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Las últimas rebeliones judías:
La lucha en Jerusalém 66 – 70 d .c:
Se podría decir que Judea siempre fue para los romanos una de las provincias más problemáticas del Imperio, desde su incorporación al espacio de dominio de Roma la provincia casi siempre daba que hablar por alguno u otro motivo. A lo largo de las primeras décadas del primer siglo de nuestra era , los movimientos subversivos anti-romanos (como el de los celotes) captaban cada vez más adeptos. En numerosas ocasiones los entes dirigentes judíos (principalmente la casta sacerdotal) tuvieron que cumplir el papel de amortiguadores de estos movimientos frente al poder romano. Pero era de prever que aquella situación no podía continuar sin una resolución violenta, por las mismas características que adquirían los hechos en la provincia. La gota que colmó el vaso del problema fue la gestión de Gesio Floro, el procurador romano de Judea al cual le tocó vivir el estallido de la rebelión. Floro solo gobernó dos años (del 64 al 66 d.c.), pero sus excesos unidos a su mala gestión terminaron por colmar a gran parte de la población judía en la que ya caldeaba una sublevación desde tiempo atrás. El gobernador romano de Siria, Cestio Galo, se dirigió a Jerusalém con motivo de la celebración de la Pascua del año 66. En la cuidad recibió las quejas y pedidos de gran cantidad de judíos descontentos de la gestión romana (que según Flavio Josefo fueron 3 millones). Como es de suponer, los judíos no quedaron contentos con las vagas promesas de Cestio Galo mientras que por otro lado las imprudencias de Gesio Floro no cesaban. Ocurrió lo inevitable, la rebelión judía estalló de manera tan violenta como no se había visto hacía años. La guarnición romana acantonada en Jerusalém fue degollada, se incendiaron las casas de los romanos residentes en la cuidad y esta pasó al control de los insurgentes. Cestio Galo intentó controlar la situación con su Legión IX, pero fue rechazado, pues la rebelión había alcanzado proporciones tan enormes que ni siquiera una legión completa bastaba para sofocarla.

Vespasiano y Tito:
Mientras tanto en Roma gobernaba Nerón, el cual al conocer el problema en Judea decidió enviar al General Vespasiano, quien fue acompañado por su hijo Tito Flavio Vespasiano (ambos se convertirían después en emperadores). El general Vespasiano tomó posiciones en Jerusalém el año 68 d.c., con una fuerza aproximada de 60.000 soldados. Aun así Vespasiano no pudo hacer mucho pues paralelamente en Roma había estallado una crisis política que condujo a la caída de Nerón (el 9 de junio del 68 ) y a la sucesión de emperadores efímeros por lo que las operaciones militares tuvieron que ceder a una pausa. Vespasiano regresó a Roma, por lo que su hijo Tito sería el encargado de atacar Jerusalém. El ataque romano se reanudó el año 70 d.c., después de que retornara la estabilidad política en Roma (Vespasiano fue finalmente proclamado emperador). Las hostilidades empezaron cuando se acercaba la celebración de la Pascua por lo que Jerusalém se encontraba con gran cantidad de gente que se había reunido como de costumbre para celebrar dicha fiesta. Tito contaba con cuatro legiones (la V, la VII, la X, y la XV). El 31 de marzo tomó posiciones en el monte Scopus con las legiones V, VII , y XV, mientras que la Legión X tomó posiciones en el monte de Los Olivos. Los judíos oponían dos fuerzas : una al mando de Juan de Giscala con 11 000 hombres, que defendía el templo, la torre Antonia y la población de Besetha; la otra fuerza se encontraba al mando de Simón bar-Giora con 10.000 hombres, y tenía la misión de ocupar las partes inferior y superior de la ciudad. El 9 de abril los romanos atacaron la tercera muralla de Jerusalém, entonces Tito decidió tomar posiciones en al oeste de la cuidad (en el campo de los Asirios) para penetrar mejor al interior de esta. De esa manera y después de cinco dias de ataque continuo , logró penetrar a la segunda muralla por medio de una brecha . Pero los furiosos contraataques judíos hicieron que los romanos no pudieran resistir más de cinco días en la muralla . Para apoderarse del templo necesariamente se tenía que tomar la Torre Antonia pues esta constituía el único camino al simbólico templo y a la ciudadela de Herodes (la cual defendía la primera muralla al norte del monte