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Pérez Andújar: Extractos sobre las primeras lecturas:
● García Calvo, Chicho, Haro Tecglen, Montalbán, Umbral, Carlos Monsiváis, Lemebel, Fernando Poblet…, pertenezco ya a una literatura extinta, es decir, escrita sin tinta.

● España es un país pegado a la pobreza como el hombre a una nariz pegado de Quevedo, que era Góngora (ahora en los colegios enseñan Mad Men). Pobre Góngora, para decir cueva decía: «formidable de la tierra / bostezo», y tan enfrascado estaba contando octavas reales en vez de reales que, cuando se fue a dar cuenta, el pendejo de Quevedo, que le tenía una casa alquilada, mandó desahuciarlo. Lo plantó en la calle, a los 64 años, con los cajones llenos de caliginosas silvas y de romances moriscos. Ay que ver lo muy gongorino que era Ramón Gómez de la Serna. Sus greguerías son puro culteranismo. Son Góngora diciendo: «erizo es el zurrón de la castaña». Todo el barroco es greguería y pobreza. Nuestra historia viene de ahí, de esa miseria pegada a las paredes de las casas y de los desahucios.

● El precio fijo [libros en el siglo XV] es de mucho antes de su época goticotardía, y previa por tanto a que Gutenberg descubriera la imprenta dejándonos a todos tan buena impresión. Ya en la Edad Media (que se divide en Baja, Principal y Rellano), cuando se arrojaban a la hoguera libros (y eso que eran incunables) y a autores (también incunables), empezaban a subir los libros de una manera exorbitante.

Biblioteca infantil: La casa llena de los libros que nunca tuve. Acumulo libros con hambre remota, con sed de un desierto franquista, que fue el que atravesó mi familia, las familias de España, durante cuarenta años y cuarenta noches. Vivo acaparando todos los libros que mi madre no tuvo. Se los quitaron cuando acabó la guerra. Le quitaron a la maestra y le quitaron los libros que habían llegado a aquel pueblo enviados por la República en una misión pedagógica. Le quitaron también el pan de la boca. Y le quitaron a su padre, precisamente por eso, por defender el pan y defender los libros. Mis libros, que ahora inundan la casa, el pasillo, las habitaciones, como en ese poema de José Hierro, Oración en Columbia University, en que habla de su padre y entonces José Hierro abre todos los grifos, el lavabo, la ducha…, para desbordar el secano del que viene, se llena el mundo de agua y el recuerdo de su padre se hunde o flota, no me acuerdo, como un ahogado.

Mis libros: Yo a solas entre montones de libros igual que un Tío Gilito avaro de saber, caricaturesco, porque ser pobre o ser rico es una caricatura del hombre. La mujer. Al principio, cuando bajábamos a la calle (a la calle no se salía, se bajaba, siempre corriendo por las escaleras del bloque), en vez de llevarme el balón de reglamento que no tenía ni quería salía con un libro (pongamos Un yanqui en la corte del rey Arturo, en la colección Historias Selección de Bruguera, dibujos de Luis Bermejo; pero Bermejo enseguida se iría a hacer terror para la Warren a través de la agencia de Toutain). Leer cultivaba nuestro lado femenino. Lo decía la Garbo (la revista, no la actriz) y lo explicaban los profesores con barba. Entonces todo lo bueno era femenino. Las mujeres habían pasado a la acción, se estaban defendiendo. El feminismo era una lucha y una ideología. Las Naciones Unidas declararon 1975 el Año Internacional de la Mujer y hasta se estrenó un remake de King Kong titulado Queen Kong. Pero si yo leía con el hemisferio izquierdo no era por potenciar mi feminidad sino porque la mía era una familia de rojos. Leer. «Lee todo lo que no nos han dejado leer a nosotros. Estudia y aprende para que no te exploten como a nosotros». Leyendo aprendí que nos explotan, pero eso ya lo sabía todo el mundo sin necesidad de leer. Yo bajaba a la portería del bloque con aquel libro de Mark Twain (dos páginas de texto, una de viñetas), y entonces venía el poder, la coacción social incardinada en la sonrisa desdeñosa de otro niño que le pegaba un manotazo al libro y me lo tiraba al suelo (las hojas de un libro sucias de barro: esa es la historia de España, que empieza cuando los Reyes Católicos y Cisneros hacen una hoguera en Bib-Rambla con los libros de la madraza de Granada).

«Leer potencia nuestro aspecto femenino», decía el titular de la revista Garbo. Era una manera de hablar. Leer a hurtadillas nos ponía junto a las mujeres que se defendían, junto a los negros de las películas de barrios. Leer nos hacía clandestinos en unos años en que todo lo que valía la pena estaba prohibido. Solo se es libre cuando se es clandestino. Eso es lo que aprendí entonces. La libertad consistía en la lucha por la libertad. En literatura, esta repetición se llama work in progress, la obra en marcha, como el título inicial de Finnegans Wake. A la vez que Joyce trabajaba en ese libro, León Trotski escribía La revolución permanente. Los dos estaban diciendo lo mismo: que las cosas solo viven mientras se están haciendo. Cada época tiene algo que contar y pone en marcha a todos los autores del momento para repetirlo, para dejarlo bien claro.

