Europeizar España             

 

Europeizar España:
En la noche de 14 de junio de 1901 iniciaba Joaquín Costa en el Ateneo de Madrid su resumen de la memoria sobre “Oligarquía y caciquismo” ante un público entregado, que volvió a escucharle el día siguiente durante más de dos horas. Conocida es la elocuencia del señor Costa –escribió el cronista de El Imparcial– “que arrebató a los oyentes, que muchas veces prorrumpieron en aplausos estruendosos”. Eran las once y media de la noche cuando, terminado su segundo discurso y disponiéndose a abandonar el Ateneo, le advirtieron de que en la puerta le aguardaban muchos de sus oyentes “con el propósito de rendirle un homenaje de admiración, acompañándole hasta su casa. Y así se verificó.” Sumaban más de doscientas las personas que arroparon al gran tribuno, desde la calle del Prado, pasando por la del Turco y atravesando Alcalá hasta la del Barquillo, dando vivas a los hombres de buena voluntad, al mismo Costa, a la regeneración y a los regeneradores y mueras a la oligarquía y al caciquismo, a los egoístas y a los políticos de profesión. Una vez en casa, y como los manifestantes no se disolvían, Joaquín Costa se sintió obligado a salir al balcón y pronunciar un breve discurso recordando que se imponía una revolución para corregir los convencionalismos destructores que motivaban en todas partes manifestaciones de protesta, y que esa revolución, si no se hacía desde arriba con medidas de gobierno, se haría desde abajo en medio de las convulsiones del desorden en la vida pública. Y dicho esto, terminó la manifestación. No sería del todo novelesco imaginar que entre los doscientos y pico de entusiastas que acompañaron a don Joaquín hasta su casa predominaran los jóvenes y que, entre estos, se contaran dos socios del Ateneo de Madrid, Manuel Azaña, que había cumplido ya los 21 años de edad, y José Ortega, que tenía tres años menos. El primero, Azaña, había defendido hacía un año su tesis doctoral en Derecho sobre “La responsabilidad de las multitudes” y era asiduo participante en los debates que tenían lugar muy cerca del Ateneo, en la Academia de Jurisprudencia y Legislación.

El segundo, Ortega, cursaba estudios de Filosofía en la Universidad Central, tras haber abandonado la carrera de Derecho que había iniciado con los jesuitas en Deusto. Vivía Azaña en la calle del Desengaño y Ortega en la de Goya, no muy lejos ninguno de dos de la calle del Prado, donde abría sus puertas el Ateneo de Madrid. Vidas paralelas, podría decirse, las de estos dos jóvenes, porque ambos procedían de familias de la burguesía media, de la misma capital, con una larga historia de periodismo a sus espaldas, la de Ortega; de Alcalá de Henares y con una secular dedicación a la vida municipal, desde la escribanía y la alcaldía, la de Azaña. Habían pasado los dos varios años como internos en instituciones regentadas por religiosos, Azaña con los agustinos, Ortega con los jesuitas, y ambos habían interrumpido su internado antes de terminar sus estudios: uno recordará vivamente la noche del rompimiento con la práctica religiosa; otra da la impresión de no haber sentido nunca ni una sola crisis de fe porque nunca la tuvo. Ambos, además, hicieron sus primeros pinitos literarios en esos mismos años, preocupados los dos por la presencia de la masa en la vida pública: Ortega, en una de sus Glosas para Vida Nueva evocó la masa como turba, como foule, impersonal por suma de abdicaciones, involuntaria, torpe como un