente como el actual, esta es una oportunidad que no debemos desaprovechar.
(Javier Solana, 07/04/2015)
Contemporáneamente, China experimentó tres impulsos modernizadores principales. El primero fue liderado por el movimiento nacionalista Kuomintang (KMT) y acabó por triunfar en la isla de Taiwán. El segundo fue protagonizado por el Partido Comunista de China (PCCh) en el continente y pilotado por Mao Zedong. El tercer impulso, también en el continente, lo promovió Deng Xiaoping y lo lidera el actual mandatario chino, Xi Jinping.
Los proyectos del KMT y del PCCh, enfrentados en la guerra civil, coexistieron paralelamente durante la guerra fría en un marco de escaramuzas y tensiones. Deng impuso la vía pacífica frente a los coqueteos de Mao con la tentación de la conquista. El PCCh no ignoró el éxito económico en la isla “rebelde” de Taiwan, uno de los cuatro tigres asiáticos, e incorporó parte de esa experiencia a su agenda en el segundo impulso modernizador. En lo político, sin embargo, mientras que el KMT evolucionó desde la dictadura abriéndose a una democracia pluralista, el PCCh persiste en su modelo unipartidista con ligeros retoques de incierto futuro. Cuando Deng formuló su propuesta de “un país, dos sistemas”, imaginaba un arreglo entre ambos partidos que resolviera la cuestión pendiente de la reunificación dejando que el paso del tiempo resolviera todo lo demás. Tras la democratización taiwanesa, esto no era posible. El PCCh reaccionó aprobando una ley que preceptúa la guerra caso de Taiwan elegir el rumbo independentista.
La pérdida de significación política del KMT en Taiwan, consumada tras una humillante derrota en enero de este año de la que tardará en reponerse, plantea al PCCh una disyuntiva difícil. Sectores influyentes del Partido Democrático Progresista (PDP), aunque bajo el liderazgo una moderada, Tsai Ing-wen, sugiere culminar la modernización en lo político liquidando los últimos vestigios de la República de China. A diferencia del KMT, el PDP no sueña con “reconquistar” el continente. Tsai, con mayoría holgada, supedita cualquier avance en la reunificación al respeto a la decisión soberana de los taiwaneses. En la práctica, a la vista de lo que avanzan las encuestas, equivale a su rechazo. De ahí la insistencia continental en presionarla para que reconozca el principio de la existencia de una sola China. Este desencuentro se agrava con las prisas de Xi Jinping por dejar encaminado el diferendo.
En lo económico, con matices, ambas modernizaciones podrían confluir y de hecho se ha operado ya un considerable intercambio que también el PDP quiere moderar propiciando una estrategia de amortiguación de la dependencia a través del acercamiento a los países del sudeste asiático.
Pero en lo político, el choque se antoja difícilmente evitable. Por más que el PCCh adjetive su pretendido proyecto democratizador, su esencia es el reforzamiento de la hegemonía partidaria. El papel reservado a la sociedad, aun con fórmulas de democracia consultiva o deliberativa, nunca será equiparable al pluralismo vigente en Taiwan que el PDP quiere profundizar. El PCCh no aceptará que la isla decida en solitario el futuro histórico de China.
El proyecto modernizador abanderado por el KMT logró configurar una sociedad desarrollada y democrática. El promovido por el PCCh, especialmente tras la adopción de la reforma y apertura, sugiere un éxito de naturaleza diferente. En el primer caso evolucionó a la par que la holgura de la base que relativiza la importancia de la reunificación de la nación china. En el segundo, sin embargo, este sigue siendo un casus belli que abunda en los peores presagios.
Para el PCCh, la modernización es sinónimo no solo de desarrollo y bienestar sino de superación de las humillaciones derivadas de un tiempo de extrema debilidad del país. Hoy, de regreso en las posiciones de primacía, la reparación territorial tiene en Taiwan –como en los archipiélagos en disputa en los mares contiguos- un referente irrenunciable. La impaciencia que se advierte en dichos litigios, en los que, paradójicamente, coincide con Taipei en los posicionamientos básicos, invoca una estrategia envolvente de Taiwan.
Los ideales que inspiran los sistemas políticos a uno y otro lado del estrecho les alejan, pero es incluso improbable que una China continental democráticamente homologable renunciara de buen grado a la reunificación aunque la confluencia de ambas modernizaciones podría facilitar vías pacíficas. De otro modo, el posible choque entre ambas seguirá pesando como una losa sobre la estabilidad de la región.