Los libros: Mis libros extendiéndose por los pasillos, por las habitaciones igual que los anillos del tronco de un árbol, creciendo por las estanterías como estratos, como corteza terrestre. Cada hilera de libros contiene una época. Cada estantería está diciendo una cosa concreta. Mi biblioteca es una sedimentación de bibliotecas que he ido formando, una acumulación que empieza con los primeros libros que llegaban extrañamente a mis manos. Meteoritos caídos de un espacio desconocido, procedentes de la negrura insondable. ¿De dónde vinieron aquellos primeros libros? ¿Cómo apareció la vida en la Tierra? La gente humilde también regalaba libros, pero no uno en concreto, por ser tal o cual libro, sino cualquiera solo por la importancia de ser libro. Una vecina me regaló en mi comunión La historia del café. Me lo leí muchas veces. Había dibujos de beduinos y camellos. Y de plantas. «Si sabes dibujar una hoja, sabes dibujar el mundo», decía John Ruskin. Y saber dibujar unas manos es poder dibujar el alma de una persona. Las manos de Durero. La palma de la mano, los nervios de las hojas, las nervaduras, las rayas de la vida en ambas. Los libros, sus páginas, sus rayas de abecedarios borbotando palabras y frases.

En cada biblioteca he dejado una era geológica. Un yanqui en la corte del rey Arturo vivía en mi casa en régimen de acogida, pues había salido de aquel campo de refugiados que era la biblioteca escolar. Esa fue la primera biblioteca que tuve. La hicimos nosotros, los niños, llevando cada uno un libro, y hasta dos. La organizó uno de aquellos maestros que cuando daban Rebelión a bordo en la televisión mandaba como deberes ver la película. Y al día siguiente: ¡debate! Entonces poníamos los pupitres en círculo (en una mesa redonda se juntan democracia y caballería), y debatíamos sobre aquella historia, que era la del motín de la Bounty, y leíamos en voz alta artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. De este modo me fui amotinando. A mi siguiente biblioteca iría a leer tebeos. Tintín, siempre Tintín. Y sigo leyéndolo. Work in progress: que trabajen los progres; yo, a leer Tintines. Era la biblioteca municipal de Sant Adrià de Besòs. [...]

La biblioteca del ayuntamiento en unos bajos de la Casa Consistorial. Un guardia urbano a punto de jubilarse sentado a una mesa junto a la puerta. Teníamos que enseñarle las manos y si las llevábamos limpias nos dejaba entrar. Las manos sucias de compromiso político, así las tenía la gente. Pero a mí las manos se me iban a tiznar de negro por el cartón de la portada manoseada, desgastada por tantos chavales como estábamos leyendo todas las tardes, todos los sábados por la mañana (la luz del sábado atravesando las ventanas de la biblioteca), guardando todo el rato turno para leer Stock de coque. ¡Qué título tan enigmático! Su cubierta negra y el redondel del catalejo con el aviador del parche en el ojo, el capitán Haddock haciendo una bandera con la camisa, Tintín con los brazos en alto, Milú, todos en la balsa pidiendo socorro. Leer es pedir socorro. Uno lee para huir, para librarse. La literatura de evasión es simplemente literatura de evasión. Pero la gran literatura ¿qué es sino literatura de gran evasión? «¡Nevera!», Steve McQueen en La gran evasión lanzando la pelota dentro de una celda de castigo. Todos buscábamos una pelota de tenis para hacer como él y soñábamos con fugarnos del colegio en masa. Los libros fueron el túnel que desde entonces he ido cavando. Work in progress. Tardes de invierno violentamente anochecidas, negras como aquella portada de Stock de coque. La incandescencia roja (¿cómo es posible ser rojo y no vivir incandescente?) de la fundición de hierro recortando con su fulgor los muros de ladrillo. Los camiones con el nombre del dueño en la visera, que pasaban tartamudeando sobre el adoquinado con las vigas al rojo vivo. Digo vivir, porque vivir se ha puesto al rojo vivo… Pero yo entonces era más de Epi y Blas que de Blas de Otero. Las sirenas de las fábricas, el jardín de los frailes que en el barrio era un campo de fútbol, los muros de los talleres con crestas de cristal en un zoo de cemento. Aquella hilera de mesas blancas en la biblioteca municipal con hombres solitarios y cabizbajos, y las mesas redondas para los niños. Las lámparas sobre las mesas, luz artificial mezclándose con la respiración artificial de la lectura. La gente necesita respirar como sea. El calor de las bombillas en la frente, aquella fiebre ficticia encandeciendo mientras la oscuridad se derretía en la calle como petróleo. La crisis del petróleo. El viento frío de los callejones. El ruido del tren yéndose. Leyendo Tintín huía por tierra, mar y aire a todos los países. Faquires, desiertos, el yeti, secuestradores con uniforme nazi, fumaderos de opio, ultrasonidos, batiscafos con forma de tiburón, sacrificios en el templo del Sol. Pero solo teníamos derecho a leer tres tebeos por día. El franquismo había creado una sociedad a base de racionamiento. La escasez de alimentos como consecuencia de la escasez de libertad. La cartilla de racionamiento era la única Constitución. También en la biblioteca municipal la lectura estaba racionada. Tres círculos de cartón numerados del uno al tres. Nos los iba poniendo el guardia en la mano como el ciego que daba la mota negra en La isla del tesoro. Cuando acabábamos un libro se lo devolvíamos y a cambio nos entregaba el redondel siguiente. Así hasta tres veces: tres Tintines y a la calle. (Hoy hemos pasado del racionamiento a los recortes. Que todo cambie para que nada cambie. El gatopardo en el país del lince ibérico).