animal primitivo, después de que Azaña, que escribía en Gente Vieja, hubiera dedicado a la responsabilidad de las multitudes su tesis doctoral. Ambos habían despertado a la curiosidad razonadora, como dirá Ortega, cuando cayeron las últimas hojas de la leyenda patria o, como apuntó Azaña, cuando España llevaba camino de quedarse fuera del mundo. Quiso, en fin, el azar que ambos, con una diferencia de edad de tres años, ingresaran casi al mismo tiempo como socios en el Ateneo –en los últimos meses de 1900 Azaña, con el número 7.069; en los primeros de 1901 Ortega, con el número 7.127– y que escucharan la voz tonante de Joaquín Costa y, quizá, le acompañaran en aquella noche de junio a su casa, arrebatados ellos también por lo que acababan de oír. De modo, y esto es lo que aquí interesa, que su trato con el pensamiento y la política de don Joaquín no fue puramente libresco: escucharon su voz y su llanto, lo vieron temblar. Azaña, en las memorables jornadas de su presentación del “Resumen de la Información”, en aquellos días de junio de 1901, quizá también en su conferencia de 24 de marzo, “Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno de España”, la célebre Memoria de la Sección. El efecto fue fulminante y duradero: recordará toda su vida las impresiones recibidas en el Ateneo de Madrid durante esos primeros años de siglo, “en la edad en que se cuajan las emociones”, los lamentos por los males de la patria, las desdichas de España, la decadencia, la derrota, la venalidad, la corrupción. “Recuerdo las últimas conferencias de Costa en el Ateneo”, escribe Azaña cuando se vuelve por vez primera hacia el pasado para echar un “Vistazo a la obra de una juventud”. Y lo que recuerda es sobre todo los “apóstrofes violentos” que caían sobre las cabezas de sus oyentes a cuenta del carácter español: “el salón se hundía de aplausos”, añade, sorprendido de que nadie protestara. “Yo le vi en la tribuna del Ateneo llorar de rabia temblándole las gruesas facciones, mientras improvisaba una arenga descomunal para confundir, ya que no podía comérselo, a un contradictor impertinente. Irascible, apremiante, iluminado por la indignación, su destino era abrasarse en los sentimiento ingenuos…”, recordará muchos años después, en 19231.

Ortega, que podría haber participado también de esta experiencia en el Ateneo de los primeros años del siglo xx, evocada en carta a Costa2, no conserva o, al menos, nunca alude a los mismos recuerdos de Azaña. Lo que por él sabemos de su encuentro con Costa es que sucedió algo después, hacia 1904, cuando “en la horas del centro de la jornada solía habitar solo la paz de la biblioteca del Ateneo” y un día sintió a su espalda al bibliotecario que tocándole el hombro le dijo: “Ese es Costa”. Levantó el joven Ortega los ojos de la mesa y vio al fondo de la solitaria biblioteca una enorme masa humana, un cuerpo de gigante coronado por una cabeza recta, alta y cuadrada como una torre de las que Aragón puso en avanzada sobre el Duero. Y sin embargo, no es esta enorme masa humana la que evocará Ortega con ocasión de la muerte de Costa: “Cuando yo le conocí –escribe entonces– había ya perdido la ecuanimidad: su corazón hervía lacerado, traspasado por España, sobre su pensamiento, sobre su palabra, sobre su ademán, sobre sus sentimientos, pesaba ya un acento de incontinencia enfermiza… Era la amencia quijotesca”, una variante de aquel llanto de rabia por la pérdida de España que tanto había impresionado a Manuel Azaña.