Sión ). Juzgando todo esto, Tito decidió aproximarse a la Torre Antonia y empezar las construcciones de aparatos que permitiesen tomar y destruir dicha torre. Sin embargo estos preparativos fueron destruidos el 17 de mayo por un grupo de soldados de Juan de Giscala mientras que el 19 de mayo también eran destruidas e incendiadas las torres móviles romanas que amenazaban el Hipódromo (al sur del Templo) por Simón bar-Giora y sus hombres. En estas jornadas las muestras de heroísmo en las fuerzas judías eran realmente sorprendentes. Después de aquellos reveses, Tito rodeó la cuidad con todas sus tropas y en tres días trabajaron obras en tierra con el objeto de cortar toda posibilidad de comunicación en la cuidad y reducirla por hambre. la consecuencia fue realmente penosa en la población sitiada. Luego de tres semanas de lucha y nuevos preparativos, las catapultas romanas abrieron una brecha en la muralla que conectaba la Torre Antonia con el Templo, pero nuevamente Juan de Giscala logró retrasar a los romanos con una mina que ocasionó la caída de dicha muralla, los soldados entonces construyeron nuevas plataformas para poder tomar la Torre Antonia. Juan de Giscala preparó otro ataque para destruirla pero esta vez fracasó. No había duda de que pese a la lentitud de la toma de Jerusalém, la inferioridad numérica y material de los judíos ya estaba poniéndose de manifiesto. El 20 de junio a las 3 de la madrugada un grupo de soldados romanos logró penetrar por sorpresa a la Torre Antonia.

Destrucción del Templo:
Inmediatamente Tito ordenó demoler la Torre Antonia para obtener material que permitiese construir pequeñas colinas con las cuales se atacaría al Templo. En las tres semanas siguientes comenzó lo inevitable: la lucha por el sector del Templo. Los judíos luchaban tenazmente y defendieron el templo metro por metro; primero se combatió en los pórticos exteriores, después en los interiores y finalmente en el interior del imponente edificio. El ingreso al templo costó a los romanos numerosas bajas. El 23 de julio, un soldado romano arrojó una antorcha encendida en las proximidades del denominado “Lugar Santísimo” (Qodesh Qodashim) con lo que se provocó un pavoroso incendio que matizó aun más aquel cuadro de lucha, muerte y destrucción en que se había convertido el templo. La incesante carnicería en los combates, más el incendio que se propagó a los edificios vecinos, terminaron por transformar el templo más grandioso de la historia judía en un montón de ruinas. Otros sectores importantes de la cuidad también corrieron igual suerte; los romanos incendiaron la cuidad baja hasta el estanque de Siloé. A pesar de eso todavía continuaba resistiendo una muralla defendida por Simón, pero cuando los Romanos empezaron a preparar el asalto final a la muralla se dieron con la sorpresa de que Juan y Simón al ver la precariedad de la situación, habían evacuado dicho sector y huido de forma secreta con los últimos efectivos que aún les quedaban. Finalmente el 1 de agosto, los romanos tomaron el control absoluto de la cuidad. Como era de esperarse, el templo, máxima construcción judía, fue completamente demolida, sólo quedó en pie la muralla occidental conocida en nuestros días como “Muro de los Lamentos”. La cuidad quedó en ruinas, la Legión X se instaló en la parte superior de Jerusalém . Se dice que Tito al recibir las felicitaciones de sus camaradas por la victoria, manifestó: “No soy yo quien ha vencido, sino Dios, que ha hecho uso de mi brazo en su ira contra los judíos”. La cifra de victimas es incierta, los historiadores de esos tiempos nos dan cifras magnificadas (según Tácito murieron 600.000 judíos, Flavio Josefo ubica la cifra en 1.000.000 de personas), pero aun así se puede deducir que el costo humano fue realmente grande. Los judíos que no cayeron por combate, cayeron por peste o por hambre, mientras que los sobrevivientes terminaron deportados a los distintos confines del Imperio, vendidos como esclavos, o muertos en las luchas contra los gladiadores. La diáspora fue definitiva, con el correr de los años los judíos esparcidos por el orbe se convertirían en extranjeros con respecto a Palestina. Pero todavía no cesarían las luchas judías contra Roma; en el próximo siglo se haría el último intento por evitar el desarraigo judío del suelo palestino y perder el carácter de nación. (Autor:?)


