Literatos políticos británicos:
Winston Churchill:
Lo que me conduce a una pregunta que llevo queriendo plantearte desde el principio, y es: ¿era Winston Churchill un intelectual?
Churchill constituye en este sentido, como en muchos otros, un caso interesante. El procede de lo que para los estándares británicos es una familia aristócrata importante (descendiente del duque de Marlborough, famoso por la batalla de Blenheim) pero era el heredero de una rama menor. Su padre, lord Randolph Churchill, había desempeñado un papel importante en los últimos años de la política victoriana, pero acabó destruyéndose a sí mismo (por sus errores políticos y la sífilis), lo que hizo que su hijo heredara un legado envenenado. Por otra parte, pese a haber nacido en uno de los grandes palacios ingleses (el de Blenheim, cerca de Oxford) y aunque sus raíces se remontaran más atrás que las de muchos miembros de la familia real británica, Churchill solo era mitad inglés —su madre era estadounidense—.
Como otros muchos de sus coetáneos de clase alta, Winston Churchill fue a un prestigioso colegio privado (en su caso, Harrow) y fracasó. Como tantos hijos de lores o de la pequeña nobleza, ingresó en el ejército, pero en lugar de aceptar un destino en el elitista regimiento de la Guardia Real, optó por convertirse en un simple fusilero de caballería, justo a tiempo de tomar parte en la última carga de caballería del ejército británico, la de la batalla de Omdurman (Sudán) en 1898.
La carrera política de Churchill pasó por tres cambios en diferentes ocasiones entre el partido conservador y el liberal, y a lo largo de la misma alcanzó el máximo rango dentro del gabinete como ministro del Interior, ministro de Hacienda y ministro de Marina, en calidad de lo cual fue responsable de la catástrofe militar de Gallipoli (1915). En resumen, que hasta 1940, la suya fue la trayectoria de un brillante outsider: demasiado bueno para que le ignoraran pero demasiado poco convencional y fiable para que le nombraran para la máxima responsabilidad.
Excepcionalmente para un político británico, Churchill —cuya situación financiera fue siempre lo bastante precaria como para que tuviera que ganarse la vida con sus escritos— hablaba con cierta distancia de su accidentada carrera incluso mientras la estuvo ejerciendo. Ya sea directamente —como en Mi juventud, o sus memorias sobre la Primera Guerra Mundial (que no son tanto unas memorias como una apología del papel que él mismo desempeñó en ese momento)— o en sus textos puramente periodísticos sobre la guerra de los bóers (en la que tomó parte y fue hecho prisionero durante un breve periodo de tiempo, antes de escapar), Churchill no solo participó sino que dejó constancia de los acontecimientos de su tiempo. Pero también escribió abundantemente sobre la historia del Imperio británico y llevó a cabo una biografía sobre su pintoresco antepasado, el duque de Marlborough.
En resumen, Churchill contribuyó a la historia y a la literatura a la vez que participaba activamente en los asuntos públicos, una combinación que se da con mucha más frecuencia en Francia o incluso en Estados Unidos que en Inglaterra.
Pero esto no le convierte en un intelectual. Para los estándares ingleses, estaba demasiado activamente implicado en el centro de la política y las decisiones públicas para ser considerado un analista desapasionado; y, para los estándares continentales, por supuesto, su interés por la reflexión conceptual era extraordinariamente escaso. Su obra consiste en prolijos relatos empíricos en los que introduce alguna que otra pausa para replantear la historia en una clave moral, pero poco más. Y, sin embargo, él fue a todas luces la figura política más literaria de la historia británica desde William Gladstone. En cualquier caso, Churchill fue único para su época y todavía no ha encontrado sucesor.
Harold Wilson:
Quien busque «intelectuales en política» del estilo de Léon Blum en Francia o Walther Rathenau en Alemania no encontrará muchos si reduce su búsqueda a Inglaterra. Con esto no quiero decir que no hubiera políticos intelectualmente dotados aquí: pero no es por estas dotes intelectuales por lo que son más conocidos. En un sentido estrictamente formal, Harold Wilson —el primer ministro laborista de 1964 a 1970 y de nuevo de 1974 a 1976— era decididamente un intelectual. Nacido en 1916, antes de los treinta años ya había sido ascendido al rango de profesor de Económicas en Oxford y sus colegas le tenían en gran consideración, antes de que entrara en política y acabara siendo —a la relativamente temprana edad de cuarenta y siete años— jefe del Partido Laborista.
Una vez en el cargo, sin embargo, Wilson no alcanzó los resultados esperados y se convirtió en objeto de un cada vez mayor escepticismo entre las filas de su propia familia política. Al final de su carrera era considerado por mucha gente como sospechoso, taimado, disimulador, deshonesto, cínico, distante y, lo peor de todo, incompetente. A buen seguro, la mayoría de estos atributos son compatibles con pertenecer a la intelligentsia, especialmente en un país en el que los intelectuales son típica y desdeñosamente calificados como «personas que se pasan de listas». De todos modos, Wilson se quedó nadando entre dos aguas: fracasó como político y defraudó a los intelectuales de su generación.