Sea lo que fuere, en los dos jóvenes suscitó, además de los mismos sentimientos, idéntica actitud hacia su persona: importaba más el hombre que lo que el hombre decía. Las imágenes se repiten: corazón hirviente, en carne viva, incontinencia en la palabra, denuestos e improperios de lo más terrible, amencia, rabia. Este desgarro vivido en público, que habría despertado en estos dos jóvenes un sentimiento de rechazo, que a Ortega le parecía poco grato y admisible, y que Azaña juzgaba como causa del influjo detestable que su exaltación, su fantasía, ejerció en su política, tratándose de Costa lo consideraban como una especie de reflejo incontrolado de la “altísima nobleza del propósito”, una derivación de lo que Ortega llamaba “patriotismo del dolor”. Costa era honesto, sincero, su corazón sufría realmente lacerado: una constatación que, en el Ateneo, contrastaba con el escepticismo de los modernos, de aquellos que, como Azorín, presumían de tabaquera de plata y paraguas amarillo, de esa joven generación que Azaña veía guiada por un afán de destrozar estatuas para colocarse ellos mismos en la hornacina. La retórica dolorida de Costa no tenía nada que ver con el pesimismo introvertido de Azorín ni con la protesta de Baroja, a quien Ortega dibujó huyendo despavorido después de prender fuego a la casa solariega. Es lo más probable que si su trato hubiera sido exclusivamente libresco, sin haber sentido a su persona o participado en los acontecimientos en que convertía sus conferencias, ni Azaña ni Ortega hubieran prestado a Joaquín Costa y a su programa de regeneración de España mayor atención. Fue esa percepción de que tras lo barroco de la retórica y el exceso de las imprecaciones, latía un dolor profundo por la patria muerta lo que más les impresionó de aquel profeta que en verdad no sacaba provecho material alguno de su apostolado. Ellos, los teen-agers del 98 –como los llamó Vicente Cacho– también habían sentido el mismo dolor cuando volviéndose hacia los mayores no recibieron más que una respuesta: “Ya no hay España. Nos habíamos quedado sin patria”, dirá Azaña. Sencillamente, buscaban a alguien en quien poder creer, a quien elevar, como repetía Ortega, al altar de nuestros respetos. ¿No quedaba en aquella España nada ni nadie que mereciera ese respeto? ¿No quedaba ninguna tradición a la que sumarse, en la que incorporarse? Viviendo en Madrid, la cloaca de la que gustaba alejarse a Unamuno, y frecuentando el Ateneo, que tan a mano quedaba de sus domicilios, echaban de menos alguien a quien respetar: Costa ocupó por unos años ese vacío.

El Ateneo de Madrid era, cuando comenzaba el siglo, lugar privilegiado para el encuentro y la mezcolanza de políticos que salían del Congreso e intelectuales, mayormente literatos y periodistas, que allí recalaban desde sus tertulias y sus redacciones. Costa, sin embargo, aunque visitaba el Ateneo y había realizado para el Ateneo su famosa indagación, no era un político y no ejercía de intelectual, por más que todo el mundo supiera que había fundado una liga política y había escrito voluminosas obras sobre cuestiones agrarias. Era un ejemplar único, mitad científico social, mitad agitador político, pero como en lo primero no era universitario y, como en lo segundo, no era diputado, su incombustible ardor por el conocimiento del pasado y por los programas de acción solo podía atribuirse a su honestidad y desinterés. Un personaje como él, que no era catedrático ni diputado aunque se hubiera tomado tan a pecho la ciencia y la política, no cabía en ninguno de los moldes de la profesionalización. Aquel mueran los políticos profesionales, dicho como homenaje a Costa, resume bien el sentimiento que despertaba. Costa no era nada de eso, Costa era un regenerador, y regeneración era lo que aquella España, que había muerto, que estaba desaparecida, necesitaba. Por eso lo respetaban, o mejor, por eso lo buscaban como posible objeto de respeto. No sólo respeto: los jóvenes que escuchaban a Costa compartían con él idéntico duelo por la nación muerta o moribunda, por la decadencia que había llegado a un punto de extinción sin provocar ninguna reacción entre las clases dirigentes ni entre un pueblo al que veían convertido en masa