Judíos             

 

Asirios Judíos:
Introducción:
Judíos, término que en la actualidad se utiliza como sinónimo de hebreos e israelitas. Sin embargo, tanto en el plano histórico como en el étnico, estos nombres tienen significados distintos. En cuanto término histórico general, la palabra hebreo no posee connotación racial, por lo que se aplica a las tribus nómadas semitas que vivieron en el Mediterráneo oriental antes del 1300 a.C. En la historiagrafía judía, este término se ha aplicado a aquellas tribus que aceptaban a Yahvé como su único Dios, desde su origen hasta que conquistaron la antigua Palestina, llamada Canaán, y que en el 1020 a.C. se transformaron en una nación unida bajo un rey. El término israelita hace mención a un grupo nacional y étnico específico, descendiente de los hebreos y unido por lazos culturales a través de su religión. Para los historiadores, este término se refiere a esta comunidad desde la conquista de Canaán hasta que el rey asirio Sargón III (que reinó entre los años 722-705 a.C.) destruyó el reino de Israel en el 721 a.C. El término judío designa a un tercer grupo, por su identidad cultural descendiente de los dos anteriores, desde los tiempos de su retorno de la cautividad de Babilonia hasta la actualidad. La palabra proviene del término hebreo yehudí, que en un comienzo servía para nombrar a los miembros de la tribu hebrea de Judá; más tarde pasó a ser Judea, nombre que se aplicaba al reino judío y, por extensión, a todo habitante de Judea. Los judíos modernos, más que una raza, son miembros de una comunidad o asociación étnica independiente que, a pesar de haber tenido que enfrentarse a terribles e incesantes persecuciones, ha logrado mantener su identidad durante casi diecinueve siglos: desde la disolución final de la provincia romana de Judea en el 135 d.C., hasta el establecimiento del moderno Estado de Israel en 1948. En 1970, el Kneset o Parlamento israelí adoptó una legislación en la que se definía al judío como el nacido de madre judía o convertida al judaísmo. La impresionante tenacidad de los judíos al defender su identidad es fruto, en primer término, de la estricta fidelidad al judaísmo; la historia de los judíos está unida de forma inseparable a su religión. Ésta regula cada uno de los aspectos de la vida judía, guía la educación de los más jóvenes e incluye, dentro de sus doctrinas tradicionales, la fe y la esperanza para la fundación de un reino mesiánico. A pesar de que durante el siglo XIX hubo movimientos reformistas que comenzaron a afectar al judaísmo tradicional, todas las comunidades se mantuvieron unidas, lo que demuestra hasta qué punto las generaciones anteriores se habían mantenido fieles a las leyes del judaísmo. Junto a esa devoción religiosa, es de destacar el alto valor que conceden al aprendizaje, considerado como parte de la adoración a Dios. 2 LOS HEBREOS EN CANAÁN Los acontecimientos bíblicos de la historia y genealogía de los hebreos que se narran en la Biblia casi siempre pueden verificarse históricamente. Sin embargo, estos hechos no se pusieron por escrito hasta siglos después de haber sucedido, por lo que requieren una interpretación muy cuidadosa. Moisés dijo al pueblo hebreo reunido: “mi padre era un arameo errante” (Dt. 26,5). Es razonablemente correcto identificar a los antepasados de los hebreos como arameos nómadas. Además de esta sangre aramea, y de acuerdo a cómo fue representada la fisonomía característica de los antiguos hebreos en los frisos babilónicos, su aspecto físico debió de ser muy similar al de los hititas. 2.1 Las doce tribus La historia de las doce tribus descendientes del patriarca Jacob, que se narra en el Antiguo Testamento, debe ser vista a la luz de la conciencia nacional que desarrollaron los escribas judíos cuando en los siglos V y VI a.C. recopilaron y editaron los libros históricos. En su esfuerzo por relatar una historia ligada y detallada que estableciera un antepasado común para todos, los recopiladores de las tradiciones orales anteriores no dudaron en incluir leyendas y otorgarles categoría histórica. A pesar de ello, la narración bíblica va acorde con la historia. Las escrituras se refieren a doce tribus hebreas, descendientes de doce hijos del patriarca Jacob: Aser, Benjamín, Dan, Gad, Isacar, José, Judá, Leví, Neftalí, Rubén, Simeón y Zabulón. Los estudiosos de la Biblia consideran la historia de Jacob como un relato con contenido simbólico, propio de historias tribales, disimuladas bajo el disfraz de experiencias personales. No obstante, si bien parte puede ser considerado sólo como un símbolo, es un hecho que algunas de las tribus tenían algún parentesco de sangre: las de Rubén, Simeón, Leví y Judá eran parientes directos, ya que provenían de la misma madre. Las tribus de Aser y de Gad (nombres de descendientes de sirvientes) eran tribus subordinadas. Otro ejemplo de una historia tribal relatada como experiencia personal es la de la alianza entre Jacob y Labán (Gén. 31,44-54), que se interpreta, según la crítica bíblica, como un antiguo acuerdo entre tribus hebreas y sirias para delimitar las fronteras de sus tierras de pastoreo al norte de Gilead. Según la teoría y las tradiciones de carácter histórico, el rastro de los antepasados arameos de Israel se localizaría aproximadamente en la ciudad de Ur, en Sumer, en el curso inferior del río Éufrates. En los primeros años del II milenio a.C., un grupo de tribus arameas emigró a la zona alrededor de Carres (actual Harran, Turquía), antigua colonia babilónica. Siglos más tarde, varios grupos familiares pertenecientes a estas tribus emigraron hacia el oeste y hacia el sur y se establecieron de forma dispersa por los alrededores del río Jordán. Las comunidades que se asentaron en las proximidades de este río se transformaron en las tribus hebreas, dentro de las cuales se incluye a los amonitas, moabitas, edomitas y hebreos, que rendían culto a Yahvé. En la Biblia, este periodo de migraciones tribales es conocido como la época de los patriarcas.