✦ Cestio Galo recibía numerosas denuncias por parte de la población judía descontenta dirigidas específicamente contra la extrema crueldad, la corrupción y los abusos de poder de Gesio Floro. Según Flavio Josefo las protestas principales se referían a malversación y saqueo. Denunciaban el robo continuado de fondos públicos y la apropiación ilegal de 17 talentos del tesoro sagrado del Templo de Jerusalén por parte de Floro. Protestaban contra el aumento abusivo de impuestos y la extorsión económica generalizada a la población. Condenaban la sangrienta represión militar que incluía saqueos de barrios enteros, matanzas indiscriminadas y la crucifixión de ciudadanos judíos. Se quejaban del favoritismo de las autoridades romanas hacia las comunidades greco-sirias en disputas locales (como los altercados de Cesarea Marítima), dejando desprotegidos los derechos religiosos y civiles de los judíos. Cestio Galo restó importancia a la gravedad de la situación, respondió con vagas promesas de moderación y no detuvo los atropellos de Floro, provocando que el descontento social escalara hasta convertirse en la Primera Guerra Judeo-Romana. Durante la ocupación romana, el propietario legal del tesoro del Templo de Jerusalén era, según la ley judía (la Halajá), Dios mismo (Yahveh), mientras que bajo el marco legal del Imperio romano el tesoro se clasificaba como res sacrae (cosa sagrada de propiedad divina), estando su administración bajo el control directo de las autoridades religiosas judías encabezadas por el Sumo Sacerdote. El estatus legal e institucional del tesoro combinaba dos perspectivas jurídicas diferentes: Desde la perspectiva del Derecho Romano. El Imperio romano era sumamente pragmático con la religión de los pueblos conquistados. Bajo el derecho penal y civil romano, los bienes del Templo recibían una protección específica: Res sacrae y Res publicae: El derecho romano dividía las cosas en comerciales y no comerciales. Los templos y sus riquezas eran catalogados como bienes sagrados dedicados a los dioses. No pertenecían a ningún individuo, rey ni al emperador romano. Autonomía de gestión: Mientras Judea mantuviera la paz y pagara sus tributos generales a Roma, el Estado romano reconocía al Consejo del Templo y al Sumo Sacerdote (apoyado por el Sanedrín) como los fideicomisarios y administradores legales legítimos de esos fondos. El delito de sacrilegio: Para la ley romana, robar un templo (incluso uno judío) era considerado sacrilegium, un delito grave. Por esta razón, cuando gobernantes como Gesio Floro o Marco Licinio Craso confiscaban dinero del Templo, la población judía lo denunciaba como una flagrante e ilegal violación de los propios decretos imperiales de protección religiosa. Desde la perspectiva del Derecho Judío. Para la teocracia local, la soberanía sobre el tesoro era absoluta y no negociable: Propiedad sagrada (Hekdesh): Una vez que las monedas (como el medio siclo obligatorio) o los bienes entraban al recinto, pasaban a ser declarados consagrados. Dejaban de ser propiedad humana. Custodios institucionales: El Sumo Sacerdote y los tesoreros del templo (gizbarim) funcionaban meramente como albaceas. El dinero solo podía emplearse para los sacrificios diarios, el mantenimiento del edificio y obras públicas en Jerusalén. Cuando estalló la rebelión del 66 d.C. y tras la posterior destrucción de la ciudad en el año 70 d.C., el Imperio romano consideró que los judíos habían roto su pacto de vasallaje. El general Tito disolvió las instituciones judías, anuló sus derechos de propiedad y confiscó todo el tesoro como botín de guerra (manubiae) para el emperador, utilizándolo para financiar monumentos públicos en Roma como el Coliseo.