inerme. De esos sentimientos se derivó su acercamiento a Costa y a pensar el presente de la nación en términos de problema con una fuerte carga moral. Compartían con Costa el diagnóstico de la situación: “España no existe como nación”, proclamará Ortega en unos de sus primeros discursos en el Ateneo de Madrid, que fue a la vez una de sus primeras llamadas a la juventud. Eran los “días tristísimos”, los “meses crueles” que contemplaron la protesta contra la guerra de Marruecos y la revolución en Barcelona. España estaba enferma y hasta cabía pensar que había llegado al último extremo de la abyección y Ortega, un pobre español mozo, “convoca a examen de conciencia a los que tienen las mismas amarguras que él”. No espera nada de la generación anterior, de la que la suya no ha recibido ninguna herencia moderna. Nuestros padres, dice, nos han dado ya muertas algunas partes de nuestras almas: nos falta entusiasmo, energía, pureza, sensibilidad para las sustancias morales. La receta consistirá en un largo periodo reconstitución liberal que España necesita y que se concreta en una deber de europeización. Hay que educar la conciencia pública española; esta es la labor que desde hoy mismo tiene que iniciar la juventud, decía Ortega. Lo decía en 1909 y si su diagnóstico era idéntico al de Costa años antes, la fórmula para salir de aquella situación será de nuevo idéntica a la de Costa: hay que europeizar España. No es por mera cláusula de estilo por lo que Ortega comienza su nota necrológica a la muerte de Costa diciendo: “Apenas si he escrito una página alguna vez en que no apareciera el nombre de Costa como fondo resonante y ennoblecedor que yo buscaba para la silueta de mis pensamientos”. Bien dotado para las metáforas, Ortega acierta cuando habla de Costa como fondo resonante y ennoblecedor de su propio pensamiento. Fue él quien le enseñó “la virtud de dolernos”, y abundante uso que hizo Ortega de aquella virtud; y fue también Costa quien “organizó el pesimismo para que fecundara la tierra misma acongojada: en la anatomía del dolor fijó los caminos para la salud”: dolerse de España es ya querer ser Europa. El pesimismo es una figura retórica para llamar a la acción, del mismo modo que la muerte de Lázaro, tantas veces evocada por Costa en los amargos días del 98, y la bajada a su sepulcro no era más que una promesa de resurrección: Lázaro muere porque ha de resucitar. Costa seguirá viviendo, dice Ortega, mientras haya quien recoja su doble herencia. Y esa doble herencia es: dolor de España, idea de Europa.

Todo esto es puro Costa, con un añadido que procede de la experiencia académica en Alemania y quizá de su juvenil lectura de Renan y que se convertirá en el centro del programa modernizador de José Ortega: hay que europeizar España, pero para emprender esa tarea será preciso definir antes qué es Europa. Y es en ese punto, pensando con Costa y a partir de Costa, cuando Ortega añade de su propia cosecha la terapia que sacará a España de su secular decadencia. Muy bien, le dice a Costa, España es el problema, Europa es la solución, de acuerdo, pero hay que saber qué es Europa. Y con su habitual aplomo, Ortega sentencia: Europa es ciencia. Tal es la labor de esa España joven que surge con la nueva generación, la llamada a infundir a la masa una conciencia pública basada en lo que Vicente Cacho definió en su día como una moral de la ciencia. En Alemania, en Francia, escribe Ortega, persiste de hace tres o cuatro siglos una muchedumbre de ciudadanos que se dedican exclusivamente a trabajar la ciencia: en su historia no hay claros ni soluciones de continuidad. Por tal razón, en estos países la ciencia existe fuera de los científicos. La ciencia disciplinada, he aquí el tipo de la ciencia alemana y francesa. Y lo que España necesita es ciencia a torrentes, a diluvios, para que se nos enmollezcan, como tierras regadas, las resecas testas, duras y hasta berroqueñas4. Europa, señores, es ciencia antes que nada, repetirá luego desde la misma tribuna en la que Costa había fustigado a sus auditorios. Es como si dijera: amigos de mi tiempo, vamos a dejar de llorar, vamos a ponernos a estudiar. Estudiad. Los amigos de su tiempo estaban bien dispuestos a escuchar esa llamada.