El éxodo:
Algunas de las tribus, en especial las que correspondían al grupo de José, llegaron como nómadas a Egipto, probablemente entre 1694 y 1600 a.C., durante el periodo en que los hicsos, otro pueblo semita, dominaban la región. Las tribus tuvieron un importante desarrollo hasta que los hicsos fueron derrocados (c. 1570 a.C.). Este hecho político significó para los hebreos la persecución, la esclavitud o el exilio. Muchos historiadores consideran el éxodo como el esfuerzo con resultados positivos de los hebreos que estaban sometidos a la esclavitud en Egipto por reunirse con otras tribus hebreas, con las que mantenían lazos de parentesco. No existen vestigios arqueológicos del éxodo, ni siquiera en los monumentos egipcios, probablemente porque los hebreos egipcios no eran un número significativo, y no causó gran trascendencia en Egipto. Sin embargo, para la historia judía, el éxodo significó un hecho de grandes proporciones. El pueblo fue guiado por Moisés, el primer gran profeta, quien en el Sinaí, el monte sagrado, recibió los Diez Mandamientos de Yahvé y estableció con él una Alianza. Esta primera religión incorporó ciertos conceptos fundamentales muy ligados al nomadismo, y que legaría al judaísmo posterior, como algunos referidos a la propiedad, a los derechos individuales, a la moralidad sexual y a la importancia de la igualdad entre todos los miembros de la comunidad. La principal característica de los semitas nómadas era la del respeto a los derechos individuales y el amor por la libertad; estas características, sumadas al concepto de un Dios creador, legislador y rey, pasaron a formar parte de la religión de Israel, y más tarde de su teoría política. La conquista de Canaán durante el II milenio a.C. fue consumada tanto con pactos y alianzas con los habitantes de la zona como por las armas. Además, los invasores tuvieron una oportunidad única para imponer su dominio: los imperios egipcio, hitita y sumerio ya no tenían el poder de antaño; y el asirio, eventual gran competidor, no contaba aún con fuerzas suficientemente organizadas. Bajo el mando de Josué, sucesor de Moisés, las tribus de Yahvé cruzaron el río Jordán, conquistaron Jericó y sus alrededores, y se establecieron en el oeste de Palestina. A pesar de que por número no superaban a la población autóctona de Canaán, las tribus de Yahvé estaban unidas por un pacto religioso, por el hecho de tener un origen común y por su sueño democrático. Durante el periodo de los jueces (líderes civiles y militares), los hebreos, conocidos ya como israelitas, lograron asegurar sus tierras. Tuvieron que defenderse de las invasiones de los moabitas, de los madianitas, y sobre todo de los filisteos, quienes habían emigrado de los territorios bañados por el Egeo.