(Xulio Ríos, 25/10/2016)
Cuando uno domina un lenguaje y lo utiliza con rigor, logra enviar a su interlocutor mensajes claros que no se prestan a equívocos. Donald Trump y su gente no parecen entenderlo así, porque a veces mienten abiertamente y a eso lo llaman “verdades alternativas”, como que había más gente en su Inauguration de 2017 que en la de Obama de 2009 o que este no había nacido en los EEUU; otras veces dicen una cosa y su contraria con pocas horas de diferencia, como que los EEUU favorecen o no la creación de un Estado palestino; y las hay también en que no queda claro lo que quieren decir y sus consecuencias. Esto es grave. La incertidumbre a ciertos niveles no es buena porque crea inseguridad, provoca malentendidos y puede tener consecuencias graves.
Trump se ha metido en un buen lío tras afirmar que la Administración de Obama le había sometido a espionaje electrónico durante las últimas elecciones. El equipo de Obama ha negado que eso sea cierto, sin que Trump presentara prueba alguna de sus afirmaciones pero sin que tampoco las desmintiera. Algunos días más tarde, fue aún más lejos al decir que un servicio británico de Inteligencia habría hecho este trabajo por cuenta del anterior presidente. En Londres han contestado que eso es “una tontería” y algo “totalmente ridículo”, y tampoco el director del FBI, miembros del Partido Republicano y del mismo Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes han encontrado rastro de ese supuesto espionaje.
Trump sigue sin reconocer que “se fue de la húmeda” y dice que tomó la noticia “de una mente legal muy talentosa” que pertenece a Andrew Napolitano, periodista de la cadena conservadora Fox News, que no respalda sus afirmaciones. Y no hace aún mucho que Trump afirmaba todo tipo de falsedades sobre su rival Hillary Clinton. Creo que esta distorsión intencionada de la realidad puede ser tanto una cortina de humo para distraer la atención del respetable como falta de contención verbal, impropia de un hombre que es presidente de los EEUU y cuyos comentarios hacen subir o bajar la bolsa, pueden hundir empresas y reputaciones y crear serios problemas en el mundo de las relaciones internacionales. Y el problema no se para en él, porque su equipo le imita y crea conflictos con otros países.
No voy a referirme aquí al malestar entre sus aliados europeos por su apoyo al Brexit, su desprecio por la Unión Europea o sus dudas sobre la OTAN, sino sobre otras declaraciones que pueden acabar dando lugar a conflictos incluso armados con otros países. La ambigüedad puede ser un arte, pero puede ocurrir que no se sepa realmente lo que se quiere decir, que también es posible y en todo caso es un juego muy peligroso.
Por ejemplo, después de que Trump dijera que el tratado nuclear con Irán era “el peor tratado nunca negociado” y que lo iba a denunciar (luego se dio cuenta de que ni los europeos ni los rusos ni los chinos estaban por la labor, y ha tenido que rectificar), el general Flynn, que tiene el récord de haber sido el más breve jefe del Consejo de Seguridad Nacional, dijo que ya se podían preparar los iraníes porque iba a poner a su país ‘on notice’, que nadie sabe lo que quiere decir y que yo traduciría como que le daba un serio aviso. Si a Flynn le gustaran los toros, cabría pensar que utilizaba un lenguaje taurino y que a Teherán aún le quedaba tiempo por delante porque habría otros dos avisos relacionados con su política nuclear antes de devolver el toro a los corrales o ponerle banderillas de fuego. Como no creo que lo sea, no se sabe si habrá o no más avisos e Irán se expone a las consecuencias si no cambia de actitud, aunque no esté claro de qué actitud hablamos ni a qué consecuencias se refería.
De momento, los EEUU han impuesto a Irán otro paquete de sanciones por su política de misiles, de derechos humanos y por sus ingerencias en Siria o Yemen, que son cosas que no prohíbe el acuerdo nuclear. No contento con esto, Trump ha incluido a Irán entre los países a los que pretende aplicar esa limitación de viajes e inmigración que los jueces le echan repetidamente para abajo. De momento, Teherán ha optado por responder escuetamente diciendo por boca de Khamenei que estas cosas muestran “el verdadero rostro” de América.
Ahora el secretario de Estado, Rex Tillerson, a cuyo departamento Trump le quiere recortar el presupuesto en un 29%, recordó en Seúl algo que ya había dicho antes Trump, que la nuclearización de Corea del Sur y de Japón es una posibilidad ante la carrera armamentística de Corea del Norte. Sus declaraciones provocaron tal escándalo que tuvo que añadir que eso no estaba aún decidido ni se haría deprisa y corriendo. Menos mal, pues es algo que conviene meditar mucho antes, porque no solo pondría fin a la política antiproliferación que han defendido los EEUU durante los últimos años, sino que tendría profundas repercusiones estratégicas en toda el área de Asia-Pacífico.