Estudiar: ese fue el móvil que animó a la generación de la que Azaña y Ortega serían destacados ejemplares, cada uno a su tiempo. La historia se ha contado muchas veces y no será necesario más que evocarla: en la consigna de Ortega confluía el movimiento procedente de la Institución Libre de Enseñanza, el magisterio de Giner con su programa de la reforma interior del hombre –como lo definió Azaña– y la sentida necesidad de europeización que Costa infundía con su retórica del dolor y el lamento por la patria muerta. Andaba por ahí también el tercero de los santos de la trinidad orteguiana, Pablo Iglesias, y la organización de un partido revolucionario que evite la revolución, al modo en que Kautsky decía que la sociademocracia era un partido revolucionario que no hacía la revolución. A san Francisco Giner y a san Pablo Iglesias, Ortega añadió san Joaquín Costa, que había infundido en su espíritu la figura del dolor como acicate de europeización: elevación moral, organización de una minoría selecta, ciencia, cuando esas tres reformas se pusieran en marcha, España entraría por el camino de su regeneración, que era como se llamaba a principios de siglo a lo que décadas después se llamará modernización. Es claro, pues, que Ortega llegó a formular algunas de sus más resonantes convocatorias a la juventud intelectual de su tiempo, en un lenguaje que procedía de la generación de los mayores, saltando sobre la inmediatamente anterior, la bautizada luego, en buena medida gracias a él mismo, como del 98. Regeneración, ciencia, europeización, como más adelante, cuando se convierta por unos años en líder espiritual de su generación, nueva política, eran conceptos que se habían echado a rodar mucho antes de que irrumpiera él en la escena pública madrileña. En realidad, era de lo que todo el mundo hablaba. Como también de la necesidad de organizar a las nuevas fuerzas emergentes en ligas para, soslayando los partidos, ejercer un influjo directo en la política. En la Liga para la educación política, que Ortega y unos amigos, entre ellos Azaña, ponen en pie en 1914, con la perspectiva de extender esa conciencia pública de la que tan necesitada estaba la política española, resuena también el ejemplo de Costa: una minoría selecta de españoles conscientes debía echar sobre sus espaldas la ardua tarea de educar y guiar a una masa a la que era preciso despertar de su sueño y sacudir de su inercia. ¿Resuena también cuando en septiembre de 1923 el general Primo de Rivera recibe de un selecto grupo de intelectuales el elogio de que con su política se realiza el sueño de Costa? Como es sabido, Ortega guardó un largo silencio antes de manifestar su opinión sobre el Directorio militar: hasta el 27 de noviembre no escribió nada, aun si por los editoriales de El Sol respiraba su aliento. En todo caso, como El Sol en septiembre, Ortega interpreta en noviembre el golpe de Estado como el mazazo a la vieja política. Lógicamente, no cabía “ponerle reparos” a tan excelente propósito. Ahora, añade Ortega, la vieja política no se reducía solo a los viejos políticos. Más aún, los viejos políticos no eran sino una emanación de la vieja política, que coincidía exactamente con la masa de los españoles: el pueblo los ha hecho, los ha seleccionado, los ha dirigido, los ha moldeado. De manera que bien estaba que un militar se hubiera aplicado a derruir esa creación secular del pueblo español, la vieja política. Pero ese militar y quienes le rodeaban habían de saber que para culminar la tarea, que no es solo de destrucción de la vieja política, sino la reconstrucción de un Estado, habrán de dejar paso a los únicos que realmente pueden destruir el corazón de la vieja política, a esos pocos hombres egregios que han consumido su existencia en llamar a sus conciudadanos para que, formando una cruzada de reivindicación, liberasen la máquina publica; son