La monarquía:
Con la ascensión al trono de Saúl, el primer rey israelita, en c. 1030 a.C. se logró crear una verdadera entidad política. Luego, con David, sucesor de Saúl, el reino se engrandeció. 3.1 El reinado de David Tanto en la religión como en la historia judía, David ocupa el segundo lugar en importancia, sólo después de Moisés. Es considerado como el verdadero fundador de Israel, el auténtico forjador del sistema religioso y político que se había anunciado en el monte Sinaí. David logró dominar Jerusalén, la fortaleza mejor defendida de toda Palestina, y la convirtió en la capital de su reino. Bajo su mando, el ejército israelita doblegó el poder de los filisteos y conquistó Edom, Amón y Moab. El rey David estableció los servicios religiosos y la misión del clero. Con él, la religión de Israel pasó a ocupar un papel de primer orden en Palestina. A su muerte, todos los territorios que rodeaban el reino de Israel estaban sometidos o sujetos a tratados de amistad. 3.2 El reinado de Salomón Salomón, hijo y sucesor de David, es conocido, entre otras muchas cosas, por haber mandado construir el Templo de Jerusalén, símbolo de la gloria y del esplendor israelita. Salomón fue un dirigente muy poderoso; trajo la prosperidad a su pueblo gracias al correcto manejo que hizo de los tesoros que le dejara su padre como herencia, al logro de una administración unificada de su reino y al impulso que dio al comercio y a la industria mediante la apertura de rutas comerciales que comunicaban con África, Arabia y Asia Menor. Salomón también trató de asegurar la posición política de su reino contrayendo matrimonio con mujeres que tuvieran influencia en los reinos vecinos. Sin embargo, su comportamiento como rey, así como su elaborado plan de construcción (algunas de cuyas muestras se han descubierto en investigaciones arqueológicas en Meguido, Israel, realizadas entre 1925 y 1939 y después de la II Guerra Mundial) han demostrado que los costes que tuvo que pagar en términos económicos y humanos fueron muy altos. Los trabajos forzados y los elevados impuestos provocaron insatisfacción y resentimiento entre la población, y generaron una fuerte inestabilidad política. En el sureste, Edom organizó una revuelta que tuvo éxito; Damasco, en el noroeste, se independizó de la influencia israelita. El sentimiento de opresión por la sujeción a las leyes de Salomón, y su estilo de vida tan refinado, entraban en contradicción con las austeras tradiciones nómadas de la religión israelita y su ideal democrático. Como resultado de esto, después de la muerte de Salomón, alrededor del año 931 a.C., el reino se dividió. 3.3 El reino dividido Muerto Salomón, volvió al país un antiguo funcionario suyo, Jeroboam, quien había vivido exiliado en Egipto después de una fallida conspiración para asesinar al rey. Jeroboam encabezó una comisión petitoria de reformas a Roboam, hijo y sucesor de Salomón. Durante las luchas que siguieron al rechazo de las mismas, Jeroboam recibió el apoyo del faraón egipcio Sheshonk I, que en la Biblia recibe el nombre de Sisak (que reinó entre 946-913 a.C.). Sisak invadió y saqueó el reino de Reoboam y despojó el Templo de sus tesoros. El reino se dividió y el líder rebelde se transformó en rey, bajo el nombre de Jeroboam I. Su reino comprendía la zona norte del antiguo reino, lo que más tarde se conocería como el reino de Israel. De acuerdo con la tradición bíblica, sus habitantes formaban parte de diez de las doce tribus, dejando fuera