Documentos | Sociedad | Economía | Historia | Letras | Ciencia | Ser

 

 

     
 

Poesía: Glosario:
Sicomoro: Árbol de forma parecida a una higuera. Su madera es notablemente resistente a la corrupción.
Flamboyant: Árbol de hojas muy pequeñas, flores de colores llamativos y grandes vainas que contienen semillas.
Alcor: Colina o collado.
Ribazo: Porción de tierra con elevación y declive.
Caballón: Lomo de tierra, como el que queda entre surco y surco al arar un terreno o el que se levanta con la azada. Empleado en ocasiones para contener las aguas o darles dirección en los riegos. También se emplea para designar el montón de tierra que resulta de hacer un enterramiento.
Clepsidra: Instrumento de la Grecia clásica empleado para la medición del tiempo mediante la caída de agua salida a través de los orificios de un recipiente.
Cariátide: Estatua de mujer con traje talar, que hace función de columna.

Yermo: Lugar inhabitado o terreno no cultivado.
Alpendre: Cubierta voladiza de edificación. En muchas ocasiones sostenida por postes o columnas a manera de pórtico.
Pérgola: Estructura o armazón para sostener una planta como puede ser un emparrado para generar sombra.
Yerto: Estado rígido de un ser vivo. Empleado con frecuencia para referirse a cadáveres.
Piélago: Parte del mar que dista mucho de la costa. Empleado para referirse a un gran amontonamiento de objetos difícil de enumerar y contar.
Pleonasmo: Palabra o palabras añadidas a una frase para incrementar expresividad sin que llegue a ser una aportación significativa de sentido.

Ditirambo: Alabanza exagerada, encomio excesivo. En la antigua Grecia, composición poética en loor de Dioniso.
Tálamo: Lugar preeminente donde los novios celebraban sus bodas y recibían los parabienes. También lecho de los desposados.
Majada: Lugar donde se recoge de noche el ganado y se albergan los pastores.
Codicilo: Disposición de última voluntad que no contiene la institución del heredero y que puede otorgarse en ausencia de testamento o como complemento de él.
Estribar: Descansar en otra cosa u objeto sólido y firme.
Non sequitur: [«no se sigue»] En lógica, es un argumento en el cual la conclusión no se deduce de las premisas.
Virgulilla: Signo ortográfico colocado sobre la letra eñe.
Vademécum: Libro de poco volumen y de fácil manejo para consulta inmediata de nociones o informaciones fundamentales.
Prontuario: Resumen o breve anotación de varias cosas a fin de tenerlas presentes cuando se necesiten.
Epítome: Resumen o compendio de una obra extensa, que expone lo fundamental o más preciso de la materia tratada en ella.
Solipsismo: Forma radical de subjetivismo según la cual solo existe aquello de lo que es consciente el propio yo.
Elipsis: Recurso empleado en gramática y literatura. Omisión de un segmento sintáctico cuyo contenido se puede recuperar por el contexto. En narratología, omisión de segmentos de la historia que se narra.


