El arte de la guerra en la Ilíada             

 

El arte de la guerra en la Ilíada:
"...Y LA NEGRA TIERRA MANABA SANGRE." (Canto XV. Verso 716)
No existen verdades absolutas en nuestro conocimiento del mundo micénico. Arqueología y literatura se apoyan casi tantas veces como se contradicen. Por cada punto de coincidencia entre la evidencia material y el relato poético existen contradicciones. Puesto que no podemos asegurar nada por completo, tendremos que limitarnos a describir el mundo que Homero relata en la Illiada, confiando en que los descubrimientos arqueológicos que no existían hasta finales del XIX y que aún fueron revolucionados tras la S.G.M, lleguen alguna vez en nuestro apoyo. Por motivos de claridad dividiré en párrafos independientes cada punto de la exposición, acompañándolo de la referencia que permite localizar la cita concreta en cualquier texto corriente. También se encuentran ediciones en internet mas fáciles de manejar.

- Los aqueos desembarcan en una amplia playa, donde varan sus naves y edifican una empalizada con un muro y un foso con estacas afiladas. Canto I, verso 34. Canto XII. Versos 61-63; 440-441. La fortificación dispone incluso de puertas principales protegidas con cerrojos. Sin embargo debía tratarse ante todo de una defensa de ocasión: Los troyanos la superan sin problemas a pesar de no contar con herramientas de ningún tipo. Canto XII. Versos 445 y ss. La debilidad del campamento se justifica por motivos religiosos: Los aqueos no realizaron los sacrificios rituales debidos para asegurar la fortaleza de sus muros.

- A una distancia notable ( los troyanos tienen que pernoctar en campo abierto durante su asedio al campamento argivo) se sitúa la ciudad de Troya, tras 2 ríos y en una elevación del terreno. Canto VIII. Versos 487-542. Solo hay 2 árboles en todo el llano, una encina y una higuera junto al muro. Cuando necesitan leña, los aqueos tienen que desplazarse hasta el monte Ida.

- Las fortificaciones de Troya son masivas, sorprendentes incluso para los aqueos, que no obstante conocen su punto mas débil y concentran en el sus ataques informados por un oráculo. Canto VI- Versos 435-440. Las puertas de la ciudad se refuerzan con grandes torres. Canto VI. Versos 384. Canto XXI. Versos 443-448/526. Se justifica su poder atribuyendo su construcción a los dioses, y a un humano en el sector débil.

- El carácter mítico de los héroes se refuerza cuando se señala que su fuerzas es muy superior a la de “los hombres actuales”.

- Ni los aqueos fuerzan un asedio cerrado ni los troyanos defienden las murallas. Se combate siempre a campo abierto. Solo Patroclo trata de asaltar las murallas en un gesto que se califica de insensato.

- Ambos bandos combaten con la intención de capturar botín y saquear los cadáveres del adversario como motivación principal. Canto V-Versos 433-434. Canto XIII 383-384. Incluso se cita el valor de estas armas: 9 bueyes. Canto VI verso 236. Los triunfos en los combates singulares son más importantes que el triunfo del propio bando. Los guerreros se insultan unos a otros y humillan a los cadáveres del modo más cruel, especialmente en Canto XIII 347-382. La necesidad de vengarse lleva incluso al sacrilegio: El principal deseo de Aquiles no es solo matar a Héctor, también necesita profanar su cadáver. XXII 331-335. Canto XI 450-456, Ulises desea lo mismo.

- Los aqueos mantienen el asedio con suministros de las islas cercanas y saqueando regularmente las ciudades del entorno de Troya. Tampoco parece que los troyanos tengan problemas de suministro. De hecho la cólera de Aquiles se desata por desacuerdos en el reparto del botín de una expedición reciente. Canto I.

- Frente a la pléyade de reyes aqueos que combaten, hay una alianza de Troyanos con sus auxiliares. Las fuerzas se muestran tan equilibradas que los troyanos llegan a asaltar el campamento argivo. El catálogo del Canto II cita 1.186 naves, 46 comandantes y 16 naciones aqueas. En cambio, solo 26 comandantes y 11 naciones del bósforo. El hecho de que el catálogo cite lugares que en un 75% han sido verificados como poblados en época micénica, pero despoblados en tiempos de Homero permite afirmar que es una de las partes que puede aceptarse como contemporánea de la guerra de Troya.