a Judá y a Benjamín. Reoboam gobernó sobre la zona meridional del reino, conocido más tarde como reino de Judá; con aproximadamente 775 km2 de extensión, su importancia se redujo a un papel secundario. Se establecieron santuarios separados en Dan y en Betel, en Israel. A pesar de que ambos estados mantenían un sentimiento de parentesco, quedaron políticamente divididos. Durante los dos siglos siguientes, la historia judía se reduce a una serie de luchas entre pequeños estados, como Israel, Judá, Moab, Edom y Damasco, que constantemente peleaban entre sí. En los primeros años del siglo IX a.C., y bajo el reinado del rey Omrí, Israel se transformó durante un tiempo en una potencia (Omrí reinó entre c. 885-874 a.C.). Este monarca estableció la capitalidad de Israel en la ciudad de Samaria aproximadamente en el 877 a.C.; bajo su reinado se vivió un periodo de paz. Cuando ascendió al poder Ajab, su hijo y sucesor, Israel se vio sacudido por luchas internas, producto de una cuestión tan vital como era la religión. La mujer de Ajab, Jezabel, princesa de Tiro, trató de incorporar el dios fenicio Melkart a la religión de Israel. Mucho tiempo antes se habían estado introduciendo distintas influencias idólatras en los dos reinos hebreos, pero la osadía de Jezabel causó fuertes protestas entre el pueblo. El descontento tenía carácter político y religioso a la vez, pues en el sistema ético de la ley mosaica, gobierno y culto tenían peso similar, y ello podía dar lugar a que la autocracia fuera considerada como un grave pecado. Una serie de profetas se encargaron de agitar las conciencias de los israelitas. En el reino del norte, Elías, Eliseo, Amós y Oseas hicieron un llamamiento en favor de la vuelta a los severos principios democráticos del desierto. En Judá, Isaías y Miqueas condenaban enérgicamente la idolatría y la ostentación de las riquezas. A los conflictos religiosos se añadieron los militares. En el siglo VIII a.C., el poder de los asirios creció hasta llegar a dominar Oriente Próximo, avanzando hasta las fronteras de los estados en conflicto, para quienes la invasión y el desastre resultaron inevitables. Los asirios habían intentado conquistar la antigua Palestina durante más de un siglo. En el 853 a.C. la primera gran invasión asiria, liderada por el rey Salmanasar III (que reinó entre c. 859-824 a.C.), fue derrotada en la batalla de Karkar por una coalición de pequeños estados, entre los que se incluía Israel, dirigidos por el rey de Damasco, Ben-Hadad I (fallecido c. 841 a.C.). Asiria se retiró momentáneamente, pero sus fuerzas no cesaron de hostilizar las fronteras palestinas. En el 734 a.C., cuando las luchas interminables entre los ya muy debilitados estados palestinos imposibilitaron su unión para formar una coalición, el rey asirio Teglatfalasar III (que reinó entre 745-727 a.C.) se puso al frente de un ejército que invadió y conquistó Israel. Sólo una fortaleza en Samaria pudo soportar el asedio hasta 722-721 a.C., año en que las tropas asirias finalmente lograron tomar la ciudad. El reino de Israel quedó destruido y muchos de sus habitantes partieron hacia el destierro; desde ese momento se los conocería como las tribus perdidas. Samaria fue repoblada con inmigrantes procedentes de Mesopotamia, que rápidamente adoptaron la religión israelita y se convertirían en la secta conocida como samaritanos. A pesar de que el reino de Judá pasó a ser tributario de Asiria, mantuvo su independencia nominal durante otros 135 años.