León-Felipe o el camino:
Recordamos a León-Felipe. Vibrando con su barbilla en punta, indignado. Pronto siempre a estallar en versos o en imprecaciones. Un León-Felipe romero sin sandalias ni bordón, pulcramente ciudadano, pero de un ascetismo que del hondón del cuerpo se le trascendía por los ojos, por su figura de santo elegante de Zurbarán. Su voz era, en lo poético y humano -facetas ambas que no podríamos separar en él-, un viento fuerte, tormentoso y apocaliptico. Sus anatemas recordaban los de los antiguos profetas. Era huracanado, amplio y fecundísimo como Whitman, cuyo influjo había recogido en las anchuras americanas, asimilándoselo en lo español. Había en él ríos de remolinos profundas y de remansos, bosques altísimos de árboles, pero sobre todo caminos. Caminos hollados por plantas de criaturas. Criaturas humanas, humanísimas, transidas de amor por sus semejantes. Ardientes en su acrisolada y herida soledad. Aún dura en mi la huella de su «Antología», aquel libro que fue dedicación fervorosa a su propio autor por los primeros poetas españoles de su tiempo. Debe andar todavía por algún cajón de mi abondonada mesa de trabajo de entonces, mecanografiado por mi en fervoroso impulso. Su poesía se nos da desnuda, privada de retóricas, y al remontarse como llama, alcanza cimas de una pureza escueta. Monolito hirsuto, personal, levantado en la corriente de nuestra lírica sin nada que se le parezca. Esencialmente castellana, se yergue altiva y solidaria de la avasalladora corriente andaluza que domina la poesía española de nuestro siglo. De los escasos poetas castellanos íntegros -Guillen, Salinas, Dámaso Alonso- es el menos conceptuoso e intelectual. Cuando su poesía desborda las lindes de la Castilla alta, no se detiene ante los mares y llega a Norteamérica, haciéndose allí más fecunda, como suele ocurrir con la vida del emigrante español. Y aunque su lírica no esté hecha con predominio de paisajes externos, sino de su propio ámbito interior, a la sequedad que Castilla le nace, se añade la ilimitada extensión de la vida nueva de América, que le dicta su ritmo desbordado, amplísimo y vital. Asciende León-Felipe a esas «alturas solitarias... donde se oye áin descanso la voz milenaria de los vientos, de la arcilla y del agua, que nos ha ido formando a todos los hombres». Y una vez allí, «bajo la luz de las estrellas, sobre la tierra prístina y eterna del mundo», convoca al hombre:
El hombre ahí,
desnudo,
bajo la noche
y frente al misterio;
con su tragedia a cuestas,
con su verdadera tragedia,
con su única tragedia.
La que surge
cuando preguntamos,
cuando gritamos en el viento
¿Quién soy yo?
Y el viento no responde
y no responde nadie

¿Quién soy yo? He aquí la eterna gran cuestión de la historia del hombre. La gran tragedia, «la única tragedia» para nuestro poeta. Interrogación sin respuesta en la selva de lo irracional como en los cultivados jardines del racionalismo. La última raíz, corroída de morbo, de la poesía de siempre, de la poesía brotada de la angustia y no de mera satisfacción lúdica. Pero León-Felipe no se abandona a ella, a su negadora potencia enfermiza. El llama al hombre, convoca el hombre, convoca al hombre de su dintorno, al hombre concreto. Y lo llama y lo convoca para el gran negocio de su salvación en la tierra. Porque, aun siendo cierto que «no hay posadas de felicidad ni de descanso», hay mucho que arreglar aquí abajo, sobre el haz de esta tierra que nos soporta. Y sobre todo, hay un camino, un camino que nos conduce, despojados de todo, sin lujos ni satisfacciones humildes como el piadoso romero o como el canto rodado de los cauces, «hacia esas cumbres altas». (José Domingo, Gánigo - 1954)

Procuro seguir al día la marcha de la poesía canaria. Sin referirme a los viejos maestros, Morales, Quesada, Torón o el más reciente, Pinto de la Rosa, tienen ustedes una rica floración lírica, desde el veterano González a los más jóvenes. Leo los libros que publican, entre otros, Gutiérrez Albelo, Pinto Grote, Lezcano, Doreste, Los Millares, Rodríguez, Arozarena, Pino Ojeda y Pino Betancor, y otros más jóvenes, pues la sucesión isleña es continua y enriquece sin tregua a la poesía general española. (Vicente Aleixandre, 1957)