- Los troyanos no hablan la misma lengua que sus auxiliares: Canto II. Versos 804-806. Pero si la misma que los aqueos, con los que se comunican sin problemas aunque solo sea para insultarse.

- Aunque la evidencia arqueológica no lo corrobora, los 2 bandos emplean armaduras pectorales y grebas, con escudos de un tamaño relativo. Es un tipo de protección que les permite abandonar sus carros y moverse con agilidad. Nada demuestra que usasen las armaduras de cuerpo entero que la arqueología ha encontrado en Grecia. Canto XI-Versos 13-47. De hecho parecen mas cercanas a las primeras defensas de campana, supuestamente varios siglos posteriores.

- Aunque usan espadas, el arma principal es la lanza. No la jabalina, de las que pueden llevarse 2 en la mano y que Patroclo prefiere a la lanza de embestida. Canto XVI. Versos 130-139.Canto XX. Versos 306-331. Héctor, armado solo con su espada sabe que no puede vencer a Aquiles que conserva la lanza.

- Junto a los numerosos campeones, pertenecientes a una casta guerrera de tipo feudal que recibe tierras a cambio de sus servicios, Canto IX versos 150-162,se agrupan grandes cantidades de infantes escasamente protegidos. Posiblemente usasen apenas una lanza y un escudo de pieles a los que se hace continua referencia. La narración apenas les presta atención, igual que apenas menciona a los arqueros salvo en circunstancias especiales. De hecho es común que un solo campeón acabe con “falanges” enteras.

- Los carros parecen más un símbolo de status que una herramienta de combate: De hecho, 2 de los reyes aqueos, Ulises y Ayante Telamonio carecen de ellos debido a la pobreza de sus territorios.

- El canto XXIII nos describe los rituales fúnebres. En realidad, bastante parecidos a los que conocemos para los vikingos, no desechando ni siquiera los sacrificios humanos. Verso 175.

- Por motivos puramente literarios Homero dota a sus personajes del don de la profecía: En al menos 4 ocasiones los personajes, ya fallecidos o a punto de morir, relatan hechos del futuro, frecuentemente anuncian sus propias muertes o las de seres queridos. Esto permite introducir a la Illiada de un modo mas efectivo dentro de todo el ciclo troyano.

- Aunque son varios los comandantes griegos, subordinados en teoría a Agamenón, canto I, es Héctor el comandante militar de los troyanos sin distinción, en sustitución de su anciano padre. Frente a un gran número de caudillos aqueos, solo Hector, y en menor medida Eneas, se distinguen en el campo troyano. Héctor es el personaje que mayor numero de veces recibe calificativos honoríficos: Semejante a un dios, homicida, querido de ares, fuerte en el grito de batalla, protector de la ciudad, domador de caballos, de tremolante penacho...Lo que resulta doblemente notable si tenemos en cuenta que no se le conocen hazañas militares anteriores ni puede presumir de ascendencia divina como Aquiles y Eneas, y otros muchos campeones de ambos bandos. (Urogallo, 2004)