Nabucodonosor toma Jerusalén:
Durante el siglo siguiente, Judá logró mantener su identidad, mientras que la hegemonía en el Oriente Próximo oscilaba entre los asirios y los egipcios hasta la aparición del imperio neobabilónico. Sin embargo, el reino de Judá se negó a someterse a los caldeos, a diferencia de lo que había sucedido con los asirios. En el 598 a.C. Nabucodonosor II, soberano de Babilonia, declaró la guerra al reino de Judá y conquistó Jerusalén. La mayoría de los nobles, guerreros y artesanos de Judea fueron hechos prisioneros y llevados a Babilonia. El rey Nabucodonosor nombró al príncipe de la casa de David, Sedecías, rey de Judá, quien se rebeló contra los neobabilonios. En el 587-586 a.C el ejército de Nabucodonosor destruyó Judá y arrasó su capital, Jerusalén. Todos los habitantes considerados potenciales líderes de revueltas fueron deportados a Babilonia. Otro grupo huyó a Egipto, llevándose al profeta Jeremías, a pesar de sus protestas. Sólo permanecieron en Judá los campesinos más pobres bajo la gobernación de Godolías. La cautividad de Babilonia marcó el fin de la independencia política del antiguo Israel.

El destierro:
En el momento de la disolución del reino de Judá había comunidades judías en Egipto, Babilonia y Palestina. 4.1 La vida en Babilonia Entre todas esas comunidades, la más importante era la de Babilonia. Los exiliados formaron allí una floreciente colonia formada por los judíos deportados en el 597 a.C. y por otros que ya se habían establecido en la zona desde la caída del reino de Israel en el 721 a.C. Bajo el liderazgo del sacerdote y reformador Ezequiel, la comunidad babilónica pudo mantener su identidad sustituyendo la patria política por otra espiritual. El ritual ocupó un lugar prominente dentro de la religión, con el fin de gobernar así la vida de los exiliados. Los escribas comenzaron a fijar por escrito las tradiciones del pueblo, y esos textos se convertirían en los libros de la Biblia. El culto que anteriormente se había realizado en el Templo fue sustituido por la oración en grupo. Un profeta anónimo al que se ha llamado Isaías, cuyos discursos forman la segunda parte del libro bíblico de Isaías, se encargó de alentar en los exiliados una fe en una nueva vida, en una nueva y reconstruida Jerusalén. 4.2 El regreso a Jerusalén En el 539 a.C., el fundador del Imperio persa, Ciro II el Grande, conquistó Babilonia. Al año siguiente, publicó un edicto en el que otorgaba la libertad a los judíos. Aproximadamente 42.000 miembros de la comunidad babilónica prepararon su regreso a Palestina, llevándose consigo todos sus bienes, además de las donaciones de los que se quedaron en Babilonia y, tal como dice la tradición, regalos del propio emperador. Liderada por un príncipe de la casa de David llamado Zorobabel, la expedición se dirigió a Jerusalén. El país aún estaba desolado debido a los estragos causados por las guerras caldeas. El desaliento que sintieron en ocasiones los inmigrantes debido a la enorme magnitud de la tarea que tenían ante sus ojos fue superado gracias a la labor de dos líderes religiosos, los profetas Ageo y Zacarías, quienes enarbolaban con fuerza la dimensión espiritual de sus esfuerzos, tal y como había predicho Ezequiel antes que ellos. Los judíos se concentraron en la reconstrucción del Templo, hecho que consumaron en el año 516 a.C. Para la tradición judía, esta fecha marca el verdadero fin del exilio babilónico, cuya duración fue, pues, de setenta años (586-516 a.C.). El sumo sacerdote fue elegido gobernante de la provincia de Judá o Judea, que desde entonces se transformó en una teocracia. Las labores de reconstrucción fueron lentas y, aproximadamente en el 445 a.C., Nehemías (protegido del rey Artajerjes I de Persia, quien reinó entre 465-425 a.C.) recibió autorización expresa para reconstruir la ciudad. Bajo su dirección Jerusalén volvió a ser una gran ciudad. Durante este periodo la comunidad babilónica, habiendo oído noticias referentes a la falta de disciplina religiosa en Jerusalén, decidió enviar a Esdras, un famoso maestro y escriba, para que introdujera las necesarias reformas religiosas. A mediados del siglo IV, Judea se había convertido en un país organizado según unas estrictas doctrinas religiosas, y dominado por una casta sacerdotal muy poderosa. La Torá (o ‘Ley’, es decir, el Pentateuco) rigió la vida cotidiana de los judíos; durante este tiempo, los escribas y los maestros de la Ley dieron su forma definitiva a las Sagradas Escrituras.

La diáspora:
A finales del siglo IV a.C., siendo emperador Alejandro Magno, Macedonia se transformó en la potencia dominante del mundo antiguo. Después de que los macedonios dominaran a los persas en el 331 a.C., Judea pasó a ser una provincia más del imperio alejandrino. Según la tradición, Alejandro se mostró especialmente benévolo con los judíos, y cientos de ellos emigraron a Egipto después de la fundación de Alejandría. Bajo el nuevo imperio, y con el incremento de las oportunidades comerciales, los judíos emigraron a diversas colonias repartidas por todo el mundo conocido: a las costas del mar Negro, las islas griegas y las costas del mar Mediterráneo. Esta migración fue de tales proporciones que comenzó a ser designada con el término diáspora (del griego, ‘dispersión’). Muy lejos ya de Judea, centro de la vida judía, los emigrantes abandonaron paulatinamente el uso de la lengua hebrea y adoptaron en su lugar el griego, lengua común a todo el imperio, así como las costumbres y usos griegos. Durante el siglo III a.C., se tradujo el Pentateuco a esta lengua, versión (la Septuaginta) que se vería ampliada más tarde con otros libros de la Biblia hebrea. Con el tiempo se iría convirtiendo en la norma para todos los judíos de la diáspora. El helenismo, tanto en lo que se refiere al sistema de vida como a la cultura, tuvo una fuerte influencia sobre la comunidad judía. A la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.), la hegemonía de la cultura y civilización griegas se convirtió en una amenaza para los judíos. El imperio de Alejandro se dividió entre sus generales. Tolomeo I Sóter, a quien había correspondido Egipto, invadió Judea. El territorio judío tenía un valor estratégico importante en la ruta del comercio con Arabia, hecho que dio origen a múltiples conflictos entre los egipcios y los Seléucidas sirios. En el 198 a.C. el rey Antíoco III de Siria venció a aquéllos en la batalla de Panion y se anexionó Judea. Los Seléucidas comenzaron a reemplazar el judaísmo por el helenismo mediante una campaña que se intensificó durante el reinado de Antíoco IV Epífanes, quien en el 168 a.C. ilegalizó la religión judía y, dentro del Templo, reemplazó el altar de Yahvé por uno de Zeus.