Otro intelectual de la política inglesa, pero de un tipo muy distinto, fue Herbert Henry Asquith: el primer ministro liberal de 1908 a 1916, cuando fue derrocado por su colega liberal Lloyd George y los conservadores de la oposición, en plena Primera Guerra Mundial. Asquith era un pensador auténtico, erudito y reflexivo, un típico liberal del siglo XIX en el sentido inglés de la palabra, que fue quedando cada vez más a la deriva en un siglo XX que tenía poco sentido para él y con el que era incompatible. Al igual que Wilson, pero con más excusas, con el tiempo también se pensó que había fracasado políticamente, pese a que sus primeras reformas e innovaciones allanaron el camino para el posterior Estado del bienestar.
Quizá la verdadera dificultad a la que se enfrenta cualquiera que intente encontrar intelectuales en los niveles políticos más altos en Inglaterra es que la agenda intelectual que marcó los movimientos políticos ideológicamente configurados en la Europa continental estaba bastante ausente en Londres.
Benjamin Disraeli:
¿Y qué hay de Benjamin Disraeli?
En un periodo anterior, Disraeli seguramente habría sido el locus classicus. Pero sería difícil afirmar que Disraeli llegara a desarrollar nunca una agenda intelectual o que sus propósitos fueran plenamente llevados a la práctica en sus empresas políticas. Él tenía un instinto político inusualmente agudo, tanto respecto a lo que era posible como a lo que era necesario: sobre qué grado de cambio se requería para que las cosas importantes siguieran como estaban. En este sentido, Disraeli encarna perfectamente la versión de Edmund Burke-Thomas Macaulay en la historia inglesa: una historia en la que el país se somete sucesiva y exitosamente a pequeños ajustes a fin de evitar transformaciones mayores en los siglos venideros.
Pero, obviamente, todo depende de lo que se quiera decir con «pequeños» o «mayores». Disraeli fue el responsable de la Segunda Ley de Reforma de 1867, que amplió las listas electorales en un millón de votantes. Incluso aunque supongamos que esto también constituyó una apertura calculada de la válvula de escape de la seguridad política —una iniciativa destinada a evitar tener que satisfacer las demandas populares de una reforma más radical—, no deja de ser prueba de una inteligencia política fuera de lo normal. Disraeli, el primer político conservador en percibir las posibilidades de un apoyo electoral masivo y darse cuenta de que la democracia no tiene por qué socavar los poderes esenciales de una élite dirigente, destacó también entre sus coetáneos de mediados de la época victoriana por comprender desde un primer momento lo mucho que Gran Bretaña tenía que cambiar si quería seguir siendo una potencia mundial.
Disraeli tenía la impresión de que para que los ingleses se comprendieran a sí mismos, su grandeza y su misión, él tenía que adornárselas. Lo mismo puede decirse de Churchill.
Una vez más, este entendimiento les resulta más fácil a los outsiders. Disraeli, recordemos, era de origen judío. Al igual que Churchill —no tanto un outsider como un incuestionable inconformista—, era un observador perspicaz, no solo de su propio país, sino de su partido y de su clase social. No es que haya que reivindicarles demasiado —Churchill en concreto fue sordo y ciego a la inevitabilidad del declive imperial— pero cada uno de ellos, a su manera, tenían una fina percepción de las peculiaridades del país que dirigían. En la época que a nosotros nos ha tocado vivir, este tipo de outsiders ha escaseado bastante; no creo que nadie más cumpla este requisito, salvo, por supuesto, Margaret Thatcher.
Thatcher y los intelectuales:
La señora Thatcher era por definición una outsider en un partido (el conservador) de insiders. Para empezar, era una mujer. Procedía de la clase media-baja de provincias; su padre tenía una tienda de alimentación en el remoto Grantham. Y aunque se ganó una plaza en Oxford, fue bastante original en la elección de su carrera: no hay muchas mujeres que estudien Químicas. Luego desarrollaría una exitosa carrera en el socialmente más retrógrado de los dos partidos políticos principales, tomando el relevo de una generación de hombres influyentes que habían llegado al poder en las décadas siguientes a la guerra.
Aunque yo no iría tan lejos como para decir que la señora Thatcher tenía una agenda ideológica coherente, de lo que no hay duda es de que albergaba unos prejuicios dogmáticos a los que podían anexarse unas políticas radicales según la conveniencia y la oportunidad. Aunque no fuera en absoluto una intelectual, Margaret Thatcher se sentía especialmente atraída por los intelectuales que podían ayudarla a justificar y describir sus propios instintos, siempre que ellos fueran a su vez outsiders y no estuvieran cortados por el patrón convencional. A diferencia de los conservadores más moderados, cuyas políticas y ambiciones ella consiguió frustrar de raíz, la señora Thatcher no albergaba prejuicios contra los judíos, mostrando cierta predilección por ellos a la hora de elegir a sus asesores privados.
(Tony Judt)