✦ Cestio Galo y Gesio Floro compartían una misma noción estratégica fundamentada en la preservación del orden imperial, la recaudación fiscal y el desprecio sistemático hacia la singularidad religiosa judía. El hecho de que Galo ignorara deliberadamente las numerosas quejas de la población no fue un simple descuido administrativo, sino el reflejo de una profunda coincidencia en sus políticas de contención y control colonial. El análisis de sus coincidencias políticas y estratégicas revela cómo operaba la maquinaria de poder romana ante el descontento: 1. El mantenimiento de la Pax Romana por encima de la justicia. Para un gobernador provincial como Cestio Galo, la prioridad absoluta era que los tributos fluyeran hacia Roma y que las fronteras orientales estuvieran tranquilas. Si Gesio Floro recurría a la extrema violencia, ejecuciones o la confiscación del tesoro del Templo para imponer su autoridad, Galo lo consideraba un mal menor o un método legítimo de coerción fiscal. Restar importancia a las protestas judías enviaba un mensaje claro: Roma respaldaba incondicionalmente a sus magistrados sobre el terreno, sin importar sus abusos. 2. Desprecio cultural y sesgo pro-gentil. Ambos líderes compartían la visión de que las demandas de la población judía eran muestras de fanatismo religioso y obstinación. En las disputas territoriales y de derechos civiles entre los ciudadanos greco-sirios (gentiles) y los judíos en lugares clave como Cesarea Marítima, tanto Floro como Galo se alinearon sistemáticamente con las comunidades helenísticas. Para ellos, los gentiles locales eran aliados de confianza de la cultura imperial, mientras que los judíos eran vistos con sospecha crónica de sedición. 3. La complicidad por inacción como estrategia de desgaste. Flavio Josefo plantea una tesis aún más oscura sobre esta coincidencia de intereses. Sostiene que Floro empujó deliberadamente a los judíos a la rebelión abierta para que una guerra tapara sus numerosos delitos de corrupción y saqueo. Al no intervenir, Cestio Galo actuó como el cómplice político necesario: su inacción prolongó el sufrimiento de la población civil y eliminó cualquier vía diplomática de escape, convenciendo a las facciones judías más radicales (como los zelotes y sicarios) de que la vía armada era la única opción restante. 4. Coincidencia en el error militar final. Cuando la situación se desbordó por completo y las vagas promesas de Galo ya no pudieron contener la ira popular, ambos unieron fuerzas en la respuesta armada. Galo movilizó a la poderosa Legio XII Fulminata y marchó hacia Jerusalén junto con las tropas de auxilio locales. Ambos subestimaron por igual la determinación y la capacidad de resistencia táctica de los insurgentes judíos, lo que condujo directamente al monumental desastre de la batalla de Bet Horón, donde el ejército romano fue emboscado y masacrado.