El periodo de los Asmoneos:
Ese mismo año los judíos comenzaron una rebelión liderada por el sacerdote judío Matatías y por sus hijos, los Macabeos, que terminó en la derrota de los sirios. La dinastía de los Asmoneos o Macabeos alcanzó el liderazgo y sus miembros fueron reyes de un Estado judío independiente. Bajo su reinado, los judíos concentraron todas sus fuerzas en lograr mantener su religión pura, libre de influencias extranjeras. Los dos grupos más importantes del momento, saduceos y fariseos, diferían entre sí, tanto en los aspectos políticos como religiosos. Durante esta época, aparecieron otros grupos, como los esenios, comunidad religiosa judía que mantuvo un sistema de vida monástico en asentamientos de tipo comunal. Los Asmoneos establecieron el Sanedrín, una especie de tribunal supremo o consejo de Estado, compuesto por 71 líderes y sabios judíos, que fijaba la legislación civil y religiosa. El reino logró gran expansión mediante conquistas: bajo el gobierno de Juan Hircano, se incorporaron Samaria y Edom, territorios conocidos como Idumea, cuyos habitantes fueron obligados a aceptar el judaísmo. Lo mismo que sus predecesores, el reino judío de los Asmoneos tuvo que enfrentarse a conflictos generalizados entre las distintas facciones. Durante el siglo I a.C. se libró una guerra civil entre los hermanos Hircano II y Aristóbulo II, que rivalizaban por el trono de Judea. Antípatro, un idumeo que simulaba apoyar a Hircano, se confabuló con el general romano Pompeyo el Grande para que le ayudara a resolver la crisis a su favor, comprometiéndose a hacer de Judea un Estado dependiente del Imperio romano. Las legiones romanas entraron en Jerusalén en el año 62 a.C.; y en el 47 a.C. el reino de Judea pasó a estar bajo el control absoluto del ahora procurador Antípatro. Su hijo Herodes el Grande se convirtió en rey en el año 37 a.C.

Aparición del Cristianismo:
El último siglo del antiguo Estado judío estuvo marcado por desórdenes políticos y religiosos. A comienzos de la era cristiana, la población judía llegaba a los ocho millones, repartidos, además de Judea, entre Alejandría, Cirenaica (norte de África), Babilonia, Antioquía, Éfeso y Roma. Estas comunidades tuvieron que sufrir la hostilidad antisemita en muchas ciudades griegas debido a que los judíos eran vistos como competidores en el comercio, así como por su diferente credo y por ciertos privilegios políticos de que supuestamente gozaban. Desde dentro del judaísmo surgió un segundo movimiento, el cristianismo. El número de judíos griegos que llegaron a creer en Jesús (en hebreo Yeshua o Josué) como el Mesías prometido superaba considerablemente al número de quienes lo reconocían en Judea. Además, como los discípulos de Jesús viajaron recorriendo el mundo antiguo, muchos paganos se convirtieron a la nueva fe. En un principio se la consideró una secta judía, pero poco a poco se fue desligando del judaísmo, a medida que crecía la cifra de los ex paganos conversos, cuya fe se dirigía hacia la persona y la predicación de Jesús. Los judíos convertidos al cristianismo siguieron siendo esencialmente judíos. Frente a estos movimientos, el judaísmo reaccionó con el rechazo de todo laxismo en la observancia de las formas de la religión tradicional.