Troya: Mito y realidad:
Para muchos, una ciudad mitad mito y otro tanto realidad. Su grandeza, su destrucción y el famoso Caballo de Troya siguen siendo los grandes enigmas de esta legendaria urbe a la que cantó Homero en su célebre Ilíada.“¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que habitáis alrededor de Troya! No ha sido por el poder ni por el deseo de reunir una muchedumbre por lo que os he traído de vuestras ciudades, sino para que defendáis animosamente de los belicosos aqueos a las esposas y a los tiernos infantes de los troyanos…” Las palabras que el gran caudillo troyano Héctor, “el de tremolante casco”, dirigió en vísperas de la batalla a sus aliados que combatían contra el acoso griego, dan vida a uno de los capítulos de La Iliada; la obra de Homero donde se da cuenta del sitio y destrucción de Troya. Pero, ¿Qué fue Troya? Nombrarla equivale a evocar una ciudad situada a horcajadas entre la realidad y el mito; una leyenda cuyos destellos iluminaron la imaginación de muchas generaciones; una guerra de diez años, tan célebre como feroz, que dejaría en ruinas a esa urbe inmortal. Sin embargo, hasta el día de hoy continúan alzándose algunas voces que cuestionan desde el presunto emplazamiento de las ruinas troyanas, en la costa turca del Asia Menor, hasta la existencia de la ciudad legendaria (y de su máximo cantor, Homero). Inclusive, su destrucción abre aún hoy un sinfín de interrogantes, pese a la famosa artimaña del Caballo de Troya, en cuyo vientre un puñado de soldados griegos encabezados por el valeroso Diomedes atravesó sus murallas al despuntar el alba. Y por si no bastara tanto enigma, se han descubierto varias Troyas, una encima de la otra. A la que se suma otra teoría, más reciente, de un filósofo mexicano, Roberto Salinas Price, que se despacho con la sensacional afirmación de que Troya no habría estado en Asia, en el valle delimitado por los ríos Escamandro y Simois, sino a orillas del Mar Adriático. Nada menos que en la actual Serbia…