✦ Flavio Josefo parece insistir en una singularidad judía como objeto de maltratos recibidos de la administración romana. La Pax romana con impuestos y sin notables descontentos era aceptable y posible en muchos reinos. Zelotes y sicarios eran muy poco realistas al imaginar una victoria militar a medio y largo plazo. la colisión entre el pragmatismo geopolítico de Roma y el idealismo escatológico de las facciones radicales judías. Flavio Josefo, como aristócrata y sacerdote judío reconvertido en ciudadano y cronista romano, construyó su obra precisamente sobre estas dos realidades.La falta de realismo de los zelotes y sicarios, sumada a la incapacidad romana para entender la singularidad de Judea, explica por qué un acuerdo fiscal ordinario era imposible en esa provincia. La singularidad judía frente al pragmatismo de la Pax Romana. El modelo de la Pax Romana funcionaba con éxito en gran parte del Mediterráneo porque se basaba en el sincretismo y la asimilación. Roma exigía dos cosas básicas: obediencia política (pago de impuestos) y sumisión cultural/religiosa (incluir al emperador en el panteón o realizar sacrificios en su honor). Para la mayoría de los reinos e imperios conquistados, añadir a los dioses romanos a sus cultos locales o adorar la efigie del emperador no suponía un dilema moral devastador. En Judea, este modelo chocaba contra un muro teológico infranqueable: Monoteísmo absoluto y exclusivo: Para los judíos, la soberanía pertenecía únicamente a Yahveh. El culto al emperador o la introducción de estandartes romanos con imágenes paganas en Jerusalén no eran meros cambios políticos; eran actos de idolatría y apostasía. El impuesto como sumisión religiosa: Sectores radicales argumentaban que pagar tributo a un soberano extranjero pagano equivalía a reconocer a otro señor por encima de Dios, violando el primer mandamiento. La provocación como arma: Gobernadores como Poncio Pilato o Gesio Floro sabían que la sensibilidad religiosa judía era su punto débil. Utilizaban esta singularidad para extorsionar a la población, amenazando con profanar el Templo si no se pagaban sumas adicionales. El peligroso idealismo de Zelotes y Sicarios. Desde una perspectiva puramente militar y logística, la postura de los zelotes y sicarios era muy irreal. Roma era una superpotencia con recursos casi ilimitados, un ejército profesional altamente disciplinado y una capacidad de resistencia implacable. Pensar que una milicia provincial mal armada y fragmentada podía sostener una guerra a medio y largo plazo contra el Imperio era un suicidio estratégico. Los insurgentes no operaban bajo la lógica militar convencional, sino bajo una lógica mesiánica y apocalíptica: Guerra Santa y providencialismo: Los zelotes creían firmemente que si el pueblo judío mostraba el valor suficiente para levantarse contra el opresor pagano, Dios intervendría milagrosamente en el campo de batalla, tal como relatan las escrituras sobre los Macabeos o la liberación de Egipto. La victoria no dependería del número de legiones, sino de la fidelidad divina. El precedente de los Macabeos: Dos siglos antes, una pequeña guerrilla judía había derrotado al poderoso Imperio Seleúcida, logrando la independencia y la purificación del Templo. Los rebeldes del 66 d.C. creían erróneamente que la historia se repetiría, subestimando la inmensa diferencia de escala entre los reyes seléucidas en decadencia y el Imperio romano en su apogeo. Fanatismo autodestructivo: Esta desconexión con la realidad fue tan extrema que, durante el asedio final de Jerusalén en el año 70 d.C., las diferentes facciones judías se enzarzaron en una guerra civil fratricida dentro de las murallas. Llegaron a quemar los propios almacenes de grano de la ciudad para obligar a la población civil a luchar a la desesperada, precipitando la hambruna y la caída de la capital. Josefo insiste en su obra en que la inmensa mayoría de la población judía y de la élite sacerdotal compartía esta visión realista: sabían que la rebelión era una locura y preferían la coexistencia pacífica bajo la Pax Romana, aun con sus altos impuestos. Sin embargo, la brutalidad de Gesio Floro arrinconó de tal forma a los moderados que terminó por validar el discurso de los radicales, arrastrando a toda la nación a la catástrofe.