✦ Ispiración (s.XX): A lo largo del siglo XX, la forma de entender y explicar la inspiración poética dio un giro radical respecto al romanticismo y la tradición clásica. Los poetas dejaron de verse como simples recipientes pasivos de una divinidad para explorar la mente profunda, el inconsciente, el esfuerzo formal y lo irracional. ¿Qué han contado los poetas del siglo XX sobre cómo les llega la inspiración? La concepción de la inspiración en el siglo XX se fragmentó en varias posturas fundamentales: El inconsciente y el azar (Surrealismo): Movimientos como el surrealismo plantearon que la inspiración no viene de fuera, sino del subconsciente. Defendieron la escritura automática, un dictado del pensamiento libre de todo control lógico, moral o estético. El esfuerzo y el oficio: Autores como Paul Valéry o la corriente de la poesía pura (en España reflejada en las primeras etapas de Jorge Guillén) desmitificaron el rapto divino. Para ellos, la inspiración solo aporta el primer verso (el "verso dado"); el resto es fruto del trabajo riguroso, la técnica y la lucidez intelectual. La "Inteligencia" y lo esencial: Juan Ramón Jiménez invocaba célebremente a la "Intelijencia" (escrita por él con 'j') en su libro Eternidades. No pedía un rapto místico, sino lucidez lingüística para conseguir "el nombre exacto de las cosas". La fuerza telúrica y profunda: En lugar de mirar al cielo, poetas como Lorca teorizaron que la verdadera inspiración artística surge de la tierra y de la consciencia de la muerte. ¿Alguno nombra a las musas de forma no figurada? Prácticamente ninguno. En el siglo XX, cualquier mención a las "musas" se hace de forma puramente metafórica, irónica o de manera explícita para rechazarlas. En su conferencia de 1933, Teoría y juego del duende, Lorca desacredita el concepto clásico de la musa: afirma que la musa es un elemento externo que viene dictado desde fuera, despierta una inteligencia fría (a menudo "enemiga de la poesía") y pertenece a un orden estético caduco que no sirve para captar la verdad trágica del arte moderno. De manera habitual muchos poetas describen el proceso como un misterio que no han descifrado. Aunque rechazan el mito griego, muchos poetas admiten que el chispazo poético original sigue siendo una incógnita inescrutable. Lorca acudió al concepto del duende para bautizar ese misterio indescifrable. Lo definió, citando a Goethe, como un "poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica". Admitió que no responde a reglas matemáticas ni a una lógica racional: es una fuerza viva que se escapa al entendimiento. Autores de la corriente existencialista o posterior, como María Victoria Atencia, o poetas misticistas contemporáneos, siguen perfilando la creación poética como un aliento imprevisto y un misterio nacido del fondo de la memoria que no se puede forzar ni cartografiar por completo. Algunos nombran algún fenómeno literalmente paranormal o mágico a través de la vía del esoterismo y el ocultismo. Hubo poetas del siglo XX que no se quedaron en el psicoanálisis y buscaron la inspiración de forma literal en lo paranormal o en fuerzas espirituales invisibles: William Butler Yeats (Premio Nobel en 1923): El caso más célebre de la literatura mundial. Dedicado profundamente al ocultismo, la teosofía y miembro de la orden hermética Golden Dawn, Yeats utilizaba a su esposa Georgie Hyde-Lees como médium para realizar sesiones de escritura automática espiritista. El poeta estaba convencido de que un grupo de espíritus desencarnados (a los que llamaba "los Instructores") se comunicaban con él y le dictaban intrincados sistemas de símbolos y metáforas que luego vertió en sus poemas y en su obra filosófica Una visión. Pessoa: Tenía un fuerte vínculo con el esoterismo y la astrología. Llegó a declarar que padecía de "mediumnidad psicográfica" (un tipo de escritura automática guiada por presencias o fuerzas ajenas). Aseguraba sentir una presencia espiritual extraña al momento de dar vida a algunos de sus heterónimos. Olga Orozco [Argentina, Generación del 40] entrelazó su lírica con prácticas de clarividencia, cartomancia y astrología. Su poesía nombra constantemente el diálogo con los muertos, los pactos mágicos y la percepción de realidades invisibles no como adornos poéticos, sino como parte de su cosmovisión y su forma de experimentar el mundo.

Leonard Cohen | Bob Dylan | Plath | Dickinson | Rilke | Heaney | Yeats | Keats | Tennyson | Dylan Thomas | Manuel Machado | Lorca | Miguel Hernández | Gerardo Diego | Celaya | Tagore | Montale | Neruda | Rubén Darío | Huidobro | Benedetti | Nicanor Parra | Mistral | Loinaz | Octavio Paz | Verlaine | Baudelaire | Lautreamont | Pessoa | Petrarca |


[ Inicio | | SOC | Economía | Historia | Letras | SER | DOCS | CLAS | FIL | África