El juicio de Paris. Detonante de la guerra de Troya Todo había empezado cuando al apuesto París, uno de los cincuenta hijos del rey troyano Príamo, y hermano de Héctor y de la vidente Casandra, el dios Zeus le ordenó una engorrosa misión; dictaminar cuál era la diosa más bella entre Hera, Atenea y Afrodita. París se inclinó por esta última, que, dicho sea de paso, lo había sobornado prometiéndole el amor de Helena de Esparta, la mujer más hermosa del mundo entonces conocido. Pero había dos factores en contra de tales amoríos: Helena era griega y por añadidura, estaba casada con el rey espartano Menelao. Lo cierto es que al entregar la manzana “de la discordia” a Afrodita, en premio a su triunfo en el primer certamen de belleza de la historia, Paris se ganaba la venganza de las deidades despechadas. Y daría cumplimiento, así, a la profecía según la cual Troya sería destruida por su causa. Ocurrió, en efecto, que Atenea y Hera persuadieron a Príamo a que enviara a Paris a la corte de Menelao: presa de una fulminante pasión por Helena, Paris la sedujo y raptó, llevándosela a Troya. Menelao, su hermano Agamenón, rey de Micenas y Ulises, se asociaron para rescatarla. Primero reclamaron la devolución de la joven, lo que les fue negado. Todos los príncipes griegos se conjuraron entonces contra la insolencia troyana. Se desató así la Guerra de los Diez Años, en la que hasta aquellos dioses volubles y rencorosos participaron ayudando o saboteando a unos y a otros. Otras versiones del mito juran que Zeus estaba harto de tantos hombres sobre la tierra, y provocó una “guerra depuradora”. Hasta hace relativamente poco tiempo no habían salido a la luz pruebas creíbles sobre la existencia de Troya, o de las varias Troyas superpuestas. Ni sobre su arrasamiento. Ni su localización geográfica. Las exploraciones llegarían a contar hasta nueve Troyas destruidas y reedificadas unas sobre otras: la sexta, de la que aún subsistían las fuertes murallas de piedra rectangulares, sería la saqueada por los griegos en el siglo XII antes de Cristo. Más exactamente: hacia 1260 a.C. La novena capa correspondería a una época muy posterior, a los tiempos del Imperio Romano. El asedio de Troya duró una década. Y aquí hay otro misterio: según Homero, los griegos en ningún momento bloquearon la urbe sitiada; no interceptaron sus provisiones; tampoco intentaron derruir sus fortificaciones; acamparon inclusive bien lejos de la ciudad. Eso sí: constantemente los bandos rivales se hostigaban y trenzaban en salvajes enfrentamientos. Los carros estremecían la tierra al mando del auriga. Por todos lados las piras de cadáveres humeaban oscureciendo el día; más allá, una pelea entre decenas de soldados podía interrumpirse bruscamente para admirar el duelo personal. Por ejemplo, cuando Aquiles atravesó con su pica el cuello de Héctor, atando luego su cuerpo al carro cuyos caballos azuzó. cuenta Homero: “Gran polvoreda levantaba el cadáver mientras era arrastrado; la negra cabellera se esparcía por el suelo; la cabeza, antes tan graciosa, se hundía en el polvo. Porque Zeus la entregó a los enemigos para que allí, en su misma patria, la ultrajaran”. Zeus, que al igual que Atenea se había entrometido para sellar el fin del comandante troyano. Un fin no muy diferente del que tendrían otros guerreros como Patroclo, Polidoro y el mismo Aquiles.
Caballo de Troya En cuanto al fin de Troya, las enciclopedias recuerdan que Ulises aconsejó pactar un falso armisticio con los troyanos, quienes recibieron alborozados la proposición. Entonces Ulises, en testimonio de amistad, les ofreció un gigantesco caballo de madera explicándoles que era una ofrenda a los dioses. Para entrarlo a la sitiada Troya fue preciso derribar todo un sector de la muralla. En su entraña aquel caballo alojaba a un puñado de griegos, que al llegar la noche abrieron las puertas de la plaza: el amanecer vio a los sitiadores dueños de la ciudad. Aquí entra en escena un personaje singularísimo, el arqueólogo aficionado y aventurero alemán Enrique Schliemann. El llamado “el bucanero de la arqueología”, que vivió entre 1822 y 1890. Trabajó en una tienda siendo adolescente; se embarcó como peón de limpieza en barcos mercantes, naufragó, y en Holanda se dedicó a los negocios, incluyendo contrabando de té. A los 36 años había amasado una fortuna. Su descomunal energía se volcó luego al estudio apresurado de la arqueología. Y ya en 1868 hundió la pala por primera vez en donde La Ilíada imaginó a Troya: al pie de dos manantiales, uno caliente y el otro helado, que fluyen al río Escamandro. Pero allí no encontró ni rastros de la metrópolis del rey Príamo. Fue recién en 1871 cuando este “Sherlock Holmes” de la antigüedad clavó la zapa en Hisarlik, una pequeña colina a unos cinco kilómetros de la costa egea. Precisamente, en medio de los ríos Escamandro y Simois, y en la semiárida región más tarde bautizada Tróade. El increíble Schliemann comenzó por abrir una larga zanja con tal ímpetu que, de entrada, arrasó parte del primer nivel: unas ruinas de la época neolítica, de la que sólo quedaban algunos habitáculos y restos de hachas y cuchillos de piedra. El arrojado explorador alcanzó a identificar otras cuatro ciudades, la segunda de las cuales contando desde el plano más profundo pertenecía ya a la Edad de Bronce. Se la dató aproximadamente entre los años 3.300 y 2.500 antes de Cristo. Pero Schliemann quedó convencido de que esa era la Troya de Homero. Eran notables los vasos de plata y bronce hallados allí, al lado de diademas, puntas de lanzas, pendientes, y otras joyas de oro así como lingotes de cobre y plata. El entusiasmo del germano no tenía límites: cuando descubrió esos adornos preciosos en 1873, creyó haber hallado “el tesoro de Príamo”. Para protegerlo de las manos de burócratas y ladrones, y poder sacarlo clandestinamente de Turquía se lo fue entregando a su segunda esposa, Sophia Engastromenos, de solo 17 años. Heinrich Schliemann fue quien descubrió Troya. Sería Dörpfeld, el ayudante y continuador de la labor schliemanniana, quien identificó la verdadera Troya homérica como la sexta, o más seguro la séptima de las encontradas sucesivamente. En total, apenas se trataba de unas pocas docenas de viviendas en una superficie también irrisoriamente pequeña: sólo 139 metros en su lado menor, y 183 en el mayor. Dimensiones que, por su vulnerabilidad, tornan todavía más conmovedora (pero también más enigmática e intrigante) la serie de acontecimientos allí ocurridos. La maravillosa gesta troyana, transcurridos más de treinta siglos, continúa agitando la imaginación y el espíritu, del mismo modo que todavía agita sus playas el viento que sopla sin cesar entre las altas hierbas; un viento que no existe en ningún otro punto de esa zona, y que ya Homero describió. Un viento en cuyo hálito Aquiles sigue arrastrando el cadáver de Héctor, frente a las murallas de la invencible Troya. (Aquiles | libreopinion.com, 2007)

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