✦ Las explicaciones que simplifican el estallido de la guerra civil basándose únicamente en los desmanes de un solo individuo o en una repentina "pérdida de cordura" de toda una población caen en un sesgo de simplificación histórica. Los grandes conflictos no surgen en el vacío ni dependen de un único detonante. Para corregir esos sesgos y complejizar el análisis, es necesario deconstruir ambos puntos bajo una perspectiva histórica más amplia: 1. El mito de la desaparición del "sentido común" al unísono. La población judía nunca actuó como un bloque homogéneo que súbitamente se volvió radical por culpa de Gesio Floro. Lo que ocurrió en el año 66 d.C. fue una fractura social y política interna que llevaba décadas gestándose: Una guerra civil intra-judía: Antes de que las legiones romanas destruyeran Jerusalén, las diferentes facciones judías ya se estaban matando entre sí. No hubo un consenso generalizado para ir a la guerra. Los radicales (zelotes y sicarios) utilizaron el terrorismo, el asesinato político (usando dagas ocultas en la multitud) y la extorsión contra los propios judíos moderados y la aristocracia sacerdotal para forzar la situación. El colapso de las élites moderadas: El "sentido común" de las clases altas (que preferían mantener sus privilegios bajo el ala de Roma) no desapareció, sino que fue perdiendo legitimidad ante los ojos del pueblo llano. A los ojos de los campesinos empobrecidos, sumidos en deudas por los impuestos y las hambrunas recurrentes, la élite sacerdotal colaboracionista era tan opresora como los propios romanos. La trampa de los radicales: Al quemar los archivos de deudas de Jerusalén al inicio de la revuelta, los rebeldes no apelaron al fanatismo religioso de la gente, sino a su desesperación económica. Muchos se unieron a la causa no por mesianismo, sino porque el sistema social imperante ya los había asfixiado por completo. 2. La Pax Romana como un sistema estructuralmente violento. Atribuir la brutalidad romana únicamente a la personalidad corrupta de Gesio Floro es ignorar cómo funcionaba el Imperio. La Pax Romana no era un tratado de paz humanitario; era un orden colonial impuesto y mantenido mediante el terror de Estado. La violencia institucionalizada: Crucificar a los disidentes, saquear ciudades rebeldes y vender a poblaciones enteras como esclavas eran procedimientos estándar de la administración imperial en cualquier provincia que desafiara su autoridad (ocurrió igual con la revuelta de Boudica en Britania o en las Galias). Floro no inventó estos métodos; simplemente aplicó el manual romano de pacificación con total impunidad. Las causas preexistentes a Floro: Judea llevaba siendo una bomba de relojería desde la muerte de Herodes el Grande (4 a.C.) y la posterior anexión directa como provincia en el 6 d.C. El descontento estructural existía mucho antes de que Floro asumiera el cargo. Los gobernadores previos, como Poncio Pilato, Ventidio Cumano o Antonio Félix, ya habían protagonizado matanzas de manifestantes, profanaciones religiosas e interceptación de fondos del Templo. Floro no fue la causa de la inestabilidad; fue el síntoma final de un sistema de gobernanza provincial romana profundamente corrupto, donde los cargos de procurador se compraban y se usaban para el enriquecimiento personal rápido. En resumen, Gesio Floro no provocó la guerra por sí solo, sino que abrió la espita de un barril de pólvora socioeconómico, teológico y de clase que llevaba sesenta años acumulándose. Su agresividad fiscal y militar colapsó el frágil equilibrio político que los moderados judíos intentaban sostener, permitiendo que las facciones más extremistas tomaran el control de la narrativa y de las armas.