Cuando en febrero Kim Jong-un presumió de estar desarrollando la tecnología necesaria para hacer un ataque nuclear sobre los EEUU, Trump se apresuró a tuitear que “eso nunca ocurrirá”, pero como Pyongyang ha seguido haciendo pruebas con misiles, Tillerson ha dicho que a los EEUU se les está acabando “la paciencia estratégica” y que si la amenaza sigue creciendo considerarían “un ataque preventivo” sobre ese país. Eso son palabras mayores, porque sería muy difícil garantizar la destrucción total de una tacada del arsenal nuclear y biológico de Corea del Norte, con la consecuencia de que este país podría bombardear objetivos japoneses y surcoreanos con un coste humano altísimo antes de ser a su vez destruido.
La realidad insoslayable es que en un país que ha cruzado el umbral nuclear, la distancia que puede haber entre un ataque preventivo y una guerra total se ha acortado mucho y las consecuencias de un ataque con armas nucleares, químicas o bacteriológicas sobre Seúl y Tokio por parte de un régimen enloquecido y desesperado, que juega permanentemente con el riesgo y con el órdago y que sabe que ya no tendría nada que perder, son demasiado terribles. En estos momentos, surcoreanos y japoneses piden tranquilidad a los norteamericanos, por intranquilos que ellos mismos estén con ese vecino tan impredecible.
Corea del Norte es un problema político que hay que resolver políticamente con la ayuda de Rusia y sobre todo de China, que es quien de verdad tiene la llave. En los informes sobre el encuentro que Tillerson ha tenido con Xi Jinping en Beijing, solo se resaltan los aspectos positivos, Xi ha dicho que “la relación chino-norteamericana solo puede definirse por la cooperación y la amistad” y Tillerson le ha respondido, igual de fino, que estaba guiada por “no-conflicto, no-confrontación, respeto mutuo y cooperación en beneficio de ambas partes”. Todo muy bonito. No se ha filtrado si hablaron de Corea, pero es seguro que lo hicieron porque China está muy molesta con los misiles que Washington está desplegando en Corea del Sur y Japón (sistema THAAD), que considera que suponen un riesgo también para ellos.
Ahora se habla de una nueva ronda de sanciones sobre Corea del Norte impuestas por el Consejo de Seguridad que lo aíslen aún más del mundo financiero internacional, pero me temo que no serán nunca suficientes porque a Kim Jong-un le importa poco la suerte de sus vasallos y si comen o no. Él parece que está bien alimentado. China ya ha cortado las importaciones de carbón de Corea, una de sus pocas fuentes de divisas, y ahora los EEUU quieren que tampoco le venda petróleo, suministro vital para los norcoreanos, pero no es fácil que los chinos lo hagan por tres razones de peso: no quieren una invasión de norcoreanos hambrientos; no quieren que el régimen enloquecido de Pyongyang se lance a una huida hacia adelante por aquello de “de perdidos, al río”; y tampoco quieren una península de Corea unificada y dominada por Washington a través de Seúl.
El tercer foco de tensión grave lo ha creado Trump con China con una serie de declaraciones muy agresivas en los primeros días de su mandato. Ya ha tenido que retractarse de su coqueteo con Taiwán y volver a la política tradicional de una sola China, donde ahora dicen de él que es “un tigre de papel”. Tillerson acaba de ir a Beijing y ha invitado a Xi Jinping a ir en abril a ese nuevo Versalles en Florida que es Mar-a-Lago. Allí veremos qué hace Trump con sus otras amenazas de imponer tarifas del 45% a las exportaciones chinas (“no podemos seguir permitiendo que China nos viole”), o de impedirles acceder a islas en el Mar del Sur que China reclama como propias (Tillerson dijo que eso era algo que “no se iba a permitir”). En este último asunto, los norteamericanos tienen toda la razón, pero no está muy claro cómo lo van a conseguir por las buenas.
Uno de los problemas de Trump y de sus adláteres es que hablan demasiado, lo hacen sin precisión (por ser benévolo) y tienen luego que retractarse. O no. Es un comportamiento autodestructivo. Pero no es el principal problema del nuevo presidente, pues el premio se lo lleva la investigación en curso sobre una eventual (y hasta ahora no comprobada) colusión entre Rusia y él (o miembros de su equipo) durante las últimas elecciones. Seguro que ahora se arrepiente de la broma que hizo durante la campaña animando a Moscú a filtrar más correos del servidor privado de Hillary Clinton. Y es que por la boca muere el pez, que dice la sabiduría popular.
(Jorge Dezcallar, 06/04/2017)