Leo ahora todo lo que no pude leer entonces. Mientras Franco iba inaugurando pantanos yo iba inaugurando lagunas. Si a algo se parece mi paisaje lector es al mapa de Finlandia. Nunca he tenido el hábito de la lectura. (Hábito me resulta un término demasiado moderado). Solo que estaba viendo el Conejo de la Suerte, y de pronto un día me tiré de cabeza al vicio de leer. No era un hábito, era un vicio. Leer. Lo único que quería era leer del mismo modo que aquel marinero de Conrad subido a la cofa lo único que quería era ver, ver. Ver para comprender. Leer para comprender. La certeza de encontrarme en deuda con el mundo al que pertenezco: los libros. La pesadumbre de no haberlos leído lo suficiente. De llegar con retraso, sabiendo que detrás de cada libro que saco de un anaquel aparecerán miles que no leí. Sí, para eso hay un canon. Pero el canon es la versión académica de la cartilla de racionamiento. ¡Canon! ¿Quién se conforma con un Cannon, pudiendo tener también un Kojak, un Colombo, un McCloud, un Banacek, un McMillan y esposa…?

Las bibliotecas: Mi biblioteca son las calles, los autobuses. Está por todas partes, la llevo todo el rato encima para leer en los transportes públicos, durante la espera del ambulatorio. Vivir siempre con un libro en el bolsillo por si hiciera falta leer. Mis manos, mi capital. Mi chaqueta, mi biblioteca. Se me rompió de tanto llevar a tantos sitios la antología que hizo Hortelano del Grupo poético de los años cincuenta. Aprenderme de memoria Contra Jaime Gil de Biedma y desear que su mirada a la oscuridad tropezase con la mía, que el espejo en el que se planta para verse sea mi rostro. Leerlo todo en revolución permanente. Llevar la lucha de clases a la lectura y abolir las jerarquías, precisamente para eso, para no falsear el significado de la palabra «todo». Todo. Libros, revistas, papeles, manifiestos, artículos, comentarios, discursos, humaredas perdidas, neblinas estampadas. Pero el Nocturno de Alberti no me lo aprenderé leído sino oído cantar a Paco Ibáñez. He leído antes en los casetes que en los libros. La música me hizo lector. Los tebeos me hicieron lector. La televisión me hizo lector. Es la vida lo que nos hace lectores. Un lector no sale de los libros, acaba metido entre ellos.

Ahora hay libros por toda mi casa. Montones de libros encima de las sillas, columnas de libros a lo largo del pasillo. Diccionarios antiguos comprados en mercadillos. El de la RAE de 1939 empieza con esta advertencia: «La presente edición del Diccionario estaba en vísperas de salir a la venta cuando las hordas revolucionarias, que, al servicio de poderes exóticos, pretendían sumir a España para siempre en la ruina y en la abyección, se enfrentaron en julio de 1936 con el glorioso Alzamiento Nacional». Siempre me he fiado más de Tintín que de un diccionario. Y sin embargo pocos otros libros ofrecen una lectura más distraída y más divertida que los diccionarios. Están llenos de visión del mundo. Y de objetos, cacharros, que ya no se usan. Entrar en uno es meterse en la chamarilería más grande de todos los tiempos. Y lo que uno puede llegar a reírse. La guía de conversación para Suecia que enseña a pedir en sueco una entrada para los toros en el tendido de sombra, y que en sueco chicuelina se dice chicuelina. O el holandés para viajeros, que para invitar a comer dice: «¿Puedo a ti una comidita invitarte?».

Me hice escritor para poder seguir leyendo. Escribo porque necesito leer. Es como abrir un camino en la nieve. No lo hago tanto porque quiera pasar como para poder seguir viendo nieve. Work in progress. La lectura permanente como una revolución permanente. Pero yo vengo de los tiempos en que las permanentes se hacían en las peluquerías. Y allí había montones de revistas. Lectura. Lecturas. Sigo leyéndolas todas. Todo lo que se pueda leer lo recojo en mi biblioteca. Como en Lo que el viento se llevó, un día agarré un puñado de páginas y puse a Dios por testigo de que nunca ninguno de los míos volvería a quedarse sin libros. (Javier Pérez Andújar)

 

 

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