✦ Queda la impresión de que el sistema fiscal de Roma era esencialmente corrupto y demasiado oneroso para el campesinado de las provincias. Tal afirmación, reservada a para estudiosos como Gibbons, viene a ser una suerte de juicio de valor. Es muy difícil decidir si la actitud de los súbditos judíos hacia su joven rey Roboam era mejor. El sistema fiscal romano como "esencialmente corrupto" o "demasiado oneroso" roza el juicio de valor ahistórico, y es muy oportuno rescatar la comparación con el episodio del rey Roboam (1 Reyes 12), ya que la tensión fiscal entre el soberano y sus súbditos es una constante universal en la antigüedad, no una anomalía exclusiva del dominio romano. Para dotar al análisis de la neutralidad y el rigor que exige la historiografía moderna, es necesario matizar el funcionamiento real de las finanzas imperiales y contrastarlo con los precedentes de la propia monarquía judía. El sistema fiscal romano: Eficiencia estatal frente a moralidad moderna. El Imperio romano no operaba bajo criterios de redistribución de la riqueza o bienestar social, conceptos modernos que no aplican a la antigüedad. Su objetivo era sostener el aparato militar y la burocracia estatal. Desde esa perspectiva, el sistema no era "corrupto por naturaleza", sino altamente pragmático y normativo: Un porcentaje predecible: Estudios de historia económica estiman que el tributo directo romano (tributum soli y tributum capitis) oscilaba generalmente entre el 10% y el 15% de la producción agrícola. Para los estándares de la antigüedad, este porcentaje no era una exacción confiscatoria descabellada; imperios precedentes, como el seléucida o el ptolemaico, aplicaban tasas similares o superiores. El problema de la intermediación: El descontento no solía nacer del impuesto en sí, sino del sistema de arrendamiento de la recaudación (publicani). El Estado romano subastaba el cobro de tasas indirectas (aduanas, peajes); los recaudadores pagaban por adelantado a Roma y luego cobraban a la población buscando un margen de beneficio. Lo que los súbditos percibían como "abuso" era la ganancia comercial del intermediario, un mecanismo legal y ordinario en el derecho romano. Seguridad a cambio de tributo: A cambio del impuesto, las provincias recibían infraestructuras (calzadas, acueductos, puertos) y la protección de las legiones frente a invasiones externas o piratería. Para muchas regiones estables del Mediterráneo, este intercambio económico resultaba aceptable y preferible a la inestabilidad de las guerras endémicas entre reinos locales. El espejo de Roboam: La presión fiscal endógena. Su alusión al rey Roboam (hacia el 930 a.C.) resulta clave para demostrar que el descontento por la presión fiscal no era un fenómeno importado por los romanos, sino una tensión histórica interna de la propia Judea. Cuando las tribus del norte de Israel se presentaron ante el joven monarca para pedir un alivio económico, su respuesta quedó registrada como el arquetipo de la intransigencia fiscal: "Mi padre agravó vuestro yugo, pero yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, mas yo os castigaré con escorpiones". Al comparar ambos escenarios, emergen paralelismos que relativizan la singularidad del sufrimiento bajo Roma: El coste de la centralización: Tanto Salomón (padre de Roboam) como el rey Herodes el Grande (aliado de Roma siglos después) financiaron faraónicos programas de construcción —incluyendo el Templo de Jerusalén y palacios— mediante trabajos forzados (corvea) y altísimos impuestos locales. La soberanía autóctona podías llegar a ser tan o más exigente económicamente que el dominio extranjero. La legitimidad del impuesto: La gran diferencia entre la época de Roboam y la ocupación romana no radicaba en la cantidad de dinero extraída, sino en la legitimidad teológica de quien la exigía. Bajo la monarquía davídica, el descontento con Roboam provocó un cisma político inmediato (la división del reino), pero el rey seguía formando parte de la estructura interna. Con Roma, el impuesto adquirió una dimensión de sumisión a un poder pagano, lo que permitía a las facciones radicales instrumentalizar el malestar económico ordinario como una afrenta religiosa. La administración romana aplicaba en Judea los mismos parámetros financieros que garantizaban la estabilidad en el resto del Mediterráneo. El conflicto en el año 66 d.C. no se debió a un sistema impositivo excepcionalmente gravoso, sino a la compleja superposición de una crisis de intermediación local (encarnada en Floro), un trasfondo de endeudamiento agrario común en el mundo antiguo y la interpretación teopolítica que los sectores insurgentes dieron a ese tributo ordinario.

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