esos pocos hombres egregios, esas exiguas minorías que componen los hombres más valiosas, las que rebelándose contra la gran masa, procederán a la obra de reconstrucción del Estado. Este es, después de septiembre de 1923 el camino del futuro: que los militares dejen paso a la minoría de hombres egregios. Y esto ya no es Costa, esto es pura cosecha Ortega. Para cuando Ortega enuncia esta singular interpretación del golpe de Estado militar y lo que del golpe podía esperarse, Azaña había dado por liquidada su militancia en el reformismo dentro de la monarquía y preparaba su Apelación a la República. Como en los primeros años del siglo, también ahora toma nota del espíritu dominante, con la juventud del 98 pero también Ortega proclamando abiertamente o sugiriendo solapadamente que Primo de Rivera era la encarnación del cirujano de hierro que había pensado Costa, llamado destruir la vieja política, liquidar la oligarquía y erradicar el caciquismo. Y será en el curso de la polémica contra esta manera de interpretación del pasado cuando Azaña proceda a una revisión completa de Costa, de su significación política y de su herencia y, en función de ese análisis, sitúe su proyecto político muy lejos del alumbrado por Costa veinticinco años antes. Estaba más que preparado para emprender esa última revisión porque desde muy pronto, al finalizar la primera década del siglo, ya se planteó qué quedaba de aquel momento de tensión que acompañó el sentimiento de desastre. Y el diagnóstico de entonces anunciaba ya algunas proposiciones que el tiempo no habría de desmentir: del lado de la juventud, un aluvión de confesiones, intimidades y dietarios cayó sobre los más apercibidos: los que venían detrás hubieron de enterarse de la mórbidas reconditeces de toda alma desolada: egolatría y exhibicionismo, esos fueron los móviles de aquella generación, escribe Azaña ya en 1911: en el mar donde se hundían tantas cosas, que sobrenadasen al menos la estimación y fama personal. Pero de ese mismo Ateneo, recuerda Azaña también las conferencias de Costa, sus apóstrofes violentos a cuenta del carácter español. Y entonces añade: sufríamos el sarampión del mesianismo político. La inteligencia de Costa, engañada por el corazón, esperaba en el cirujano de hierro, en el escultor de pueblos y muchos jovenzuelos creyéronse llamados a manejar la lanceta y el cincel por inspiración divina. Costa era para Azaña una inteligencia engañada por el corazón: a esas impresiones de juventud se atendrá en su relación política e intelectual con Joaquín Costa. Ante todo, marca claramente la enorme distancia que separa a Costa de la gente del 98. Costa es un verdadero patriota, más aún, vive el patriotismo en carne viva. Luego no dejará de destacar las limitaciones de ese patriotismo, pero de momento, ser patriota en el sentido de Costa, es vivir el problema de España, sentir un profundo dolor por el estado inerme de su pueblo. En este sentido, Costa es ejemplar: “encarnó una España llena de honradez y de buena fe, que aspiraba fervorosamente a salvarse sin salir de sus antiguos quicios”. Y esa ejemplaridad es lo que subleva a Azaña cada vez que se pretenda integrar a Costa en la generación del 98, como uno de sus más destacados representantes. Porque en efecto el problema existe y es preciso hacerle frente. Sólo que Azaña, desde el mismo momento en que lo enuncia propone el único camino posible: democracia hemos dicho, pues democracia. Lo cual exigía entender el problema de España en términos políticos: organizar democráticamente el Estado es la única receta para acabar con el apartamiento de Europa. Y eso exige que los ciudadanos intervengan activamente en la política: es imprescindible una acción política que partiendo de lo local, llegue al Estado. Hagamos, pues, todos política: tal es la síntesis de su discurso en la casa del pueblo de Alcalá.