La gran revolución:
Durante el siglo I d.C., los conflictos religiosos causaron sangrientas batallas. Los gobernadores romanos de Judea se mostraron tan déspotas y poco respetuosos con respecto a la religión judía, que en el 66 d.C., los zelotes (facción judía conocida por su fanatismo) encabezaron una violenta insurrección contra los romanos. El emperador Nerón envió al general Vespasiano, quien más tarde sería emperador, para poner fin al conflicto. Hacia el año 70 Vespasiano logró acabar con la revuelta, destruyó el Templo y arrasó Jerusalén. La última fortaleza en caer fue Masada, en el 73. Judea siguió existiendo, aunque sólo de forma nominal. El centro de la sabiduría judía se desplazó a Yavné, bajo la dirección del gran sabio Yojanán ben Zakai. Durante la siguiente generación, y bajo el estricto control romano, Judea se mantuvo más o menos en paz. Por aquel entonces, el emperador romano Adriano mandó reconstruir Jerusalén como una ciudad pagana, y ordenó que se llamara Aelia Capitolina, en honor a Júpiter. También mandó publicar un decreto en el que se prohibía la circuncisión. Esta doble afrenta causó gran consternación, tanto entre los judíos de la diáspora como entre los de Judea, y provocó una nueva rebelión.

Barcokebas:
Bajo la dirección de Barcokebas, estalló una violenta revolución en Judea. Entre los años 132 y 135, los judíos hicieron un esfuerzo desesperado por defenderse de las legiones romanas; en un principio, su oposición fue efectiva, pero, cuando finalmente Roma decidió acabar con la revuelta, Judea quedó devastada. Por orden del emperador, el antiguo nombre de la provincia fue reemplazado por el de Siria Palestina. Jerusalén fue convertida en una ciudad pagana y cualquier judío que entrara en ella era inmediatamente condenado a muerte. La persecución de los judíos se transformó en algo habitual dentro del Imperio. Por otra parte, la caída de Judea ayudó a abrir aún más la brecha entre judíos y cristianos: los primeros consideraban su derrota como una calamidad; los segundos la veían como una clara manifestación de que Dios había abandonado a los judíos y había hecho de los cristianos los verdaderos portadores de la gracia divina. Durante los tres primeros siglos de la era cristiana, el cristianismo aumentó mucho su influencia. Después del 313, año en que el emperador romano Constantino I el Grande aceptó la nueva religión tanto para él como para el Imperio, se generalizaron la expansión del cristianismo y la persecución de los judíos.

Después del exilio:
Pese a la destrucción del segundo Estado judío, y al aumento del antijudaísmo, la comunidad judía logró mantener su identidad y sus tradiciones por medio de profundos cambios culturales. 5.1 El desarrollo de la religión en el exilio Como reacción a la fragmentación que supuso el comienzo de la era cristiana, los judíos desarrollaron una religión propia en el exilio: el judaísmo. La continuidad de la unión entre los judíos se fundó en el empleo de una lengua común, en la herencia literaria que todos los judíos estaban obligados a conocer y a estudiar, en una vida comunitaria con una sólida organización y en el estímulo que significaba la esperanza mesiánica. Durante los primeros seis siglos de exilio, los maestros y rabinos codificaron las leyes transmitidas hasta entonces oralmente, y volcaron una parte de las mismas en la Mishná y la Guemará, ambas integrantes del Talmud. Los principales centros de enseñanza del judaísmo funcionaron como academias; surgieron en Palestina (especialmente en Galilea) y en Babilonia. En un principio estuvieron bajo la dirección de los partos y luego, desde el año 227, de los sasánidas. Desde el siglo VI a.C., Babilonia pasó con el tiempo a ser un centro de gran influencia para los judíos del exilio. La colonia judía estaba dirigida por un administrador, que recibía el nombre de exilarca. Las dos academias babilónicas de Sura y de Pumbedita lograron gran renombre. Los estudiosos que trabajaron durante los siglos I y II d.C. en la codificación y ampliación de la ley oral recibieron el nombre de tanaim (en arameo, ‘enseñantes’). Durante el siglo III fueron reemplazados por los amoraim (en arameo, ‘hablantes’), y en el siglo V por los llamados saboraim (en arameo, ‘reflectantes’). El Talmud babilónico se concluyó a comienzos del siglo VI, una vez terminada de redactar la Guemará, es decir, los comentarios a la Mishná. Hubo otro Talmud, aunque menos completo que el anterior, el palestinense o de Jerusalén, que se concluyó aproximadamente un siglo antes. Los últimos directores de las academias babilónicas recibieron el nombre de geonim (plural del hebreo gaón, ‘excelencia’); desde todas partes del mundo medieval los geonim recibían consultas relativas a la religión; sus contestaciones, denominadas responsa, fueron incorporadas a las prácticas religiosas.


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