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Efectos de la pesca tradicional en los arrecifes:
Así, descubrieron que incluso un nivel escaso de pesca puede hacer que ciertas estrellas de mar aumenten su número y tamaño debido a la ausencia de depredadores naturales, pescados por los lugareños. Las estrellas de mar consumen el coral y lo deterioran. También hay una correlación entre la densidad de estrellas de mar, la cantidad de algas cubriendo el arrecife y el grado de actividad pesquera.
En las islas donde la pesca era más intensa, los depredadores de las estrellas de mar se redujeron en casi dos tercios. Esto provocó que éstas se multiplicaran de forma rápida. Ante su presencia, el coral sano declinó en un tercio.
En una de las islas, donde se hizo un seguimiento de las estrellas de mar durante un año, los corales sanos empezaron a desaparecer velozmente, y en el plazo citado la cobertura de las algas se incrementó de una quinta parte de la superficie hasta casi la mitad.
Los científicos saben que los arrecifes de coral están desapareciendo tan deprisa como las selvas, pero hasta ahora se sabía poco de la influencia de la pesca en estos ecosistemas. Tampoco se conoce si este daño es permanente o no.
La supervivencia de los arrecifes es importante, porque en ellos viven el 25 por ciento de las especies marinas conocidas. Son el hogar de 4.000 especies de peces, de 700 especies de coral y de miles de plantas y animales diversos.
(Fuente: Amazings)
Utopistas rumbo a Gaza:
Riemen se sirve para ello de escritores como George Orwell o Thomas Mann, de quienes recupera sin ambages conceptos como amor o verdad , que tan cándidos resuenan cuando se emplean en el día a día de hoy pero que, como muy bien se argumenta, urge rehabilitar.
De Elisabeth Mann Borgese, hija menor del autor de Doctor Faustus, recuerda Riemen una sentencia de 1999: “Los utopistas de hoy son los realistas del mañana. Los realistas de hoy mañana estarán muertos”.
La rehabilitación que sugiere Riemen de la mejor tradición cultural europea invita a rescatar a un personaje literario que encarna como pocos esa inocencia luminosa, esa nobleza de espíritu que reivindica el autor. De algún modo, esa ingenuidad activa que puede aplicarse a los integrantes de la flotilla –saben que no llegarán a buen puerto– es la misma que evoca el príncipe Myshkin en El idiota de Dostoievski.
El príncipe es un personaje que atesora todos los rasgos que hoy consideraríamos debilidades. No solo es bueno, generoso e ingenuo; es que adolece de una falta de ambición que lo condena a deambular a merced de la ambición de los otros. Pero son precisamente esas fragilidades las que hacen de él un ser poderoso: su ingenuidad expone, por contraste, la inhumanidad que guía –en mayor o menor grado– a la gente con que se relaciona.
Llegados aquí, podríamos preguntarnos cuál es la alternativa al buenismo de acciones tan ingenuas como la Global Sumud Flotilla. ¿No hacer nada? ¿Confiar en que las instituciones que no hacen nada desarrollen imaginativas estrategias para seguir no haciendo nada sin que se note? ¿Es más respetable quien se queda en casa y evita mirar las imágenes terribles de Gaza que quien se enrola en una causa como la de Thunberg y los suyos, por más que entre las motivaciones de estos pueda subyacer la pulsión aventurera y algún que otro cálculo de rentabilidad política?
Nunca pisarán Gaza, pero su gesto pone en evidencia la inacción de la mayoría. Como el príncipe ruso ante sus semejantes. La ingenuidad frente al cinismo.
Hay otros personajes literarios abocados, como el pobre Myshkin, a perseguir causas perdidas. A Don Quijote lo guiaban la bondad, el amor y el deseo de justicia (en este sentido, la flotilla es una empresa indudablemente quijotesca) y, al capitán Ahab, la obsesión de someter a la ballena.
Pero Rob Riemen, en La palabra que vence a la muerte, se atreve a invocar el soneto Ozymandias de Percy B. Shelley, donde un viajero se topa con las ruinas de un gran rey varado en la arena solitaria. El ensayista trae a colación este poema en su descripción de un teatro del mundo dominado por Grandeza y sus acólitos, en una nada velada referencia a Donald Trump y a otros gobernantes autoritarios.
Hay una alternativa menos literaria pero más civilizada a la imagen del coloso despojado de poder y abandonado en el desierto: una celda en La Haya.
(Miquel Molina, septiembre 2025)
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