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La virtud para la filosofía:
Los orígenes del término «virtud» se retrotraen al vocablo griego areté. Como Werner Jaeger (Paideia) ha puesto de relieve, su testimonio más antiguo lo brinda Homero, quien en la Ilíada y la Odisea utiliza esta expresión en sentido amplio para designar todo tipo de excelencia, sea humana, animal o divina. Señorío y areté eran conceptos inseparablemente unidos. Ya Platón distinguía entre diferentes virtudes (prudencia, fortaleza, moderación, justicia); en la República identifica el hombre perfectamente justo como aquel que posee la areté perfecta (Rep. 443 c-444a). Mientras que la prudencia es una virtud intelectual, esto es, reside en el entendimiento, las otras tres dependen de la voluntad. También santo Tomás parece seguir esta división. Para él existen cuatro facultades cardinales que concurren para que el hombre observe un recto orden en sus actos: la razón, la voluntad, la sensibilidad concupiscible y la irascible. A cada facultad le corresponde respectivamente una de las cuatro virtudes: prudencia, justicia, templanza y fortaleza. Por otra parte, el tema de la conexión de todas las virtudes fue tratado por los estoicos, quienes enseñaron que, perdida una virtud, se perdían todas.

El problema de la virtud también fue una de las preocupaciones de Sócrates. Frente a los sofistas, el maestro de Platón defiende la coincidencia de virtud y saber (el que conoce lo correcto actuará correctamente, mientras que el ignorante hará el mal) y opta por una suerte de «intelectualismo ético», ya criticado por Aristóteles y objeto de las invectivas de Nietzsche. Es Aristóteles, sin embargo, quien formula con mayor exactitud la temática de la virtud como ejemplo concreto de «vida buena» y ligada a una óptica eudemonista: «nadie es bueno si no siente la alegría de las buenas acciones, como tampoco se podrá decir que un hombre es justo si no siente la alegría de realizar acciones justas» (Ética Nicomaquea I, 8). Asimismo, «la felicidad es una actividad del alma conforme a una virtud perfecta» (Ibíd., I, 13). Para Aristóteles la virtud es además una actividad, una disposición [héxis] del alma que requiere ejercicio y entrenamiento constante. El Estagirita subraya también que la capacidad virtuosa sólo se ejercita alcanzando un punto o término medio, en la moderación prudente [mésotes]: «la virtud es, pues, una disposición voluntaria adquirida que consiste en un término medio en relación a nosotros, definido por la razón tal como lo hará un hombre sensato (Ibíd., II, 6). Al ser la virtud una suerte de amor propio elevado a su más alta belleza y nobleza, no resulta extraño que un rasgo inequívoco de su práctica sea su publicidad. Ligada al mérito y al honor, en el contexto de la Antigüedad la areté sólo tiene sentido en un mundo ético que no puede prescindir del reconocimiento externo.

El filósofo norteamericano A. MacIntyre, en su obra Tras la virtud, ha analizado en detalle este olvido de la virtud antigua y lo ha identificado como una de las razones de la decadencia moral de la Modernidad. En La condición humana, Hannah Arendt ha llamado la atención sobre la importancia de la virtud en relación con el ansia de inmortalidad y fama del hombre griego, por definición mortal: un uso social de la virtud eminentemente social e inmanente. La autora identifica esta visibilidad virtuosa con una noción positiva de poder político. Este afán de distinción y de honor será anatematizado por el cristianismo o tachado de mera «vanagloria». San Agustín, ejemplo eminente de la nueva transvaloración de los valores paganos, identificará todo rasgo virtuoso en el sentido antiguo como soberbia pecaminosa. Si alguien recupera el concepto antiguo de la virtud y lo traduce al contexto neopagano del Renacimiento, ése es Maquiavelo, quien contrapone su sentido a la llamada «fortuna». Esta nueva concepción de la virtú, si bien resulta algo difusa y ambigua, entronca de lleno con la temática de la areté antigua. En primer lugar, se caracteriza por su falta de connotaciones morales o religiosas: es un concepto pagano íntimamente ligado a la época republicana, donde Maquiavelo constata un modelo de sabiduría política intemporal. Ahora bien, lo que define esencialmente la virtù es su capacidad de dotar a un príncipe o a un pueblo de autonomía e independencia. Un ser virtuoso es aquél capaz de exhibir una disposición permanente, adecuarse a los vaivenes del tiempo y alcanzar el honor. La virtù, por otro lado, hace referencia a un ejercicio del poder, a su posesión y mantenimiento frente a los embates de la fortuna. No cabe duda de que el ejemplo que aquí sigue Maquiavelo es el de César Borgia, epítome de la valentía y del uso de la virtù. De ahí que ésta se identifique con la energía [fortitudo], y que sus notas características sean la prudencia, la sagacidad o la capacidad de sobreponerse a las inclinaciones e inercias naturales. Por ello, otro rasgo de la virtud es su carácter más bien «artificial», lo que explica el énfasis maquiaveliano en la educación y la política.