Azaña, a diferencia de Costa y de Ortega, hará política en el sentido convencional del término: presentándose como candidato a diputado por el Partido Reformista en dos ocasiones en el distrito de Puente del Arzobispo, una experiencia de la que aprendió mucho más de lo que hubieran podido enseñarle varios tratados de teoría política. Aprendió, sobre todo, que si las nuevas fuerzas emergentes en la sociedad española pretendían reconstruir democráticamente el Estado no había más camino que el de una alianza entre la clase obrera organizada y la clase media profesional. Nada, pues, de mesianismos, de espera en el hombre providencial, en el tutor de pueblos, que habría de resucitar a la nación muerta; nada tampoco de minorías selectas situadas por encima y al margen de la política; nada en fin revolución, que solo ocurre entre sangre y lágrimas, sin propósito definido y con un incierto mañana. Lo que la política española necesitaba era propaganda, ejemplaridad y energía en la lucha. Es “apoyarse en cada español, hecho hombre, para rehacer España” sin encomendar al cirujano de hierro la función de suplir la conciencia de cada compatriota. Esto era lo que Azaña juzgaba como el peor fruto de la impaciencia de Costa8, contra quien nunca dirá nada irrespetuoso, “porque no lo siento”, pero al que siempre reprochará, primero, haberse quedado en los problemas previos, escuela y despensa, sin plantear la cuestión central, la relativa al poder; segundo, utilizar un atrezzo oratorio propio del siglo xix: demasiada batalla de Villalar, demasiadas Cortes de Castilla, demasiada Justicia de Aragón y acaso demasiada confianza en el leal entender y en la cordura de capa parda de los honrados varones concejiles; y tercero, recelar de la democracia y del parlamento, para depositar sus esperanzas, por impaciente, por considerar a los españoles “zánganos abyectos”, en un cirujano redentor del pueblo. Partiendo de esos supuestos, era inevitable que Azaña se levantara indignado contra el uso que de la herencia de Costa pretendía hacer Ramiro de Maeztu, en primerísimo lugar, pero también Ortega. Disponía entonces de una singular tribuna que todavía permanecerá abierta durante unos meses, la revista España que Ortega había creado en 1915, pero que había abandonado el año siguiente cuando no pudo seguirla en su compromiso activo con la causa de los aliados. Y será desde España, en abierta polémica con Maeztu, que veía en la política de la dictadura la realización de las “ideas del 98”, cuando Azaña resuma lo que separa a Costa de la generación del 98: A Costa le faltó comprender, escribe Azaña, por qué un pueblo puede sublevarse, en ciertos momentos, para cambiar la Constitución y no se subleva para que le construyan pantanos. Y añade: Todo Costa es, seguramente, realizable el día menos pensado, sin que desaparezca ninguna de nuestras aspiraciones actuales. Por añadidura, era jurista. Su tragedia es la de un hombre que quisiera dejar de ser conservador y no puede. Pero entre su historicismo, su política de calzón corto, su despotismo providencial y restaurador, y el análisis, la introspección y la egolatría de los del 98 hay un mundo de distancia. En conclusión, Costa fue algo más que una inspiración para aquellos dos jóvenes que a principios del siglo se habían cruzado con él por el Ateneo de Madrid: fue un ejemplo digno de respeto, una voz poderosa que salía de un corazón desolado, alguien que sufría no ya por la muerte de España sino por el estado de postración de su pueblo y de corrupción de sus políticos. Azaña, Ortega y tantos otros vivieron ese momento, escucharon aquella voz y estuvieron de acuerdo en la vía de salida: volver a Europa, europeizar España. La cuestión, una vez sentido el problema y establecidos sus términos se refería a qué hacer para alcanzar la meta. Y mientras Costa desesperaba, Ortega hablaba de estudio, de ciencia, de competencia a una minoría de hombres egregios para que formaran alguna liga y educaran y guiaran a la masa; Azaña, por su parte, se tomó en serio el programa reformista, al que se mantuvo leal hasta que un militar cegó los caminos por los que la monarquía liberal pudo haber transitado hasta desembocar en una democracia. En ese momento, y tras identificar monarquía con despotismo y someter a crítica la herencia del 98, el programa de Costa y la abstención de Ortega, Azaña apeló a la República y se dispuso a trabajar por una nueva coalición de republicanos y socialistas como única fórmula de resolver el problema de España tal como lo había planteado en sus años de juventud, como un problema de constitución de un Estado democrático. (Santos Juliá, 2011)

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