En otro orden de cosas, y frente a las consideraciones renacentistas, la imposibilidad de aprender la virtud ha sido defendida por numerosos autores, Schopenhauer entre otros, muy influido en este punto por la tradición agustiniana y el protestantismo. Para Schopenhauer, «la virtud no se enseña, como tampoco el genio». Nietzsche criticará precisamente este aspecto en la concepción de la voluntad de su maestro. Es más, la fórmula «voluntad de poder» puede comprenderse en algunos puntos como una continuación de la temática de la virtud. En el parágrafo 2 de El Anticristo, Nietzsche entronca de lleno con el legado virtuoso de la Antigüedad y del Renacimiento: «¿Qué es bueno? —Todo lo que eleva en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo en los hombres. ¿Qué es malo?— Todo lo que procede de la debilidad. ¿Qué es la felicidad? El sentimiento de que nuestro poder crece, de que superamos una resistencia. No la satisfacción, sino la obtención de más poder; no la paz en general, sino la guerra; no la virtud, sino la excelencia (la virtud al estilo del Renacimiento, la virtù, la virtud libre de moralina)». Para Nietzsche, pues, no hay comportamiento ético virtuoso —o poderoso, que es lo mismo— más que instaurando, en relación con las pasiones, una actitud de combate, en absoluto de purificación. (Germán Cano Cuenca)


Según la teología católica la virtud es la propensión a hacer el bien, residente en el alma de los fieles. La fe en Dios, la esperanza (aspiración humana al fin último, la vida eterna y la felicidad) y la caridad (amor supremo hacia el Padre y hacia todas sus criaturas), son las denominadas virtudes teologales, en cuanto dones de Dios que Él deposita en el alma de sus hijos. En ellas se fundamentan las demás virtudes humanas, que se agrupan en torno a cuatro virtudes cardinales: la prudencia (fuente de discernimiento del bien y de los medios para llevarlo a cabo), la justicia (constante fidelidad a los deberes hacia Dios y el prójimo), la fortaleza (por medio de la cual el cristiano permanece firme en sus principios, aunque se encuentre sometido a retos y dificultades) y la templanza (actitud que hace posible, a través de la moderación en los placeres, un uso sabio de los bienes materiales).

Caridad:
Virtud teologal, es decir, que se refiere de modo directo a Dios, lo mismo que ocurre respecto a la fe y la esperanza. 'La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios', como se define en el Catecismo de la Iglesia Católica. Esa referencia a Dios es el factor fundamental que la diferencia de la filantropía. Fue Jesús quien proclamó que el amor, sinónimo de la caridad, es el mandamiento nuevo que distingue a sus discípulos. La forma de amar también queda clara en el Evangelio según san Juan: 'Amaos los unos a los otros como yo os he amado', precepto que llega al extremo en que incluso se ha de dar la vida por aquellos a quienes se ama. No sólo se trata de la señal distintiva del cristiano hacia los demás, sino de la prueba del verdadero amor a Dios. 'Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, ese tal es un mentiroso' (1 Jn. 14,20).

Filantropía:
Actitud de amor hacia la especie humana, normalmente manifestada mediante actividades que promueven su bienestar. El término surgió en el siglo XVII, cuando el Estado y ciudadanos seglares se hicieron cargo de las funciones de caridad que anteriormente desempeñaban los religiosos. El impulso filantrópico es tan antiguo como la humanidad. En muchas sociedades, la ruptura de los grupos unidos por lazos de parentesco debida a la nueva ordenación de las ciudades, hizo que el Estado tomara medidas para ayudar a los pobres, los desamparados y los minusválidos. Análogamente, todas las grandes religiones (el judaísmo, el cristianismo, el budismo y el islam) reconocían y promovían el deber de los ricos de ayudar a los menos afortunados. Durante la edad media, se creó en Europa una importante red de asilos, hospitales y orfanatos, mantenidos gracias a los donativos de los grupos más ricos y a las colectas que hacían las iglesias. Sin embargo, con la aparición de las modernas naciones Estado, los gobiernos seculares reemplazaron a las iglesias, y ellos pasaron a ser los principales filántropos. En la actualidad, la filantropía se asocia con el desembolso de riqueza por parte de individuos y, especialmente, con la recogida de fondos por parte de organizaciones que no actúan por ánimo de lucro. Uno de los filántropos más famosos fue Alfred Bernhard Nobel, que utilizó los beneficios derivados de la industria de explosivos para mantener la institución de los premios Nobel. Otro gran filántropo fue Andrew Carnegie, que dedicó el final de su vida a repartir su enorme fortuna ganada con la industria del acero. Siguiendo los principios desarrollados en su ensayo Gospel of Wealth (Evangelio de riqueza, 1889), Carnegie devolvió 300 millones de dólares a la sociedad, principalmente a través de fundaciones y trusts. (Encarta)

 

 

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